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La destrucción o el jamón

Hay un libro de Vicente Aleixandre titulado La destrucción o el amor. Me vino a la memoria después de escuchar una historia que me contó una amiga. Es la historia que voy a contar aquí, puesta en boca de la propia protagonista, con los aderezos y maquillajes correspondientes (que son asunto mío). En ella hubo amor, hay un jamón y habrá destrucción.

Aquel día iba a ser diferente a los otros, pero yo no sospechaba que la diferencia iría por otro lado completamente distinto al que había planificado. Había quedado con mi amiga Adela para comer y después coger el AVE a Madrid y de ahí a Barajas, rumbo a Uzbekistán. Me levanté una hora antes que de costumbre. Preparé concienzudamente la maleta y la metí bajo la cama. Me tomé un cafetito y me fui al trabajo. Cuando volví, nada más entrar, me olí algo raro en el ambiente. Dije “HOLA” en voz lo suficientemente alta como para ser oída en toda la casa, que era muy grande, demasiado. A partir de ahí se desencadenó el huracán que le daría para siempre un vuelco a mi tranquila vida.

Por la escalera asomó mi marido, a medio vestir, exclamando —¡Pero tú no te ibas de viaje directamente desde el trabajo! —A lo que yo contesté, con cierta sorna: —¡Pues no! He cambiado de opinión y me voy indirectamente.

Un ratito después, detrás de él, apareció una señora. Saludó, como corresponde a toda persona educada, pero con una altanería que daba asco. Luego prosiguió —Yo ya me iba, tengo el coche en el garaje. ¿Dónde están las llaves?, ¿Paco? Pero Paco, ¡Paco! —Paco que no sabía para dónde mirar, no atinaba a encontrarlas.

En esas llamó mi amiga Adela —Juana, ¿dónde habíamos quedado para comer? —Yo, descargándole a la pobre toda mi mala leche del momento, le bufé: —¡Déjame ahora!— Y le colgué sin más. Como vi que Paco seguía sin encontrar la llave del garaje, con una voz firme, calmada y llena de seguridad, que no sé de dónde saqué de pronto, dije —Toma, siempre llevo una copia en mi bolso.

Paco se metió otra vez en la habitación sin atreverse a decirle nada a la tipa, tan solo le dirigió un gesto cargado de significados: —Nos ha pillado, qué vamos a hacer, yo creía, discúlpame…—  A mí los pensamientos se me hacían un ovillo enmarañado en el cerebro. «Por lo menos no es una jovenzuela cualquiera, sino una señora de mi misma edad más o menos y, además, elegante, que la ropa que lleva parece de firma, probablemente de Purificación García. Pero, ¿qué digo? ¡Menuda putona está hecha la tiparraca esta!».

Cuando desapareció de mi vista, me fui para la cocina, ya con cierto temblor de piernas, a punto de derrumbarse el edificio de aplomo que había mostrado un momento antes, en la escenita de la llave del garaje. Sentí cómo me culebreaba la ira y busqué aquí y allá dónde descargarla a gusto. Mi vista enfiló el jamón de Jabugo que tanto le gustaba a Paco, un regalo de un importante empresario de Sevilla, cliente de su bufete. Parecía el amor de su vida el jamón aquel; le decía «Cariño mío, precioso, ¡hijo de mi corazón!». Mi Paco es que no era muy normal, vamos. De pronto, recordé que me vendría bien hacerme un bocadillo para el largo viaje que me esperaba. En los aviones cada vez dan peor comida, o ya ni dan, y yo no estaba dispuesta a pasar hambre, por mucha crisis que hubiera en la economía mundial.

jamon iberico jabugo

Zachary Leetch “Jamón Ibérico” 21/12/2012 via Flickr, Creative Commons Attribution

Cuando fui a coger el cuchillo jamonero, vi unas tijeras enormes que tenemos para el pescado y se me puso en la memoria la cara de aquella mujer que le cortó a su marido el pene o las pelotas, no sé muy bien, o las dos cosas. Opté por las tijeras y me dirigí a la escalera. No caminaba deprisa, pero el corazón me galopaba como queriendo escapar de su encierro. Tuve que detenerme a respirar un poco en el rellano. Completé el otro tramo y me paré ante la puerta cerrada de la habitación. Acerqué el oído y no escuché nada. «¡Este es capaz de haberse largado con la cabrona esa!». Luego entré y vi los restos de la infidelidad perpetrada un rato antes. Me asomé a la terraza, que da al jardín, pero seguía sin verlo. Aún tenía en mis manos las tijeras del pescado, bien afiladas, por cierto…

Pero, en un ataque de sensatez, me puse a analizar las consecuencias, como hace la Salander, la de Millennium. «Lo tendré que llevar al hospital, pobrecillo, no voy a dejar que se desangre. ¡Ah!, entonces me va a poner perdida la tapicería del coche, con lo bonita que es, y me voy a marear, que a mí la sangre siempre me ha dado no sé qué. Además se me hará tarde para irme de viaje; ¡qué digo tarde! ¡No me podría ni ir! Seguro que me meterán en la cárcel. ¡Yo, en la cárcel! ¡Allí mezclada con un montón de zarrapastrosas! También sufriré la vergüenza de verme expuesta a la gente, ¿qué dirían mis amigas? ¡Y qué pereza buscar abogada y pasar por un juicio!». No, no, ¡nada de cortarle las pelotas! Bajé y me preparé el bocadillo, pero la ira seguía ahí, ahogándome a su manera. Entonces me agarré fuertemente a las tijeras y me puse a clavárselas una y otra vez al jamón. El jamón quedó destrozado, con toda mi alma. Luego abrí la ventana y lo tiré.

Subí de nuevo y entré en mi habitación para coger la maleta. Por la ventana vi a Paco, que regaba las plantas con la manguera medio enredada a las piernas. Supuse que él también, a su manera, intentaba calmar los nervios. Lo miré unos minutos. Pero no me entraron ganas de decirle nada. ¿Para qué? Bajé con la maleta. Cogí el bocadillo y me lo metí en el bolso. Llamé a mi amiga Adela y pedí un taxi. Nada más salir por la puerta principal de la casa, oí el grito de Paco, como salido de lo más profundo de su ser.

—¡PERO QUÉ LE HAS HECHO A MI JAMÓN!

Le dije —¡Ahí te quedas! Yo me voy a la República de Uzbekistán. ¡No esperes que vuelva!.

 

Lola Zarza (3 Posts)


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