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Historias de la inopia

G. Pérez-Juana
–>G. Pérez-Juana

Son éstas dos maneras de contar; dos territorios distintos, dos lenguajes diferentes. Cuanto más interés se pone en pintar de manera que el tiempo se introduzca en el cuadro y respire como “la vida misma”, peor para la Pintura. Y al revés, cuanto menos se preocupa uno del ritmo, de las pausas y de la historia; en definitiva, del tiempo de lo representado, peor para la narración; sea ésta escrita o filmada.

Tal vez de la formulación de esta contradicción surja mejor la respuesta a la pregunta que a veces se me hace en relación con el abandono por mi parte del ejercicio de la pintura en favor de la grabación, y concretamente del vídeo.Dejando de lado que cualquier cosa que responda siempre me dejará en la duda de si dije bien, por aquello de que  nunca se sabe el origen de los enamoramientos (y ésa es su gracia), tal vez haya una respuesta aproximada que tiene que ver precisamente con la imposibilidad por parte de la pintura, de contar cosas de la vida misma utilizando el tiempo llamado real. No es éste su territorio, claro está, y denunciar la falsedad de éste tiempo y de la vida que vivimos, utilizando la narración filmada (que es, digamos, de formato parecido al de la realidad), se me ha hecho poco a poco la herramienta preferida para este propósito.

Hay, por otra parte, una cierta necesidad de reirse de uno mismo, que ejerzo mediante la aparición progresiva (que ha ido ganando protagonismo en la narración de cada episodio, y que ha venido a completarse con la película Historias de la Inopia) de un personaje que se ha situado como eje de cada trama. Un personaje al que le ocurren cosas inauditas, o que las provoca; pero siempre desde una distancia, un descreimiento acentuado respecto a lo que entendemos por realidad. Este personaje me permite mentir exageradamente a través de sus ocurrencias (a veces suscitando una parodia evidente), y acaso, puedo así poner en contraste mi mentira, la de la ficción, con la realidad; no para que el espectador sienta que es ahí, en esa realidad que le venden, donde está la verdad, sino justamente para lo contrario, para que perciba mejor la idiocia que se esconde tras los arquetipos y modelos que el personaje y su acción denuncian

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