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Curso de verano

El taller empezó en enero. Como eran días en los que mi hijo Luis iba a estar conmigo, no dudé en arreglar todo para llevarlo, verlo jugar y regresar juntos. Reconozco que fue idea de Soriana, mi exmujer, y Luis jugaba muy bien.

Todas las mañanas el sol quemaba la cancha y no había sombra en ningún lado. Mi hijo, no obstante, tenía puestas ya todas las cremas habidas y por haber sobre el cuerpo, una gorra y unos lentes oscuros muy monos. Soriana insistía siempre en que lo protegiera pues consideraba que la piel de nuestro hijo era mucho más sensible que cualquier otra. Cada vez que hablábamos por teléfono decía antes de colgar: «Por favor, no olvides el bloqueador, ¿ok?».

Desde la pequeña tribuna podía ver a los entrenadores conversar, apoyándose en el tubo pintado de los arcos, masticando chicle. Eran viejos bajo gorras y panza abultada, y sus jóvenes asistentes, con agilidad, colocaban pequeños conos fosforescentes y banderines de colores sobre el césped dividiendo el campo en cuatro parcelas.

Una era para niños de seis a siete años que, en su mayoría, aprendían recién a patear un balón. Otra, de ocho a nueve. En éste estaba Luis y otros niños con camisetas de la selección, del Boca Junior, Hamburgo o Alianza Lima. Otra era para chicos de diez a once que jugaban haciendo mucha bulla, riéndose y molestándose entre ellos, y otra, finalmente, para muchachos de once a doce en donde pateaban con fuerza y cada vez que uno metía un gol todos se iban encima.

Luis estaba ya en la cancha, sin gorra y sin lentes, junto con otros dos niños, Abel y Sebastián, mientras uno de guantes llamado Salvador esperaba en uno de los arcos que le llegara la pelota. Mujeres y otros niños iban llegando, también con el rostro pintado por bloqueadores y chimpunes de colores. Aunque en realidad eran pocos, uno que otro adulto con pantalones cortos y sandalias se iba sentando en las gradas, cruzando los brazos o hablando por teléfono, bebiendo agua helada en botellas de plástico. Uno de éstos era el señor García. Era calvo, de ojos verdes y brazos gruesos, y su hijo se llamaba Elías y jugaba muy bien. Debo decir que muchos de los niños de ese grupo sabían patear la pelota, y Luis era uno de ellos. Aunque me enorgullecía, por momentos me preguntaba cómo podía jugar tan bien. Era esas cosas que los hijos aprenden sin necesidad de uno.

Cerca de las nueve los entrenadores tocaban el silbato. Con rapidez, los niños dejaban de jugar, se agrupaban en torno a ellos y empezaba la clase.

Éstas consistían en lo siguiente: veinte minutos de entrenamiento, en el que en retahíla cruzaban la cancha evadiendo conos para luego rematar al arco o pasarla a quien venía detrás, y otros cuarenta de lo que a los chicos les gustaba llamar: «partido». Otras veces, el entrenador advertía días antes que sólo iban a jugar entre equipos y el perdedor, en vergonzosa situación, bailaría un ritmo de moda en medio de sus demás compañeros.

Siempre eran tres grupos: los de chaleco verde, guinda y celeste. La victoria de uno dependía en buena medida de la suerte de contar con los que sabían jugar. Por supuesto, a veces esto no se cumplía pues era más una cuestión de suerte que el balón entrara, que aquellos que jugaban bien se opacaran o que quienes eran un poco torpes para pisarla tuvieran un milagroso momento de lucidez y presteza. Sin embargo, siempre los niños más ágiles y fuertes como Braulio, Hernán, Carlos, Teo, Ángel, Sebastián, Pedro, el mismo Elías y Luis metían un gol o varios en medio del abrazo de los demás y el aplauso de las mujeres en las graderías.

 

 

Al principio, a Luis le iba tan bien que no me preocupaba mucho si su equipo perdía, toda vez que se divirtiera y sudara un poco. Al irnos en el coche y con suma emoción, me preguntaba si había visto tal o cual jugada o cuando uno de los chicos metió un gol impresionante desde el otro lado de la cancha. En cambio, el señor García digamos que era un tipo a quien sí le importaba. En todo momento le pasaba la voz cuando veía que su hijo, para él, no hacía lo correcto. «Mongol», le decía, «¿no ves que el balón está viniendo por la derecha, ¡ubícate!». Por momentos, en un breve descanso, Elías se sentaba a su costado —botella de Gatorade en mano— y el padre aprovechaba para decirle esto o aquello. De nuevo en el campo, le decía desde la grada: «Huevón, corre, ¡corre!». O, si su equipo perdía, la tan ya conocida: «¡Mira al arco, Elías, mira al arco!». Solía molestarse; en esos instantes el chico solo agachaba la cabeza, se sacaba los chimpunes y se sentaba más allá, junto con otro niño.

Antes de cada juego, creía darle los consejos más lógicos: «Lúchala» o «No te canses tan rápido», y el que creía muy justo y necesario ahora que compartía un momento de su corta vida con otros niños: «Da pase; no te las lleves todas, ¿me entiendes?». Luis aceptaba todo pero en la cancha era casi otra persona. Esperaba el balón, se distraía rápido y cuando lo tenía, trataba de hacerse camino en medio del grupo de chaleco opositor perdiéndola irremediablemente a los minutos, cayendo al suelo. No podía hacer más. Todos los niños tenían al entrenador encima, deteniendo el juego para decirles qué era lo que estaban haciendo mal, gritándoles, advirtiéndoles alguna mala posición o burlándose de ellos, así que si por el lado paternal no aprendía mucho por el del profesor estaba seguro que al menos le quedaría algo.

En un momento, semanas después de asistir al taller todas esas mañanas soleadas, empecé a advertirle que jugara bien.

Luis podía ser muy bueno, pero cuando no se sentía motivado simplemente no hacía ni una. Siempre relajadísimo me miraba y trataba de excusarse, sincero, rascándose la cabeza. «Bueno, papá, no la vi». Empecé a entender que era probable que eso pasara con esos jugadores de selecciones que, victoriosos una tarde, podían ser los más estúpidos y torpes en la siguiente. Hasta que me di cuenta de que estaba empezando a presionarlo por lo que dejé de hacerlo de inmediato.

En casa se daba un duchazo. No vivíamos muy lejos así que en los camerinos sólo se cambiaba la camiseta, se mojaba la cabeza y se ponía sandalias. Soriana llamaba siempre a la misma hora. Al ver su número en la pantallita del teléfono inalámbrico, se lo daba a Luis para que contestara.

—Hola, mamá —decía, y se iba al cuarto.

 

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Cuando Soriana y yo nos conocimos en un bar de Barranco, estaba con otro. Nunca fui entonces un asiduo visitante a esos lugares pero esa noche llegué con David e Ismael, amigos en esos días de mi exmujer, luego de estar con otras personas tomando cerveza en la casa de una profesora de baile llamada Madrid Gómez, que Ismael cortejaba. Se llamaba José María y era mexicano, alto y fornido, pero reservado y de lentes con lunas gruesas. Tenían entonces unos años juntos y esa noche ninguno de los dos llamó mi atención.

Pasó unos años para que Soriana y yo volviéramos a vernos en una cena de amigos. Vestía un traje corto oscuro, unos pendientes rojos que parecían brillar y estaba sola. Conversamos toda la velada y a medianoche fuimos a su departamento. Luego de unas semanas viajamos a Arequipa para pasar fiestas navideñas en la casa de sus tíos y, luego de unos diez meses, le propuse matrimonio. Luis nació un año después y, antes de que cumpliera ocho, Soriana dijo luego del desayuno: «Edgard, quiero el divorcio».

No era que se hubiera vuelto loca. De hecho, respetaba muchas de sus razones y hasta las compartía. Nunca fuimos un matrimonio ejemplar; pero, a pesar de todo, la seguía queriendo. Antes de su cumpleaños me dijo que iba a mudarse a otro departamento que, para mi sorpresa, ya había estado pagando.

—Lo siento —dijo—. Entonces no estaba tan segura como ahora.

—Pero ya lo habías separado —reclamé.

—Luis fue siempre mi prioridad —concluyó.

Creo que nuestro hijo lo tomó con tranquilidad. A pesar de ser un niño muy encariñado y frágil, llegaba a ser por momentos demasiado racional y desconfiado para sus ocho años. Reconocía que era su madre la que nos dejaba y que vendrían días distintos, de horarios y días de semana entre un departamento y otro. A Soriana parecía no importarle mucho. Decía que la relación con su hijo no iba a cambiar pues siempre iba a ser su madre, viviera o no en casa. Eso jamás iba a ponerse en duda; pero el asunto no iba por ahí. Soriana siempre fue una mujer inteligente y sensitiva; no podía serle difícil entender las repercusiones de una decisión como la que había tomado; sobre todo para Luis, que estaba creciendo.

Si entendía las razones, me costaba sin embargo comprender por qué lo hacía de esa manera. Cuando empezamos a salir, Soriana era cinco años mayor que yo; casarse y tener un hijo eran metas que se había propuesto cuando cumplió veintinueve y todavía no me conocía. Sus tres hermanas estaban casadas y con hijos, y vivían fuera del país con sus esposos. Soriana quería lo mismo; aunque no de la misma manera. Nos costó lograr que concibiera y se cuidara, pero cuando sucedió fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida. Estuvo en cama casi todos los nueve meses y Luis nació en diciembre en la vieja Clínica Francesa.

Empezó a venir todos los fines de semana para llevárselo. No me importaba mucho que llegara y se fuera. Abajo parecía esperarle alguien pero nunca le pregunté quién, a ella ni a Luis.

Luego de unos días era yo quien tenía que ir a llevármelo: Soriana había instalado en su nuevo departamento un cuarto para él, con una cama, pósteres de jugadores, un mueble con enciclopedias y un pequeño equipo de sonido. Era entonces Luis quien deseaba quedarse unos días más, y yo no podía negarme. Sin embargo, cuando empezaron las vacaciones, Soriana se adelantó y matriculó a Luis en el curso de verano.

—Quiero que duerma en casa estas vacaciones —propuse entonces.

—Por qué —preguntó ella, por teléfono.

—Para llevarlo y verlo jugar. Tú no puedes pedir permiso; en cambio yo sí.

Aunque me hubiera gustado que siguiera con las clases de piano que empezó el año anterior, al menos en algo estábamos de acuerdo: Luis no iba a pasar vacaciones metido en casa.

 

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Pude en pocos días dejar de beber y creo que empezó a gustarme el fútbol viéndolo jugar. Mi relación con este deporte no ha sido la mejor. De niño papá nos llevaba a Gabriel, mi hermano mayor, y a mí al estadio de Alianza Lima; pero yo me aburría rápido. Con los años, llegué a odiarlo. Tal vez por eso me mostré receloso al principio. Sin embargo, luego de tantos días de entrenamiento me di cuenta de que jugaba cada vez mejor. Salvo los días en que se levantaba de la cama con el pie izquierdo, sabía colocarse en la cancha, aprovechar un balón, jugar bonito y meter un gol.

Entre los niños que no jugaban bien pero se esforzaban estaba Eric. Era un niño muy delgado, de piernas flacas y cabello corto. Cuando recibía la pelota solía perderla en el laberinto tembloroso de sus pantorrillas; corría mucho, por toda la cancha, lo que le valió el apodo de Veloz. Sin embargo, era mucho más frágil de lo que parecía: una vez, luego de provocar un autogol, se fue a un lado del arco a llorar pues los demás le hicieron tal cargamontón que no volvió a la cancha en todo el día. Lo llevaba Úrsula, una chica de veintisiete años, simpática, pecosa y de pechos formidables. Al principio pensé que podía ser su madre. Imaginé que podía haber otras personas menores de treinta responsables de niños tan grandes con tiempo para verlos jugar sin hacer nada.

Sentada a mi costado, dijo una mañana:

—Tu hijo juega muy bien.

—Gracias —sonreí—. El tuyo también.

—No es mi hijo; es mi hermano, y yo creo que se esfuerza.

—Claro, es muy rápido.

Soltó una carcajada.

—Sí —dijo luego, calmándose—, es el Veloz.

Se volvió con facilidad y a los pocos días otra motivación. Sacaba a Luis de la cama muy temprano: nos bañábamos, tomábamos desayuno y, luego de ver televisión un rato, salíamos rumbo al colegio. Luis encendía la radio y colocaba el disco de Elvis. Nos gustaba. Ella ya estaba ahí, con una mochila, sandalias y un Black Berry en la mano. Nos veía llegar y sonreía, levantando el brazo para saludarnos y luego indicarnos su costado, para que no nos fuéramos muy lejos. «Hola», decía, bajo la sombra de un techo de calamina puesto sobre un lado de las gradas. Sudaba y se pasaba la lengua por los labios. El sol quemaba de nuevo sin piedad y los niños se cubrían los ojos con las palmas de las manos. Mientras Luis iba a la cancha, lograba sentarme con ella y ver toda la jornada conversando. Para tener veintisiete hablaba mucho y de muchas cosas.

—¿Y su mamá viene? —preguntó una vez. Eric y Luis estaban en el mismo equipo de chaleco verde. Ganaban y nos habíamos perdido dos goles por ver algunas fotografías mal enfocadas en su teléfono.

—No. Trabaja lejos de aquí —respondí—. Yo trabajo cerca así que es más fácil.

 

niños futbol


Vladimir Prieto “Fútbol en el colegio humberstone” 29/03/2008 via Flickr, Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirBajoMismalicencia

Teo de pronto, de brazos largos y cabeza rapada, metió un gol para los celestes. Todos en la tribuna gritaron.

—Mierda —dijo ella—, nos empataron.

Esa había sido una de las últimas sesiones y mi hijo estaba más que emocionado. «¿Le contaste a mi mamá?», preguntó mientras subía al coche. Yo estaba dentro, colocándome el cinturón. Úrsula se había ido ya, siempre a pie llevando a su hermano de la mano.

—Decirle qué, hijo.

—Que ya es la clausura. Para que venga.

Mentí. Tal vez no se había dado cuenta pero Soriana y yo hablábamos ya muy poco.

 

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Los papeles llegaron una tarde. Margaret, mi cuñada, puso la correspondencia sobre la mesa antes de irse y dijo: «Ahora empieza lo bueno». Cuidaba a Luis cuando no estaba. Aunque sabía quedarse solo, su tía venía a visitarlo llevándole postres y a Joaquín, su primo, para que se entretuvieran un rato. Llamé a Soriana inmediatamente. Estaba en el baño e iba a ducharse. «Hablamos luego, ¿te parece?», reclamó. Antes de colgar dijo: «Edgard, ya lo habíamos hablado, por qué te sorprendes».

No sé exactamente cuándo empezó todo, si hay un día en la vida de nuestro matrimonio —o nuestra relación antes de casarnos—, que Soriana se sintió encarcelada, triste o miserable. Tal vez siempre estuvo ahí la poderosa sensación de fracaso o fue madurando con los años, como una criatura que se concibe sola. Ese iba a ser el primer verano que no íbamos a estar juntos; tal vez Luis no lo sentiría así, para él su mamá siempre estaba ahí o en el teléfono.

A pesar de las peleas, solíamos arreglárnosla para salir los fines de semana con el coche a la playa. Soriana era quien organizaba todo, desde días antes. Salíamos muy temprano para evitar el tráfico de la carretera. Parábamos en el mismo grifo para llenar el tanque y comprar agua, y regresábamos al día siguiente en la tarde mientras Luis dormía en el asiento trasero.

En casa, luego de bañarse, se iba a la cama. Nosotros nos bañábamos juntos. Hacerlo era ya casi un rito que ninguno de los dos se propuso, en algún momento de nuestro matrimonio, quebrantar. Después de comer algo y revisar nuestros correos, de llamar por teléfono a su madre, mi suegra, como todos los domingos, Soriana encendía el televisor para dormir. Era una pésima costumbre que nunca supo corregir; tampoco yo. Al cabo de unas horas, estaba completamente dormida con los lentes puestos. Se los sacaba, dándole un beso en la mejilla y apagaba el aparato, siempre hacia su lado de la cama, porque a mí me molestaba la luz.

La extrañaba. A pesar de que pasábamos por una de esas crisis que Sara y Susana, sus viejas amigas del colegio, solían contarnos de otras parejas conocidas, me sorprendió tanto y de manera tan lamentable que Soriana fuera más allá y nos dejara que empezó a aterrarme la sola idea de no sólo estar sin ella sino, como repetían todos, tener que empezar de nuevo. Sabía que era mucho más joven que ella; pero eso no significaba ventaja ni privilegio alguno para la felicidad, menos aún para ser un buen padre y no un idiota.

Pudimos hablar. Luis dormía en el cuarto. Me serví un poco de whisky y salí a la terraza a fumar.

—Sólo tienes que firmar, Edgard, y ya todo habrá acabado —dijo por teléfono otra vez.

—Firmaré, Soriana, el día que entienda qué nos pasó.

—Lograrás entender qué nos pasó; pero yo no puedo esperar tanto, Edgard. Lo sabes.

Luego de preguntar por Luis, colgó. Me quedé en la terraza. Estaba atardeciendo y el cielo parecía arder alrededor de un sol que caía no sabía exactamente dónde.

 

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Volvió a llamarme. «¿Firmaste?», preguntó. Bajaba las escaleras. Había guardado la cajetilla en el bolsillo del pantalón y puse los documentos en un sobre. «Hoy es la clausura del taller de fútbol —dije, luego de responderle—, no lo olvides, ¿está bien?». Luis estaba en el coche, esperándome. Colgué y puse el aparato en el otro bolsillo. Me miró y dijo: «¿Viene?».

—Viene —respondí, sonriendo.

Había más personas que otros días. Úrsula estaba sentada en el mismo lugar y sonrió al vernos; no tenía el celular en la mano.

—Cómo estás —dije.

—Bien —respondió, un poco intranquila.

Habíamos acordado traer golosinas para el cierre del curso. Solían hacerlo. Luis quiso traer papitas saladas; le gustaban mucho. Empezaron a entrenar de inmediato. Algunos chicos habían estado pateando pelotas en fila contra la pared para luego correr tras ellas. Luis corría con los demás de su grupo alrededor de la cancha y el sol otra vez quemaba las cabezas. Esta vez quiso ponerse el polo de la selección que le regalé para su cumpleaños. Detrás decía «Guerrero» y el modelo era el clásico de mundiales pasados.

—Qué vas a hacer hoy —pregunté.

Úrsula pensó un momento antes de responder mirándome a los ojos. Parecía también distraída.

—Una amiga de la universidad cumple años así que ahí estaré.

Sonreí.

—Recuerdo cuando mis amigos cumplían años en la universidad —dije, sin permiso alguno—. Siempre la pasaban en un bar asqueroso; quedaba cerca, a unas cuadras. Luego se iban a una discoteca al centro de Lima, todo dependía del momento. Por supuesto yo iba de frente a la discoteca.

El entrenamiento de ese día no iba a ser el mismo. El entrenador llamó a Luis, Teo y Braulio para que escogieran los equipos rápidamente. Un asistente trajo los chalecos de siempre y pelotas en una canasta de metal como una reja para conejos.

Luego de unos minutos, Soriana apareció, con tacos y una blusa blanca, una cartera y lentes de verano. Al quitárselos, me buscó en la tribuna bajo la sombra del techo de calamina y la luz del sol sobre el cemento. Levanté la mano para pasarle la voz, pero pareció no verme. «Ah, se parece a su madre», dijo Úrsula entonces, agudizando la vista, dándome un pequeño golpe con el codo. Sonreí con torpeza. Luis fue entonces a saludarla. Sudaba y se veía contento. Soriana dio unos pasos más sin pisar la cancha y nuestro hijo le mostró dónde era exactamente que estaba luego de darle un beso agarrándole el rostro con ambas manos. Soriana sonrió y pareció decirme: «¿Vienes?». Estaba nervioso. Dije: «Perdóname».

Bajé las gradas. Parecía apurada, como siempre. Jugaban ya. Luis tenía el chaleco verde y los otros el guinda.

—¿Podemos sentarnos? Hace mucho calor aquí. Luis está jugando, ¿verdad?

—Sí —contesté—. ¿Vienes de la oficina?

—Sí —dijo—. Ni bien llegué salí. Les dije que me iba a la clínica.

Luis jugaba en la delantera. Empezó a esperar el balón parado cerca al arco contrario, viendo a sus demás compañeros con atención. Eric estaba en el equipo contrario y Úrsula tomaba fotos con una cámara pequeña.

—Toma —dije.

Soriana recibió el sobre y pareció suspirar.

Recordé nuestro matrimonio, la fiesta en el club, el viaje a Santiago. Recordé a Luis en la cuna, las noches sin dormir y su mal humor. Recordé la última vez que dormimos juntos. La televisión encendida cuando llegaba tarde y Soriana dormía de costado.

—Siento mucho lo que nos está pasando —dijo luego.

El equipo de Luis metió un gol. La pequeña tribuna gritó y los niños en la cancha saltaron. Elías corrió hacia su padre y éste le dio un beso en la cabeza.

—Ay, no vi el gol —dijo.

Nos habíamos puesto de pie, luego nos sentamos.

Vi a Úrsula al girar la cabeza. Nos miraba.

El entrenador no dejaba de detener el juego cuando los más despistados parecían perder su lugar en el desorden del partido. Los llevaba con la mano aquí o allá diciendo: «Tú eres defensa, tu sitio es aquí, ¿ves?» o «Tú eres volantes, tu sitio es allá, ¿te das cuenta?».

—Pensé que esto podría solucionarse —dije.

Pareció no escucharme. Por alguna razón, no abrió el sobre ni revisó los documentos, la firma, alguna trampa. Miró su reloj.

—Yo también, Edgard —respondió—, yo también. Sabes, no puedo quedarme hasta el final. Tengo que volver. Salí diciendo mentiras. ¿Puedes decírselo?

—Está bien —dije.

Luego de unos minutos, Soriana se puso de pie y me dio un beso en la mejilla.

Tal vez Luis no miró más hacia la tribuna y jugó bien y sin lograr patear el balón de manera extraordinaria. Pero su equipo ganó y al final se quitaron los chalecos y dos mujeres jóvenes pusieron una mesa cerca del arco con botellas de gaseosa y bocaditos en platos de plástico. Unos chicos trajeron pistolas de agua y empezaron a jugar, con globos y baldecitos de playa, correteándose entre ellos, olvidándose de los arcos, de la red desgajada. Casi todos nos mojamos. Úrsula estuvo a mi lado en todo momento y cuando de pronto el sol pareció ocultarse por una nube espesa y lenta preguntó sin temor alguno: «¿No quisieras acompañarme más tarde?».

—Claro —respondí—, por qué no.

 

Erick Ramos Solano

 

 

 

baidewei (111 Posts)


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2 Comments

  1. Pablo Guillamón May 23, 2013 Reply

    Un magnifico relato, en el que los sentimientos (amor, fracaso, decepción, cariño, olvido…)y las tardes de sol jugando al fútbol se entremezclan de forma amena y concisa. Enhorabuena.

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