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A VER QUÉ PASA HOY

Autora: Lola Zarza

A mi amigo Pau

Se sonríe cuando ve llegar al cuadro flamenco de gitanos medio borrachos. Adiós al trayecto monótono de todos los días. A estos los conoce de otras ocasiones. Taleguita de Cai es el cantaor. Tiene cierta fama. Él lo ha visto alguna vez en la tele. A ver qué pasa hoy. Nunca es igual y nunca lo defraudan esa panda de flamenquitos. Nada más poner un pie en el tren, lo poseen por completo.  Se convierte en su casa. Llaman pisha o quillo al camarero que los atiende, se ríen a cada instante, como si las preocupaciones mundanales no existieran para ellos. Sus mujeres son la Mari, la Sule,  la Nerea, siempre un La.  Ellos son el Pocho, el Cara Peo …

Hoy se nota el ánimo festivalero. No se ve como traje planchado con un proyecto de persona dentro. Cuando entran, los saluda con agradecida sonrisa. Tenía que salirme, alguna vez tenía que salirme mi sangre sureña . Nieto de andaluza en Cataluña, no ha conocido el sur más que en sus nostálgicas gracietas, en un acento extraviado  entre el extremeño del abuelo y el castellano catalanizado ambiental. La primera vez que le tocó lidiar con los flamencos apenas llevaba unos meses en su flamante empleo.  Sus amigos se burlaban del ridículo nombre que lo etiquetaba, pero a él le daba igual; azafato, sí, ¿y qué? Por lo menos tengo trabajo. Al principio lo ponían nervioso. No sabía cómo decirles que bajaran el tono de voz, que había otros viajeros, que ocuparan sus plazas y no las que se les antojasen, que no pusieran los pies encima de los asientos… Con el tiempo acabó por aceptar que era una batalla perdida de antemano, que más le valía rendirse y recurrir a otras artimañas. Generalmente, la solución pasaba por cambiar a los otros viajeros de coche y dejarlos a ellos con sus juergas, cantos, palmas y risotadas. De todas formas, tenía que disimular. Debía cumplir con su deber de mantener cierto orden en el tren, velar por la comodidad de los viajeros, etc. Por fortuna, no tratándose de una fecha especialmente señalada en el calendario,  hoy el tren circula semivacío y no hay  nadie más en ese coche, el cuatro.

viaje-en-tren

El tren arranca. Poco después viene el mensaje en off de bienvenida, en español y en inglés.

Güelcom…  A uno de ellos le da por imitar la voz ortopédica de la grabación, en inglés gaditano.

– ¿De qué sus reís? ¿No sabéis que yo sé inglé?

Nuestro azafato se carcajea, de espaldas y no muy fuerte. No se explica por qué le sale ese pudor. Allí solo están los flamencos y él en ese momento. Tienen tal jaleo que seguramente ni reparan en este empleado que se ha sentado en su coche unos minutos, en el otro extremo. En otras ocasiones los jaleosos son un equipo de fútbol o de baloncesto, no importa si vienen ganados o perdidos, el nivel de ruido y desfachatez es igual en los dos casos.

En el coche tres viaja una chica oriental. Lleva auriculares y lee una revista. Después de recorrer el tren en su labor habitual, vuelve al coche flamenco, a ver cómo está el tablao. En ese momento ya hablan en susurros. Se pregunta por qué han perdido fuelle. Dos de ellos, el palmero y otro que se parece mucho al Cigala, grande como él, duermen y roncan, derramados sobre los asientos. El aire que se respira sabe a vino. Nuestro azafato anota de vez en cuando algo en un cuaderno pequeño. No vemos qué. ¿Acaso lleva un diario? ¿Estará haciendo un curso de escritura creativa?

Parada en Zaragoza. Se asoma a la puerta para recibir a nuevos viajeros. Con él está su compañera Bego, que le pregunta por los flamencos un poco inquieta. La llamaron una vez  malafollá . Él finge cierto enojo solidario por respuesta. Luego ven cómo se acerca, corriendo, una pareja de unos cuarenta años. Él empuja el carro con el equipaje; ella cuida de no caerse de sus tacones agarrada a un portatrajes. Que suban aquí, que suban aquí, letanea el azafato, como cuando de pequeño deseaba algo mucho. Y sí, suben al coche de los flamencos. El espectáculo está servido. Se sonríe pícaro por el logrado deseo. Cuando la pareja alcanza la entrada del coche, les dan la bienvenida. Ellos no contestan al saludo. Hablan en remilgados susurros. Mª Ángeles, ¿te has acordado de llamar a Ramón para que nos recoja? Después de colocar el equipaje, se dirigen a sus asientos. Con profunda y teatral inspiración en señal de fastidio, él toca delicadamente el hombro de uno de los bellos roncantes.

– Perdone usted, pero me temo que están ustedes ocupando nuestras plazas.

Nuestro azafato interviene, qué remedio. Los flamencos bostezan.

– ¡Cucha, el payo, qué bien habla, que no z´ha dejao una letra atrá!- exclama uno de ellos.

– ¡Ozú, quillo! – interviene el Taleguita -. Y no te da a ti iguá sentarte en otro lao, que vamo nosotro aquí tan a gustito.

-Si a los señores no les importa, los puedo acomodar en otro coche, donde irán más tranquilos, se lo aseguro.

Los mira con cara de entiéndanme, aquí no les conviene quedarse, que estos lían el sarao en un pispás y lo van a lamentar. Luego los conduce a un coche lo más alejado posible de los flamencos. Después de acomodarlos, se pasa por el bar y se pone a charlar un rato con los camareros. Se ríen al intentar imitar los acentos y expresiones de los flamencos con ridículos resultados.

Un rato después vuelve al coche cuatro. Por el camino observa a la chica oriental. Olvidada la revista y ya sin auriculares, bailotea en su asiento al son de las bulerías, fandangos o lo que sea que suena en el coche cuatro. ¿Pero estos no estaban dormidos? Entra donde los flamencos y hace como que anota algo, apoyado en el quicio de la puerta. El espectáculo amplía la nómina de personajes. Un instante después, se planta allí la oriental, descalza y bailando, toda brazos y piernas, llenando el aire con sus olés y palmadas. De pronto se para en seco. Muy seria ante ellos y en un español averiado, les pregunta si le pueden enseñar a bailar las sevillanas. Nuestro azafato se acomoda, sin el menor disimulo ya. No quiere perderse la función. Esa noche tendrá mucho que contar en casa. Ya se lo está imaginando. ¿A que no sabéis a quién me he encontrado otra

vez? Enseguida entra en escena otra chica, descaradamente europea, que se dirige a la oriental bailona. Se escucha Sevillá y Trianá. Nuestro azafato se descoloca. La chica europea oriental bailona descalza insiste con los flamencos hasta que uno de ellos se levanta, la toma de los hombros, con gesto de esto ya me lo sé, y la conduce hacia el bar. La compañera descaradamente europea resopla y se vuelve a su asiento. A nuestro azafato le suena un busca en ese momento. ¡Coño, que me pierdo la obra! Desaparece de la escena y minutos más tarde reaparece en el bar. Allí está el doble del Cigala con la chica europea oriental bailona descalza. Ella tiene delante dos cafés y el flamenco, una copa. Nuestro azafato se acoda en la barra y se pide un ron, ante la mirada atónita de los camareros. Al tercer trago se le sueltan los pies y empieza a taconear.

Un rato después vuelve al coche cuatro con el flamenco y la chica europea oriental bailona descalza cafeinada. Y ahora, ¡qué hace! Nieto de andaluza, deschaquetado, se remanga la camisa y palmea, flamenquea como el que más.  La chica europea oriental etc baila al son del Taleguilla. Se asoman otros viajeros.

-Desde luego, ¡es que no tienen vergüenza!- comenta Bego al aire, sintiéndose traicionada por su compañero.

La chica descaradamente europea hace fotos del evento para colgarlas en el Facebús. C´est super!

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