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El hombre del semáforo

Lo conocí en la mitad del semáforo de la avenida del Conde Vallellano.

—Has pasado tú y he pasado yo.

—Sí, es que yo me conozco bien este semáforo.

—Se ve que llevas prisa. Así no vas a darte cuenta de lo bonita que está la mañana.

—¡Vaya! Es que voy con el tiempo justo.

Esta conversación transcurrió en el breve intervalo de tiempo en que acabábamos de cruzar. Después cada uno tiró por su lado, diciéndonos algo así como “ Bueno, ¡adiós!“

Recuerdo que, en el momento en que me dirigió la palabra, él estaba situado un poco detrás de mí, así que me cogió de sorpresa. En un instante volví la cabeza para buscar el rostro del que procedía aquella voz masculina, con la esperanza de que fuera un hombre joven y guapo. Tenía una cara simpática y agradable. Me gustó cruzar aquellas palabras, lo tomé como uno de esos episodios cotidianos que hacen placentera la existencia.

Pasados unos días, lo encontré en el bar de la facultad. Tomaba café con unos compañeros. Cuando entré, lo vi en primer plano y no tuve más remedio que saludarlo.

— ¡Qué casualidad! ¿Estudias aquí?

— Pues sí. — Contesté en tono apagado. Aquel día no tenía ningunas ganas de hablar, y menos con un extraño.

El mundo está lleno de gente que sube y baja de un autobús, gente que compra en un mercado, gente que pasea por un parque. Al final, todos somos gente que camina todo el rato, dispersa; pero que aparece a los ojos de los demás como una masa compacta e indivisible, como le ocurre a la misma palabra gente. En una especie de taquigrafía verbal, nos semejamos a la palabra que nos nombra y nos anonima frente al resto del mundo. De esa masa dispersa y unitaria a la vez que es la gente, de vez en cuando surgen entidades que se desgajan y nos rozan: se llaman Juan, Eva, Carmen… o ni siquiera nos da tiempo a saber su nombre. A veces llegan a formar parte de nuestra vida, o tan solo entran, salen de ella y dejan un rastro de sí mismos en el intervalo: una historia, un consejo, una patada en el orgullo propio, una sonrisa alentadora… Todo eso queda en nosotros, engrosa nuestro ser.

Después del encuentro en el bar de la facultad, volví a verlo varias veces durante un periodo aproximado de seis meses. Al contrario que aquel día, ya siempre le hablé de buena gana. Ese hombre ya no era un desconocido para mí. Siempre acabábamos intercambiando algunas palabras, a veces anodinas; pero nunca llegamos a caer en los tópicos ahuyentasilencios del clima y la salud. Nuestros breves encuentros solían resultar agradables, incluso divertidos. Él acudía de vez en cuando al bar de la facultad, en el descanso de su trabajo. En dos ocasiones coincidimos en unos grandes almacenes: la primera vez me sorprendió él con un puñado de bragas en la mano, buscando a alguien que me las cobrara; y la segunda, andábamos los dos a la caza y captura de cedés de ópera en oferta. Yo iba confeccionando el puzzle de su personalidad a medida que transcurría el tiempo. Sin embargo, no sabía cómo se llamaba. Si alguna vez hablé de él a una amiga, lo nombraba como el hombre del semáforo.

Una vez lo vi en la sala de venta de billetes de la Renfe. Iba con una muchacha cuya cara me era familiar. Había una avería en los ordenadores y nos tuvieron allí dos horas. Aquella fue la vez en la que más largo rato hablamos, aunque a intervalos que yo aprovechaba para pasear por allí. En algún momento nos hicimos vecinos de asientos. Así, aparte de poder charlar más, deduje enseguida el tipo de relación que lo unía a la chica que lo acompañaba. Estaba claro que eran novios. Se disponían a comprar unos billetes para ir a Madrid. Pensaban pasar allí un fin de semana de aquel recién estrenado invierno. Habían planeado ver una exposición de Robert y Sonia Delaunay en el Thyssen. Daba la casualidad de que yo había estado hacía un mes; ello nos dio pie a hablar un rato sobre nuestros respectivos gustos en pintura. A mí, aquella exposición me llenó de energía, sus colores infundían buen humor, placer a raudales.

— Desde luego, si no os gusta la pintura abstracta, mejor que no vayáis…— les dije en tono jocoso, como si los llevara tratando toda la vida.

La pintura de los Delaunay era tan abstracta como lo fue él para mí en un principio. Sin embargo, a él lo iba pintando yo como cuadro figurativo, cada vez más concreto.

Después de nuestro encuentro en la Renfe, dejé de verlo durante un año. Así que se me difuminó, perdió las líneas para volver a ser solo gente, gente como la mayoría de la que acudió a la boda de una prima mía en el otoño del año siguiente. Supe por mi madre que mi prima llevaba diez años de noviazgo encima y que había decidido casarse más o menos porque tocaba ya. Él estaba allí. Era el novio. Se llama Ángel. La chica con la que fue a Madrid era amiga de mi prima. Ya no hablé más.

I. Alabanda (14 Posts)


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