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¡Dios mío, qué solas se quedan las vacas!

«Ante aquel contraste / de vida y misterio, / de luz y tinieblas, / medité un momento: / ¡Dios mío, qué solos / se quedan los muertos!» (Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas)

Aquel fin de semana lo reservé para mí sola. Me había apuntado a un viaje a Portugal con un grupo de senderismo. Dejé a Luis con la niña. Otros fines de semana era él quien descansaba de trabajo y de hija.

La ruta del sábado discurría entre Monchique y Marmelete, dentro de la Vía Algarviana. Iba a llenarme los pulmones de aire limpio, a respirar el olor del campo. Pero, sobre todo, iba dispuesta a pasármelo genial, sin más. En el grupo había una que fotografiaba todas las clases de flores y nos decía sus nombres, a lo que yo hacía como que prestaba atención, pero la verdad es que tiraba inmediatamente la información; prefiero guardarme la memoria para menesteres más útiles. Un par de amigos caminaban en plan místico, como recomendaba no sé qué gurú espiritual que nombraban, para conectar la naturaleza con su ser. Yo iba charlando con Esther, pediatra del centro de salud donde trabajo, con la que tengo muy buena sintonía, sobre todo en el decir tonterías y el “riserío”. (Nos encanta inventar palabras).  Nena, tienes que ver una conferencia buenísima en el Youtube, me dijo. “La da una psicóloga chilena. Ná más que escuchándola, te meas en las bragas”. ¡Mira que eres guarra!” A los niños los llama cabros. Es un poco larga, pero merece la pena. ¿Y cómo la encuentro? Pues pones Pilar Sordo, conferencia en Valdivia, y ya te sale.

Luego nos paramos a descansar junto a un prado que más verde no podía estar.

 

¡Anda! ¡Cuántas vacas! Las vacas del pueblo ya se han escapau, riau riau, canturreamos las dos. Enseguida reparamos en una de ellas, que parecía mirarnos fijamente. Estaba a tan solo unos metros. ¿Nos estará entendiendo? Si habla español, ¡seguro! Lo mismo ha oído lo de los cabros y se ha puesto en guardia. Yo tuve un amigo con ojos de vaca, azules, pero de vaca. ¡Era más lindo! ¿Dónde tendré el poema que me dedicó?

Bons dias!—dijo el hombre que estaba con las vacas.

Llevaba un MP4. A mí, la verdad, cuando voy por el campo o por un parque no me gusta llevar nada enganchado al oído, así solo escucho los pájaros, el viento, las pisadas, el silencio…

¿Cómo vas a oír el silencio? ¡Mira que eres rara! Es que disfruto de la poesía del paisaje. ¡Qué bien hablas, niña! Pues yo también prefiero los sonidos naturales, hasta en la ciudad, con sus cláxones, sus sirenas de ambulancias, niños berreando por cualquier cosa, la gente que se grita de una acera a otra… Así, nos acabamos poniendo de los nervios y nos entran ganas de venir al campo. Esther tiene unas formas de hablar y de ver la vida woodiallenescas. Oye, Esther, ¿no crees que este vaquero no parece vaquero? ¡A lo mejor antes fue cabrero! En serio, niña, le dije. Tiene pinta de trabajador reconvertido, autoempleado, reciclado, reinventado o como lo quieras llamar, de los que la crisis esta está produciendo a porrillo. ¿A qué crees que se dedicaba antes? No tiene nada que ver con las vacas, se nota a la legua que no son lo suyo. Mira cómo se mueve, no las trata con cariño ni nada…

Mientras Esther se lo pensaba, me di cuenta de su gran parecido con un noviete muy atractivo que tuve cuando viví en Londres. Era de Kosovo. Tenía los ojos verdes, era de estatura mediana y bien fornido. Una mujer que se fue derecha a hablar con nuestro vaquero, con claros síntomas de impaciencia y azoramiento, me sacó de mis recuerdos. Como Esther es medio portuguesa por una abuela suya, me iba traduciendo por lo bajillo parte de lo que decían.

—Te he estado llamando toda la mañana. ¿Es que no llevas el móvil?…

En todas partes pasa igual, por lo que veo. Se supone que tenemos prisa por decir algo y perdemos el tiempo hablando de la cobertura, batería o cualquier otra contingencia del celular.

—¡La niña está de parto! ¡Vámonos al hospital!

(Oye, pues qué jóvenes para ser abuelos, ¿no?)

—¿Y qué hago yo con las vacas?

—Se las podrías dejar a esta gente, que parece muy responsable.

—Pero, ¿es que no te das cuenta de que estos están aquí de paso?

En esos momentos había quien estaba echando una siestecilla; en otro grupo se estaban contando chistes guarros y había quien se había ausentado para echar una meadita. Sí, sí, total, cabemos a una vaca por persona. Nena, pero si las vacas no llevan botas ni bastón, no se pueden venir con nosotros. Les iban a salir caras a estas las botas, dos pares en vez de uno: ¡unos 200 euros! La escena nos servía de excusa para disparatar sin freno.

—Nossa senhora! Nossa senhora! Nossa senhora! —triexclamó el vaquero.

La vaca que nos había mirado antes fijamente parecía estar pensando ¿Quedarnos con esta gente? ¡De eso nada, monada! Que en cuanto os deis la vuelta, los senderistas estos nos dejan tiradas.

—Os quedáis solas un rato, que no os va a pasar nada —les dijo la mujer, como si le hubiese leído el pensamiento a nuestra vaca. Estaba como un cencerro la pobre.

—¡Este trabajo no lo puedo perder…!

(¿Ves cómo esto no era lo suyo?)

—¡Venga, ya pensaremos algo, Joao! ¡No vamos a fallarle a la niña!

El vaquero y su mujer cogieron el camino de vuelta al pueblo. Las vacas, tal vez agradecidas o quizás inquietas, seguían a lo suyo.

Esther y yo las miramos, los hombros encogidos, ojos de yo no tengo la culpa y labios inferiores apucherados. No les dijimos ni mu y continuamos nuestra ruta.

 

«Ante aquel sendero, / de voces y silencios, / de tardes y mañanas, / medité un momento: / ¡Dios mío, qué solas / se quedan las vacas!» (Lola Zarza)

 

 

 

baidewei (111 Posts)


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