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Cien años de belicosidad

Erick Ramos Solano

Nadie pudo advertir el verano de 1914 que el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria y su esposa Sofía Choteck en Sarajevo, a manos de un maltrecho y joven nacionalista serbobosnio llamado Gavrilo Princip, desencadenaría la catástrofe. En sólo unos días se cumplirán cien años del inicio de la Primera Guerra Mundial, el conflicto bélico más espantoso de la historia que comenzó con un acto subversivo de reivindicación patriotista. Conocida como la Gran Guerra —sin duda quizás la madre de todos los conflictos del siglo XX—, fue la chispa que encendió la Revolución rusa y encumbró a EE.UU. como potencia mundial (especialmente abusiva y destructora, para el resto de los países americanos). Sus fallidos arreglos de paz (el Tratado de Versalles sería para Alemania sobre todo injusto y soez), llevaron al mundo a una segunda crisis total tan sólo veinte años más tarde y, luego, a la Guerra Fría.

¿Usted se preguntará por qué recordar una guerra tan brutal como ésta? Yo le diré por qué. El recuerdo de los ideales —como la defensa de la democracia, los llamados sentimientos nacionalistas— convertidos en masacre, abuso y represión, así como el odio que movió a esos hombres a luchar —pues no se peleó contra ejércitos, sino más bien contra pueblos enemigos— pueden ayudarnos a comprender la barbarie de este siglo. Desde Guernica hasta Auschwitz, de Oriente Próximo hasta los Balcanes, desde las masacres universitarias en la Plaza de las Tres Culturas en México hasta las dictaduras sudamericanas. Hoy, con una Europa hundida en el trastorno económico y la desesperación, la paz que (todavía) se vive entre sus fronteras debe ganar un nuevo valor, uno más humano que la salvación de una moneda.

El libro Krieg von allen Seiten. Prosa aus der Zeit der Ersten Weltkrieges (Wallstein, 2013), es más que una edición conmemorativa; es una memoria de la muerte. La colección, dirigida por el filósofo y politólogo alemán Wilhelm Krull, reúne relatos escritos entre 1912 y 1922, esto es: durante los últimos años del reinado del Káiser Guillermo II, el estallido de la guerra de desgaste, las matanzas inútiles, la sombra de las trincheras y el surgimiento del sentimiento republicano de la década del veinte tras el fracaso de los generales prusianos en el frente occidental.

Krieg von allen Seiten - Wallstein, 2013

En el prólogo, Krull habla del apasionamiento patriotista que también embargó a muchos escritores alemanes al inicio de la guerra en agosto de 1914 —una especie de heroísmo tonto de soldados de escudo y espada que iban a la batalla como si fueran a duelos de caballería—, que no dejó ver con claridad la terrible amenaza de entonces. Muchos creyeron no sólo que la guerra duraría poco, sino que se ganaría de inmediato sin pérdida de recursos ni vidas humanas; pero se equivocaron. La encarnizada lucha duró cuatro largos años y fue total: en la tierra, el mar y el cielo. Tropas de los cuatro puntos del planeta marcharon seguros hacia la muerte y la destrucción; el caos y la incertidumbre, el miedo y la desolación del día a día en las barricadas y las ciudades marcaron así la prosa de estos hombres en diarios, reportajes, cartas y memorias: géneros de la visión del campo de batalla y la matanza.

La edición busca ser un «Mosaik» (mosaico) de diferentes posiciones. Reúne autores como Wilhelm Lamszus, escritor nacido en Altona —hoy barrio occidental de Hamburgo— que se adelantó a la guerra criticando el afán militarista de Guillermo II; Ulrich Steindorff, poeta expresionista, Leonhard Frank, famoso narrador, pacifista y crítico social; Andreas Latzko, combatiente hecho escritor en Davos, Suiza, relatando las masacres de los enfrentamientos del Valle del Isonzo, Italia; Alfred H. Fried, periodista austríaco, espiritualista y premio Nobel de la Paz en 1911; Martin Beradt, soldado en el frente occidental como reserva y mantenimiento; Gustav Sack, gran poeta, narrador y dramaturgo, muerto dramáticamente en el frente rumano; Ernst Jünger, convertido en famoso escritor por la temprana publicación de sus memorias de guerra —con sólo 25 años de edad—, con el título de In Stahlgewittern («Tempestades de acero»), fumador de opio, psicodélico, feroz opositor del partido nazi y convertido al catolicismo antes de su muerte, y Egon Erwin Kisch, reportero checo de ascendencia judía, comunista, pro-republicano en España y gran escritor.

Pero eso no es todo. Diarios como Die Zeit y sus suplementos especiales sobre la Gran Guerra impresos —el octavo número muestra una sugerente imagen a color de un casco prusiano (o «Pickelhaube») y una paloma atravesada en su punta de metal— y online; los llamados «Hörbuch» (libroaudio) como 1914-1918 Groβe Autoren erzählen vom Ersten Weltkrieg (Buch Funk, 2013), con autores como el mismo Egon Erwin Kisch, el médico y escritor Friederich Wolf y Beltrot Brecht, reclutado apenas siendo un crío como apoyo sanitario en 1917 —su “Legende vom toten Soldaten”, reflejaría como pocos poemas el horror de la muerte y la brutalidad: «Und weil der Soldat nach Verwesung stinkt/ Drum hinkt ein Pfaffe voran/ Der über ihn ein Weihrauchfaß schwingt/ Daß er nicht stinken kann» [Ya que el soldado olía a podredumbre/ le precedía cojeando un cura/ que sobre él agitaba un incensario/ para que no apestara]—; el libro de Guido Knopp, Der Erste Weltkrieg (Edel, 2013) y su sugerente subtítulo Die Bilanz in Bildern (Balance en imágenes), desean insistir en lo siguiente: recuperar y difundir todo el material (quizá perdido) de un momento sensible de la historia alemana —no se olvide que el entonces imperio germano entró en guerra apoyando a sus hermanos austrohúngaros, luchó en dos frentes y fue al final hecho por las fuerzas aliadas responsable de todo lo ocurrido— y de Europa.

Lo que se quiere es hallar el sentido (o los sentidos) de una guerra devastadora a través de la memoria y sus narrativas, en esa búsqueda imperecedera del hombre por defender la esencia de la vida en medio de la muerte.

En estos días de invierno me he dedicado a leer testimonios, memorias y cartas del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial, parapetado en los escritorios de la biblioteca del Hamburg Institut für Sozialforschung. No me es dado aún comprender a cabalidad lo que pasó, a pesar de mi dedicación y empeño. Sé que en algún momento, en algún lugar de esas páginas o fotografías, lograré acercarme un poco más a un sentido —o sinsentido—, pero siempre desde la torpe y triste sombra del lector en su escritorio. Pero la memoria de estos hombres que vivieron el infierno de la guerra puede latir aún en el corazón de una sociedad como la alemana, aunque el tiempo se empeñe en borrar las huellas de la catástrofe y la tristeza de cualquier mundo con la paz aparente que vivimos.

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