When you install WPML and add languages, you will find the flags here to change site language.

La Pequeña Silesia

La Pequeña Silesia - Autor Pablo Guillamón

—Hola —dijo Anke a la niña que salía de su casa.

—Hola. ¿Quién eres tú? —respondió ella.

— ¿Qué has dicho? No entiendo nada ¿Quién eres? Ésta es mi casa —dijo Anke.

—No entiendo nada de lo que dices, lo siento, adiós. Tengo que ir a la escuela —respondió Marysia y salió corriendo.

Anke se quedó paralizada. Una niña que no había visto nunca acababa de salir de su casa y, además, hablaba un extraño idioma del que no había conseguido entender nada.

Tras unos minutos pensó en entrar, pero antes decidió mirar por la ventana de cristales de la cocina que daba a un pequeño callejón.

Había una mujer que no conocía recogiendo la mesa tras la comida. ¿Qué estaba pasando? Se  preguntó mientras veía cómo un hombre con barba se acercaba hasta ella para despedirse.

Anke decidió volver a la otra calle para ver al hombre salir. Era muy alto con el pelo negro y rizado. Al instante apareció un camión militar con una estrella roja en la puerta. El hombre subió al vehículo y desaparecieron calle abajo.

Anke quedó bastante asustada. Aquel hombre no era su padre ni la mujer de la cocina, su madre. Entonces decidió acercarse hasta la casa de su amiga Frieda. Estaba a una manzana de la suya.

Cuando llegó llamó al timbre. Al poco una mujer abrió la puerta.

—Hola niña, ¿qué quieres?

Al escuchar estas palabras, Anke se quedó más paralizada todavía. Aquella mujer no era la madre de Frieda, además no entendía nada de lo que decía, así que se dio media vuelta y salió corriendo sin decir palabra. Tenía que volver con su abuelo.

Impresionada y sollozando, hizo el camino de vuelta al bosque donde había estado viviendo el último año, pues cuando empezaron a pasar aviones y las bombas caían en los pueblos cercanos, su abuelo Fillips la cogió y se la llevó a la cabaña que tenía perdida entre los árboles, a unos kilómetros del pueblo. Allí nadie daría con ellos.

Pero ya había pasado más de un año y nada sabía sobre la guerra. Su abuelo no la dejaba salir de los alrededores. Pero un día ella decidió dar largas caminatas intentando acercarse al pueblo. Para poder volver marcaba el camino con piedras y regresaba al día siguiente. Pasadas dos semanas, consiguió llegar hasta las primeras casas de las afueras, pero ahora volvía asustada y compungida por lo que acababa de ver.

Cuando se encontró en el pequeño páramo en el que se situaba la cabaña, fue directamente hacia su abuelo que estaba sentado junto a la chimenea.

Al verlo se abrazó a él llorando.

—¿Qué te pasa, pequeña? Te has encontrado con algún alce o un rebeco y te has asustado. Vamos, no hacen nada. Es lo que llevamos comiendo desde que estamos aquí.

—No es eso… —respondió conteniendo el llanto— He estado en el pueblo.

—¿En el pueblo? ¡Te dije que no salieras del bosque! ¿Te ha visto alguien?

—Sí… he estado en casa…

—¡Dios mío!

—No hay nadie del pueblo. Ni los padres de Frieda. En mi casa vive otra niña y otros padres, y no se entiende lo que hablan, ¿qué está pasando? Dijiste que mamá y papá volverían un día de Berlín. No entiendo nada.

—No debías haber ido al pueblo. Te lo dije, ¿verdad? —dijo el abuelo mirándola fijamente a los ojos, sintiendo que no tenía más remedio que contarle la verdad—. Ya tienes diez años… —continuó— debes saberlo.

—¿Qué debo saber?

—La guerra ha terminado.

—Eso es bueno, ¿no?

—Por una parte sí, ya no nos gobiernan los nazis y Hitler espero que haya muerto. Pero por otra parte no, porque ahora son los rusos los que mandan. El pueblo, el bosque, todo lo que ves… ya no es Alemania, ahora todo pertenece a Polonia. Todo el pueblo fue deportado por el ejército rojo. No queda nadie. Ahora sólo hay polacos traídos por ellos. Por eso no los entiendes, hablan polaco.

—¿Y mis padres?

—Tu padre murió en Leningrado, lo siento mucho —dijo abrazándola—. No te lo dije antes para que no sufrieras, de tu madre no sé nada. Hace seis meses fui al pueblo. Sólo quedaban unos pocos alemanes, me dijeron que los rusos se los llevaron en camiones deportados o a un campo de concentración. Estamos solos y en otro país, aunque sea nuestra tierra. Si nos coge el ejército rojo acabaremos en un campo de concentración también.

Anke quedó impresionada, pero las palabras de su abuelo quedaron grabadas en su mente.

Pasó varios días sin hablar, escuchando una y otra vez, como si dispusiera de una grabadora interna, lo que le había dicho su abuelo. Intentaba asimilarlo pero, aun así, no podía comprenderlo.

A la semana siguiente volvió de nuevo al pueblo. En dos o tres horas llegó hasta la puerta de su casa. Era mediodía y esperaba ver a la niña con la que había estado antes. Miró por la ventana de la cocina. La madre preparaba la mesa y la niña le ayudaba. Acababa de llegar del colegio. De pronto sus miradas se cruzaron, Anke se agachó pero Marysia salió a su encuentro.

—Hola. ¿Quieres comer? —le dijo pensando que tendría hambre, pero Anke no entendió sus palabras.

—Lo siento, no te entiendo… pero esta era mi casa —le dijo señalando la puerta. Después señaló la casa y se señaló ella varias veces seguidas, entonces Marysia comprendió lo que le estaba diciendo. La cogió de la mano y, con mucho mimo, la metió dentro.

En la entrada estaba el mismo espejo en el que Anke se miraba todas las mañana antes de salir. La cocina tenía los mismos muebles, sólo la mesa y las sillas eran diferentes. La madre al verla entrar le preguntó a su hija quién era.

—No lo sé… No entiendo lo que dice, pero ya ha venido dos veces y… mira por la ventana.

— ¿Tienes hambre? Puede que lleve tiempo sin comer —dijo ofreciéndole unos pierogi de col que acababa de hacer.

—No sé… pero creo que esta era su casa.

—¿Qué? ¿Es una alemana? Sácala ahora mismo de aquí. Si los rusos se enteran de que tenemos a una alemana, nos fusilarán a todos. ¡Que se vaya ahora mismo!

—Pero mamá… es una niña, ¿qué puede hacerle a los rusos? No es Hitler.

—¡Que se vaya!

—¿Y si esta era su casa? ¿La echamos de su casa? Pobrecita…

La Petite Silésie

– Bonjour- dit Anke à la jeune fille qui sortait de sa maison.

– Bonjour. Qui es-tu?- Répondit celle-ci

–  Qu’as tu dit? Je ne comprends rien. Qui es-tu? C’est ma maison-dit Anke.

–  Désolée, je ne comprends rien à ce que tu dis, au revoir. Je dois aller à l’école- répondit Marysia qui partit en courant.

Anke resta paralysée. Une fille qu’elle n’avait jamais vue venait de sortir de chez elle, et en plus, elle parlait une langue étrange dont elle n’avait rien réussi à comprendre.

Après quelques minutes elle pensa à entrer, mais elle décida de regarder avant par la fenêtre en verre de la cuisine qui donnait sur une petite ruelle.

Une femme qu’elle ne connaissait pas était en train de débarrasser la table après le repas. Que se passait-il? Se demanda-t-elle, alors qu’elle voyait un homme barbu s’approcher d’elle pour lui dire au revoir.

Anke décida de regarder dès l’autre rue pour voir l’homme sortir. Il était très grand, avec les cheveux noirs et frisés. Au même moment, un camion militaire avec une étoile rouge sur la porte apparut. L’homme monta dans le véhicule et ils disparurent en descendant la rue.

Anke eut plutôt peur. Cet homme n’était pas son père et la femme dans la cuisine n’était pas non plus sa mère. Elle décida alors de se rendre chez son amie Frieda. Elle habitait dans le quartier voisin.

Elle sonna en arrivant. Une femme ouvrit la porte peu après.

– Bonjour jeune fille, que veux-tu?

En écoutant ces mots, Anke resta davantage paralysée. Cette femme n’était pas la mère de Frieda et elle ne comprenait rien à ce qu’elle disait, elle fit alors demi-tour et sortit en courant sans dire un mot. Elle devait retourner voir son grand-père.

Impressionnée et en sanglots, elle fit le chemin du retour vers le bois où elle avait vécu cette dernière année, car son grand-père Filips l’avait prise et emmenée à la cabane perdue dans les arbres, à plusieurs kilomètres du village, lorsque les avions commencèrent à passer et que les bombes tombaient sur les villages à proximité. Personne ne les trouverait là-bas.

Mais plus d’un an s’était écoulé et elle ne savait rien sur la guerre. Son grand-père ne la laissait pas  s’éloigner des alentours. Mais un jour elle décida de faire de longues marches et de tenter de s’approcher du village. Elle marquait le chemin avec des pierres pour pouvoir revenir et le faisait le jour suivant. Après deux semaines, elle réussit à atteindre les premières maisons des environs, mais elle rentrait maintenant apeurée et contrite par ce qu’elle venait de voir.

Lorsqu’elle revint dans le petit endroit isolé où se trouvait la cabane, elle alla directement retrouver son grand-père assis près de la cheminée.

Lorsqu’elle le vit, elle l’embrassa en pleurant.

– Que t’arrive-t-il ma petite? Tu as vu un élan ou un chamois et tu as eu peur, n’inquiète pas, ils ne te feront rien. C’est ce que nous mangeons depuis que nous sommes ici.

– Ce n’est pas ça…- répondit-elle en contenant ses larmes- Je suis allée au village.

– Au village? Je t’ai dit de ne pas sortir du bois ! Quelqu’un t’a vue?

Oui…Je suis allée à la maison…

– Mon Dieu!

– Il n’y a plus personne du village. Pas même les parents de Frieda. Une autre fille et d’autres parents vivent chez moi et je ne comprends rien à ce qu’ils disent, que se passe-t-il? Tu m’avais dit que papa et maman rentreraient un jour de Berlin. Je ne comprends rien.

– Tu n’aurais pas dû aller au village. Je te l’avait dit, non?- Répondit le grand-père en la regardant fixement dans les yeux, sentant qu’il n’avait pas d’autre solution que de lui raconter la vérité- Tu as dix ans maintenant…-continua-t-il- tu as le droit de savoir.

– Savoir quoi?

– La guerre est finie.

– Et c’est bien, non?

– D’un côté oui, nous ne sommes plus gouvernés par les nazis et j’espère qu’Hitler est mort. Mais d’un autre côté non, car ce sont les russes qui ont le pouvoir maintenant. Le village, le bois, tout ce que tu vois…ce n’est plus l’Allemagne, désormais tout appartient à la Pologne. Le village entier a été déporté par l’armée rouge. Il ne reste plus personne. Il n’y a maintenant que des polonais qu’ils ont amenés. C’est pour cela que tu ne les comprends pas, ils parlent polonais.

– Et mes parents?

– Ton père est mort à Leningrad, Je suis désolé- lui dit-il en la prenant dans ses bras-. Je ne te l’ai pas dit avant pour ne pas te faire souffrir, je n’ai pas de nouvelles de ta mère. Je suis allé au village il y a six mois. Il ne restait que quelques allemands, ils m’ont informé que les russes les avaient emmenés dans des camions pour les déporter ou les emmener dans un camp de concentration. Nous sommes seuls et dans un autre pays, bien que ce soit notre terre. Nous finirons également dans un camp de concentration si l’armée rouge nous attrape.

Anke resta impressionnée, mais les mots de son grand-père restèrent gravés dans sa mémoire.

Elle passa plusieurs jours sans parler, en ressassant les paroles de son grand-père sans arrêt, comme si elle possédait un enregistreur interne. Même en essayant d’assimiler, elle n’arrivait pas à comprendre.

La semaine suivante elle revint au village. Elle arriva à la porte de sa maison au bout de deux ou trois heures. C’était le midi et elle espérait revoir la fille qu’elle avait vue auparavant. Elle regarda par la fenêtre de la cuisine. La mère mettait le couvert, aidée par la petite fille. Elle venait de rentrer de l’école. Soudain leurs regards se croisèrent, Anke se baissa mais Marysia sortit à sa rencontre.

– Bonjour. Tu veux manger?- Lui dit-elle en pensant qu’elle aurait faim, mais Anke ne

comprit pas un mot.

– Je suis désolée, je ne te comprends pas…mais c’était ma maison- lui dit-elle en montrant la porte. Puis elle indiqua la maison et se montra elle-même plusieurs fois de suite, et Marysia comprit alors ce qu’elle lui disait. Elle la prit par la main et la fit entrer avec beaucoup de tendresse.

Dans l’entrée se trouvait le même miroir dans lequel Anke se regardait tous les matins avant de sortir. La cuisine comprenait les mêmes meubles, seules la table et les chaises étaient différentes. La mère demanda à sa fille de qui il s’agissait lorsqu’elle la vit entrer.

– Je ne sais pas…Je ne comprends pas ce qu’elle dit, mais c’est la deuxième fois qu’elle vient et….elle regarde par la fenêtre.

– As-tu faim ? Elle n’a peut-être pas mangé depuis longtemps- dit-elle en lui proposant des pierogi au chou qu’elle venait de préparer.

– Je ne sais pas…mais je crois que c’était sa maison

– Quoi ? Elle est allemande ? Fais-la sortir immédiatement. Si les russes apprennent qu’une allemande est chez nous, ils nous fusilleront tous. Il faut qu’elle parte tout de suite !

– Mais maman….c’est une petite fille, qu’en ont-ils à faire les russes ? Ce n’est pas Hitler.

– Elle doit partir !

– Et si c’était sa maison ? Nous la chassons de sa maison ? La pauvre…

En plena discusión llegó el padre del trabajo. Saludó a su mujer y a su hija y al ver a la niña, preguntó quién era. Las dos quedaron en silencio.

—Marysia, ¿es una amiga tuya del colegio? —Al ver que no respondían, continuó—. No importa si se queda a comer. No estamos tan mal, podemos poner otro plato a la mesa. ¿Quieres quedarte a comer?

—No sé lo que me están diciendo, pero tengo mucho miedo —dijo Anke.

—¿Qué está pasando? —Dijo el padre—. Eso es alemán. Aprendí algo durante la ocupación. Ha dicho que tiene miedo. No temas, no vamos a hacerte daño— le dijo en su idioma.

Anke, al escuchar esas palabras, salió corriendo y no se detuvo hasta llegar al bosque.

Pasó varios días sin moverse de los alrededores de la cabaña, pero una mañana que había salido a recoger bayas escuchó sonidos que no había escuchado nunca desde que estaban allí. Parecía el motor de un vehículo. Después escuchó voces también lejanas. Se asustó mucho y recordó las palabras de su abuelo: «si nos cogen los rusos nos deportarán o algo peor». Entonces decidió alcanzar el árbol al que solía subirse de cuando en cuando para aislarse de todo y recordar cuando vivía con sus padres y todo era normal.

Fue moviéndose con cuidado de no ser vista hasta que llegó junto a un enorme abeto rojo de más de treinta metros de alto. Allí se sentía segura. Subió hasta el lugar en el que la confluencia de varias ramas le permitía quedarse cómodamente sentada. Desde allí podía ver a bastante distancia, incluso atisbaba la cabaña a lo lejos.

Cuando se hubo acomodado, miró hacia donde se escuchaban los ruidos. Varios soldados rusos estaban rastreando los alrededores de la cabaña. Al poco se llevaban a su abuelo con las manos atadas a la espalda.

Después vio cómo uno de ellos prendía fuego a la que había sido su casa. El humo ascendía por entre los árboles. Rápidamente quedó reducida a cenizas. Tras esto dos soldados echaron tierra encima con sus palas y el lugar en el que había pasado los últimos meses desapareció. Le dio un enorme escalofrío. Ahora estaba sola y sin hogar. Pensó en su casa, en la niña que le hablaba en polaco. Recordó su habitación donde jugaba con la pequeña casita de muñecas que le trajo su padre de Berlín. Entonces comenzó a llorar y toda la cara se le llenó de lágrimas. De nuevo el silencio del bosque, el sonido de las ramas, el gorjeo de los pájaros.

Cuando vio que los soldados se habían ido, corrió hacía el lugar donde estaba la cabaña. Todo estaba quemado y destruido. Sin saber qué hacer, se quedó mirando el montón de madera quemada y ceniza gris que habían dejado los rusos.

Apenas eran las diez de la mañana y el frío le llegaba hasta los huesos. Se había dejado su viejo abrigo verde sobre la cama y ahora era un montón más de ceniza sobre el suelo del bosque. Tenía que volver al pueblo o esa noche moriría de frío.

Recordó que la niña polaca llegaba del colegio a la hora de comer, así que pensó en dirigirse con cuidado hacia el pueblo y esperar su llegada.

Cuando llegó fue directa al callejón donde daba la ventana de la cocina. Se asomó con cuidado, pero no vio a nadie. Esperó y miró de nuevo. Al poco, un vehículo paró ante la puerta. Era el pequeño camión que traía a los trabajadores del cuartel que estaban construyendo los rusos. El padre de Marysia bajó y entró en la casa.

Anke vio por la ventana cómo entraba en la cocina y saludaba a la mujer. Entonces fue cuando la vio a ella y se acercó a la ventana. Con la mano le dijo que diera la vuelta y entrara en la casa, pero ella no se movió. Sin embargo, pronto el padre apareció por la acera y se acercó hasta ella.

—Ven. Entra en la casa. Tienes que comer algo —le dijo en alemán.

Anke lo siguió hasta la entrada.

Marysia bajaba en ese momento de su habitación en el piso de arriba.

—Hola. Qué alegría verte otra vez —le dijo sin que Anke entendiera nada.

Al escucharlos hablar, la madre también se acercó desde la cocina.

—Esta niña necesita ayuda —les dijo en polaco—. Esta mañana ha llegado una patrulla con un detenido. Era un hombre mayor, muerto de miedo. Lo he visto bajar del camión. Se lo han llevado al campo de concentración de Auschwitz donde están reuniendo a todos los alemanes. He oído que saben que una niña alemana vivía con él en el bosque. Han encontrado sus ropas en una cabaña. Creo que es ella —dijo señalando a Anke—. Si la encuentran, acabará también allí. Ahora la están buscando. Tienen orden de detener a todo alemán que quede por aquí.

—Al final nos fusilarán a todos —dijo la madre.

—¡Mamá! Esta era su casa.

—Tenemos que hacer algo rápido, los rusos están registrándolo todo. —dijo el padre—. Acabo de ver varios camiones de soldados unas calles más arriba. No tardarán en llegar aquí. El pueblo es muy pequeño.

—Está bien —dijo la madre—. Marysia, subid arriba, que se quite esas ropas, que se lave un poco y que se vista con ropa tuya, sois de la misma edad. Y bajad a comer. ¡Rápido!

Marysia la cogió de la mano y la llevó a su habitación. Por señas le dijo todo lo que tenía que hacer. En pocos minutos los cuatro se encontraban en la cocina tomando el delicioso Zurek que la madre había preparado dentro de unas hogazas de pan que esa misma mañana había cocido en el horno de leña del patio.

Le père revint du travail lors de cette dispute. Il salua sa femme et sa fille et demanda qui était la jeune fille. Les deux restèrent silencieuses.

– Marysia, c’est une de tes amies de l’école ?- comme elle ne répondait pas, il continua-. Elle peut rester manger. Nous n’allons pas si mal, nous pouvons ajouter une assiette à table. Tu veux rester manger ?

–  Je ne sais pas ce que vous me dites, mais j’ai très peur- répondit Anke.

– Que se passe-t-il ? –dit le père-. C’est de l’allemand. J’ai appris un peu pendant l’occupation. Elle a dit qu’elle avait peur. N’aie pas peur, nous n’allons pas te faire de mal – lui dit-il dans sa langue.

En écoutant ces mots, Anke sortit en courant et ne s’arrêta pas avant d’arriver au bois.

Elle passa plusieurs jours sans s’éloigner de la cabane, mais un matin où elle sortit cueillir des baies, elle entendit des bruits qu’elle n’avait jamais écoutés depuis qu’ils étaient ici. Cela ressemblait au moteur d’un véhicule. Puis elle entendit des voix également au loin. Elle eut très peur et se souvint des paroles de son grand-père : « si les russes nous trouvent, ils nous déporteront ou pire ». Elle décida alors d’atteindre l’arbre sur lequel elle grimpait de temps en temps pour s’isoler de tout et se rappeler de l’époque où elle vivait avec ses parents et que tout était normal.

Elle se déplaça avec précaution pour ne pas être vue jusqu’à ce qu’elle atteigne un énorme épicéa de plus de trente mètres de haut. Ici elle se sentait en sécurité. Elle monta jusqu’à l’endroit où la confluence de plusieurs branches lui permettait de rester confortablement assise. De là-haut, elle pouvait voir sur une assez longue distance, elle apercevait même la cabane au loin.

Une fois installée, elle regarda vers l’endroit où elle entendait les bruits. Plusieurs soldats russes ratissaient les alentours de la cabane. Ils emmenèrent peu après son grand-père avec les mains attachées dans le dos.

Elle vit ensuite comment l’un d’entre eux faisait brûler ce qui avait alors été sa maison. La fumée montait dans les arbres. Elle fût vite réduite en cendres. Après cela, deux soldats jetèrent de la terre par dessus avec leurs pelles et l’endroit où elle venait de passer ces derniers mois disparut. Un énorme frisson la parcourut. Elle était désormais seule et sans foyer. Elle pensa à sa maison, à la fille qui lui parlait en polonais. Elle se souvint de sa chambre où elle jouait avec la petite maison de poupées que son père lui avait rapportée de Berlin.

Elle commença alors à pleurer et son visage se remplit de larmes. Puis le silence se fit à nouveau dans le bois, le bruit des branches, le gazouillement des oiseaux.

Lorsqu’elle vit que les soldats étaient partis, elle courut vers l’endroit où se trouvait la cabane. Tout était brûlé et détruit. Elle regarda le tas de bois brûlé et de cendres grises qu’avaient laissé les russes sans savoir que faire.

Il était à peine dix heures du matin et le froid lui glaçait les os. Elle avait laissé son vieux manteau vert sur le lit et il était maintenant un tas de cendres de plus sur le sol du bois. Elle devait retourner au village ou elle mourrait de froid cette nuit.

Elle se souvint que la petite fille polonaise rentrait de l´école à l’heure du repas et pensa à se diriger vers le village avec précaution et attendre son arrivée.

Lorsqu’elle arriva, elle se dirigea directement dans la ruelle sur laquelle donnait la fenêtre de la cuisine. Elle s’approcha doucement, mais elle ne vit personne. Elle attendit et regarda encore. Un véhicule s’arrêta peu après devant la porte. Il s’agissait de la camionnette qui conduisait les travailleurs de la caserne que les russes construisaient. Le père de Marysia descendit et entra dans la maison.

Anke vit par la fenêtre comme il entrait dans la cuisine et saluait sa femme. C’est alors qu’il la vit et qu’il s’approcha de la fenêtre. Il lui fit signe de la main de faire demi-tour et d’entrer à la maison, mais elle ne bougea pas. Cependant, le père apparut rapidement sur le trottoir et s’approcha d’elle.

– Viens. Entre à la maison. Tu dois manger quelque chose- lui dit-il en allemand.

Anke le suivit jusqu’à l’entrée.

Marysia descendait alors de sa chambre depuis l’étage

– Bonjour. Je suis contente de te revoir – lui dit-elle sans qu’Anke ne comprenne

La mère s’approcha également depuis la cuisine en les entendant parler.

– Cette jeune fille a besoin d’aide- leur dit-il en polonais-. Une patrouille est arrivé ce matin avec un détenu. Un ancien, effrayé. Je l’ai vu descendre du camion. Ils l’ont emmené au camp de concentration d’Auschwitz où ils réunissent tous les allemands. J’ai entendu dire qu’ils savent qu’une jeune allemande vivait avec lui dans le bois. Ils ont trouvé ses vêtements dans une cabane. Je crois que c’est elle – dit-il en montrant Anke- . S’ils la trouvent, elle finira là-bas elle aussi. Ils la cherchent. Ils ont pour ordre d’arrêter tout allemand resté ici.

– Ils nous fusilleront tous- dit la mère

– Maman ! C’était sa maison.

– Nous devons agir rapidement, les russes fouillent partout. – déclara le père-. Je viens de voir des camions de soldats à plusieurs rues au nord. Ils seront bientôt ici. Le village est très petit.

– D’accord- dit la mère. Marysia, montez en haut, elle doit enlever ces vêtements, se laver un peu et s’habiller avec tes vêtements, vous avez le même âge. Et descendez pour manger. Vite !

– Marysia la prit par la main et la conduisit dans sa chambre. Elle lui indiqua par des signes tout ce qu’elle devait faire. Quelques minutes après, ils se trouvaient tous les quatre dans la cuisine mangeant un délicieux Zurek que la mère avait préparé dans l’une des miches de pain qu’elle avait cuisiné ce matin même dans le four à bois de la cour.

Cuando estaban terminando, escucharon ruido de camiones acercarse.

El padre cogió a Marysia y le dio instrucciones precisas. Después le explicó a Anke, en el poco alemán que sabía, lo que tenía que hacer cuando el soldado ruso entrara en la habitación.

Las dos niñas se subieron al dormitorio y los padres comenzaron a quitar la mesa como cualquier otro día.

Pasados unos minutos, alguien comenzó a dar golpes en la puerta. El padre dejó lo que estaba haciendo y fue a abrir.

—Se presenta el soldado Varskov del ejército rojo. Estamos buscando a una niña alemana. De unos diez o doce años.

—¿Una niña alemana? ¿No los habían deportado a todos?

—Sí, pero todavía queda esa niña. ¿La han visto?

—No.

—De todos modos tengo orden de revisar la casa —dijo pasando sin más.

Miró en la cocina, saludó a la madre y continuó por toda la planta baja. Después preguntó por el piso de arriba.

—Son los dormitorios. Mis hijas están en su habitación.

El soldado subió hasta el dormitorio, abrió la puerta y entró.

El suelo de la habitación estaba lleno de libros, cuadernos, unos pocos juguetes y ropas. Ambas estaban sentadas en el suelo, tirándose cosas y riendo sin parar. Marysia cogía ropas y se las lanzaba a Anke que se las devolvía haciendo tales gestos con la cara que Marysia se reía a carcajadas.

Cuando entró el soldado, Anke le tiró una muñeca, entonces Marysia se levantó y lo cogió de la mano.

—¿Quieres jugar con nosotras? Vale. Tú eres el príncipe Paluszki y nosotras éramos las princesas que estábamos esperando a que llegara el hada Gorek, que traía… ¡pescado para comer!

—Lo siento, niñas, pero estoy muy ocupado —dijo el soldado dando media vuelta y saliendo de la habitación.

Abajo esperaba el padre en la entrada.

—Qué revoltosas son sus hijas, je, je. Querían que jugara con ellas. Bueno, adiós. Tengo que seguir buscando —dijo mientras abandonaba la casa.

El padre cerró la puerta y subió al dormitorio.

Ils entendirent des camions s’approcher alors qu’ils finissaient.

Le père prit Marysia et lui donna des instructions précises. Il expliqua ensuite à Anke, avec le peu d’allemand qu’il savait, ce qu’elle devait faire lorsque le soldat russe entrerait dans la pièce.

Les deux filles montèrent dans la chambre et les parents commencèrent à débarrasser la table comme tous les jours.

Après quelques minutes, quelqu’un frappa fort à la porte. Le père arrêta ce qu’il faisait et alla ouvrir.

– Je me présente : soldat Varskov, de l’armée rouge. Nous recherchons une jeune fille allemande, d’environ dix ou douze ans.

– Une jeune fille allemande ? Ils n’ont pas tous été déportés ?

– Si, mais il reste encore cette fille. L’avez-vous vue ?

– Non.

– Je dois fouiller la maison de toute façon- dit-il en passant, sans plus.

Il regarda dans la cuisine, salua la mère et continua dans tout le rez-de-chaussée. Il demanda ensuite ce qu’il y avait à l’étage.

– Ce sont les chambres. Mes filles sont dans la leur

Le soldat monta jusqu’à la chambre, ouvrit la porte et entra.

Le sol de la chambre était plein de livres, carnets, quelques jouets et des vêtements. Elles étaient toutes les deux assises sur le sol et se jetaient des objets sans cesser de rire. Marysia prenait les vêtements et les lançait à Anke qui les lui rendait en faisant de telles grimaces avec le visage que Marysia riait aux éclats.

Lorsque le soldat entra, Anke lui jeta une poupée et Marysia se leva et le prit par la main.

– Veux-tu jouer avec nous ? D’accord. Tu serais le prince Paluszki et nous, les princesses qui attendent la fée Gorek, qui apporte…du poisson pour manger !

– Désolé les enfants, mais je suis très occupé- dit le soldat en faisant demi-tour et en sortant de la chambre.

Le père attendait dans l’entrée.

– Vos filles sont vraiment turbulentes, haha. Elles voulaient que je joue avec elles. Eh bien, au revoir. Je dois poursuivre mes recherches- dit-il en quittant la maison

Le père ferma la porte et monta dans la chambre.

—Lo habéis hecho muy bien. Ha salido corriendo. —dijo al entrar.

—Papá, se va a quedar con nosotros ¿verdad? ¿No dejarás que se la lleven a ese campo de concentración, no?

—Claro que no. A partir de ahora tienes una hermana. Una hermana muda. No puede hablar en alemán, ¿comprendes?

—Claro, pero díselo a ella.

El padre las llevó abajo al salón y estuvo un rato hablando con la madre en la cocina. Después las llamaron a las dos.

—A partir de ahora sois hermanas —dijo en alemán—. Te llamarás Annya, Annya Golaszewska, como nosotros, que no se te olvide. Y eres muda, porque nadie puede escucharte hablar.

—Gracias, gracias por ayudarme.

—No tienes que agradecer nada. Estás en tu casa, pero ahora tienes otros padres… y una preciosa hermana —dijo abrazando a las dos.

 El relato que acabas de leer, se enmarca dentro del Proyecto Europeo Comenius que está realizando el instituto en el que Pablo Guillamón trabaja como director  (IES Sierra Almenara de Lorca) con otros nueve países de Europa.  Tras la reunión de trabajo celebrada en la  ciudad polaca de Zagan en la Baja Silesia, el autor tuvo conocimiento del hecho histórico acaecido en la región tras el fin de la ocupación nazi y la entrada del ejército rojo de la antigua Unión Soviética. Esto le llevó a la idea de escribir un relato que se desarrollase en esa época; La Pequeña Silesia.

– Très bien les filles. Il est parti en courant. Dit-il en entrant

– Papa, elle va rester avec nous, dis ? Tu ne vas pas les laisser l’emmener dans ce camp de concentration, non ?

– Bien sûr que non. À partir d’aujourd’hui tu as une sœur. Une sœur muette. Elle ne doit pas parler allemand, tu comprends ?

– D’accord, mais dis-le lui.

Le père les conduisit au salon et parla un moment avec la mère dans la cuisine. Puis ils les appelèrent toutes les deux.

– À partir de maintenant vous êtes sœurs- dit-il en allemand -. Tu t’appelleras Annya, Annya Golaszewska, comme nous, ne l’oublie pas. Et tu es muette, car personne ne doit t’entendre parler.

– Merci, merci de m’aider.

– Tu n’as pas à nous remercier. Tu es chez toi, mais maintenant tu as d’autres parents….et une superbe sœur- dit-il en les prenant toutes les deux dans ses bras.

 L’histoire que vous venez de lire, fait partie du projet européen Comenius entrepris par le Lycée dans lequel Pablo Guillamón est le directeur (IES Sierra Almenara de Lorca) avec neuf autres pays européens. Après la réunion dans la ville polonaise de Zagan en Basse-Silésie, l’auteur a eu connaissance de l’événement historique qui a eu lieu dans la région après la fin de l’occupation nazie et l’entrée de l’Armée rouge de l’Union soviétique. Cela a conduit à l’idée d’écrire une histoire se déroulant en ce moment; Le Petit Silésie.

A continuación dos profesores del Departamento de Geografía e Historia del mismo centro, compañeros del autor, han realizado una reseña histórica y geográfica de la región para dar una visión más rigurosa sobre el marco político y social en el que se desarrolla el relato.

Reseña histórica por Juan Santiago Yúfera

Polonia durante la IIª Guerra Mundial

El 1 de septiembre de 1939, Polonia fue invadida por Alemania. El Tercer Reich envió 54 divisiones  (en torno a 1.5 millones de hombres movilizados), que invadieron el territorio polaco desde el norte y el sur al mismo tiempo, usando una táctica aterradora; “Blitzkrieg”. Unidades de blindados (panzerdivisionen) y Stukas (apoyo aéreo) se enfrentaron con al menos 30 divisiones polacas, mal organizadas y peor armadas, que barrieron las líneas de defensa con más rapidez de la admisible. El 6 de septiembre  Alemania ya ocupaba Cracovia y el 9 ya estaban cercando la capital, Varsovia. Francia y Reino Unido, que habían firmado con Polonia un pacto de ayuda mutua previamente, aunque declararon la guerra a Alemania el día 3 de septiembre, no acudieron con tropas a la zona invadida.

El 17 de septiembre, y a pesar del pacto de no agresión firmado y ratificado por Polonia y la URSS, los soviéticos invaden el este polaco. El argumento fue proteger a la población de origen bielorruso y ucraniano de la agresión alemana. Por el camino ocuparon Vilna, Grodno y Lvov.

El 22 de septiembre se firma un acuerdo germano-soviético por el que se fija y se hace oficial lo que ya era “de facto” el reparto del territorio polaco, fijando la línea fronteriza entre los ríos Narev, Bug, Vístula y San. El acuerdo fue revisado unos días más tarde en favor de Alemania, que consiguió desplazar la frontera más al este, hacia la línea Curzon.

El 28 de septiembre, sin la ayuda de sus aliados, invadida  por dos grandes potencias al mismo tiempo, Polonia capitula.

 ¿Qué ocurrió después?

Con el decreto del 8 de octubre de 1939, Poznania y Wartherland son declaradas territorio alemán y su población polaca forzada a abandonar sus casas y sus tierras. Personas de origen alemán, pero originarias de otras partes de Europa (Besarabia, Bucovina, Alto Adigio, etc…) fueron reubicadas allí, convirtiéndose en los nuevos pobladores de estos territorios.

Pero ante la imposibilidad de vaciar todo el territorio de sus habitantes autóctonos (unos 19 millones) dividieron todo el territorio polaco conquistado en dos zonas:

a) El oeste, colonizada con ciudadanos considerados alemanes.

b) El este, el llamado “Gobierno General”; lugar al que irían los desplazados, formando un territorio exclusivamente polaco y que se convertirían, en palabras de las autoridades alemanas, en “un país del imperio”.

Para la gestión del desplazamiento de tantas personas, se establecieron dos puntos de control; uno en Gotenhafen y otro en Posen.

El gobierno General

Fue el nombre con el que se conoció al territorio habitado por la población polaca, que estaba dirigido por un gobernador, el doctor Hans Frank, como una suerte de “gobierno de transición”. Aunque pertenecía al III Reich, estaba habitado por no arios. No tenía gobierno nacional, ni autonomía administrativa, por lo que no podía ser considerado un Estado. Se dividía en cinco distritos: Cracovia, Varsovia, Lublín, Radom y Galitzia. Los gobernadores alemanes, a pesar de tener poder absoluto sobre el territorio, permitieron dejar en manos polacas (aunque con supervisión alemana) las administraciones de concejos, las cámaras de comercio y los servicios hidráulicos y forestales.

Una vez controlado y organizada la administración del territorio, el siguiente paso fue establecer una rigurosa segregación racial:

1º. Los alemanes fueron agrupados en la “Deustche Gemeinschaft”, traducido frecuentemente como “comunidad”, desde la que se fomentaban valores de unidad  y pertenencia a algo más grande, por encima de concepciones individualistas. Estos estaban dirigidos directamente por el partido nazi y se les reconoció como ciudadanos del Reich con todos sus derechos.

2º Los polacos fueron considerados una raza inferior y tratados como tales; se les prohibió la enseñanza del alemán, se clausuraron los centros de enseñanza secundaria, las universidades y los museos. Además debían llevar puesto un distintivo que les identificara como polacos, servir como mano de obra obrera, sin los beneficios de los que disfrutaban los ciudadanos del Reich arios.

3º. Los judíos fueron concentrados en barrios específicos y amurallados de las ciudades más importantes, como Varsovia o Cracovia, y también debía identificarse. En su caso, con una estrella amarilla de seis puntas o “estrella de David”.

Por tanto, puede decirse que el territorio polaco controlado por el mencionado “Gobierno General” era a efectos prácticos una colonia de explotación en el corazón de Europa. Llegó a albergar a unos 25 millones de habitantes, administrados por unos 42.000 alemanes, que harían de esta tierra un modelo para el futuro proyecto nazi de colonización del este europeo.

Desde 1939 hasta 1945, Polonia, nuevamente mártir de Europa, sufrirá los estragos de la guerra en toda su crudeza, sin que el final de la misma supusiera el fin de la represión. Aunque en 1946, Hans Frank, el más alto representante del gobierno general de Polonia durante la ocupación, sería juzgado y condenado a la horca en Nurenberg, y el sistema organizado por los nazis suprimido, los soviéticos, contemplados en principio como libertadores, serían los protagonistas de la represión durante el periodo siguiente, la “Guerra Fría”.

Éxodo de civiles alemanes por el avance soviético

Antes de finalizar la Segunda Guerra Mundial, se había producido un considerable éxodo de los alemanes refugiados de las zonas que están bajo amenaza de ocupación por el ejército ruso. Entre 1943 y 1945, los alemanes de las zonas de avance soviético se desplazaron al este en busca de refugio, ya que temían actos de represalia como venganza por las atrocidades cometidas por los nazis previamente. Hubo bastante descoordinación en el plan de evacuación de civiles alemanes que supuso miles de víctimas de esta nacionalidad. Uno de los casos más famosos fue el del Willhelm Gustloff, barco hundido por un submarino ruso cuando iba repleto de refugiados.

Desde 1945 y durante algún tiempo después, ante la incapacidad de las autoridades alemanas de evacuar a sus ciudadanos del avance ruso por la Europa oriental, los alemanes atrapados fueron expulsados de estos territorios por las autoridades locales y sus bienes confiscados.

En el caso de Polonia, fue bastante, Stalin acordó en la conferencia de Yalta que la URSS se quedaría con algunas regiones anexaría algunas regiones del este de Polonia, y esta sería compensada a costa del territorio alemán, concretamente los territorios comprendidos entre el río Oder y el Neisse. Los civiles polacos residentes en las zonas a anexarse por la URSS serían reubicados en estos territorios, cuyos habitantes alemanes serían a su vez deportados en masa hacia el Oeste. La masiva colaboración de los Volksdeutsche (los alemanes residentes en Polonia) en favor del Gobierno General durante el periodo 1939–1945 provocó el apoyo popular de la población polaca a esta iniciativa, valorando la expulsión violenta y total de los alemanes como compensación a los daños sufridos por Polonia.

Las expulsiones implicaban primero la confiscación de bienes de los alemanes étnicos en favor de los gobiernos de los países expulsantes; a continuación las autoridades nativas ordenaban el registro de las personas de origen alemán (ya sean nacidas o no en cada país) y luego emitían la respectiva orden de expulsión contra todos los individuos así encontrados, sin distinción de edad o sexo. Las expulsiones de alemanes teóricamente deberían abarcar a todas las personas de ancestros alemanes o que mantenían una identidad cultural alemana (idioma, costumbres, lealtad nacional), por lo cual muchos alemanes asimilados, que habían adoptado la cultura de los países donde residían, no serían afectados por la expulsión. En tal sentido, Stalin ansiaba que la presencia de civiles alemanes en el Este de Europa se extinguiera, retrocediendo a sus niveles del siglo XII.

 Reseña geográfica por Alberto Hernández Ferrer

La región de Baja Silesia se localiza en la parte suroeste de Polonia, siendo una región fronteriza que limita al sur con la República Checa y al oeste con Alemania.

Es una región con clima continental, aunque relativamente suavizado sobre todo en la parte de las llanuras, convirtiéndola en una de las zonas más cálidas de Polonia, lo que explica que sea una de las regiones agrícolas más importantes del país.

A pesar de su potencial agrícola, esta región es conocida mundialmente por su riqueza minera, sobre todo del carbón, siendo, junto a su “hermana” y vecina Alta Silesia, una de las regiones con mayor explotación de este recurso en Europa.

Debido a su localización en la parte central de Europa ha sido una región inestable políticamente y ha pertenecido a diferentes países e imperios.

Tras el dominio de los pueblos germanos, Silesia pasó a ser dominada por diferentes dinastías polacas. En 1335 pasó a formar parte del Reino de Bohemia y en 1355 quedó bajo dominio del Sacro Imperio Romano Germánico. En 1526 este territorio fue controlado por la dinastía de los Habsburgo, pasando a formar parte posteriormente del Imperio Austro- Húngaro. Tras la Guerra de Sucesión Austriaca, Prusia, con Federico II El Grande, absorbió este territorio. En 1871, con la Unificación Alemana, Silesia quedaba dentro del II Reich. Tras el final de la Primera Guerra Mundial, este territorio formó parte del Estado Libre de Prusia. Finalmente, al terminar la Segunda Guerra Mundial, se trazó la Línea Oder-Neisse para delimitar la frontera occidental del Estado de Polonia, quedando la Región de Silesia dentro de este país.

Silesia estaba poblada en su mayor parte por población alemana, la cual fue deportada a territorios alemanes y repoblada por ciudadanos polacos procedentes sobre todo de la parte central del país y de Ucrania. Se calcula que más de un millón de ciudadanos de origen alemán fueron desplazados de la Región de Baja Silesia

Es evidente que esta zona de Europa ha sido muy inestable y que las fronteras han sufrido numerosos cambios. Pero a pesar de los aspectos negativos que estos hechos han podido conllevar, hay que destacar que al pertenecer a diferentes países o imperios (Bohemia, Austria, Prusia, Alemania y por supuesto Polonia), han conseguido una riqueza cultural que se refleja en sus costumbres, arte, arquitectura, literatura, etc.

LITTLE   SILESIA

Pablo Guillamón

-Hello –Anke said  to the girl who was leaving her  house

– Hello. Who are you? –she said.

– What have you said? I don´t understand  anything, who are you? This is my house –Anke said.

– I don´t understand  anything, sorry, bye. I have to go to school –answered Mary and left running.

Anke was paralyzed. A girl she had never seen before had just left  her house and besides, she spoke a strange  language she could not understand.

After some minutes  she thought of coming in , but before this she decided to look through the kitchen  window facing a small alley.

There was a woman she didn´t know clearing the table after lunch. What was going on? She wondered while she could see how a man with a beard came to her to say good bye.

Anke decided to go back to the street to see the man leaving. He was very tall and had black curly hair. Inmediately, a military truck with a red star on the door appeared. The man  got in the vehicle and disappeared down the street.

Anke was pretty scared. That man wasn´t her father and the woman in the kitchen wasn´t her mother. She decided to go to her friend Frieda’s house then. It was just around the corner.

When she got there she rang the bell. A woman opened the door.

-Hello girl, what is it?

Anke was even more paralyzed as she heard these words. That woman  wasn´t Frieda´s mother and what´s more she didn´t understand anything she said, so she turned around and left running without saying a word. She had to go back with her grandfather.

Shocked and sobbing she took the way back to the woods where she had been living for a year. When planes and bombs were dropped near villages, her grandfather Fillips would take her to a lost hut among the trees, some kilometers away from the village. Nobody would find them there.

More than a year had passed and she knew nothing about war. Her grandfather didn´t let her leave the area. One day, though, she decided to go for a walk near the village. To come back she marked the way with stones in order to get back the next day.

After two weeks, she could reach the first houses of the suburbs, but now she was in the little moor where the hut was set. She went right away to her grandfather who was sat by the fireplace.

When she saw him, she hugged him crying.

-What happened my baby? Have you seen a moose or a rebeco and you got scared. Come on, They are harmless. We have been eating them since we’ve been here.

-It´s not that –she answered sadly –I´ve been to the village.

-To the village? I told you not to leave the woods! Has anyone seen you?

-Yes… I have been home…

-My goodness!

-There is no one from the village. Not even Frieda’s parents. There is another girl and other parents at home and I can’t understand what they were saying, what’s going on? You said mum and dad would come back from Berlin one day. I can´t understand anything.

-You shouldn’t have been to the village. I told you, didn´t I?.

Her granddad said staring at her and feeling he had no option but to tell her the truth –You are already ten years old.-he continued –you must know.

-What must I know?

-War is over.

-That´s good, isn’t it?

On the one hand it is, we are not ruled by Nazis and I hope Hitler is dead. But on the hand it isn´t, because now the Russians rule. The village, the woods, everything you see… it isn´t Germany anymore, now everything belongs to Poland. Everyone was deported by the red force army. There’s nobody left. Now there are only two Polish men brought by them. That’s why you can’t understand them, they speak Polish.

-And my parents?

-Your father died in Leningrad, I´m very sorry – said hugging her.

I haven´t  told you before because I didn´t want you to suffer. I know nothing about your mother. Six months ago I went to the village. There were only some Germans left, they told me that Russians deported them or took them to a concentration camp. We are alone and in a different country, although it is our land. If the red force troops us we will also be sent to a concentration camp.

Anke was shocked, her grandfather´s words stayed in her mind.

She didn´t speak for days, hearing again her grandfather’s words in her mind. She tried to come to terms with it; nevertheless, she couldn’t understand them.

The next week she went back to the village. She reached her house door in two or three hours. It was midday and she expected to see the girl she had been with before. She looked through the kitchen window. The mother was laying the table and the girl was helping her. She had just arrived from school. Suddenly, their eyes met, Anke bent over but Maria went out to meet her.

-Hello. Do you want to eat anything? –she said thinking that she was hungry, but Anke couldn´t understand her words.

-I´m sorry, I don´t understand… but this is my house –she said pointing at the door. Afterwards she pointed at the house and at herself several times, then Maria understood what she was trying to say. She held her hand, and carefully, took her inside the house.

The same mirror where Anke used to look at herself every morning was in the hall. The kitchen had the same furniture, only the table and the chairs were different. The mother asked her daughter who she was when she saw them coming in.

-I don´t know. I don´t understand what she´s saying, but she has already come twice and…she looks through the window.

-Are you hungry? Maybe she hasn´t eaten for a while –she said as she offered her some cabbage pierogi she had just cooked.

-I don´t know…but I think this was her house.

-What? Is she German? Take her out of here right now. If the Russians notice that we have a German, they will shoot us all. She must leave right now.

-But mum… she is only a girl, what can she do to the Russians? She isn´t Hitler.

– And if this was her house? We through her out! Poor girl…

In the moment of the discussion the father of the Russian girl arrived from work. He greeted his wife and his daughter and when he saw the girl he asked who she was. Both stayed in silence.

-Maria, is she a friend from school? As they didn’t answer he continued. She can stay for lunch. We aren´t that bad we can put another plate on the table. Do you want to stay for lunch?

-I don´t know what you´re saying but I´m very scared –Anke said.

-What is going on? –The father said.-That is German. I learnt a little during the occupation of Germany. She said she´s scared. Don´t be afraid, we won´t hurt you –he said in polish.

When Anke listened to those words, she started to run and didn´t stop until she got to the woods.

Several days passed and she didn´t move from the surroundings of the hut, but one morning she had left to pick berries she heard some noises she hadn´t heard before. It sounded like the engine of a vehicle. Later she heard some voices far away. She got scared and remembered her grandfather´s words: “if the Russians catch us we will be deported or anything worse”. Then she decided to reach the tree where she used to climb to get away from everything from time to time and remember the time when she lived with her parents and everything was normal.

She moved slowly not to be seen until she reached a huge red fir more than thirty meters high. There she felt safe. She reached the place where several branches met and she could sit down comfortably. From there she could see all her surroundings for various kilometers; she could even see the hut.

When she felt comfortable, she looked at the place where the noises came from. Several Russian soldiers were tracing the surrounding of the hut. Shortly after she them taking her grandfather with his hands tied behind his back.

Afterwards she could see how one of them set a match to what had been her house. The smoke went up through the trees. Quickly it was reduced to ashes. After this, two soldiers through some ground with their shovels and the place where she had spent the last months disappeared.

She was shivering. Now she was alone and homeless. She thought about her house, about the girl who spoke Polish. She remembered the room where she used to play with the little dollhouse her father had brought her from Berlin.

She burst into tears. Again the silence, the sound of branches, the warbling of birds in the woods.

When she realized that the soldiers  were gone, she ran towards the hut. Everything  was burnt and destroyed. She stared at the pile of burnt wood and grey ashes the Russians had left behind without knowing what to do with it.

It was only ten o´clock in the morning and cold was reaching her bones. She had left her old green coat on the  bed and now it was another pile of ashes on the ground. She had to go back to the village or that night she would die of cold.

She remembered that the Polish girl was back from school at lunch time, so she thought of going back to the village and wait for her.

When she arrived she went right to the alley where the kitchen window was, she leaned out carefully, but she couldn´t see anyone. She waited and looked again. Shortly, a vehicle stopped at the door. It was the small truck who brought the workers of the barracks that the Russians were building. Maria´s father got off the truck and came in the house.

Anke could see from the window how he entered the house and greeted his wife. Saw he approached the window to enter the house but she didn’t move. Nevertheless, the father showed up on the pavement and walked towards her.

-Come here. Enter the house. You have to eat something –he said in German.

Anke followed him till the entrance.

Maria was coming down from the top floor at that time.

-Hello. Nice to see you again –she said but Anke didn´t understand anything.

As the mother listened to them talking she came from the kitchen –This morning a patrol arrived with someone arrested. It was an old man scared to death. I´ve heard they know that a little girl lived with him in the woods . They have found her clothes in the hut. I think  that´s her –she said pointing at Anke –If they find her, she will end up there too. Now they are looking for her. They are ordered to arrest any German around.

-In the end we will all be shot –the mother said.

-Mum! This was her house.

-We have to do something quickly, The Russians are inspecting everything. –The father said. –I´ve just seen some trucks with soldiers some streets ahead. They won´t be long to get here. The village is very small.

-It´s all right –The mother said, Maria, you two go up, she must take off those clothes, take a wash and get dressed with your clothes, you are the same age. And come back for lunch. Quickly!

Maria held her hand and took her to her room. She told her what to do by signs. In a few minutes the four of them were in the kitchen having the delicious Zurek that the mother had prepared inside with the brad she had baked hat morning in a wood stove in the garden.

While they were  finishing, they heard some trucks coming.

The father talked to Maria and gave her instructions. After that, he explained to Anke, with the little German he knew, what to do when the Russian soldier entered the room.

The two girls went up the bedroom and the parents started to clear up the table  as any other ordinary day.

A few minutes later, someone started knocking at the door. The father stopped what he was doing and went to open the door.

-Soldier Varskov Red force. We are looking for a German girl. She is about ten or twelve years old.

-A German girl? Weren´t all of them deported?

-Yes, but there´s still that girl left. Have you seen her?

-No.

-Anyway, I have been ordered to inspect the house –he said as he was coming in.

He looked in the kitchen, greeted  the mother  and  continued all over the ground floor. Later he asked about the top floor.

-Those are the bedrooms. My daughters are in the room. The soldier went up to the bedroom, opened the door and came in.

The bedroom floor was full of books, notebooks, some toys and clothes. Both were sat on the floor, throwing things at each other and laughing nonstop. Maria was catching clothes to throw them at Anke, Anke threw them back to Maria gesturing in such away that Maria was roaring with laughter.

When the soldier came in,  Anke threw him a doll, then Maria got up and held his hand.

-Do you want to play with us? All right.  You are Prince Pavloski and we are the princesses who are waiting for fairy Gorek to arrive, who was bringing… fish for lunch!

-I`m sorry girls, but I´m very busy –The soldiers said as he turned around and left the room.

On the ground floor the father was waiting at the entrance.

-What unruly girls you have, hehe. They  wanted me to play with them. All right then, good-bye. I have to keep on searching –he said as he was leaving the house.

The father shut the door and went up to the bedroom.

-You´ve done it very well. He ran out. –He said.

-Dad, she is going to stay with us, isn´t she? You won´t let them take her to that concentration camp, will you?

-Of course not. From now one you´ve got a sister. A mute sister. She can´t speak German, do you understand?

-Sure, but tell her.

The father took them down to the living room  and talked to the mother in the kitchen for a while. Later they called the two girls.

-From now you are sisters –he said in German. Your name will be Anna, Anna Golazewska, like us, don´t you forget this. And you`re mute, because no one can hear you speak.

-Thank you, thank you for helping me.

– There´s no need to thank anything. You are in your house, but now you`ve got other parents… and a beautiful sister –he said hugging them two.

The story you just read, is part of the European Comenius Project being conducted by the institute that serves as director Pablo Guillamón (IES Sierra Almenara de Lorca) with nine other countries in Europ. Following the working meeting held in the Polish town of Zagan in Lower Silesia, the author had knowledge of the historical event that occurred in the region after the end of the Nazi occupation and the entry of the Red Army of the Soviet Union. This led to the idea of writing a story it would play out at that time; The Little Silesia.