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Enemigos íntimos

Dicen que “quien tiene un amigo tiene un tesoro”, pero, ¿qué tiene quien tiene un enemigo? Muchas han sido las películas que a lo largo de la historia del cine han querido responder esta pregunta, tratando la enemistad desde muy distintos puntos de vista: la rivalidad profesional, el odio más profundo, la venganza, etc. En este artículo voy a presentaros alguna de mis películas favoritas sobre este tema, no sin antes recordar una cita de Baltasar Gracián, que da que pensar:

Triste cosa es no tener amigos, pero más triste debe ser no tener enemigos, porque quien enemigos no tenga, señal de que no tiene: ni talento que haga sombra, ni valor que le teman, ni honra que le murmuren, ni bienes que le codicien, ni cosa buena que le envidien.

Amadeus (Milos Forman – 1984)

Pocas películas narran una relación de amor / odio como esta, que narra la vida de Wolfgram Amadeus Mozart contada por su rival, Antonio Salieri. Porque esta obra maestra del séptimo arte, dirigida en 1984 por Milos Forman, narra como pocas el tránsito de la más absoluta admiración hacia el odio más profundo a lomos de la más terrible de las monturas: la envidia. La trama comienza con Antonio Salieri, un músico que pacta con Dios entregarle su castidad y su abnegado esfuerzo a cambio de la brillantez de su ídolo Mozart. Todo funciona bien, hasta que aparece Mozart y Salieri descubre que no es el ídolo tocado por el dedo divino que él creía, sino un joven alocado, infantil, pero con un talento superior del que él nunca podría llegar a tener, fruto del genio en estado puro, no del esfuerzo, el trabajo o la laboriosidad. La admiración se torna en odio y Salieri no parará hasta acabar con Mozart. Poco importa que la historia narrada por la película poco o nada se parezca a la realidad histórica, porque la ficción creada por Peter Shaffer para el teatro y convertida posteriormente en película dio como fruto una de las historias más impresionantes de rivalidad que recibió una lluvia de Oscar en 1984, con una mención especial para F. Murray Abraham en el papel de Salieri (un papel que en el teatro también bordó Sir Ian McKellen).

Queda en la memoria, el desafío de Salieri a Dios, dirigiéndose a un crucifijo: “A partir de ahora somos enemigos. Tú y yo. Porque escogiste como tu instrumento a un niño fanfarrón, lujurioso, obsceno e infantil, y a mí sólo me diste como recompensa la habilidad de reconocer que él es la encarnación”.

 

 

La huella (Sleuth, Joseph Mankiewicz – 1972)

La segunda película de esta lista también es la adaptación de una obra de teatro y es que las rivalidades generalmente se traducen en duelos interpretativos que han sido originalmente escritos para los escenarios pero que, bien tratados, también son efectivos en el cine. En este caso, los encargados de la adaptación fueron Anthony Schaffer firmando un guión basado en su propio texto teatral y Joseph Mankiewicz (responsable, entre otras, de Julio César, Cleopatra o La condesa descalza) tras las cámaras. El resultado es una obra maestra de la intriga y una de las mejores luchas interpretativas de la historia del cine entre un maduro Laurence Olivier que encarna a la perfección al taimado Andrew Wyke, un afamado escritor de novelas de misterio que cita en su mansión al joven, y aparentemente banal, Milo Tindle (un también excelso, Michael Caine), propietario de una cadena de salones de belleza, con el ánimo proponerle un ingenioso y retorcido plan. A partir de ahí, los vuelcos y las sorpresas son constantes en el duelo de ingenio que sostienen ambos protagonistas.

En 2007 se hizo un remake de esta película, dirigida por Kenneth Branagh y la curiosidad es que Michael Caine, 35 años después, encarnó el papel de Wyke, dejando que fuera Jude Law quien se pusiera en la piel de Milo Tindle.

 

Los intocables de Elliot Ness (The Untouchables, Brian de Palma – 1987)

Muchas películas se han realizado sobre la lucha contra el crimen en el Chicago de los años 30, en plena “Ley Seca”. Dos personajes acaparan la mayor parte de esa cinematografía: el honrado agente del Tesoro estadounidense Eliot Ness y el malvado gangster Al Capone.

En 1987 se estrenó esta nueva versión de la historia que ya desde los títulos de crédito impresiona. Dirigida por un valor siempre sólido como Brian de Palma, cuenta con un guionista como David Mamet, uno de los autores teatrales y cinematográficos más relevantes de finales del siglo pasado y con la banda sonora del siempre fantástico Ennio Morricone.

El guión de Mamet se centró en la lucha a muerte entre “los Intocables”, el equipo de agentes federales liderado por Ness (un magnífico Kevin Costner) y la encarnación del crimen organizado en la ciudad, Al Capone, interpretado por Robert de Niro. La rivalidad entre ambos, puesta de manifiesto por la tenacidad de Ness en buscar todos los medios posibles para poner tras las rejas a Capone hacen de esta historia una lucha sin tregua, que mantiene siempre vivo el interés del espectador, pese a conocer de antemano su final, pues está basada en hechos reales. Mención especial merece el papel del veterano agente Jim Malone, un hombre de vuelta de todo, interpretado por Sean Connery en un papel que le supuso su único Oscar (como mejor actor secundario).

 

La Vaquilla (Luis García Berlanga – 1985)

Una de las mayores y más execrables rivalidades y enemistades que nos deparó el siglo pasado fue la Guerra Civil española. La ira del pueblo español llevada a su máxima expresión en una contienda que dio lugar, en no pocas ocasiones, a situaciones grotescas, de puro ilógicas. Porque esta fue una rivalidad entre vecinos, entre amigos o, incluso, entre hermanos. Nadie mejor para hacer una película sobre esta sinrazón que un maestro del absurdo como Luis García Berlanga, quien en 1985 firmó esta ácida comedia sobre un grupo de milicianos republicanos, en el frente de Aragón, que se infiltran en la zona nacional con el único propósito de robar la vaquilla que van a torear en las fiestas del pueblo más cercano a sus trincheras, con el propósito de conseguir comida y de paso (y no menos importante), fastidiar a sus enemigos del bando contrario, dejándoles sin festejo. Partiendo esa premisa, absurda, pero creíble dada la locura del contexto en que está situada, Rafael Azcona tejió un espléndido guión que con la mano maestra de Berlanga en la dirección y un elenco de actores en estado de gracia (Alfredo Landa, José Sacristán, Luis Cigés, Violeta Cela, Adolfo Marsillach…) hicieron creible y divertido lo increíble y terrible.

Esta película encierra cientos de escenas memorables, pero dos se han quedado grabadas en mi memoria. La primera es el baño de los milicianos republicanos en un arroyo, quienes al estar desnudos se confunden en el mismo arroyo con sus enemigos franquistas y confraternizan con ellos, poniendo de relevancia lo absurdo de cualquier guerra en la que solo unos uniformes marcan el bando de los contendientes. Y sobre todo, la escena final, con el objeto de la contienda, los restos de la vaquilla, pudriéndose en tierra de nadie, mientras el verdadero enemigo, representado por los buitres, se reparte sus despojos mientras suena de fondo una de las canciones más duras y terribles que recuerdo: La hija de Juan Simón.

 

El buscavidas (The Hustler, Robert Rossen – 1961)

En 1961, Robert Rossen tuvo entre manos lo que todo director de cine sueña con tener algún día: un guión excelso (adaptado por él mismo, sobre la novela The Hustler de Walter Tevis) y un elenco de actores en estado de gracia. Su talento narrativo hizo el resto y nos dejó una de las más bellas historias de rivalidad que nos ha mostrado el séptimo arte.

El buscavidas narra la vida de un tahúr del billar, Eddie “Relámpago” Felson, en una de las mejores interpretaciones que nos dejó el gran Paul Newman (y eso son palabras mayores). Felson es un trilero que recorre los garitos de billar desplumando a incautos y soñando con ser aclamado como el mejor jugador de billar. Pero eso tiene un precio, que es derrotar al mejor, “el Gordo de Minnesota” (un excelso, Jackie Gleason). Ambos tienen un duelo memorable que lleva al verde tapete los míticos duelos de los western con rifles y pistolas convertidos en tacos de billar. Felson sale derrotado víctima de su arrogancia y desciende a los infiernos de donde es rescatado por una Piper Laurie que borda su papel de mujer autodestructiva y perdedora. Ninguno de los dos tiene nada que perder y muy poco que ganar; únicamente se tienen a sí mismos y así siguen hasta que aparece el verdadero malvado. Porque la rivalidad entre Felson y “el Gordo” es una lucha por ver quién es el mejor, despiadada, pero noble. Pero Bert Gordon, interpretado por George C. Scott, una especie de proxeneta del billar, cínico y despiadado irrumpe en la vida de Eddie como un elefante en una cacharrería para ofrecerle llegar a lo más alto, a cambio de renunciar a lo único bueno y bonito que tiene en la vida. Gordon es aquí una representación del Mefistófeles de Fausto que ofrece a Felson la gloria a cambio de su alma.

La curiosidad: en 1986 Martin Scorsese dirigió El color del dinero, una especie de secuela de esta película, con un maduro Newman que ahora es quien ocupa el papel de Gordon y un joven e impetuoso Tom Cruise como el aspirante. Sin duda, una buena película, pero a años luz de la primera.

 

Kill Bill (Quentin Tarantino – 2003 / 2004)

Hemos visto varias formas de afrontar la enemistad. En Kill Bill la enemistad se trata desde el punto de vista de una de sus más terribles consecuencias: la venganza. Porque este moderno western disfrazado de serie B japonesa narra la historia de una despiadada asesina que, una vez abandonada su vida delictiva es traicionada por su mentor y sus compañeras del escuadrón asesino “Víbora Letal” que, digamos que le hacen un regalo de boda nada convencional. El doble sentido del título deja las cosas muy claras (“kill bill”, puede traducirse como “mata a Bill” o como “ajuste de cuentas”). Si Quentin Tarantino es un director arriesgado en sus propuestas estéticas y narrativas, en esta cinta echó el resto para contar la historia de la venganza de Beatrix Kiddo (Uma Thurman): una cinta dividida en dos partes, cada una de ellas de muy largo metraje, con partes en color y otras en blanco y negro, manga, escenas rodadas en japonés y, sí, violencia y sangre, mucha sangre. Una mezcla de ingredientes nada originales, que dió como resultado  una película que no pasará a la historia, ni por su trama, ni por sus interpretaciones (aunque la de la Thurman merezca una mención aparte), pero que visualmente merece mucho la pena y, en su conjunto, es francamente entretenida (sobre todo para los amantes de la serie B).

Dos frases pueden resumir el film; una de Nietzsche  (que igual vale para un roto que para un descosido): “En la venganza, como en el amor, la mujer es más bárbara que el hombre” y otra de Budd (el siempre inquietante Michael Madsen), el hermano de Bill: “Esa mujer se merece una venganza, y nosotros la muerte”.

 

La guerra de los Rose (The war of the Roses, Danny de Vito – 1989)

En esta lista hemos tenido películas de gangsters, cine histórico, cine de intriga y misterio, la surrealista y ácida visión de la guerra como expresión de la enemistad… Nos faltaba una comedia (negra, por supuesto) y para eso, aquí está La guerra de los Rose, una película que narra la conversión del amor más profundo en el odio más intenso. Los 80 daban sus últimos coletazos, cuando Danny de Vito, uno de los personajes más inteligentes del Hollywood de esa época se hizo cargo de dirigir este film sobre el descenso a los infiernos de una pareja aparentemente feliz hasta el empalago. Porque en un principio todo es “contigo pan y cebolla”, pero cuando las cosas se empiezan a torcer y comienzan los trámites del divorcio, se declara la más absoluta y despiadada de las guerras. Una lucha a muerte en la que, como destaca uno de los abogados que les asisten “no existen victorias, sino solo distintos grados de derrota”. Para interpretar a la despiadada pareja, el bueno de Danny eligió a la pareja de moda en el cine de comedia de aquélla época: Michael Douglas y Kathleen Turner (coincidieron también en Tras el corazón verde y La joya del Nilo). Ambos aportaron su innegable química como pareja protagonista para dar credibilidad a las estrambóticas situaciones en que derivó su enfrentamiento. Dice el refrán que “los duelos con pan son menos”, por eso, el tono de comedia con el que se narra esta historia trata de dulcificar lo descarnado del trasfondo que se oculta tras los chistes e histrionismos: la ácida reflexión que nos transmite sobre las relaciones de pareja en la sociedad actual.

 

 

El truco final (The Prestige, Christopher Nolan – 2006)

Esta lista comenzó con una película centrada en la rivalidad profesional y termina con otra con el mismo tema. Porque Prestige narra la descarnada rivalidad entre dos jóvenes magos en el Londres de finales del siglo XIX. La lucha entre Alfred Borden (Christian Bale) y Robert Angier (Hugh Jackman) torna su amistad y mutua admiración en la más terrible de las enemistades en la que todo vale, no solo para triunfar, sino para desacreditar y humillar al otro. La despiadada competición que ponen en marcha únicamente puede tener un final que es un desastre en el que no puede haber vencedores, sino únicamente vencidos. Christopher Nolan te transporta de forma creíble y amena por todo el trayecto de esta enemistad y te mantiene pegado al asiento durante toda la película. Mención aparte merece todo el elenco que hace aún más creíble toda la historia, porque si el duelo interpretativo de Bale (“chico Nolan” donde los haya) y Jackman es magistral, no lo son menos la interpretaciones de Michael Caine (sí, él, otra vez), Scarlett Johansson, Rebecca Hall e, incluso, un magnífico David Bowie, dando vida a Nikola Tesla, uno de los más grandes (y más injustamente tratados) genios de la ciencia del siglo XIX y principios del XX.

 

 

Estas son únicamente una muestra de mis favoritas. ¿Cuál añadiríais a la lista?

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Ángel Cuesta (20 Posts)


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