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Arte es todo lo que los hombres llaman arte

Quería iniciar mi colaboración en esta revista partiendo de una reflexión en torno a la función del arte y su definición, que es, en mi opinión, fundamental para entender todo lo recogido como la Historia del arte. Esta reflexión se basa en el primer capítulo de la Teoría del arte del autor contemporáneo José Jiménez.

Cada vez con más frecuencia, al acudir a una exposición o galería de arte contemporáneo, me pregunto si lo que estoy viendo es arte, contrapuesto a lo que oficialmente he aprendido y entendido como tal. Es entonces cuando, de manera espontánea, surge la pregunta que rompe todos los esquemas, con la que uno se siente, en cierta parte, desorientado: ¿Qué es el arte? Parece que lo entendido como núcleo común que define, agrupa y delimita las diferentes disciplinas artísticas de repente necesita una nueva interpretación.

La respuesta “Arte es todo lo que los hombres llaman arte”, del teórico de la estética y filósofo italiano Dino Formaggio, que a la sazón es el título del primer capítulo de la Teoría del arte de José Jiménez, expresa ya una especie de relativismo sobre una definición propia del arte, y plantea otras cuestiones como la de quién tiene la legitimidad o el poder de catalogar algo como arte. Pero, siguiendo la línea argumental de Jiménez en su libro, también se puede interpretar que “hombres” hace referencia a “humanidad”, término que nos conduce a un repaso histórico de la concepción del arte, sin olvidarnos de la función del artista (y viceversa).

José Jimenez, catedrático de Estética y Teoría de las Artes

No me dedicaré en las siguientes líneas a relatar una especie de “historia del arte”, ya que el tema que más me preocupa es el arte que hoy, siglo XXI y que desde hace un siglo se viene dando, ocupa los grandes espacios culturales, aunque sí es cierto que contrastaré algunos ejemplos del pasado.

Hoy en día, como consecuencia de ser contemporáneo a estas obras de arte, uno tiene tantos ejemplos de ellas que no sabe por dónde empezar. Esto puede ser beneficioso para quien disfrute con este estilo de arte, pero, personalmente, preferiría ser contemporánea a obras renacentistas —cuestión de gustos que no influye para nada en el transcurso de la producción artística—. No es que reniegue ni quiera erradicarlo por completo, no se trata de eso, al contrario, considero el arte contemporáneo como un reto para el espectador, ya que la diferencia entre el arte del pasado y el contemporáneo, entre otras cosas, es que el público forma parte activa en la obra, pues el artista busca llamar la atención del espectador y/o remover conciencias. Con respecto a esto, Jiménez da en la clave al explicarnos que, con el proceso por el cual la imagen de la obra de arte se independiza de la obra de arte en cuestión, el espectador, “víctima” de la llamada cultura de la imagen, se aproxima a la obra de arte indirectamente a través de la reproducción masiva de la imagen de la obra. Calma, esto tiene una explicación, y el ejemplo —muy acertado— que da Jiménez en su libro lo resume perfectamente: Utilizando la Gioconda de Leonardo Da Vinci como cuadro de referencia, demuestra que el robo de éste en 1911—en plena preparación de la Primera Guerra Mundial— provocó la difusión masiva de la fotografía del cuadro en diferentes revistas y prensa, permitiendo el acceso visual de la imagen del cuadro. Es más, se permitieron el lujo de satirizar el robo e incluso, según cuenta Jiménez, las artistas más importantes de la época se fotografiaron como ella. Esto hoy en día parece algo totalmente normal, pero ya hablaré de eso más adelante.

Mona Lisa o La Gioconda (1503–1505/1507), obra de Leonardo da Vinci en el Museo del Louvre de Paris. AFP/Jean-Pierre Muller

A partir de entonces, fomentado por diversos factores —prensa, desarrollo industrial—, hay un cambio considerable en la concepción por parte del espectador de la obra de arte. En el capítulo, Jiménez habla de una pérdida de respeto, que en parte es cierto, pero a la vez tiene un trasfondo…conceptual, podría decirse. Estamos a principios del siglo XX, cuando la comunicación y la tecnología son dos campos todavía emergentes, pero muy influyentes, y que son los causantes de dos fenómenos revolucionarios en la sociedad del momento, y, por lo tanto, la actual: la publicidad y el consumo. El arte, hijo de su tiempo, ante la aparición de estos dos fenómenos, y en un proceso que todavía está en desarrollo, se introduce en éstos, se funde, se nutre y se complementa, provocando lo comúnmente llamado “cultura de la imagen”, donde todos intervenimos y de la que todos participamos. La consecuencia de esto es que la imagen de la obra de arte se independiza, tiene una identidad propia (otorgada por nosotros) y familiar, ya que entra en nuestras vidas, como si “bajase del pedestal”.

Busto de mármol del Emperador romano Trajano

A partir de esto, la definición de arte debe ampliar sus márgenes. La disciplina de diseño últimamente está considerada como arte, y varios diseñadores son llamados o se hacen llamar artistas, como por ejemplo, en el mundo de la moda (que tanto dinero mueve), John Galliano, antiguo diseñador de la marca Dior. Este ser, físicamente andrógino y artificial, viste de una manera excéntrica para así llamar la atención de los medios, y ya no sólo en su forma de vestir, sino en declaraciones públicas como: “Amo a Hitler” o “la gente como usted tendría que estar muerta. Su madre, su padre, todos en la cámara de gas”, que no hacen más que provocar un foco sobre él, y por extensión a su trabajo. Lo cierto es que actualmente hay demasiados ejemplos como éste, que muestran la degeneración que ha provocado la, como dice Jiménez, ósmosis entre arte-publicidad-consumo.

Este tipo de influencia provoca también que otros campos artísticos, como la música, la literatura y el cine, se “vendan”, es decir, sigan el estereotipo marcado por la industria. Desde cantantes que no componen sus letras —desde mi punto de vista, indignante, ya que parece que ser cantante y compositor, hoy en día, es algo excepcional—, escritores que escogen las temáticas que más demanda tienen en el momento —¿Cuántos libros de vampiros para niñas adolescentes se han publicado ya?—, o ya en el cine —¿Cuantas películas hay, por ejemplo, de lo que conocemos como “americanadas”?—.

Si lo que antiguamente dirigía la producción artística eran factores políticos o religiosos, actualmente ésta es controlada por el dinero. Aunque, pese a todo este show de la imagen, no hay que ponerse en plan anticapitalista, ni dramático.

Como ya he dicho, el arte es hijo de su tiempo. Antiguamente el arte estaba controlado por la estructura política, por ejemplo en el Imperio Romano —con los numerosos bustos de emperadores—, y por la religión —en Europa la católica—. Cada una de las épocas de la historia tiene una concepción de arte distinta: El arte de la prehistoria, por ejemplo, se correspondía con las famosas pinturas rupestres, con un sentido mágico-místico.

Estos grupos nómadas fueron formando asentamientos que posteriormente conformaron las sociedades, en las que el arte estaba ligado a otro factor que iba ganando terreno en las sociedades antiguas y, finalmente, en la edad moderna: el poder político; que se unió a un poder “mágico” mucho más definido por las distintas religiones. La religión católica en Europa es un factor muy determinante, que además de condicionar el arte, impuso en la sociedad un código moral. Este código moral, con el inicio del siglo XX y más notorio en el siglo XXI, parece ser que se ha perdido. Recuerdo un documental del canal Historia —que posteriormente he encontrado— en el que se definía la sociedad contemporánea como la sociedad de la incertidumbre: “no sabemos en qué creemos, no sabemos a dónde se dirige nuestra vida, no entendemos el propósito de nuestra existencia, […] no hay un código único para vivir”. La vida moderna rompió drásticamente con la vida del pasado, y, consecuentemente, lo mismo ocurrió con el arte. A menudo me pregunto cómo, al igual que actualmente estudiamos el pasado a través de su arte y/o de su cultura, las generaciones futuras nos analizarán a través del arte de nuestro tiempo.

plastinación de cadáveres

Además de innovar en formatos artísticos —era de la tecnología y de la informática—, como son la fotografía, el vídeo y el sonido —y, por extensión, el cine— e, incluso, la “plastinación” —cuanto menos alucinante— que nombra Jiménez en el primer capítulo, hay una gran variedad de temas. Tal vez sea esto lo que hace más desconcertante el arte contemporáneo, que no haya nada definido ni preestablecido, una especie de “libre arbitrio” donde no hay límites (puede que sólo económicos, y, cada vez menos, morales o éticos). En relación a esto, la ya mencionada “plastinación”, “un método nuevo de tratamiento de los preparados biológicos descubierto en 1977 por Gunther Von Hagens” (definición de Jiménez). Es decir, se expusieron cuerpos humanos químicamente tratados, con sus órganos, músculos y tejidos completamente a la vista.

¿Dónde están el límite y el código moral del que he hablado antes? ¿Hasta o hacia dónde vamos a llegar? Está claro que en todo este tipo de exposiciones entra en juego la provocación, y, gracias a ésta, las visitas del público con el consiguiente enriquecimiento económico del artista y del museo, pero, ¿No había también provocación en las declaraciones antisemitas del diseñador de moda John Galliano? Parece que la definición de la sociedad contemporánea del documental del canal Historia se acerca cada vez más a la realidad: somos la sociedad de la incertidumbre, donde principios y libertad chocan continuamente, y en la que (y repito: no es por ponerse en plan anticapitalista) la solución a este enfrentamiento suele tirar por el dinero. ¿Podría decirse, entonces, que arte, actualmente, es igual a dinero o ganancia económica? En mi opinión, esto es así a medias. Hoy en día son pocos los artistas que van por libre, es decir, que no exponen en los museos ni dependen de ninguna institución artística, pero la mayoría suelen depender de éstas ya que les beneficia para, si logran tener éxito, conseguir renombre o, más humildemente, hacer algo que transcienda con su arte. Consecuencia de esto podrían ser —no en todos los casos— lo que yo llamo las “tomaduras de pelo”, es decir, “obras” que se exponen pretendiendo ser obras de arte y que son admitidas por las instituciones artísticas y culturales debido a la fama que el artista tiene, o, degenerando ya, debido a que el público ni piensa ni cuestiona, ya que va a los museos como quien se pasea por el parque, sin preguntarse qué es lo que realmente está viendo.

Pese a toda esta clara…decadencia en la valoración de los criterios artísticos que, inevitablemente, ya es imposible remediar (pero sí es posible criticar, a favor, en contra, o, por seguir la dinámica, “votar en blanco”), sí es cierto que debido a varios artistas de los que tengo conocimiento, (y muchos más, para mí desconocidos y con los que me encantaría cruzarme) como el recientemente incorporado a mi conciencia, Eugenio Merino http://www.eugeniomerino.com, con su escandalosa “aportación” a la feria de arte ARCO en 2012

Always Franco, una escultura de Eugenio Merino

Hay muchos otros como Piero Manzoni, con su Mierda de artista (citado en el capítulo de Jiménez), o algunas obras de artistas poco conocidos presentes en algunas galerías actuales de Madrid, o de cualquier ciudad, ya sea por su aportación de ideas originales y/o por la crítica e ironía presente en sus obras, a uno le cuesta cada vez menos aceptar que hoy en día “eso”, y no lo antes citado, sea entendido como arte. Y puede que esto ocurra debido a que, hay que reconocerlo, el arte contemporáneo a pesar de todo tiene la ventaja de ser precisamente contemporáneo, es decir, de conectar con el público en una serie de valores, gustos, cuestiones, costumbres, pensamientos, tendencias, cultura en general que hace que se produzca esa cercanía, esa chispa o asombro, como cada uno quiera llamarlo y que, en definitiva, es el arte.

Mierd, del artista Piero Manzoni

 

 

 

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