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En el nombre del padre, el gato y el ratón

Vi el libro en una enorme librería de Nantes hace dos años. Luz Brena-Barnett, amiga mía y afable guía en París, me advirtió que no me fuera de Europa sin llevármelo. Aunque confieso que estuve a punto de comprar un ejemplar, seducido por su original contenido y su extraordinaria tapa, decidí llevarme en la maleta libros de poesía francesa: Baudelaire, Rimbaud, Perse y, por recomendación suya, Paroles de Jacques Prévert.

Meses después, lo primero que hice al llegar a Münster fue buscarlo. Lo hallé en un claro rincón de libros para niños.

Maus: A Survivor´s Tale, de Art Spiegelman, es creo la quinta essentia de lo que me atrevería a llamar es la «novela gráfica de memoria». Un cómic personal donde no hay superhéroes corpulentos en malla o máscara, inverosímiles, sino la vida misma, terrible y dolorosa, pero conmovedora también, a través del trazo sutil y audaz de un historietista norteamericano de origen judío. Maus (palabra que en alemán significa «ratón»), relata la extra-ordinaria historia que pasaron seres humanos de carne y hueso en campos de concentración y frentes de batalla, invasiones y masacres durante la persecución judía y el estallido de la Segunda Guerra Mundial.

Ganadora de un Pulitzer en 1992, vio la luz por entregas en Raw, la revista alternativa y auténticamente underground que Spiegelman y Françoise Mouly (su mujer) dirigían a inicios de la década del ochenta. La obra unificada se publicó en dos partes: My Father Bleeds History en 1986 y And Here My Troubles Began, en 1991. La edición que poseo es la alemana, de la editorial Fischer Taschenbuch: Maus. Die Geschichte eines Überlebenden (2011). Existe una edición completa en español, mucho más fiel a la original, presentada en la Expocómic de Madrid en 2001, a cargo de la editorial Planeta DeAgostini. Ya Muchnik y Norma habían publicado el primero de los dos volúmenes en 1989 y Emecé Editores, años después, publicó los dos tomos en Buenos Aires en 1994

Para quien se ha vuelto un ferviente admirador de la novela gráfica, resulta en realidad importante reconocer ingeniosa no sólo la representación bestiaria de un mundo en guerra hecha por Spiegelman —que los nazis sean gatos con uniforme, botas y armas, o los judíos, ratones indefensos con traje y familia—, sino en realidad sobrecogedor que nada parezca escenificar mejor la metáfora de la persecución o la violencia.

Si habláramos de reducciones raciales, identitarias o ideológicas, todo eso que el nacionalsocialismo alemán remojó en una sola batea con el terror y el homicidio, comprenderíamos cómo y por qué el autor elabora una interesante fauna social del individuo bajo peligro o persecución en una Polonia invadida: que los polacos católicos sean unos cerdos o los norteamericanos perros que persigan gatos. Spiegelman no sólo descompone semióticamente sociedades sesgadas o subyugadas por el ideal antisemita de la raza aria a partir de la peculiaridad de un animal doméstico, sino que, frente al caos y la tragedia de lo que al fin y al cabo es una narración más de los crímenes del nazismo (una a partir del recuerdo de Vladek Spiegelman, padre de Art, y el uso magistral del flashback), el autor trastoca como nadie lo que sería ese imperturbable mundo feliz de Walt Disney y el Carrtoon moralizador a finales del siglo XX, pues no habría otra forma de decir que podemos ser tan salvajes cuando el odio o el temor nos enfrenta como seres humanos.

El origen del recurso metafórico animal con el que modela distintos sectores sociales bajo el control nazi, movilizando así discursos políticos, proviene sin duda también del propio discurso racial propagandístico hitleriano del diario antisemita Der Stürmer («El Asaltador»), que John Heartfield y Arthur Szyk, con los mismos medios pero con mucha mayor maestría, lograron combatir en el exilio. A lo que voy es que la apropiación de esta concepción bestial tan intimista del ser humano o el Otro como una criatura abyecta, permite al autor rebatirla, deconstruirla, ir más allá de la fábula para recrear de nuevo un mundo posible a partir de la diferencia.

El trazo en grises de Spiegelman conmueve. No sólo hay angulosidad y crudeza en la composición del mundo dominado por los nazis, sino emoción, fatalidad e interpelación en los personajes que parecen tan humanos en efecto como los de carne y hueso.

En un momento de la novela (81), Anja Zylberberg, primera esposa de Vladek, toma a Richieu, su primogénito, en medio del caos y el miedo de la persecución, ese cada vez más estrecho cerco nazi de las ciudades polacas durante la ocupación, y un zoom revela el rostro magullado y los ojos hundidos de una mujer asustada protegiendo a los suyos.

En otro (109), Toscha, su hermana, decide suicidarse ingiriendo veneno, y con ella a tres niños más (entre los que se encuentra el mismo Richieu), cuando los nazis ordenan liquidar el gueto de Zawiercie, donde habían logrado refugiarse; entonces un acercamiento del personaje va perfilando su sudor, sus ojos curvos y encendidos, la pócima en la mano y el deseo irremediable de quitarse la vida antes que los gases lo hagan.

Tal vez que lo llame mnemocomic no sería sino llevar agua (y mucha) hacia mi molino. Maus podría llamarse de muchas formas y todas no podrían abarcarlo en su totalidad. Reconozco que he leído Maus con los ojos de quien ve memoria aquí en todo lo que encuentra a su paso. El carácter recordativo del relato y los dibujos de este historietista podrían muy bien afianzase sólo en el hecho de tratar de alejarse de la ficción —claro, sin lograrlo con cabalidad— al investigar sobre los hechos, documentarse gráficamente, registrar de manera etnográfica los recuerdos paternales y, además, representarse a sí mismo y su familia en un cómic. Por ello, quisiera desarrollar de manera breve otro elemento que creo es importante en la novela gráfica de Spiegelman: su padre, el sobreviviente.

La memoria del padre, un roñoso viejo maniático, diabético e hipertenso, un individuo marcado por la trágica experiencia que vivió primero en el frente de resistencia polaca, luego en guetos, escondiéndose en granjas polacas y al final en Auschwitz, es la memoria del Holocausto.

Spiegelman en esto procede sin duda con suma maestría. Cuando Art habla con su padre sobre lo que se negociaba en campos de concentración como Auschwitz (222): pan por cigarros o cigarros por wodka —y uno recuerda de inmediato a Imre Kertész o Primo Levi—, va desarrollándose también esa enorme diferencia entre un testigo sobreviviente y quien sólo es un interlocutor, digamos, desinteresado. Me explico: al recrear la historia, Art asume una posición nada neutra. Es más, no hay narración (ficción) más política sobre el Holocausto, creo yo, que Maus. Una postura que no obstante logra impactar y atrapa al lector porque, en principio, es la recomposición poética de la existencia de un individuo en las infinitas posibilidades del arte gráfico. El libro es también la metaficción del arte mismo al querer retratar la memoria. La historia del sobreviviente es por ello la explosión visual de la propia visión del mundo del artista, y Maus es su máxima expresión.

Art logró reconstruir el relato del padre, el personaje principal sin duda, conservando algunas particularidades sintácticas de su inglés casi idiosincrático y acartonado, signo claro no sólo de su origen judío, conocedor del yiddish, sino del tiempo en que vivió su infancia o juventud, distinto al de Art en la New York de postguerra. En la edición alemana, así como en la española de Planeta DeAgostini, se mantiene de alguna manera este rasgo característico. Es posible darse cuenta que Vladek confunde tiempos verbales, el género, el uso de ser o estar, preposiciones. Sin embargo, elementos como estos, además de retratarlo con fidelidad como un viejo ratón cascarrabias y nostálgico —Art evita en todo momento incluso no caer en el estereotipo del judío avaro—, no hacen sino humanizarlo, darle una identidad en la deshumanización de la violencia y la tristeza del recuerdo. Los terribles días que Vladek y Anja, su primera mujer y madre de Art, vivieron en Auschwitz, nos ayudan a comprender que el amor entre ambos es en verdad uno de los episodios más conmovedores del relato.

Confieso que esto me mantuvo pegado al libro. Esto confirma cómo cualquier lector puede hallar aquí tantas posibilidades artísticas en las que la memoria se hace más humana. Am Ende, uno no puede sino inquietarse con la forma cómo Vladek sucumbe a sus penas, echado en cama, agotado, llamando a Art por el nombre de su primer hijo, muerto durante la ocupación nazi.

Bien podría ser tema de otro artículo —que tal vez jamás escriba—, mi devoción por la literatura en donde la figura es el padre (su construcción o destrucción a través de un relato); pero Maus es también, además de los hechos históricos y la originalidad de la composición gráfica, el enfrentamiento lento pero concreto entre un padre atormentado y un hijo que no tiene otro deseo que contar lo que la muerte y la injustica le hace a los hombres.

 

 

Erick Ramos Solano (10 Posts)