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Diario de una media naranja… Una boda y cuatro funerales

Si hay algo que me saca de quicio, son las bodas.

Vale, quien me conozca dirá que sacarme a mí de quicio es fácil, pues soy bastante alterable, refunfuñona y ponefaltas, eso es lo que dirán, pero es que viniendo de una familia como la mía, lo contrario sería raro, y cómo dicen en mi pueblo: “el que no se parece a los suyos es un marrano”. No sé si es cuestión de genética o que todo se pega menos la hermosura, pero la mala leche y la falta de aguante, es una norma en mi familia, eso y que la edad no acompaña, pues cuanto más mayor me hago, peor me sientan las cosas. Las que sean, no soy remilgada en este asunto, a mí cualquier cosa ajena pueda sentarme la mar de mal.

Pero las bodas se llevan la palma, y si encima son bodas familiares, apaga y vámonos. Cómo decirlo sin que suene mal…imposible, hay que decirlo tal cual. No aguanto a mis parientes. Ni ellos me aguantan a mí. Es un “inaguantarnos” mutuo, de hecho creo que ni uno solo de nosotros, aguanta al resto. Pero no podemos estar los unos sin los otros, y menos no asistir a una boda a la que te han invitado (que por mal que nos llevemos entre nosotros, algunos más que otros, invitarnos a los jolgorios, nos invitamos; eso sí, deseando que el otro acepte, pues sería un gran desprecio no hacerlo, pondría en evidencia nuestra falta de feeling. Cosa que todos sabemos, pero que no nos gusta que los ajenos a nosotros lo certifiquen).

Y en esas estábamos mi Santo y yo el sábado pasado, preparándonos para la boda de una de mis primas. Me vais a permitir que no de nombres, primero porque en mi familia además de cargantes son tiquismiquis y en seguida se ofenden por cualquier cosa y segundo, porque además de lo dicho anteriormente, y por si no fuera bastante, son bastante limitados para los nombres, y estos se repiten entre mis tíos y primos como la morcilla. Así que para evitar liar al lector, me dirigiré a mis parientes por el mote, la peculiaridad de su carácter o su atributo físico más relevante.

© Jenna Cole

Tras muchos intentos fallidos de casar a la nena, mi tía La Nancy Rubia, por fin encontró un marido para su niña, mi prima La Tordo —la de cabeza pequeña y culo gordo−; un chaval del pueblo de nuestros ancestros, vamos, y de todos nosotros, que de casta le viene al galgo, aunque hayamos nacido en otros lares. El muchacho cometió la imprudencia de invitar a mi prima un día a tomar un café, cosa habitual entre los seres humanos que no tiene porqué traer más consecuencias; pero eso sería entre los seres humanos normales, entre nosotros, el asunto tiene su miga. Que si “mis padres quieren saludarte”, que si “dice mi madre que te sientes con nosotros en la plaza”, “que te vengas a comer la paella el domingo”. ¡Y aquí es dónde el pobre chico se vio atrapado! En la paella del domingo. No falla. Paella dominguera, familiares que se pasan como que no quiere la cosa a ver que se cuece, La Nancy Rubia que despliega su magnetismo y ensalza sobremanera a la pareja, el chaval que se pone colorado, que dice no merecerlo, “¡Que sí que te lo mereces” dice La Nancy, y de que el pobre se da cuenta, está sentado junto al abuelo, nuestro Patriarca centenario, que además de contar batallitas a lo cebolleta, enseña sus armas, apunta y dispara sobre la pobre víctima inocente.

−Antes de morirme, hijo, prométeme que te casarás con la nena, que te he tomado mucho cariño, hermoso mío, y quiero que seas parte de esta familia. Prométemelo, no quiero morir con la duda, pájaro.

Claro, y no falla. Y es que el que no te conozca que te compre. Esta argucia la lleva el abuelo empleando desde que casó a mis tías, y ya hace unos añitos de eso, no saco la cuenta para no ofender innecesariamente, pero vamos, que los sesenta no andan lejos. Y así en menos de un año, la Tordo y el Pájaro, tenían fecha de boda. Después vino el nido, y algo me dice por las redondeces de la novia –más de lo habitual− que no tardarán en llenarlo.

—¡Qué poco me apetece ir de boda, qué poco! —me quejaba yo− y encima la de la sinsustancia de La Tordo, pues ahora, todas tendremos que aguantar a la Nancy pavoneándose con el despliegue de boda que ha organizado ¡Ya puede ornamentar el bodorrio ya, a ver si así pasa inadvertido el culazo de la nena! si no queda por encima de los demás, no es feliz. Y no tengo nada que ponerme.

—¿Nada? —dijo asombrado mi Santo− ¿Y esa media docena de vestidos que te compraste hace un par de meses por si acaso te surgía un evento o boda? palabras textuales tuyas nena. Además, si no quieres ir a la boda, no tenemos porqué ir, ya ves el problema.

−¡Hace dos meses! –exclamé−en ese tiempo y como es habitual, las polillas “encogedoras” de ropa han hecho de las suyas. ¡Dos tallas lo menos se han comido! No me mires con esa cara, Santito, sabido es por todo el mundo, bueno, por mi hermana, dos primas que me caen bien y un par de amigas que “idem”, que una vez que te compras la ropa, en cuanto la dejas un tiempo en el armario, las polillas empiezan a comérsela a lo ancho, estrechándola a mala leche.

Y sí hay problema si ¿Cómo no voy a ir a la boda? ¿Qué quieres, que todas me critiquen a mis espaldas? ¿Y cómo las critico yo luego si no veo como van vestidas? tienes unas cosas…

Al final me puse lo primero que encontré, un vestidito precioso de gasa, evasé, marcando pechamen que es mi punto fuerte y escondiendo culillo, que es dónde las polillas hacen más hincapié en los trajes, y estos antes encogen. Qué mona iba yo. A pesar de ser la prima mayor, parecía la más joven y estilosa, de un buen gusto y un glamour que quita el sentido; y es que yo soy guapa de nacimiento, no como mis primas que deben “decorarse” para ser miradas sin asustarse; esto lo heredé de mi madre, de la otra parte de la familia, cutis de porcelana y cabello de ébano. No, no estoy contando el cuento de la Blancanieves, solo digo lo que mi madre me repetía desde que tengo uso de razón. Cómo se estropeó el genoma al juntarnos con la otra parte…decía mi abuela ¡Ay mi abuela, que ya no la tengo conmigo, y no tengo quien me diga cosas bonitas! ni falta que me hace, que para eso me basto y me sobro yo.

Mi Santo iba hecho un pincel, que guapetón y que elegante. Tía Vetusta, la hermana mayor de mi padre, lo confundió con Errol Flynn y todo. Pero para nada. Mi Santo es igualito que el Hugh Jackman, y bien que lo dijo mi prima La Hocicos “¡Vaya marido más apañao que te has buscao, prima, y bien jovencito, no eres tonta no!”.

Foto: Justjared.com

−Pues tú si eres si, y de las grandes —murmuré bajo una falsa sonrisa− lástima de aparato dental, para lo que le sirvió. Pazguata. Hablando de pazguatas y pazguatos, mira Santo, por ahí llegan mis tíos El Bourbon y El Ginebras, vaya colores que traen, se nota que ya vienen puestos, y si no sus parientas, La Tetas y La Tintes vaya modelos se han colocado, se les ve el culo ¡Como se creen clones de Ana Obregón! artistas dicen que eran. Ya te digo yo lo que eran y de dónde las sacaron. A estas que entran ahora no las conoces tú, Santo. Mis primas La Napias y La Borde, vaya pintas, su madre la Lumbreras y mi tío El Patán. No soporto a ninguno, así que vente conmigo que te los presento y les damos un par de besos, prepara la cámara para hacernos unas fotos. Qué cruz.

Y ahí estuvimos saludando a la parentela, mucha de la cual no conocían a mi Santo. Es que somos como las cucarachas, nos reproducimos que da gusto, 16 hijos que tuvo mi abuela, la pobre ya difunta y difusa, sus parejas e hijos, que a esta familia mía parece que le gusta poco la tele, la virgen la prole que somos. Besados mis tíos Gazmoño, El Cavernícola, El Pánfilo, El Tartaja, El Bizco, El Calvas, El Escombros y mis tías La Magna, La Tocino, La Oxidada y La Impoluta, nos dispusimos a tomar asiento esperando la inminente entrada de los novios al banquete.

Desde luego, vaya peinados se han hecho las ordinarias de mis tías postizas, de todo lo que había para elegir, van mis tíos y eligen lo peor, que adefesios escogieron. Anda que los trajes…y si no los maridos de mis tías, dicen que quien mucho escoge se queda lo peor, y para muestra un botón.

−¡Jajajaja! –rió Santo−la verdad es que tu familia es igual que un cuadro. O una película de Berlanga, mira que son raros y frikis, no se salva ni uno, mira sino a tu prima la…

−¿Cómo te atreves? ¡Mucho cuidado con lo que dices de mi familia, sinvergüenza! –grazné− qué  falta de respeto, y en un acto tan entrañable como este, la boda de La Tordo.

−Pero si tú misma has dicho que…

−¡Ahí le has dado! ¡Lo he dicho Yo! que tengo todo el derecho, que para eso son míos, que son muchos años aguantándoles en navidades, cumpleaños, vacaciones, bodas, bautizos y comuniones, y varios sepelios ya. Que me lo he ganado a pulso. No te queda a ti ni nada para hablar mal de mi familia, anda que no ¡Sinvergüenza! Como tú no tienes tíos ni primos, y con los pocos que tienes no te hablas ¿Acaso alguna vez he dicho yo algo sobre tu madre, que parece La Bruja Avería? ¿O tu padre, que es igual que El Koala aquel que quería un corral? Anda que si hablase de tu hermano y su mujer, son iguales que Trancas y Barrancas, lo malo es que no se sabe quién de los dos porta tranca y cual las espera en barrancas. Como se entere mi familia de que vas hablando mal de ellos…

Y aquí se podía haber producido un conflicto internacional, de no ser porque en ese momento entraron los novios y hubo que levantarse a aplaudir. Maldita las ganas que tenía de hacer el tonto, pero viendo a mis primas como aplaudían, no iba a ser yo menos que las demás, y aplaudí como si me fuera la vida en ello. Igual que si pasara la virgen (ejem, ejem..) en procesión, allí estábamos todos los parientes aplaudiendo, lanzándole rosas, piropos ¡Guapa, guapa y guapa! decía tío Gazmoño ¡La más bonita y la más simpática! le gritaba tía Vetusta.

−¡Ole y ole y la morena de la copla, que viva mi prima la más guapa y artista de la familia, ole y ole! –grité yo dando unos pasos hacia adelante para que se me viese bien y supieran todos, que el piropo era mío.

Así estuvimos un buen rato, pues a todo piropo con chispa, le salía otro intentando superarlo. Está claro que con el mío no pudieron, es que yo soy Escritora y de mente ágil, no una demente ágil que no sabe ni escribir como otros…Mucho me costó convencer a mi Santo que no teníamos antepasados gitanos, aunque a mi abuela la difunta y difusa le gustara mucho el trapicheo y el comadreo, pero de gitanos nada de nada ¡Condes eran los bisabuelos! Condes Cendientes, era el título, creo que me contó alguien, o me lo inventé yo, ya no me acuerdo.

Y así llegó el momento de cortar la liga de la novia. ¡Qué vulgaridad! ¡Qué falta de glam, de estilo y de respeto a sí misma! La Tordo, con la patorra en alto, intentado quitarse la liga que parecía enroscada al muslo, de prieta que le estaba.  ¡Qué de mal gusto!

−¡Mis primas, que se me adelantan! –grité yo empujando a mi Santo para que me dejara salir de mi sitio−¡Dejadme sitio que soy la mayor y tengo mis derechos primiles! ¡Que nadie la corte hasta que yo llegue! ¡Ordinarias!

boda ramo

Foto: Jenna Cole

Y entonces se desató el Caos, la hecatombe, el Apocalipsis.

Todas salimos corriendo hacia la tarima donde se encontraban los novios y los padrinos, en busca del preciado tesoro de la liga de la novia. Todas queríamos ser las primeras. Y nos subimos al tiempo a la inestable tarima. Primero un ruido atronador como de burras coceando, creo que algún rebuzno escuché, y creo que lo soltó La Tintes. Luego un crujido enorme y al final el suelo se abrió a nuestros pies, tragándonos la tierra como pato engullendo. Devastación absoluta.

La Tordo espatarrada (cuatro fajas llevaba bajo el vestido, a lo Adele en los Oscar), La Nancy descaderada (si si, como la Lady Gaga), al Pájaro le sobrevolaban idems alrededor de la cabeza, como Silvestre tras golpe de Piolín. Varios esquinces, mucha rotura de ligamentos, algún descalabro y mi hemorragia nasal; es que me tropecé con la tarima al subir y me di de bruces, eso me salvó de ser engullida por la tarima asesina.

Lo peor se lo llevaron el Patriarca, que sentado junto a la madrina disfrutaba de las vistas privilegiadas desde el balcón de la misma, del escote balcón me refiero, y sobre él cayeron media docena de nueras con sus diez pares de decenas de kilos de más. Espachurrado total. Menos mal que para esto estamos todos preparados desde hace lustros, y si sucede lo peor, dios no lo quiera, tenemos la mortaja del abuelo lista en el desván, con un aroma a lavanda que quita el sentido. Dan ganas de morirse, dicen las tías abuelas. Nuestros trajes de luto preparadísimos también, algo pasados de moda desde que los compramos con aquel primer achuchón que resultó ser una falsa alarma, pero no estamos para derroches; espero que las polillas no hayan causado estragos en el mío.

En estado crítico y pronóstico no reservado (se pronostica en algunas mesas, que no pasan de esta noche) se encuentran La Tetas, cuya silicona explotó al caer y casi se quema a lo bonzo. La Hocicos, se mordió a sí misma en el brazo con el golpe, y ha habido que amputar, la hemorragia fue terrible. Para mí que no sale de esta. La Borde, de la mala leche que le entró al verse engullida se transformo víctima de su propia Ira, en La Masa, y sigue ensanchando mientras pasa de verde manzana a un morado la mar de gangrenoso. Igual que un cromo.

Y ahí estamos, esperando mientras las vemos venir. Qué lástima. Pero menos mal que no fui Yo, que a mí el dolor me sienta mal. Sea cual sea el resultado, estaremos juntos como siempre, ya sea para celebrar (entre dientes) la recuperación de los semi-defenestrados, o para ir de entierros.

Lo que sea, siempre en familia, que a pesar de todo, la sangre siempre será más espesa que el agua.

 

Yolanda Toledo Villar

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