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Gastrosofía: el amor

“Te amarás a ti mismo tanto como a los demás”. Partiendo de este célebre precepto gastrosófico comenzamos hoy a hablar sobre el amor, sentimiento hipernutritivo con el que, por dar tanto de sí, vamos a hacer una excepción proponiendo varias recetas.

 Sea cual sea la cualidad u objeto del amor, no hay duda de que si es correspondido sabe más rico. Por esta razón es aconsejable empezar cocinando el amor propio o amor a uno mismo, el único que ofrece garantía total de ser correspondido.

Claro que no es fácil de conseguir ni sale barato. Se confunde fácilmente con muchos otros sentimientos y derivados: orgullo, vanidad, autocompasión, egoísmo, ambición, etc. Una buena forma de identificar el genuino amor a uno mismo es compararlo con los productos ecológicos: son los de toda la vida, no tienen aditivos, saben a verdad, su cultivo y elaboración son respetuosos con el medio ambiente… Por algo salen más caros que los de producción industrial. Pero merecen la pena, ¡vaya si la merecen! De igual modo, si nos amamos tanto como al prójimo es seguro que nos vamos a sentir amados. A partir de aquí todo son ventajas.

Este amor es muy simple, pero delicado: cualquier desvío, por mínimo que sea, en la proporción de sus ingredientes básicos o en la técnica de preparación y la receta se nos va al garete. Es lo que pasa con la mayonesa de amor, que a poco que nos descuidemos se nos corta y a ver quién es capaz de arreglarla. Casi es más fácil tirarla y hacer otra nueva (así se nos va la vida a veces). Por otro lado, ahora que se acerca el verano es más recomendable el salmorejo. Rico en antioxidantes, se toma fresquito y no se contamina tan fácilmente como la mayonesa. Además, si nos pasamos o quedamos cortos con algún ingrediente podemos corregir a medida que preparamos el plato, equilibrando la proporción y obteniendo un resultado satisfactorio. Y mira tú por dónde ha salido el componente de satisfacción, que tanto tiene que ver con el amor a uno mismo: saber que se ha hecho lo que se ha podido como mejor se ha sabido. Y así cada día, durmiendo bien por la noche.

salmorejo cordoba

Javier Lastras. “Salmorejo” 03/04/2010 via Flickr, Creative Commons Attribution

Pues como iba diciendo, vamos a hacer salmorejo:

Cogemos tomates rojos de autoestima, cuantos más y más maduros mejor. Es importante que estén en su punto, ni verdes ni pasados: ese es el secreto de un buen salmorejo. Trituramos los tomates con un diente (dos para los más audaces) de ajo y un puñadito de sal de imperfección.

A este puré aromatizado de autoestima se le añade la miga del día anterior. La miga es lo que le da consistencia al salmorejo y merece la pena seleccionarla. ¿Cómo? Se escoge lo que se ha aprendido, lo que nos ha hecho sonreír y/o lo que nos ha gustado especialmente del día, desechando lo demás para otros platos. Cuando hemos reunido toda la miga seleccionada se vuelve a triturar con el puré de autoestima que ya teníamos hecho. Al mismo tiempo se le va añadiendo poco a poco y sin parar un chorro de respeto virgen extra.

Se guarda en la nevera, dejándolo reposar un poquito.

Como guarnición el salmorejo de amor admite tiras de alegría fritas en tempura, dados de sentido del humor o, para los puristas del salmorejo, lascas de jamón ibérico: ése que una vez en el paladar te descubre el porqué del universo.

Se saborea solo o en compañía. Está bueno de todas formas. Es un plato tan elemental que invita a disfrutar de la vida con lo que se tiene a mano. Un milagro a nuestro alcance.

¡Buen provecho!

 

 

I. Alabanda (14 Posts)