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Hablando de besos

Llevaba conduciendo casi toda la noche. Sentada al volante intentaba dejar la negra oscuridad tras de mí. Acababa de discutir con Mario y sólo quería alejarme de todo. Deseaba olvidar aquella estúpida conversación en la que ninguno de los dos escuchaba lo que decía el otro.

Cuando llevaba varias horas de desatinados y absurdos pensamientos, comencé a ver un enorme sol anaranjado por el retrovisor izquierdo indicándome que estaba amaneciendo

A lo lejos apareció una pequeña aldea en mitad del camino. Destacaba su iglesia sobre unas cuantas casas de tejados anaranjados. A la entrada del pueblo las luces de un bar se veían encendidas a través de una ventana, así que decidí parar a tomar algo.

En el local había muy pocos clientes. Todos me saludaron. Respondí lo mejor que pude a sus saludos, pero no dejaban de mirarme. Pedí un café. La camarera lo puso con rapidez. Cogí la taza con las dos manos para calentarme un poco, mientras me percataba que todos continuaban mirándome.

—¿Quieren decirme algo? —pregunté sin dirigirme a nadie en concreto.

—Perdone señorita, si le parecemos indiscretos —comenzó a decirme un señor que debía de estar ya jubilado— pero justo cuando entraba usted en el bar, nos estábamos proponiendo un juego para matar el tiempo. Nos preguntábamos si le gustaría participar. Es solo un inocente y simple entretenimiento. Como ve, todos los que estamos ahora aquí somos jubilados, excepto usted, supongo. Se le ve muy joven para estarlo.

—Sí, yo aún trabajo. Pero no puedo responderle si no me dice de qué juego se trata –le contesté.

—Por supuesto. Esta mañana se nos ha ocurrido que cada uno cuente algo sobre un beso. Sobre un beso real, que haya pasado a lo largo de su vida, no vale inventárselo. Nosotros ya apenas nos besamos y sería divertido recordar alguno de aquellos momentos en que éramos jóvenes. Por ejemplo yo iba a empezar contando mi peor beso… ¿Se anima?

—Me coge algo desconcertada en este momento —le dije ante tan extraña proposición a aquella hora de la mañana— Pero me apunto al juego. Yo contaré el beso más tonto de mi vida. Por suerte o por desgracia, aún lo recuerdo.

beso relato guillamón

David Martyn Hunt “Kisses nº 2” 10/10/2009 via Flickr, Creative Commons Attribution

—Estupendo. Pues siéntese con nosotros y escuche mi corto relato. Y espero no haberla importunada mucho, pero para nosotros el día tiene tantas horas que no dejamos de buscar algo con lo que entretenernos —dijo sonriendo— Bueno, pues he de deciros que recuerdo mi peor beso como un violento acontecimiento. Por aquel entonces yo vivía en Los Ángeles. Tendría unos quince años, estaba en mi habitación con Felipe. Éramos amigos desde principio de curso. Nos gustaba estar juntos y siempre solos, porque muy pocos querían relacionarse conmigo. Ya sabéis, me decían “marica” y todo eso. Felipe, sin embargo, no me decía nada y como era muy tímido, hicimos amistad. A mí, terminó gustándome mucho, pero no me atrevía a nada más. Sin embargo, ese día en el que estábamos en casa, me dijo que estaba muy triste y empezó a llorar porque un coche había atropellado a su perro. Su padre tuvo que rematarlo de un disparo en al cabeza. Entonces tuve un impulso irresistible de acogerlo y abrazarlo, pero cuando le estaba pasando mis brazos por la espalda vi aquellos labios entreabiertos y sentí el deseo de besarlo. Sólo duró un instante, porque inmediatamente me dio un puñetazo en el estómago y caí al suelo, donde me propinó más de veinte patadas diciéndome: “¡maricón!” “¡maricón!”. Tengo que admitir que fue un beso bastante desagradable… ¿Que le parece?

— Me ha gustado mucho —contesté — Y siento que terminara tan mal para usted.

— No se preocupe, señorita. Uno se hace a todo —me dijo.

— Ahora me toca a mí —dijo una señora muy arreglada y agradable que andaría por los setenta —Os voy a contar mi primer beso. Fue cuando apenas tenía doce años. Me encontraba en casa de mi vecino Billy. A mí me gustaba desde hacía tiempo pero hasta ese momento no me hizo ningún caso. Estábamos hablando de las cosas del colegio, de los “deberes” que teníamos que llevar al día siguiente. Yo a veces le ayudaba a hacer las tareas. Entonces fue cuando se me ocurrió escribirle, allí mismo, en aquel momento, una carta diciéndole que me gustaba, que quería salir con él. Cogí un trozo de papel y, con mi bolígrafo rosa, dibujé una margarita y puse debajo: “Me gustas mucho. ¿Nos hacemos novios?” Después coloqué el papel encima de su libro. Lo leyó, me miró y dijo: si quieres que seamos novios tenemos que darnos un beso. Vale, le dije. Y nos lo dimos. El puso los labios sobre los míos y así estuvimos un rato. Después seguimos con los deberes, pero ya como novios, claro.

— Qué beso más inocente y bonito, ¿verdad? —le comenté

—Sí, aunque para mí fue eso y mucho más, porque después fue mi marido —me dijo.

— Ahora voy yo —dijo un señor bajito con cara sonriente—. Mi beso más tremendo lo recuerdo como una lección magistral. Yo era un adolescente lleno de hormonas circulando por mi cuerpo, cuando la vecina de al lado llamó a casa para que la ayudáramos con la escalera. Era una señora impresionante y atractiva. Estaba sola y no podía colocar un paquete en el altillo de su armario. Mi madre me dijo: ve a ayudarle. Y fui. Cuando bajé de la silla de colocar el paquete, la mujer me dio efusivamente las gracias y me dijo que era muy guapo y simpático. Entonces me abrazó y me dio un profundo y largo beso en los labios. Todas las hormonas se fueron para el mismo sitio. Fue maravilloso, aunque salí algo avergonzado de allí como os podéis imaginar, me tuve que poner las manos delante del pantalón para tapar aquello —todos rieron.

Melian Shumaker “The Kiss” 24/09/2011 via Flickr, Creative Commons Attribution

El siguiente dijo amablemente que me cedía el turno, que acababa de llegar y no me habían dejado contar nada.

— Muchas gracias —le dije dejando la taza de café sobre la mesa—. Espero recordar aquel estúpido y tonto beso. Tendría unos catorce años. Había un chico en mi clase que me atraía desde principio de curso. No era muy guapo, pero a mí me lo parecía. Era gracioso, siempre hacía chistes de todo. Me reía mucho con él. Me daba cierta seguridad. Se desenvolvía bien con los compañeros y en el patio. Un sábado varios compañeros de clase quedamos para salir. Fuimos a una sala de juegos. El chico era un as con las máquinas de coches. Nadie le ganaba. Me quedé tan impresionada que al final del día cuando esperábamos el autobús en una parada cercana, lo cogí de la mano y le dije: ¿Sabes que me gustas mucho? Y tú a mí, me contestó. Después le dije: ¿Sabes que me gustaría que me dieras un beso? Y a mí también me gustaría dártelo, me dijo. Pero te lo daré muy corto, ¿sabes? Es que tengo novia. Entonces acercó sus labios a mi frente durante sólo un segundo porque en ese preciso momento llegó su autobús. Sin decirme adiós salió disparado, subió al bus y se marchó. ¿Qué les parece? —les dije

—Bueno, algo es algo —dijo el primero que había comenzado con el juego.

—Yo voy a contar mi beso más largo —dijo otro de los sentados a la mesa que llevaba una especie de peluquín sobre la cabeza—. Fue una noche de verano en una fiesta que organizamos en la cochera, muy poco iluminada, de un amigo. En aquel sitio no había nada, sólo una mesa que habíamos llevado para poner el equipo de música con las bebidas y alguna silla suelta. Después de mucho organizarlo, conseguimos reunirnos cinco amigos y tres o cuatro chicas que apenas conocíamos. Cuando empezó la música y tomamos algo de beber. Una de ellas me pidió bailar. Nos fuimos a la zona más oscura y comenzamos a girar abrazados. En la segunda canción empezó a besarme el cuello. Yo giré la cara buscando sus labios y nos encontramos inmediatamente en un beso que duró toda la tarde. No nos separamos hasta que llegaron los padres de mi amigo y la puerta de la cochera se abrió. Fue un larguísimo beso.

Beso baile

Parker Knight “Reception” 20/03/2010 via Flickr, Creative Commons Attribution

¡Enorme!…, dijeron todos.

Pasé un rato estupendo aquel amanecer. Después de tantas horas conduciendo y comiéndome la cabeza. Aquel grupo de jubilados al que le sobraba el tiempo me alegró la mañana. Aquellas historias me distrajeron haciéndome olvidar casi por completo lo de la noche anterior. Pasé un par de horas con ellos antes de volver a tomar la carretera de vuelta.

Cuando llegué a casa, Mario estaba comiendo en la cocina. Le di el beso más vacío e insustancial de mi vida. Después me dijo: Bueno, si quieres podemos comprar ese armario que tanto te gusta. No quiero discutir más sobre el tema.

—Haz lo que quieras —le dije— la casa es tuya, y yo me voy ahora mismo.

—¿Me dejas?

—Sí, te dejo. Me Acabo de dar cuenta de que en todo el tiempo que llevamos juntos, no me has dado ni un solo beso que merezca la pena… adiós.

 

Pablo Guillamón

 http://pabloguillamon.wix.com/pablo-guillamon#!

 

Relato originalmente publicado en el libro Cuentos de la calle 13, editado por Online Studio Productions de APPLE.

Pablo Guillamón estudió Magisterio en la Universidad de Granada, se Licenció en Pedagogía en la Universidad de Murcia y realizó los estudios de doctorado en el Departamento de Teoría e Historia de la Educación de la misma universidad.

Actualmente trabaja como docente en un centro de secundaria e imparte clases de oposiciones para el acceso al cuerpo de maestros.

Tras realizar diversos trabajos y proyectos de investigación en el campo de la educación, decide realizar un Curso de Escritura Creativa dirigido por la escritora Carmen Posadas. Terminado el curso comienza a escribir de manera continuada, publicando diversas colecciones de relatos y su primera novela “Cadima”.

 

baidewei (110 Posts)


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