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a 3 bandas “Eros c’est la Vie”

Manifiesto de la lujuria

Arturo Prins, Sofía Fernández, Miguel Cereceda

Harta ya de las estupideces machistas de sus compañeros futuristas, harta de sus proclamas belicistas y de su “desprecio de la mujer”, el 11 de enero de 1913 publicó Valentine de Saint-Point en París un “Manifiesto de la Lujuria”. Valentine era una aristócrata  que mantenía un salón artístico y literario, en el París de la Belle Époque,  al que asistían poetas como D’Annunzio y artistas como Mucha o Rodin. En dicho manifiesto, Valentine no sólo llamaba a una defensa y exaltación de la mujer, sino que invitaba sobre  todo a la lujuria, como principio liberador y emancipador. Lo que ata y somete  a las mujeres, señalaba, es el viejo histrionismo del amor, y por eso su “Manifiesto”, en el que se incitaba a hacer de la lujuria una obra de arte, era también una rabiosa proclama antirromántica.

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«Dejemos de burlarnos del deseo —escribía—, esta  atracción, sutil y brutal al mismo tiempo, de dos carnes,  no importa el sexo que sean, de dos carnes  que se desean, que tienden a ser una sola. Dejemos de burlarnos del deseo disfrazándolo bajo los lamentables y piadosos despojos de la vieja y estéril sentimentalidad. No es la lujuria la que desagrega, disuelve y aniquila, sino las hipnotizantes complicaciones del sentimentalismo, los celos artificiosos, las palabras  que embriagan  y engañan, el patetismo de las separaciones y de las fidelidades eternas,  las nostalgias literarias; todo el histrionismo del amor».

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Siguiendo sus  recomendaciones, hemos  querido ocuparnos en esta  exposición de la idea de la lujuria como obra de arte y del potencial emancipador y liberador del erotismo. Y así, con el título duchampiano Eros c’est la vie, afrontamos una reflexión sobre el erotismo en el arte contemporáneo, con la intención de explorar sus componentes vitalistas, festivos y amorosos en tiempos de crisis.

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De hecho, es sorprendente que todavía el erotismo siga siendo una fuerza subversiva y transgresora. En la época de internet, en la que todo el mundo tiene fácil acceso a las páginas pornográficas más estrafalarias, y en la época de la publicidad comercial invasiva, en la que el componente pornográfico impregna todo lo que toca, parece mentira que el erotismo siga manteniendo, todavía en el mundo del arte, algún tipo de energía corrosiva o transformadora.  Si todavía ofende, molesta  o incomoda se debe  sin duda a que en el erotismo sigue habiendo un principio vital que no se deja someter  ni reducir fácilmente a esquemas de adecuación y conveniencia. De algún modo el erotismo sigue reñido con lo políticamente correcto,  con lo conveniente, con lo adecuado y con las buenas maneras. Lo que evidencia que, bajo el nombre de erotismo, se sigue moviendo algo que, en términos de Roberto Esposito, podríamos  caracterizar  como “impolítico”.

Es cierto que siempre ha molestado a la mojigatería. Pero la mojigatería no era sólo la de las beatas clericales o la de los censores reaccionarios, sino que tiene múltiples disfraces: desde el adusto  reproche del viejo izquierdista, hasta el exabrupto y la condena de la nueva feminista. Eros c’est la vie, la irónica consigna duchampiana, trata de pensar  entonces en la fuerza del erotismo como principio vital, frente a la depresión económica, ideológica, psicológica y política en la que quieren sumirnos.

La idea general es la de abordar el tratamiento del erotismo en el arte español contemporáneo, atendiendo a una notable diversidad de enfoques. No está entre ellos ni el de escandalizar ni el de provocar la lascivia del espectador, sino más bien el de acercarnos a distintas miradas (masculinas o femeninas, homo o heterosexuales) sobre el milagro y el enigma de la sexualidad. Sin duda, lo que más nos interesa es el tratamiento intelectual del problema y la perspectiva que el acercamiento del arte nos proporciona, sobre los nuevos modos y maneras  de vivir la sexualidad en la cultura contemporánea.

carlos aires manuelantonio nobuyshi carlosfranco