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El corral

No fue maldad lo que me llevó a hacerlo. Era ese bendito gallo otra vez y Beatriz, mi mujer, quiso que lo hiciera. Así que lo hice.

Cansados estábamos y era suficiente. No sé si para justificar lo que sucedió, pues tal vez sólo fue necesario ignorarlo, relajarnos cerrando las ventanas u olvidarnos de todo mientras intentábamos dormir, pero una y otra vez ese animal no nos dejaba vivir esta terrible soledad de estar juntos ahora sin Carlitos.

Todas las tardes, luego de llegar de trabajar, el animal parecía darme la bienvenida. Elevaba en todo momento su monótona estrofa como en un concierto descabellado. En la ducha, la cocina, en la salita en donde me ponía desde las ocho de la noche a esperar a Beatriz, el cacareo llegaba a mis oídos exasperándome. «Gallo inútil, no estamos de mañana», decía, y cerraba los ojos.

Tan cerca parecía estar que era posible distinguir cómo su pescuezo podía sacudirse y apretarse mientras separaba las alas e hinchaba el buche.

Mi mujer llegaba entonces, cartera en mano, con un gesto de cansancio que no se preocupaba en ocultar. Desde que entró a trabajar hace ya algunos meses como administradora en esa empresa importadora de electrodomésticos, no dejaba de hacerme saber su estrés y aburrimiento. «Día terrible; no sabes, amor», solía repetir, quitándose la ropa, entrando al baño para ducharse, dando inicio a su recuento de la jornada. «Va a mejorar, va a mejorar», respondía entonces, alcanzándole ropa.

Cenábamos luego en la mesita de la cocina y el gallo comenzaba su cacareo en plena noche. Beatriz renegaba otra vez, dándole una palmada a la mesa.

—Otra vez ese gallo —decía, quejándose.

—Tranquila, mujer —respondía, cerrando las ventanas.

Sabía que Beatriz no iba a mostrarme el cielo, pero eso no importaba. Nos conocimos una noche en casa de Andrés, amigo mío de infancia. Beatriz era su prima y esa noche llegó sola y con una cajetilla de cigarros mentolados. Vestía botas de gamuza y una blusa de flecos blanco y pequeño. La miré toda la noche y al acercarme sus ojos negros se revelaron grandes, mirando con pasividad, como comprendiéndolo todo antes que uno, sin sorpresa.

Al año y medio nos casamos en una capillita antigua al norte de Tarma. Queríamos hacerlo rápido y lejos de sus padres, que habrían esperado que su única hija se casara con un tipo —como ella repetía, recordándolos— con «mejores posibilidades laborales». Luego de la ceremonia nos fuimos a un hospedaje de piso de madera y grandes ventanas, y nos quedamos en una habitación que tenía una cama de plaza y media cubierta por colchas amarillas. Aunque fría en las noches, de día dejaba entrar mucha luz solar y parecía quemarse la tierra. «No puede haber más sol», decía, fastidiada siempre al mediodía.

Estuvimos una semana entera en ese cuarto, sin salir nada más que para comer, paseando por la placita del pueblo cuyo nombre era Huasahuasi.

Al regresar vinimos a vivir a este departamento que, aunque Beatriz suele negarlo, es bonito. Está en el último piso de un edificio de cinco, plomizo, tosco, rodeado de jardines y cercos de madera en la calle Insurgentes. De la azotea puede verse el mar del Callao y el lomo de arena de la isla San Lorenzo. Aunque hayamos pasado un tiempo conviviendo, en el último piso de la casa de los tíos que me vieron crecer, vivir juntos fue en realidad otra cosa. Al menos, teníamos lo que todo matrimonio podía querer: un lugar donde vivir, algunos muebles, platos, un televisor viejo y una cama. Tío David y tía Helen lo rentaban desde hacía tiempo y nos dejaron quedarnos. «No estará mal, hasta que consigan algo mejor», había dicho tía Helen, abrazando a Beatriz que parecía sonreír.

—Es un barrio bonito —dijo, cerrando los ojos.

Pero una mañana, antes de escuchar cantar al gallo, nos dimos cuenta que detrás del edificio habían levantado un corral. Una familia numerosa había empezado a criar gallinas, conejos y patos, y, algunos fines de semana, a quemar maleza que nunca supimos de dónde traían en carretillas llevadas a pedales.

—En pleno barrio, amor, un corral apestoso —decía Beatriz, percibiendo humo, sintiendo asco.

—Ya va a pasar —decía, tratando de distraerla llevándola de la mano a la habitación para ver una película.

Pero una noche, luego de cenar, mi mujer parecía no querer dormir como otras veces apenas caía a la cama. Con la luz de la lámpara encendida, Beatriz se cruzó de brazos mirando a la nada. «¿Pasa algo?», pregunté.

Desde fuera, llegó a la casa otra vez el cacareo del gallo que ya tanto odiábamos.

—Tenemos que hacer algo, Miguel —dijo.

—Con respecto a qué —dije yo, dispuesto a dormir.

—Tienes que matar a ese gallo.

Me reí. Intenté encender la luz de la lámpara de mi costado, mientras me sentaba.

—¿Estás hablando en serio, mujer? —pregunté.

Beatriz me lanzó entonces esa mirada fría y automática que tan bien conocía y pareció decirme con parquedad que lo que estaba diciendo era todo menos una mofa.

 

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«¿Qué sentido tendría matarlo?», era lo único que decía cuando Beatriz volvía con lo mismo. Llegó un momento en que tan sólo discutir sobre esa posibilidad me molestaba. Hasta que, al pasar los días, dejó de ser sólo una queja, un enfado, una de esas exageraciones de Beatriz, para convertirse en una orden.

—Y qué tal si no es un solo gallo sino muchos. ¿Quieres que mate a todos? —decía, con sarcasmo, tratando de hacerla recapacitar.

Pero, al tomar desayuno, Beatriz me hacía recordar una vez más no sólo que no bromeaba, sino que ahora esperaba de mí la misma sensatez y mesura que ella creía poseer cada mañana despertando conmigo con respecto al corral trasero.

—No me importa —respondía, mirándome a los ojos, convencida de lo que estaba diciendo sin exalto, persuasiva como siempre—. Ese animal no hace más que cacarear todo el día. Bueno fuera en las mañanas, pero no: dale y dale, tarde y noche. Así que ponte a pensar cómo lo harás, ¿está bien?

Luego se iba, antes que yo, colocándose las gafas negras de lunas redondas que se puso durante todo ese verano.

Jim Bahn “Rooster” 31/07/2006 via Flickr, Creative Commons Attribution

Si no fuera porque la quería habría dudado desde el principio complacerla, aunque sea por un capricho tan irracional como matar un animal indefenso. Desde que perdimos a nuestro hijo no hemos sido los mismos, encerrados en esta casa como si el mundo fuera un enorme hoyo cruzando la puerta. Traté entonces de decirme a mí mismo que complacerla sería lo mejor. No obstante, antes de estar en realidad convencido, intenté adherirme a mi mujer aunque sea ideológicamente. Esa noche, luego del repaso diario de Beatriz quitándose la ropa, le dije que lo haría. No hizo preguntas; sólo sonrió de inmediato con entusiasmo y, luego de acostarse, apagó la lámpara de su costado.

Todas las noches tenía la certeza de que dormíamos juntos porque no había otra manera de terminar el día, o comenzarlo. Sabíamos entonces cómo rendirnos sobre la cama, distribuyéndonos el terreno del colchón cuyos bordes conocíamos muy bien. Con seguridad puedo decir que logramos adaptarnos a tres maneras muy definidas de dormir sobre una cama. La primera era la más común, uno al lado del otro, dándonos la espalda; por momentos girábamos sobre nuestros lugares dejando siempre al medio un surco de sábana iluminada. La otra era menos frecuente en esos días, pues era cuando Beatriz y yo hacíamos el amor: pegado a ella, dándole todo el calor de mi aliento y colocando entre sus nalgas mi sexo, cerraba los ojos y pensaba en cualquier cosa que me dejara dormir. En la mañana, amanecíamos en la misma posición, adheridos como si hubiéramos muerto. La última era sencilla. Beatriz y yo simplemente dormíamos sin tener conciencia alguna de cómo nos ubicábamos en la noche ni cómo amanecíamos al día siguiente; sólo nos levantábamos, cada uno por su lado.

Beatriz me quería, lo sabía. A pesar de todo.

Habíamos alcanzado una complementación profunda basada en la confianza y el cariño. Tal vez para muchos esto podría ser poco probable. Más aún si la muerte de un hijo llegaba de pronto y golpeaba a una pareja tan joven como nosotros. Beatriz era todo menos una mujer —como decían sus padres— «piadosa», pero la muerte de nuestro hijo lo cambió todo.

Entonces sólo nos preocupaba estar juntos luego de trabajar y llegar a casa a dormir, sin importarnos lo que la noche podía significar para el resto del mundo.

Cuando tío David y tía Helen nos visitaban, Beatriz aprovechaba para mostrarles el corral, que podía verse desde la ventana de la cocina o la lavandería. En medio del barrio, aparecía rodeado de un bloque de ladrillo y cemento con agujeros y escaleras, en el segundo piso de una recámara de techo plomizo y abarrotado de cajas de madera y alambre.

—Se ve feo, ¿verdad, tía Helen? —decía Beatriz.

—Uy, hija, acabáramos.

No obstante, tío David era el menos interesado.

—Mujeres —resondraba—, el gallo puede cantar cuando le dé la gana, así sea de día o de noche.

Pero esa vez en la habitación, al lado de Beatriz como otras tantas sin deseo alguno entre nosotros, traté de entender que el problema no era sólo matar a un gallo, sino uno ajeno.

 

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Pasé varios días tratando de idear una manera de entrar a ese corral sin que me vieran. Puse todo mi empeño en hallar una solución que en ningún momento, cuando lograba comentárselo a Beatriz, creí encomiable o necesaria, sino vergonzosa e inaceptable. ¿Qué podría hacer yo no sólo tratando de entrar a un corral inmundo sino queriendo matar a un gallo? Y si al final llegase a hacerlo, ¿quién nos aseguraba que a los días no traerían a otro pajarraco más bullicioso que el anterior? Al no recibir cuestionamiento alguno, empecé a pensar que mi mujer esperaba de mí lo que sea con tal de que lo hiciera rápido. «No te importa que me pase cualquier cosa, ¿verdad?», le dije una vez, luego de cenar.

Beatriz, mucho más seria, respondió de inmediato mirándome a los ojos:

—Mi amor, no creo que a la gente le pase algo matando un gallo.

Así que el siguiente problema fue cómo aniquilarlo ahora sin hacer ruido.

Sabía que de todas maneras el ave se asustaría con sólo verme. Tan solo al intentar agarrarlo de seguro chillaría afilando el pescuezo, agitando las alas.

De manera que traté de buscar el momento preciso en que la familia dejara la casa, y el calendario hizo el resto.

El sábado iba a celebrarse el día de San Pedro y San Pablo. Tal era la fiesta que se armaba cuadras más abajo que el año pasado no nos dejaron dormir toda la noche. «Es el Callao, mi vida; ya estamos acostumbrados, ¿no es cierto?», decía Beatriz cuando escuchaba mi reclamo. No obstante, las familias de los demás departamentos nos dejaron solos y el edificio pareció deshabitado y triste.

Si había algo cierto aquí era que casi todos los sábados, con o sin fiesta patronal, nos quedábamos solos, en el último piso, como dos fantasmas. Mi mujer tenía una amiga pisos abajo, aunque no le gustara reconocerlo. «Por favor, sólo hemos hablado una que otra vez», decía. De unos cincuenta años, de cabello teñido y ojos color caramelo, la mujer del 202 le confesó una vez que para los vecinos nosotros éramos «los jovencitos del 404».

—Esa señora no tiene otra cosa mejor que hacer que chismear, créeme.

—Tiene hijos, ¿verdad? —dije yo, de repente, como si esa pregunta hubiera tenido en verdad mucho más sentido o valor del que podría tener para cualquiera.

—Dos —respondía con parquedad—. Uno de dos y otro de cinco.

Mi madre murió cuando tenía seis. Se llamaba Carla y sabía tocar guitarra. Aunque la recuerde más bien llevándome de la mano por el Campo de Marte, una grosera sensación de soledad me ha acompañado desde muy joven y casi muy poco he podido reparar en que su muerte parece seguirme en todo momento, cuando salgo a la calle, duermo con mi mujer o jugaba con mi hijo.

Carlitos tenía apenas un año cuando le diagnosticaron un mal congénito en el corazón. Beatriz lo amaba tanto que estoy cada vez más seguro que, desde esa horrible tarde en que dejó de respirar, no habrá nada más en esta tierra que mi mujer ame de nuevo.

Cuando sus padres se enteraron vinieron a darnos el pésame. Tío David y tía Helen estaban con nosotros.

Beatriz, destrozada, sentada en el sillón mirando a la nada, habló muy poco y su madre, a su lado, no dejaba de decir con terca estulticia que catástrofes como la que nos estaba ocurriendo tenían un sentido divino que poco a poco llegaríamos a comprender. A pesar de la profunda tristeza que sentí por Carlitos juro que en un momento, escuchándola, agradecí a no sé qué dios del cielo que mi suegra no hubiera tenido la oportunidad de enseñarle disparates tan absurdos como éste a mi hijo.

Aunque reconozca que mi mujer nunca pensó como sus padres, hay en verdad tanto de ellos en Beatriz que a veces me sorprendo de habernos casado sabiendo que dos tipos como mis suegros, tan pacatos y obcecados, la criaron.

Una tarde almorzando en La Punta Beatriz, embarazada de ocho meses y preciosa bajo un enterizo verde limón, me confesó por qué estaba tan contenta. «¿Sabes que su nombre va a sonar bonito? Carlos Manuel Roldán Albaite, ¿te das cuenta?».

Pero ahora Beatriz parecía escucharme con atención, mientras miraba la televisión recostada en la cama.

—Este sábado en la noche, amor. Nos quedamos en casa —tío David y tía Helen solían invitarnos a cenar, viendo fotos del resto de mi infancia en Cieneguilla, así que ya habíamos pensado ir a verlos y dormir en su casa— y esperamos que los vecinos se vayan a ese local frente al parque, como el año pasado.

—Qué te hace pensar que esa gente que vive atrás irá a esa fiesta.

—Nada.

Beatriz pareció entonces reírse de mí.

—Bueno —respondí fastidiado—, al menos estoy preocupado por esto, en cambio tú andas muy tranquila como si muerto ese pobre gallo pudiéramos ser felices.

Entonces, al apagar el televisor con desgano, Beatriz salió de la cama y dejó la habitación cerrando la puerta.

El gallo del corral empezó a cacarear desaforado y la noche sin luna se pegó a la ventana húmeda, oliendo a harina de pescado.

 

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Esto pensé hacer: sábado en la noche, luego de bajar con la escalera del depósito y una bolsa de veneno para ratas en el bolsillo, iba a esperar dieran las doce para atravesar el muro y subir al techo de la casa en donde podía verse estaba el corral desde el departamento. No parecía ser tan difícil violar el espacio ajeno al fin y al cabo, razón por la cual sentí tanta vergüenza al haber pensado tanto algo que se resolvió con una escalera. Pero, ¿por qué a las doce? Mejor preguntémonos por qué veneno para ratas. Andrés me dijo días antes en una cafetería frente al trabajo que un poco de eso sería suficiente. «Además parecen granos de maíz, ¿no los has visto? Fácilmente se los puede meter al pico. Inténtalo». Como no iba a robarlo sino solo matarlo sabía acaso con inaudita tranquilidad que el animal de todas formas se quedaría en el corral pasara lo que pasara. Sólo era cuestión de darle a probar el veneno y santo remedio. «Esa mi prima se volvió loca, ¿no?», añadió.

Aunque ninguno de mis vecinos me mostró su apoyo pues desconocían lo que iba a hacer, empecé a asumir mi labor y mi sacrificio como una tarea encomendada por todos, hartos de escuchar al gallo cantar todas las noches o de que un animalito de cerebro diminuto y alas pequeñas que sólo sabe comer y cagar les interrumpiera el descanso, la vida familiar en armonía, la paz inalienable en la que todo ser humano merecía vivir. Beatriz pensé también iba a enorgullecerse de mí luego de la batalla pues acabaría por fin todo ese martirio absurdo del cacareo de un gallo horrible y mal alimentado.

Christopher Craig “Angry Rooster” 04/10/2008 via Flickr, Creative Commons Attribution

En algunas películas animadas que tanto solía ver antes de que naciera Carlitos —tal vez para recordar mi infancia en casa de los tíos en Cieneguilla, rodeado de afiches de superhéroes, de muñecos corpulentos o enormes espadas alucinantes de plástico y luces—, el superhéroe siempre salía victorioso pero luego de batirse cuerpo a cuerpo con sus enemigos, poniéndose en duda en un momento su capacidad física indestructible pero jamás su sentido universal de la justicia y la paz. Pues bien, si tan sólo le hubieran dado la oportunidad de fallar estoy seguro que no habría dejado de ser un héroe. Una derrota no anuncia el fracaso, sino nada más un momento en la lucha de toda la vida en la que la muerte todavía no llega.

A veces pienso que todo el tiempo del mundo no me bastará para comprender cómo mi hijo debió haber luchado para mantenerse con vida durante todas esas semanas hospitalizado. Si entonces cedió y dejó de pelear deberíamos estar contentos pues se permitió descansar, en tremenda e injusta lucha, aunque su decisión lo alejara de nosotros.

Sentado en el sofá esperé que Beatriz abriera la puerta. Después de tanto tiempo haciendo lo mismo aprendí a identificar la llegada de mi esposa no por la hora, que a pesar de todo no solía siempre ser exacta, sino por el ruido del tacón en el pasillo y el sonido del manojo de las llaves en la chapa. Mi mujer usaba un llavero en forma de corazón hecho de madera en donde en letras pequeñas podía leerse: «Carlos Manuel».

El gallo otra vez entonces reanudó su cacareo y era un hecho que no pararía hasta la madrugada.

Ya sabía entonces qué hacer, sólo quedaba esperar.

 

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Antes de las doce bajé con la escalera y me interné en el jardín trasero. Pegado al muro elevaba oscuros arbustos de ramaje denso y alto. Desde lejos una orquesta de salsa parecía atravesar la noche, pero de pronto el cacareo era mucho más cercano y fuerte así que entendí que el animal estaba donde siempre. El muro pelado de la casa era más alto de lo que parecía. Ayudado por la escalera de un momento a otro ya estaba con medio cuerpo a nivel del techo, apoyando las manos sobre el borde de unos ladrillos mal adheridos, arrastrándome luego por un suelo polvoriento y poco uniforme.

Entonces tratando de incorporarme vi el corral frente a mí y me pregunté cómo demonios había llegado hasta ahí.

Hecho de madera y alambres su olor no podía admitir duda. Arrinconado al final del techo, junto a otra pared, una larga caja de madera sostenida por patas de metal parecía ser una recámara de la que salía un arrullo de criaturas adormecidas.

Me acerqué con cautela y un movimiento de alas gigantes me puso alerta. Una docena de gallinas pareció definirse en la oscuridad; tenían los ojos cerrados y parecía que el gallo que buscaba no estaba despierto.

¡Era imposible! Creía haberlo escuchado y además debía estarlo, como otras tantas noches. No obstante, apostado en fila abrió sus ojos y me miró de perfil.

Nos miramos un momento como reconociéndonos y sentí en su buche un ardor que parecía recorrerlo advirtiéndole que no había llegado para alimentarlo.

Elevó el cuerpo y abrió las alas. Cacareó con todas sus fuerzas y me dejó sordo. De nuevo, sin quitarme la vista de encima, volvió a sentarse sobre sus plumas como esperando algo. No había nada más claro. El gallo había dicho: «Aquí estoy», si es que acaso pudo haberse dado cuenta que perderse entre sus compañeras en pleno sueño le hubiera sido favorable.

Elevando una tapa metí mis manos entre las gallinas y lo cargué como una pelota. El gallo se dejó mudar sin aspavientos. Busqué un lugar donde terminar mi tarea pues sabía ya que no era mi intención llevármelo conmigo.

Al lado del corral, el suelo seguía siendo oscuro por la sombra que el muro dejaba caer sobre el techo, así que lo coloqué ahí y le di de comer de inmediato. Receloso desde el principio, mirándome siempre de costado, accedió con celeridad a mi mano al final como un niño. Se comió casi todo y luego se alejó, buscando cualquier otra cosa en el suelo.

Seguro de que el veneno haría efecto, intenté bajar del techo pero un ruido me detuvo. Me puse de inmediato detrás de un tanque de agua. Un hombre de joroba y sombrero subió al techo buscando algo. Me di cuenta que Beatriz había tenido razón. Alguien de todas maneras estaría ahí.

Al ver al gallo fuera del corral dijo: «¿Cómo carajo te has salido? Ve´ste», metiéndolo de nuevo.

Luego pareció irse dejando un balde lleno de apios y ramitas de perejil. Pero el gallo empezó a hacer un ruido extraño y las gallinas empezaron a asustarse, así que el hombre de sombrero regresó a sacarlo.

Llamó luego a una mujer que, desde no sé dónde, contestó con molestia. «Ven a ver, Marta. Sube», gritó de nuevo, y encendió un foco pegado a la pared sobre las tapas.

Temí pudieran verme sin lograr mi cometido.

Una mujer de pantalón y sandalias subió al techo y al ver al hombre dijo: «Qué pasa». Le mostró el gallo, agitado, abriendo los ojos con dolor. «Qué le habrás dado al animal, pues», dijo ella, acercándose. «Nada, lo de siempre», dijo él, elevando los hombros.

—Lo de siempre, lo de siempre. Pareces un baboso diciendo lo mismo cada vez que te pregunto si les das de comer —dijo.

—Ah, no me friegues; ve tú lo que haces con tus animales —dijo él y la dejó.

—¡Alberto! —gritó la mujer que pareció irse apresurada tras él dejando el techo, cuando el gallo apareció de pronto delante de mí, detrás del tanque, como buscándome en su agónica demencia para delatarme.

Con un poco de luz pude ver que tenía el plumaje enrojecido y parecía querer cacarear pero algo dentro del buche se lo impedía. Entonces quebrándose delante de mí, aleteó en vano y se golpeó la cabeza contra el suelo. Temblando, revolcándose, pareció recostarse o detenerse y estirar el pescuezo.

Quise con desesperación saltar hacia el otro lado del muro, pero el animal estaba delante de mis pies, impidiendo mi huida. Hasta que estiró las patas y pareció doblarse en dos mientras tiraba la cabeza hacia atrás.

Lo vi morir al fin y no sentí alivio. Seguía en el techo y debía salir de ahí. Salté entonces sin miedo y me doblé el tobillo y la muñeca.

Como caí en los arbustos más densos y espinosos del jardín fui cojeando al departamento sacándome púas y toda clase de fragmentos del cuerpo.

Beatriz entonces me recibió abriéndome la puerta, expectante. «Y qué pasó», dijo, abriendo con exceso los ojos.

—Ahora estaremos mejor —dije.

Durante todo el resto de la noche no hizo más que preguntarme cómo lo había matado. En la ducha, en la cocina, en la habitación. Al parecer que cojeara para ella no era importante, sino que contara con detalle cómo acabé con esa criatura que tanto la había hecho infeliz.

Entonces me tocó a mí hacer el recuento vergonzoso de mi victoria sobre el gallo de los vecinos.

Erick Ramos Solano

 

 

 

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