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La Mujer Dormida

Pablo Guillamón

El tiempo es implacable, como el rodillo de una apisonadora.

Aquella noche tuve un sueño: “Iba en un coche que llevaba otra persona. Comencé a sentirme mal, de pronto el automóvil se convirtió en una bicicleta. Después empezó a romperse. Todas sus piezas se soltaban. No podía mantenerlas unidas, me hundía. No había manera de seguir. Finalmente acabé en el suelo.  Para colmo, por más que lo intentaba, no podía levantarme”. Lo pasé tan mal que desperté dando patadas a las sábanas. Abrí los ojos e hice un esfuerzo por memorizarlo. Decidí que esa misma mañana iría a ver a Paola para que me lo interpretara. Parecía importante.

Paola era una que echaba las cartas y me analizaba los sueños de cuando en cuando. Pagándole, claro, porque vivía de eso. Era muy agradable, se le podía hablar de todo y siempre tenía buenos consejos. Como una terapeuta pero más familiar. La conocí por casualidad a través de una amiga. Hicimos bastante amistad y, aunque por supuesto ella seguía cobrando, yo iba a verla una vez por semana.

Hablábamos de todo en general y de mí en particular, de mis problemas, de mis neuras, de mis agobios, de todo lo que no me dejaba llevar una vida en paz y tranquilidad como yo deseaba. A veces comentábamos algo de alguna conocida, pero en muy contadas ocasiones. El caso es que me lo pasaba bien. Realmente decía cosas interesantes que yo nunca me habría planteado. Supongo que era tan buena porque además de saber interpretar los sueños y echar las cartas, en realidad era psicóloga.

Cuando me levanté de la cama no había nadie en casa. Los niños se habían ido al colegio y mi marido estaba de viaje. Tenía una clínica dental en Valencia, donde se encontraba en ese momento. El caso es que no había nadie, ni la asistenta, que debía haber ido a hacer la compra y no solía volver hasta pasadas las nueve.

Cogí uno de los trajes de invierno que más abrigaba, pues últimamente hacía bastante frío, y me lo llevé al cuarto de baño para vestirme al salir de la ducha.

Me desnudé por completo ante el espejo. De pronto me quedé ensimismada contemplando mi propio cuerpo. Hacía tiempo que no reparaba en él, quizá porque siempre había tenido una figura aceptable que, por suerte, no necesitaba muchos cuidados y solía estar dejada en ese aspecto, pero aquel día pasé un buen rato mirándome como nunca lo había hecho.

Los pechos parecían caídos, para como los había tenido siempre, la cintura algo más ancha. Además tenía como celulitis en la parte alta de los muslos. Casi me da un ataque. ¿Cuánto tiempo había pasado sin fijarme en todo eso? Tenía que estar mal, me dije. Antes pasaba mucho más tiempo arreglándome, pintándome, vistiéndome. Comencé a pensar en mí misma. No trabajo, no tengo que hacer nada en la casa y, sin embargo, estoy completamente estresada, desquiciada. Ni si quiera me veo en el espejo, o no quería verme. Me creía una jovencita cuando, en realidad, estaba madura por no decir vieja. Todo este tipo de pensamientos invadieron mi mente en aquel momento, que agregados a los cientos de miles que ya la invadían habitualmente, era una auténtica sopa difícil de digerir.

Cogí la barra de labios y me taché en el espejo. Hice una ridícula cruz de color rojo. Todavía no sé por qué.

La asistenta llegó casi en ese preciso momento, así que comencé a borrarla mirándome. Pronto no quedó ni rastro de ella.

Salí del baño y fui directa a coger el móvil. Llamé a Paola “la pitonisa” para ver si me podía interpretar el sueño aquella misma mañana. Me dijo que tenía que estar allí antes de las once, pues el resto del día lo tenía ocupado.

Me preparé una tostada, pero como no me dio tiempo a comerla, la llevaba en la mano camino del ascensor. Eran las diez, todavía tenía que sacar el coche del garaje y atravesar casi todo Madrid.

Conduciendo, el sol comenzó a darme en las piernas a través del cristal y la calle se veía radiante. Hacía una mañana preciosa, pero la circulación en el centro era muy lenta. Miré el reloj tres o cuatro veces hasta que conseguí agobiarme, no sabía si girar a la izquierda para coger la M-30 y dejar todo aquel lío que tenía delante, o seguir por Santo Domingo hasta la Gran Vía, menos mal que pronto pude girar a la derecha cerca de Callao dejando el atasco. Ahora tenia que atravesar la calle de Alcalá hasta la Plaza de Eva Perón, cerca de Las Ventas. Tardé una media hora, pero una vez allí, la casa de Paola quedaba a unos cinco minutos. Miré el reloj y conseguí tranquilizarme, iba a llegar muy ajustada, pero a tiempo.

Cuando pasé por la puerta de su edificio no había donde parar, así que dejé el coche mal aparcado unos metros más abajo pero, como iba a tardar poco tiempo, no me importó mucho.

—Vaya prisa que tienes hoy —me dijo al abrir la puerta—. ¿Qué has soñado para estar así?

—Seguro que es una tontería —contesté— pero de pronto tengo mucho interés en saberlo.

—Bueno, pues…siéntate y cuéntamelo.

Cogió su libreta para ir anotando los detalles más significativos, como hacía siempre, y nos sentamos en la mesa de camilla donde echaba las cartas. Le conté el sueño sin omitir detalle. Le dije hasta lo del espejo.

—¿Eso es todo? —dijo cuando terminé—. Ese sueño es muy corriente y fácil de interpretar. Yo creía que habías soñado tu propio entierro o habías matado a tu marido, o algo así, que es lo que más asusta a la gente.

—Hija, pues tampoco es tan tonto el sueño. Yo lo pasé fatal y al final tenía una sensación de agobio tremenda. Todo se rompía, no podía ni seguir, ni levantarme. Por eso he venido tan rápido.

—Bueno —dijo sonriendo—. No te molestes, que lo he dicho de broma. Tu sueño es muy interesante. Verás: como imagino que ya sabes, porque te lo he dicho varias veces, una de las funciones más importantes de los sueños consiste en satisfacer deseos reprimidos que conscientemente nos negamos a reconocer cuando estamos despiertos, y esto es así por varias razones tales como la educación recibida, la presión del entorno social, nuestros complejos o lo que sea. Pero sobre todo los sueños son un lenguaje simbólico que nos habla de nosotras mismas. Nos hablan de hechos que nos han impactado, cuestiones relevantes para nuestra vida, cosas que no admitimos o no manifestamos, ¿comprendes a lo que me estoy refiriendo?

—Claro —asentí.

—Vale, pues el coche o automóvil, suele representar tu propia vida. Si lo conducía otra persona significa que para tu personalidad más interior, alguien o algo dirige tu vida o al menos no la diriges tú. Me has dicho que de pronto llevabas una bicicleta que se rompe, o sea, que quieres manejar tu vida pero, o no puedes, o no te sientes capacitada. Porque en bicicleta se puede ir muy lejos. El que se rompa indica que la confianza que tienes en ti misma es casi nula, querida —Paola se incorporó sobre la silla y continuó—. Verás, esto es importante. Creo que se avecina un cambio. El sueño te avisa de lo que puede pasar, algo así como que en realidad tienes miedo a cambiar, aunque sea lo que internamente deseas. La bicicleta se rompe y te caes. No puedes llevar las riendas.

—¿Me estás diciendo que no puedo llevar mi propia vida? ¿Que hasta en los sueños no soy más que una tonta del culo y no voy a ninguna parte?

—No, yo no digo eso mujer. Estoy analizando el sueño, pero como te conozco, puede que la cosa vaya por ahí. Piensa en ti misma. ¿Cuántas veces me has dicho que no eres feliz? Que estás como perdida, sola, vacía…

—Para… Tampoco te pases. Si que te he dicho algo de eso…pero…—Me paré en seco y por primera vez admití algo que se había convertido en un prejuicio—. En realidad tienes razón ¿Te he dicho que esta mañana me taché en el espejo?

—Me lo has dicho, pero ahora te tienes que marchar. Lo siento. Son las once y esa que llama es Cloti. Tengo que echarle las cartas.

—¡Vaya! ¡Qué corto! —dije algo defraudada—. Casi no hemos tenido tiempo de hablar.

—Te lo he dicho por teléfono pero como te dan esos agobios. Si hubieras venido mañana, habríamos tenido más tiempo.

—Bueno, no importa. Ya te llamo, ¿vale?

Saqué un billete de cincuenta euros y lo dejé encima de la mesa. Saludé a Cloti cuando entró y me fui. Fue una entrevista algo frustrante. Salí casi peor que había llegado.

Tomé el ascensor hacia la calle pensando en la última frase de Paola. No sé por qué, pero se me quedó grabado lo de: “…te tienes que marchar”. Me pereció que me estaba, como echando. Bueno no hay que exagerar, pero en ese preciso momento me sentí como que estaba estorbando y comencé a agobiarme un poco.

Para colmo cuando llegué al coche acababan de ponerme una multa. Por suerte el policía estaba todavía por allí. Le dije que me la quitara, que ya me iba, que sólo había estado cinco minutos. Pero dijo que no, que las multas una vez puestas no se pueden quitar. Fue la primera vez que perdí las formas. Le dije de todo: que lo único que querían era recaudar dinero para el Ayuntamiento, que por qué no se dedicaba a detener al montón de delincuentes que andan sueltos por la calle. Le comenté que a mi me habían robado el bolso en dos ocasiones. Después cogí el papel de la multa y lo rompí ante sus narices. Por poco me lleva esposada. Me miró de tal forma que rápidamente cogí el coche y me fui.

Conduciendo por la ciudad, sin un lugar concreto a donde ir, las ideas me venían a borbotones. Pensaba en el policía, yo casi nunca gritaba o insultaba a nadie. Y le había dicho hasta: ¡Váyase a la mierda! Me sentía fatal. Pero enseguida otros pensamientos me hicieron olvidar el incidente. Me vino la imagen de mi marido, de mí misma cuando estudiaba, de miles de cosas pasadas. De pronto comencé a pensar en el sexo. ¿Cuánto tiempo llevo en blanco?… Mucho, me dije. Tenía que arreglarme yo sola desde hacía no sé cuantos años. Paola tenía razón, algo me está pasando. Empecé a repasar la relación con mi marido. Las palabras que la definían eran: Todo correcto. Sin incidentes destacables. La casa y algunas salidas con sus amigos. Las palabras que me definían a mí eran: Tremendamente sola, vacía, aburrida.

En aquella época no hacía nada diferente a quedar con alguna amiga a tomar algo, salir de compras, pasear y leer. Leía lo último de todo. De pronto pensé que debía trabajar, quizá así acabaría con la soledad y el aburrimiento.

Pablo_guillamón

Conduciendo llegué a salir de la ciudad. Sin darme cuenta tomé la autovía hacia la costa. Había tan poca circulación que sólo tenía que hacer el esfuerzo de sujetar el volante. Recordé momentos de la infancia, cuando jugaba por casa. Eché de menos esos momento en que sólo hay presente, ni futuro ni pasado, sólo jugar en ese preciso momento, con lo que tuviera a la mano, viviendo cada instante como si fuera el último. Qué maravillosa era la infancia, por lo menos la mía lo fue, Mis mayores preocupaciones eran: tener suficientes ropas para disfrazarme con mis primas y hacer bien los deberes del colegio para poder jugar con todo lo que tenía a mi alcance. Montaba un escenario en mi habitación y nos disfrazábamos de los personajes de los cuentos o de los libros, sobre todo del de historia. Después organizaba la obra y todas representábamos nuestros papeles como nos daba la gana. Era divertidísimo. Hasta me reí en el coche recordándolo.

Después mis preocupaciones cambiaron. Recordé aquella obsesión que llegó a atormentarme: Conseguir llegar un poco más tarde a casa. Todas mis amigas se recogían los fines de semana más tarde que yo. Así que siempre quedaba en ridículo delante de los chicos. Pero lo peor fue cuando estuve completamente colada por aquel del colegio que iba dos cursos por delante de mí. Estaba en bachiller y me miraba como a una cría, pero un día me lancé y le dije que me gustaba. Entonces me dijo que porqué no quedábamos un día. Me emocioné un montón. Salimos al sábado siguiente pero cuando mejor estábamos, recordé la hora. Tenía que volver a casa, además tenía que coger un taxi o llegaría tarde y tendría problemas. Tuve que fingir un fuerte dolor de estómago, hasta me metí los dedos en la boca para vomitar. Después de esa noche ya no nos vimos más.

De pronto la voz de mi padre sonaba en mi cabeza.

—Sabes. Hay un muchacho estupendo que está muy interesado por ti. Me lo han dicho sus padres que estuvieron ayer de visita. Tú estás ya terminando la universidad. Sólo te queda este año. Él ya tiene una clínica montada y quiere abrir otra. Tienen mucho dinero, ¿sabes quién es? Alfonso, el de los Sánchez Cortés, que tienen la fábrica de plásticos.

Lo sabía, sabía quién era. Lo había visto alguna vez, pero no pensé que quisiera algo conmigo. Al menos a mí nunca me dijo nada, y aunque mis padres se relacionaban con gente de dinero como estos Sánchez Cortés, nosotros teníamos lo justo para mantenernos en ese estatus. Más bien estábamos descendiendo, por lo que una inyección de dinero nos vendría muy bien a todos, decía mi madre. Y el muchacho era estupendo, claro.

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Así comienza esta interesante novela de Pablo Guillamón, colaborador habitual de Baidewei, en la que Carmen Albaida, harta de la monótona vida de “casada bien” que lleva, cuenta en primera persona cómo todo se viene abajo y comienza a tomar decisiones cada vez más arriesgadas. La intriga y el suspense atrapan al lector en los avatares de esta mujer de la alta sociedad madrileña, en la que los consejos de Paola, la psicóloga que interpreta los sueños, tienen especial relevancia.

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