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La batalla de Trafalgar vista por un hombre de ciencia

Existe una tendencia, cada vez más acusada, en el ámbito científico, de acercar al gran público las investigaciones y descubrimientos científicos a través de publicaciones amenas y fácilmente comprensibles. Es un modo de acceder a un número mayor de lectores sin conocimientos avanzados en física, matemáticas, geología, etc., tratando de explicar sus principios de forma didáctica y sencilla, en resumen, haciendo la ciencia divertida.

Este tipo de literatura ha convertido en best sellers publicaciones científicas y ha dotado de enorme popularidad como autores a insignes científicos como Carl Sagan o Stephen Hawking. Más recientemente, hemos podido ver como un libro divulgativo como Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson, vendió en el Reino Unido, más de 300.000 ejemplares en 2005. Concretamente este libro es un claro ejemplo de este tipo de literatura pues, incluso, se llegó a editar una versión para el público infantil, titulada Una muy breve historia de casi todo.

Dentro de esta tendencia, se enmarca Javier Ablanque, miembro del grupo de innovación educativa Física Interactiva de la universidad Politécnica de Madrid y autor de varias publicaciones, una de los cuales, Laboratorio de Física con soporte interactivo en moodle (Pearson, 2010), fue finalista en la pasada edición del concurso Ciencia en Acción.

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Trafalgar. Auguste Meyer, 1836.

Si ya en uno de sus libros, La Física de un día (Editorial Equipo Sirius), este Ingeniero Agrónomo contaba, a modo de diario,  todas las experiencias de un estudiante de instituto a lo largo de un lunes cualquiera y su relación con la física (por qué sonaba su despertador, por qué se arrugaba su piel cuando estaba bajo la ducha, etc.),  con su último libro La batalla de Trafalgar vista por un hombre de Ciencia (Editorial Educex, Extensiones científicas educativas de la Real Sociedad Española de Física, 2012), nos lleva a observar la batalla de Trafalgar desde el punto de vista de un científico para, de un modo ameno, ir desgranando conceptos sobre física, química, etc. y, de paso, irnos contando un hecho histórico.

En su último libro, como su propio título indica, podemos ver todos los detalles de dicha batalla (antecedentes, desarrollo, personajes implicados, etc.) desde el punto de vista de un hombre de ciencia y averiguaremos el porqué de cada suceso.

Según palabras de Manuel Seara Valero, Director y presentador del programa A Hombros de Gigantes de Radio 5-RNE: “Como se puede comprobar con la lectura de esta obra, Historia y Ciencia van de la mano y el resultado es una obra didáctica y entretenida”.

Y como no hay mejor forma de presentar este libro que con un ejemplo, a continuación os incluimos un extracto del mismo:

Los cañones en Trafalgar y la Ley de conservación del movimiento

El arma por excelencia en las batallas navales era el cañón.

En 1805, la mayoría de los cañones se fabricaban volcando el hierro fundido procedente del alto horno en el interior de un molde de arcilla colocado en vertical. Una vez retirado el molde, para realizar el hueco por el que entrará la bala, se utilizaba una herramienta denominada barrena.

 También se seguían utilizando cañones de bronce, anteriores a los de hierro. Estos cañones se fabricaban mediante una aleación de cobre y estaño (siendo el cobre el que se presentaba ampliamente en mayor proporción) aunque frecuentemente iban acompañados, en poca proporción, de cinc y plomo. Los cañones de bronce presentaban mejores cualidades frente a los de hierro fundido, duraban más (se corroían menos por las sales marinas) y pesaban menos, pero su uso iba en detrimento frente a estos últimos por su mayor coste de fabricación.

Los navíos iban dotados de numerosos cañones, el navío español con mayor número de cañones era el Santísima Trinidad, que podía llevar un total de 140 cañones. Para evitar que se pudiera volcar el barco debido al peso de los cañones, se optaba por ir distribuyendo las piezas de artillería según su peso, colocando los cañones de mayor peso en la cubierta inferior y los de menor peso en la cubierta superior.

Existían diversos cañones en función de su calibre (diámetro interno del cañón), desde las 6 hasta las 36 libras. La libra es una unidad de peso que corresponde a 0,453 kilogramos y, en este caso, equivale al proyectil que podía disparar el cañón, por ejemplo, los cañones de 36 libras de calibre (que en milímetros equivalían a 175 milímetros) son los que disparaban proyectiles de 36 libras.

Para utilizar el cañón se necesitaban, como mínimo, seis personas para cargar, apuntar, disparar y limpiar, y se tardaba varios minutos en realizar la operación. Al dispararse el cañón se produce un retroceso del mismo, esto es debido a la Ley de conservación del movimiento: en ausencia de fuerzas exteriores (la detonación que produce la pólvora forma parte del sistema cañón-bala), se conserva la cantidad de movimiento del sistema.

Cañón Trafalgar

La cantidad de movimiento de un objeto se define como el producto de su masa por su velocidad. Por tanto, como antes de la detonación la cantidad de movimiento del sistema cañón-bala es igual a cero (ya que el cañón y la bala están parados), tras la explosión, para que se conserve la cantidad de movimiento (debe ser igual a cero la suma de la cantidad de movimiento del cañón y el proyectil), la bala sale disparada hacia adelante y el cañón hacia atrás.

Si bien la velocidad de retroceso del cañón es bastante menor que la de la bala debido a que su masa es mucho mayor (pesaban más de una tonelada), podía provocar graves daños al tripulante que se pusiera detrás del cañón y no fueron pocos los que murieron por esta causa.

La bala, al salir del cañón con una velocidad inicial y con una inclinación con respecto a la horizontal, describe un movimiento parabólico. La distancia efectiva de este tipo de cañones no pasaba los 1.000 metros, por lo que era necesario acercarse mucho al enemigo para causarle graves daños.

Los navíos británicos disponían además de un cañón de características especiales, situado sobre la cubierta principal, denominado carronada, de corta longitud pero dotado de un gran calibre que disparaba a poca distancia gran cantidad de metralla, produciendo un efecto devastador sobre la cubierta enemiga cuando ambos barcos estaban casi tocándose. Esta arma impidió que varios navíos británicos fueran abordados por la flota aliada. Los barcos españoles, aunque disponían de algunas carronadas, optaron por otro cañón para tales fines, denominado obús que, a la sazón, también dio buenos resultados, mientras que los franceses presentaban deficiencias al no disponer prácticamente ni de carronadas ni de obuses.

En resumen, que este libro es una excelente opción para aprender historia mientras se lee un libro científico o para aprender ciencia mientras se lee un libro de historia, según se mire.

Ángel Cuesta (20 Posts)


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