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El día que yo fui feliz

Cuando mi socia y amiga María y yo decidimos embarcarnos en la creación de esta revista, una de nuestras intenciones era luchar, en estos tiempos de incertidumbre y mediocridad, para que la cultura dejara de ser un artículo de lujo y pudiera ser disfrutada por todo el mundo de forma asequible.

Tenemos la convicción de que es posible vencer en esa batalla, pero a veces nos asaltan las dudas: enciendes la tele, ves la prensa y te planteas si merece la pena seguir luchando, quitándote horas de sueño, quemándote las pestañas ante el ordenador al salir del trabajo, pasando tu tiempo libre en eventos… Pero llegan días, como el pasado jueves, en que nuestras creencias se reafirman y tenemos motivos para pensar y creer que no todo está perdido y que aún hay esperanzas.

Ese día asistí a un concierto de Electric Nana en el café- librería La Fugitiva de Madrid. Si hay dos cosas que me gusten en esta vida, son los libros y la música y, ya de entrada, el cóctel música – literatura, resultaba atractivo de por sí.

concierto madrid electric Nana

Foto: Miguel Palacios

Había descubierto a Electric Nana (la artista antes conocida como Mónica Vázquez) un par de semanas atrás, casualmente, escuchando Radio 3 mientras hacía un viaje y me encantó. No recuerdo la canción que escuché, pero me dejó un regusto muy agradable, a algo original, fresco y de mucha calidad. Investigué un poco y descubrí que era una cantautora madrileña, acogida bajo el protector manto de Carlos Jean, lo que ya de por sí es sinónimo de un producto de gran calidad. Escuché sus aportaciones al Plan B de Jean, así como algunas de sus canciones en solitario y decidí que era el momento de jugar a Santo Tomás y meter el dedo en la llaga para ver si en directo era tan buena como parecía.

Así que el día de autos me planté en el café librería (o librería cafe, que tanto monta), no sin un cierto escepticismo, pues todo lo que había escuchado de ella era muy electrónico y el hecho de contar con un mago de los platos y la producción entre bambalinas, podía hacer sospechar algún montaje tipo “nena mona-voz bonita- sintetizadores a toda pastilla”, que de eso saben mucho en ciertos concursos televisivos

La primera impresión al llegar a La Fugitiva, no pudo ser más positiva, ante el entorno elegido para el evento. La Fugitiva es un café-librería con toques neoyorquinos; las estanterías e islas, repletas de libros, conviven con mesitas de café y sillas desplegables. Aquí puedes ver una animada tertulia entre dos señoras, café mediante; más allá, una chica de aspecto nórdico, leyendo un libro; en el mostrador – barra, unos pasteles de Belem te miran con ojos suplicantes. Todo ello en un ambiente tranquilo y acogedor que me trajo a la mente aquélla frase del inicio de CheersWhere everybody knows your name”.

libreria la fugitiva evento

Y entre las montañas de libros, una guitarra, una silla, un par de altavoces y un micrófono. Nada de grandes alharacas tecnológicas, más allá de un portátil y una pequeña mesa de mezclas (segunda buena impresión).

Y entonces, llegó ella: apareció en el escenario sin hacer ruido, casi de puntillas, encendió el portátil, cogió su guitarra, se atenuaron las luces, dijo “¡Buenas Noches!”, empezó a cantar y… CLIC, ¡se produjo el milagro! De repente la magia surgió espontáneamente de su guitarra y su garganta. En un ambiente intimista y frente a un público escaso pero entusiasta, fue desgranando sus sueños y experiencias, desnudando su alma, sin más camuflaje que su peluca rosa ni más compañeros de viaje que su guitarra y su portátil, que obediente, aportaba ritmos y unos cuantos sonidos electrónicos.

concierto acústico electric nana

Mi escepticismo inicial se evaporó al tercer acorde, porque allí la electrónica no era el vehículo, solo era un modesto acompañante (de hecho, tendría que pensar en buscarse otro nombre para estos conciertos, algo así como Acoustic Nana). Allí todo era muy auténtico, muy de verdad, y casi se podía ver cómo los sostenidos y bemoles se escondían entre las páginas de Proust y Benedetti y volvían a surgir juguetones para pintar en nuestras caras una sonrisa o hacernos mover el cuerpo rítmicamente. Tan pronto Mónica susurraba en francés al oído de Borges con Très mien, como recordaba la opresiva atmósfera de Blade Runner con la maravillosa e hipnótica Will I Ever.

Fueron tres cuartos de hora en que arte, música y literatura fueron uno, en que la cultura nos transportó a una burbuja en el tiempo y en el espacio y que me hizo comprender que no todo está perdido y que nuestra lucha tiene sentido.

Y entonces fui feliz. Feliz porque me hizo ver que aún hay esperanza para la cultura, el talento, la creatividad y la colaboración entre todos como armas para salir de esta marejada que amenaza con ahogarnos. Y fui feliz también porque me di cuenta de que no estamos solos en la lucha; de que a nuestro lado hay personas y empresas como la gente de La Fugitiva, Electric Nana y el resto de la gente de MUWOM,  que piensan como nosotros y que creen que salirnos con la nuestra aún es posible.

Y entonces me vino a la mente una vieja canción de Christina y los Subterráneos, que decía:

«El día que yo fui feliz / nunca pensé que fuera así /y como nadie me avisó / no me di cuenta y me dormí…»

 

Ángel Cuesta (20 Posts)