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La ficción de la violencia

Erick Ramos Solano

Lejos —muy lejos— de toda exégesis antropológica, Memoria de un soldado desconocido (Lima, IEP, 2013) es un relato valiosísimo. Estaré de acuerdo con quien lo vea sobrecogedor, impactante y sobre todo revelador; pero agregaré que también es imperfecto, irregular y monótono. ¿Por qué? Porque la edición es sólo la reproducción de una edición mexicana universitaria; muchas anotaciones a pie de página resultan innecesarias para un «lector nacional». Irregular, porque lo más complejo y dramático se concentra en el primer capítulo; en los otros, la perspectiva del autor estará marcada siempre por la experiencia dura y apasionante de su juventud subversiva. De ahí que, en las últimas páginas, el regreso al terruño no tenga otro sentido que el de rememorar años en los que el autor creía pelear por una causa justa. Monótono, porque la visión científica de la que se nos dice procede no es más que un blindaje editorial: el libro es mucho más que una autobiografía ordenada y un tratado atípico de antropología de la violencia. Como el propio autor advierte al inicio, el lector sólo va a encontrarse con «relatos de la vida cotidiana» (49).

Memorias de un soldado desconocido

No deseo agobiar al lector con demasiada información. Vengo de un país golpeado por la violencia durante veinte años (1980-2000). Una que vino de dos sangrientos grupos terroristas, El Partido Comunista Peruano Sendero Luminoso (PCP-SL) y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), de las Fuerzas Armadas —verdaderos ejércitos de aniquilación— y de grupos de autodefensa campesinos. Tuvimos después una Comisión de Verdad y un Informe de muchos tomos. Hoy, nos quedan defensores de atrocidades, del caos político, la masacre al más pobre y la indiferencia más soez. También defensores de la paz y la justicia; pero sobre todo pobreza, discriminación y desigualdad.

Tenía doce años cuando Lurgio Gavilán Sánchez, nuestro autor, se unió a las filas del PCP-SL. Buscaba entonces a su hermano pero fue llevado más bien, advierte con nostalgia, por un deseo de cambio social que latía con vehemencia en su corazón. Luego de presenciar y formar parte de masacres y asesinatos a gente inocente, fue herido en combate y capturado por militares en las rocosas faldas del (todavía nevado) cerro Razuhuillca. Visto como terruco (subversivo), fue llevado a la base Los Cabitos, en Huamanga, Ayacucho, lugar de torturas y hornos crematorios. Entonces no hablaba español sino quechua, y era un adolescente escuálido y maltratado por la dura disciplina guerrillera. Pronto se convirtió en un «niño-soldado», pero esta vez en las tropas del Ejército, es decir: en un agente estatal armado en favor del ejercicio de la —tantas veces incomprendida— «lucha contrasubversiva».

Bajo el amparo castrense aprendió a leer y escribir (en español) en una escuelita rural, donde leyó también mucho sobre historia del Perú, de la que quedó fascinado. Tiempo después, mientras la vida como instructor militar parecía satisfacerlo, su destino cambió otra vez de rumbo: motivado por monjas apacibles, se convirtió en novicio bendecido por monjes franciscanos en el viejo convento limeño de la Alameda de los Descalzos. Leyó la Biblia, estuvo solo y empezó a escribir. Con el tiempo, y como si esto no fuera poco, se retiró de la vida religiosa y estudió Antropología en la Universidad de San Cristóbal de Huamanga. Luego de ganar una beca de la Fundación Ford, viajó a México para estudiar en la Universidad Iberoamericana. Tiene un hijo, al que le dedica el libro.

Ésta es, en pocas palabras, la vida que Gavilán Sánchez quiere contarnos.

En medio de las montañas la naturaleza parece pintar un «mundo maravilloso» y apacible (59), un universo en constante armonía con sus criaturas donde la vida sonríe (68) y no se tiene miedo. Pero para el autor, la naturaleza —su geología infranqueable— es también la única testigo de la muerte. Las «quebradas oscuras, las retamas, las frías aguas que bajaban desde las alturas del Mayu» (71), saben en realidad qué ocurrió. Si las rocas hablaran —pero por supuesto no lo hacen, advierte, pues tienen la insensibilidad de los jefes senderistas (99)—, el mundo podría venirse abajo.

Esto es muy interesante pues uno de los hallazgos que los estudios preliminares insisten pervive en el libro es su afán hacia cierta verdad social e histórica, oscurecida durante todos estos años. Pero esto no es así. El libro no trata sobre verdad alguna, mucho menos sobre la verdad de Gavilán Sánchez. El libro es la reinvención (y reivindicación) de una realidad que le tocó vivir, de manera cruda y sin escape. Alrededor del protagonista gira todo un mundo (o varios mundos) en permanente desorden y destrucción. Estamos frente a una narración dirigida por la subjetividad más fiel, la visión de mundo más apasionada y ambigua, pero también por el imperio de la escritura y la lectura monográfica.

La ruta ideológica de nuestro personaje se perfila de manera rotunda. El espíritu de cambio social no se quebrará cuando es capturado ni cuando vista sotana. Hay un deseo de lucha intestina que no puede solapar mientras escribe. La huella de la utopía senderista no lo dejará tranquilo: el sol morirá todos los días tiñendo el cielo de rojo como la bandera comunista (63). Para el partido no existirá el perdón: muerte o fidelidad (77). Esta consigna va a acompañarlo toda la vida. La volverá a reinterpretar luego en el Ejército, al cumplir órdenes sin llanto ni murmuraciones (120), al golpear a reclutas desertores (119) o al buscar con sus compañeros comida en los pueblos, de casa en casa, como guerrillero (127).

También, al ser fraile franciscano, un soldado de Dios (67). La vida religiosa conectará sobre todo con esas aspiraciones de transformación de aquellos a quienes Gavilán Sánchez confiesa haber maltratado (127). Él seguirá en lucha por el comunismo, esta vez, por vía de la paz (131). Entonces su maestro espiritual será «igual que un oficial del Ejército» (134); rotará de convento en convento como soldado (137) y leerá salmos y rezos reflexionando sobre su pasado, concibiendo su testimonio en primera persona. Castro Neira, en sus comentarios, afirma que la primera parte del libro está en quechua y la segunda en español; pero olvida que nuestro autor escribió su historia en el intercalado del sermón y la liturgia.

Gavilán Sánchez —el personaje—, hace recordar ciertas narraciones de José María Arguedas: le gusta hablar con animales (107); siente por ellos lo que Arguedas sentía: paz, cariño, deshumanidad. Su visión de un Perú semifeudal no escapa al de Walter Vargas Cárdenas en Camino de Ayrabamba y otros relatos (Canta Editores, 2997). Verán algunos que sus afectos cumplen con claridad con lo que los sociólogos llaman «mundo andino» —el Instituto de Estudios Peruanos (el editor), creerá por ello que al denominar «indígena quechua» al autor (convertido, al final de su vida, en un letrado), se salvan de inmediato problemas de identidad o de cualquier otra índole; aunque ser campesino, como dice Gavilán Sánchez, sea vivir con los pies en la sementera (168)—. Inserta cantos y oraciones, a la manera de Cervantes en sus novelas ejemplares. El cambio entonces es brutal, pero cumple su cometido: situarnos tanto en la avalancha de la narración como en la marcialidad o bondad del canto militar y el verso. Existe para él un amor irracional, inexplicable tanto como lo fue la ideología misma del PCP-SL, e intentará explicarlo desde los salmos bíblicos (167).

Estoy apelando por supuesto al estatuto de ficción que el libro posee de manera múltiple. No sólo porque en los párrafos preliminares el autor confiese que lo ha guiado el deseo de satisfacer recuerdos (esos demonios) o que haya trabajado en el manuscrito durante varios años, completando «espacios vacíos» (49), sino porque la obra quiebra esa visión monocorde de la violencia —en cualquier parte del mundo—, siempre vista maligna e inexplicable, con la reactualización de la muerte, la soledad, el miedo. La violencia es tan humana como ambigua y destructiva. No se equivocan por ello Carlos Iván Degregori (fallecido en 2011) ni Castro Neira al hablar de la multiplicidad de la vida del personaje —«su biografía se le parece» (13)—, ni al advertir que su mérito fundamental es ayudarnos a comprender la ambigüedad del ser humano (27). Nada más cierto: nuestro protagonista defiende una causa, luego contraataca, luego lucha por la salvación de las almas, y en todo momento late en él el salvaje y el indefenso. No sólo cuando formó parte de las labores del Partido Comunista en la montaña, sino cuando sintió hambre y cazó vizcachas y venados «como los hombres más primitivos» (87) o comió con sus colegas carne de caballo no como buitres, sino como «guerrilleros hambrientos» (91).

Es un torpe cliché decir que Memorias de un soldado desconocido hace más humano al subversivo, al militar, al monje. Si hay algo en la guerra de verdad (aunque las sociedades se encarguen con el tiempo de esconderlo, maquillarlo o desconocerlo) es su humanidad irrenunciable. Uno no puede sentir empatía por las memorias de Gavilán Sánchez, como no siente empáticas autobiografías como la de Rudolf Höss (Deutsche Taschenbuch Verlag, 1989), comandante nazi en Auschwitz, que, luego de una infancia solitaria, una familia profundamente religiosa y deseos de transformación política en la Alemania de entre guerras, dirá en los juicios que sólo cumplía órdenes.

Lo que leemos en el relato del peruano es su denodado intento por captar una realidad en sí inaprensible a través del lenguaje y de cualquier lengua. No deseo repetir lo mismo que los lacanianos (resaltar residuos excrementicios en las dinámicas de cualquier narración en su relación con lo que ellos llaman «lo real»), sino advertir que la narración de Gavilán Sánchez importa porque es la más pura ficción de la violencia.

La vida es, como él mismo advierte, una pompa de jabón, y en eso se basa todo su relato: contar el trayecto de la burbuja hasta que desaparece en el aire. A pesar de haber sido militante de Sendero Luminoso, militar, sacerdote y luego antropólogo, sólo una palabra marca la totalidad del libro: «soldado». Y esto no es gratuito. En todo momento, Gavilán Sánchez creerá (sentirá) estar recibiendo órdenes. El narrador es pues un personaje en permanente conflicto.

Se nos dice que nuestro autor ha pasado por las tres instituciones más importantes pero también más nocivas del país. Faltó agregar una más: la universidad. Parece importar demasiado que, por primera vez en el Perú, un libro logre atravesar todas esas regiones tristes pero poderosas del llamado «conflicto armado interno». Pero estas memorias son mucho más que un documento, mero estudio de campo, teoría etnográfica. Memorias de un soldado desconocido es la incansable lucha contra esas inmensas huellas de terror que ha dejado la violencia en el Perú.

Así como el suyo, miles de testimonios descansan en los archivos del Centro de Información para la Memoria Colectiva y los Derechos de Humanos, allá en Lima. Todas esas voces, múltiples e infinitas que no se cansan de hablar, también buscan editor y lectores.

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