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Gastrosofía: la tristeza

Qué difícil es cocinar la tristeza. Para empezar, a ver quién es capaz de encontrarle el punto justo de cocción. Si te pasas puedes caer en la depresión; si no llegas se te indigesta y te puede dar ardor de estómago por un buen tiempo, razón por la que a muchos se les pone cara de acelga en vinagre. Sí, sí, esas almas vegetales que deambulan por la vida con cara de semiconserva caducada es que en algún momento  de su existencia se comieron un plato de tristeza mal cocinado. Así que ya veis, el de hoy es un asunto muy, pero que muy delicado.

Habrá quien sostenga que este sentimiento no merece ni diez minutos de preparación. Que lo mejor es utilizar una técnica básica y, sobre todo, rápida. O incluso que lo mejor es tirarlo directamente a la basura como quien tira la fruta pocha. Yo en cambio sostengo que a la tristeza, como a los buenos vinos, hay que darle su tiempo.

Vale, no vamos a cortarla en juliana para hacer sopa porque amarga demasiado. No vamos a cocinarla en su tinta porque entonces nos sale un romance lorquiano. Pero vamos a tratarla con mimo, con cariño. ¿Cómo? Haciendo croquetas. Con las croquetas se cumple la ley según la cual el tiempo que se tarda en hacerlas es inversamente proporcional al que se emplea en comerlas.  Y eso, para la tristeza, nos viene fenomenal.

Os cuento mi receta:

Se lava, se pela y se pica la tristeza. Se rehoga al calor de familiares y/o amig@s. Se hace entonces una bechamel con la tristeza rehogada, litro y medio de paciencia y un poco de sensatez, semidesnatada a ser posible. Una ralladura de besos es opcional, a mí particularmente me gusta porque le añade un plus de ternura al resultado final y se agradece.

Cuando la bechamel de tristeza se ha templado ya se puede dar forma a las croquetas. Y aquí es donde, a mi modo de ver, tenemos la ocasión de drenar el sentimiento dándole a la masa la forma y el tamaño que mejor se ajuste a la causa de la tristeza. Una vez formadas las croquetas, se envuelven en una capa de harina de fuerza, otra de esperanza batida y, por último, confianza rallada.

Finalmente, se fríen las croquetas en abundante aceite de humor virgen extra. Se acompañan de ensalada de alegría: como la vida misma.

¡Buen provecho!

I. Alabanda (14 Posts)