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El Mendigo

―Vaya… mañana tendré que buscar más. ―Se dijo, moviendo el cartón de vino que llevaba en la mano.

Aquella noche hacía frío y apenas le quedaban dos o tres tragos. Miró el reloj que llevaba en el bolsillo: las tres y cuarto de la noche. Volvió a darse un buen trago.

Al levantar los ojos beber vio cómo dos individuos se acercaban por la acera. Se quedó un instante con el vino en la mano pensando en guardarlo, pero no le dio tiempo. Uno de ellos se paró al lado y le pegó tal patada al envase, que salió disparado chocando con la pared del edificio de enfrente.

Rápidamente, a pesar del dolor que tenía en la mano, se levantó y cogió la mochila para salir corriendo, pero el otro le dio una patada en la pierna y cayó de bruces en el centro de la calle.

―¡Qué queréis, no tengo nada! Soy mendigo ―dijo con voz entrecortada.

―¡Eres un capullo! ―le dijo el primero ―Vas a hacer una cosa para nosotros si no quieres que te rompamos la cabeza.

―Yo no sé hacer nada… ¡Dejadme, por favor¡

El de la primera patada lo cogió por el cuello y le hizo andar por la acera. Entre los dos se lo llevaron cerca de una puerta que había a unos cincuenta metros, en el lateral de un centro comercial. La puerta estaba poco iluminada por las farolas de la calle. También tenía una pequeña cámara de video que enfocaba desde la pared.

El tipo le apretó el cuello con la mano izquierda mientras con la derecha le ponía una navaja en la cara.

―¿Ves esto…? ―Le dijo ―. Te la clavo en el cuello ahora mismo.

―No, no ―dijo el mendigo abriendo los ojos enrojecidos por el frío―. ¿Qué queréis que haga?

―¿Ves aquella puerta? ―Dijo, señalando la pared lateral del centro comercial―. Sólo tienes que ir allí y llamar con todas tus fuerzas hasta que abran.

―Pero si ahí no hay nadie. Es un centro comercial ―le contestó.

―¿Quieres que te corte el cuello ahora mismo? Si no aporreas la puerta hasta que abran, acabas en el depósito. Y nadie va a ir a enterrarte

La navaja le estaba pinchando la mejilla y un fino hilo de sangre le corría ya por el cuello. El dolor era intenso. Dijo que sí con la cabeza y el tipo la retiró.

 

Observado de cerca por los dos que acababan de pegarle y cortarle la cara, se detuvo ante la puerta del almacén del centro comercial. Estuvo un buen rato golpeando aquella puerta con la mano.

Llevaba ya más de quince minutos y tenía el puño caliente por los golpes pero nadie abría. Miró hacia atrás, los tipos no se veían. Pensó en largarse, pero no sabía qué hacer. Siguió llamando un poco más. El vino y el frío ayudaban a que no sintiera el dolor de la mano. Ya estaba harto. Se iba a ir cuando, de pronto, la puerta se abrió. Una mano apareció rápidamente y le asestó un fuerte golpe en la cabeza con la porra de plástico negro, propiedad de la empresa de vigilancia que se encargaba de la seguridad del centro comercial.

El guardia de seguridad del turno de noche había estado viendo al mendigo por la cámara de vigilancia. Lo había estado observando, sucio y tambaleante, dando golpes como un loco, por lo que pensó que debía ir borracho como una cuba, así que no abriría la puerta. Ya se aburrirá y se irá, se dijo. Pero aquel borracho era extraordinariamente pesado y le estaba tocando los cojones.

―Le voy a dar un porrazo que se va a enterar ―se dijo unos minutos antes de asestarle el golpe.

El mendigo cayó inconsciente en la acera. El vigilante se estaba echando hacia delante para ver si le había hecho algo cuando sintió cómo lo agarraban por detrás y le ponían un pañuelo en la cara. Inmediatamente las dos piernas se le doblaron y un sopor irresistible lo dejó completamente dormido.

Dos hombres con pasamontañas cogieron al vigilante y al mendigo y los metieron rápidamente dentro, por la pequeña puerta que daba acceso a los almacenes. Una vez en el interior, la dejaron asegurada con un trozo de caucho, para que no se cerrara y se dirigieron a la zona de tiendas dejando a los dos allí tirados en el suelo.

Tenían que ser rápidos, el guardia podía despertar, o incluso alguien podía ver la puerta entreabierta y pasar.

Habían dejado el coche muy cerca, sólo tenían que cogerlo todo y salir corriendo. Sacaron sendas bolsas de plástico resistente y comenzaron a llenarlas con teléfonos móviles de última generación, reproductores de MP3 y MP4, aparatos GPS, Iphone, relojes, consolas, Wii, y todo aparato electrónico que tuviera salida. Lo habían planeado con tiempo. Sabían donde estaban las cosas. Pronto llenaron las bolsas hasta arriba.

―Vámonos ya ―Dijo uno de ellos al otro.

―Espera, aquí hay mas móviles guapos.

―Llevamos cinco minutos. Es mucho tiempo. ¡Vamos!

Volvieron tras sus pasos, hacia la puerta del almacén. Todo estaba tranquilo, pero el guardia se movía en el suelo como intentando despertar. Uno de ellos le puso de nuevo el pañuelo con cloroformo y dejó de moverse. Salieron a toda prisa de allí cerrando la puerta. En el coche había otro que lo mantenía arrancado. En un instante salieron y subieron al coche perdiéndose por la avenida donde se encontraba el centro comercial.

El mendigo se despertó con el golpe de la puerta. Le dolía la cabeza y la mano. En realidad, la mano le ardía y la cabeza le sonaba por dentro con un fuerte zumbido que no le dejaba pensar.

Se levantó con dificultad. Vio al guardia en el suelo. Recordó lo que había pasado. Miró la entrada, pero estaba cerrada. Intentó abrirla y no pudo, necesitaba la llave. Volvió a intentarlo y tiró de ella con todas sus fuerzas pero no logró abrirla. El vigilante que debía tener la llave, se movía en el suelo, No se atrevió a registrarlo, podía despertar de pronto y romperle definitivamente la cabeza.

―Maldita sea. Soy un imbécil ―se gritó a sí mismo ―Tengo que salir de aquí.

Fue corriendo hacia el interior de la zona comercial. De repente se encontró solo en aquel inmenso lugar en el que se veían cristales rotos y mostradores desvalijados. Aquellos tipos han robado y yo soy el tonto que está dentro, pensó.

Recorrió todas las puertas intentando salir, pero todo estaba cerrado con persianas exteriores por las que no se podía pasar, ni rompiendo el cristal.

Volvió de nuevo hacia el interior. Cogeré un martillo de la tienda ―se dijo― y romperé la cerradura de la puerta del almacén.

Para llegar a la ferretería se pasaba por la sección de música. Vio un álbum de los Beatles, un estuche con diez discos. No se podía resistir a llevárselo, la música de los Beatles era lo único que le hacía olvidar su miserable vida en la calle. Lo cogió y se lo metió en el bolsillo del abrigo.

Con el martillo en la mano se dirigió hacia la maldita puerta que le estaba impidiendo salir de allí. Entró en el almacén, lo cruzó a grandes zancadas pero pronto se detuvo en seco. La puerta estaba abierta. Miró hacia el exterior intentando ver algo, pero inmediatamente las luces se encendieron y vio cómo dos policías le apuntaban con sus armas reglamentarias. Empezó a temblar.

―Yo no sé nada ―comenzó a decir tartamudeando―. Ellos me pegaron. Sólo quería salir por la puerta.

―Deja el martillo en el suelo ―le ordenó uno de los policías que le apuntaba con la pistola.

Inmediatamente lo dejó y se enderezó levantando las manos. El segundo agente se aproximó a él, le cogió las manos y le puso las esposas. Después lo registró de arriba abajo. Sólo encontró los discos de los Beatles.

―¿Esto? ―Preguntó el agente―. ¿Todo este jaleo para llevarte un disco?

―No, no. Eso estaba por el suelo. Lo he cogido para… Para no pisarlo.

Unos minutos antes de que el mendigo cogiera el martillo en la sección de ferretería, el guardia se había despertado y llamó inmediatamente a la policía. Los agentes estaban cerca, por lo que llegaron enseguida. Les contó su versión. El mendigo era al único que había visto y no sabía de nadie más.

―¿Dónde llevas el cloroformo? ―le preguntó el agente.

―¿El cloroformo? ¿Eso qué es? Yo tenía un cartón de vino y me lo tiraron. Todavía estaba medio.

―¿Un cartón de vino? Qué cartón de vino. A este hombre ―dijo señalando al guardia― lo han dormido con cloroformo. Se echa en un pañuelo y se pone en la cara para dormir a la gente.

―Han sido los dos que me pegaron. Yo no sé hacer eso, ni tengo dinero. Además a mi me dio con la porra nada más abrir la puerta.

―¿Qué dices? ¡Está borracho¡ ―dijo el guardia dirigiéndose al agente ―Estaba aporreando la puerta como un loco. Lo vi por el monitor de la cámara, así que abrí para decirle que se fuera a dormirla y entonces fue cuando me puso el pañuelo en la boca y caí al suelo en redondo.

El mendigo decía que no, continuamente con la cabeza. Él sólo estaba intentando dormir en la calle, como cada noche, pero hacía demasiado frío y tuvo que despertarse. Tenía que haber cogido más cartones, así no lo habrían visto.

―Maldita sea ―pensó ―Tenía que haberme metido en aquel contenedor vacío que vi por la tarde, habría estado más caliente y nadie me habría cogido de primo. Y sin basura que estaba, que lo dije cuando lo vi. No tiene basura, qué bien… Lo dije, qué sitio más chulo para dormir, pero con la mierda del vino se me olvidó.

Ahora iba esposado en el coche patrulla camino de la comisaría. Los agentes, ante la variedad de versiones, optaron por llevarse al mendigo. El guardia tendría que pasar por la mañana para declarar, así no tendría que abandonar su puesto esa noche y podría encargarse de avisar para que arreglaran los desperfectos causados antes de la apertura del centro comercial.

En comisaría aquella noche estaba de guardia el inspector Zurita. El mendigo estuvo esperando sentado en un banco más de media hora, mientras los agentes ponían al inspector al tanto de lo sucedido. Después lo hicieron pasar a una habitación donde una mesa y varias sillas ocupaban prácticamente todo el espacio. El inspector se había sentado a la mesa con una libreta y un lápiz en la mano. El fuerte olor que desprendía el mendigo hizo que pusiera mala cara cuando le dijo que se sentara para comenzar las preguntas.

―Bueno, dime ―comenzó a decir, dando un golpe en la mesa ―¿Qué fiesta era esa en la que has estado esta noche?

El mendigo no entendió bien la ironía  y contestó que no era una fiesta.

El inspector se le quedó mirando con ganas de decirle además de primo, tonto, pero se contuvo. Sólo lo miraba fijamente esperando su reacción, pero el mendigo no levantaba los ojos de la mesa poniéndose cada vez más nervioso.

―¿Y el disco de los Beatles? ―dijo por fin el inspector ―¿Tú para qué coño quieres el álbum de los Beatles? ¿Te has dejado el equipo de música entre los cartones?

―No ―el mendigo puso cara de tonto, con los ojos abiertos de par en par ―Tengo un “discman” y cuando pillo pilas nuevas, suena. Me lo encontré en la basura.

―Un discman…―Zurita recordó haber tenido uno―. Claro, con los MP3 ahora ya no se usa. Así que tienes un discman. Vaya. Y entonces ¿para qué quieres los móviles, Iphone, GPS, y  demás aparatos que se han llevado esta noche del centro comercial?

mendigo1

―¿Yo? Yo no sé nada de eso. Yo sólo cogí el disco porque estaba en el suelo. Pero ya no lo quiero.

―¿Quienes eran tus compinches? Los que se llevaron todo eso. ¿Qué te dieron? veinte euros por aporrear la puerta ―el mendigo decía que no, así que Zurita comenzó a hablar en tono más amigable―. Si me das los nombres no tendrás que ducharte mañana para ponerte el pijama que dan en la cárcel.

―!La cárcel¡ ― el mendigo se puso nervioso y empezó a temblar ―La cárcel no. Yo no sé lo que es la cárcel. Yo no fui allí…Me llevaron ellos…Yo no sé que pasó. La navaja me pinchaba. Mire la cara. Me pinchó…Me pegaron y me dijeron que aporreara la puerta. Yo no sabía nada, nada…Ellos me pegaron muy fuerte.

El hombre hablaba cabizbajo mirando la mesa. La luz de la lámpara del techo iluminaba su profusa calva rodeada de una maraña de pelos sucios y mugrientos. No levantó los ojos de la mesa y apenas se sentó en el filo de la silla. Hacía mucho que no se sentaba en una silla y no quería manchar aquella de la comisaría.

El inspector tardó en responder a sus palabras. Observó su calva reluciente, mientras encendía un cigarro, a pesar de estar prohibido fumar. ¿Quién le iba a decir nada a aquella hora de la noche?, se dijo. Miró su sucia cara llena  de manchas negras, moratones y sangre. Con aquella frente de arrugas debía de tener más de cincuenta años. A saber cuánto tiempo llevaba en la calle.

Al abrigo que llevaba no le quedaba espacio para más manchas. Cuando entró en la habitación se fijó en que tanto los pantalones como los zapatos tenían agujeros. Aquel era un mendigo de “mucho tiempo” pensó. Los mendigos por paro, separaciones, drogas o alcohol no iban tan andrajosos como aquel.

―Antes de estar en la calle ¿qué hacías? ―le preguntó echándole el humo del cigarro en la cara.

―Nada ―dijo tosiendo por el humo―. Yo siempre he estado en la calle.

―¿No tuviste padre ni madre? ―preguntó mirándole a los ojos, al ver que había levantado la cabeza.

―¿Yo? ―Se señaló a sí mismo con el dedo―. Mi padre. Mi madre. Si me vieran ahora…Se habrán muerto ya. Digo yo. No me acuerdo ―comenzó a temblar.

―Tranquilo, hombre ―Zurita se puso de pie. Abrió la puerta, miró el pasillo y volvió a cerrar―. Mira, tú no quieres líos, ¿verdad? Claro que no. Dime lo que sepas de los otros dos y dejo que te largues…

Comenzó a tartamudear, pero relató todo lo que había pasado desde lo del cartón de vino hasta ahora. Dejó claro que los que le habían pegado debían ser los que se llevaron las cosas. El inpector comprendió que aquel indigente sólo era el primo que habían utilizado para hacer que el guardia abriera la puerta. Así que al amanecer lo soltó después de hacerle mirar toda la colección de fotografías de los delincuentes que circulaban por la ciudad. No reconoció a nadie y si los hubiera reconocido quizá tampoco lo habría dicho.

―Sólo dime una cosa antes de irte ―dijo el inspector poniéndose delante de la puerta impidiéndole el paso―. Ya que estabas dentro, ¿por qué sólo cogiste el disco de los Beatles?

―Me gustan los Beatles, sólo me gustan los Beatles. Son los mejores, los mejores. Si, son los mejores ―contestó, mientras movía la cabeza mirando el suelo―. Los Beatles sonaban en mi casa cuando era pequeño… En mi casa.

El hombre comenzó a llorar. Le salían unas enormes lágrimas que bajaban por su mejilla, trazando finas líneas de color claro sobre su piel mugrienta y sucia. El inspector se apartó dejándolo pasar.

Cuando salió de la comisaría, sólo pensaba en correr hasta sus cartones. Ojala que nadie haya cogido la mochila, pensaba insistentemente. Su mochila era todo lo que tenía. Los cartones, podría reponerlos, pero su discman y los tres discos que había conseguido tras mucho pedir, no quería perderlos.

Con las primeras luces del alba, llegó a la esquina donde todo había comenzado. La mochila seguía en medio de la calle, pero parecía como si un coche le hubiese pasado por encima. La cogió y la abrió con rapidez. La mayoría de las cosas estaban rotas, pero el discman parecía nuevo. Le apretó al botón y comprobó que funcionaba. Gracias Señor, se dijo, pero los discos estaban rotos, partidos en varios trozos. De nuevo unas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Sus tres discos estaban rotos, entonces comenzó a llorar abiertamente, diciendo que no, los discos no. De rodillas en el suelo se dio con las manos en las piernas. De pronto, entre los golpes, notó algo en el bolsillo del abrigo. Metió la mano y sacó una pequeña funda de cartón. Uno de los discos del álbum de los Beatles se había salido de la caja. Ni lo había notado. Era “El sargento Pepper y su banda del club de los corazones solitarios”  ¡El sargento Pepper!, gritó. Se levantó y comenzó a dar saltos de alegría. Hacía más de veinte años que no escuchaba ese disco. Volvió a dar gracias al Señor. Cogió la mochila y salió como loco a buscar un lugar apartado y tranquilo donde poder escucharlo. Por el camino, abrió el discman y colocó el disco dentro. La luz se encendió, así que cuando llegó al contenedor vacío, ése que tenía que haber ocupado mucho antes, se metió en él con su mochila y sus cartones. Se tapó de arriba abajo, y cuando tenía los auriculares puestos, le dio al “play”.

El “sargento Pepper” comenzó a sonar…, como en casa, como en aquellas tardes de invierno cuando era pequeño y su padre lo ponía a girar en el tocadiscos del salón.

Pablo Guillamón (8 Posts)


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