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La Pobre Lola. Carmen Pérez

     Entré en el salón repleto de gente y vi un féretro en el centro con la tapa levantada. Me acerqué con la mano en un puño y me incliné a mirar: era yo. «No puede ser. Debo estar soñando», pensé. Miré a mi alrededor y vi a todos mis familiares y amigos rodeando el féretro y acompasando un llanto ahogado. Me pellizqué mil veces para comprobar que se trataba de un sueño. Pero no desperté. «No puede ser.¡Papá! ¡Mamá!» Fui corriendo hasta mi padre pero parecía no haber escuchado mis palabras. Me puse frente a él y lo miré con desesperación pero él ni se inmutó.«¡Papá!» grité con la voz entrecortada. Nada. A su derecha se encontraba mi marido. El pobre estaba en estado de shock, no articulaba palabra. «¡Paco, cariño, Paquito, soy yo, estoy aquí! ¿Me oyes?» Me acerqué lentamente a él para cogerle la mano, sabía que eso siempre lo relajaba. Sin embargo, no pude ni acariciar su piel porque mis manos la atravesaron. No podía tocarlo. No tenía cuerpo. Estaba muerta.«¿Qué ha pasado? ¡No entiendo nada!» Comencé a desesperarme y a sentir un fuerte dolor en el pecho. Me oprimía, me ardía el corazón. En ese momento, mi madre, que había estado luchando por contener las lágrimas, soltó un grito ahogado y rompió a llorar.

     –¡Mi pequeña!¡Mi pequeña Lola! ¿Por qué te has ido? Con lo bonita que tú eras. Mi pequeña. No viste el coche. No lo viste. ¿Por qué tuviste que cruzar? De no haber sido así, ahora estarías viva. Mi pequeña Lola… –Mi padre abrió los brazos para acurrucar a mi madre en su pecho.

     «¿Cómo? ¿Que no vi el coche? ¿Me atropelló un coche?» No podía recordarlo, «¿qué hice hoy?»Intenté pensar con claridad. Me senté en un sillón al lado de mi pobre Paco aunque invisible a sus ojos. Apoyé los codos sobre las piernas, dejé caer la cabeza sobre las palmas de mis manos, y me dispuse a reconstruir todo lo que había hecho durante ese trágico día.

     Recuerdo que el despertador había sonado esa mañana temprano. Paco aun seguía durmiendo. El pobre trabajaba mucho por las noches y necesitaba descansar. Me vestí, desayuné y me fui al colegio a impartir mis clases. El día transcurrió con normalidad. Salí de trabajar y llegué poco tiempo después al curso de guitarra al que me acababa de inscribir y que empezaba ese día.

  

     Creo recordar que mientras estaba en clase, Paco me llamó preocupado porque no sabía dónde estaba. El pobre no recordaba que había empezado mis clases.

     –Sí, cariño, ya voy. –Colgué y guardé el móvil en el bolso–. Disculpa, Matías. Mi pobre Paco, que lo tenía preocupado.

     –No pasa nada, Lola. Ya hemos terminado la clase. El próximo día más, ¿vale? Repasa la falseta que hemos estudiado y si necesitas cualquier cosa, llámame sin problema, ¿vale?

     –Vale, muchas gracias, Matías. Hasta la semana que viene.

     Salí de clase muy contenta, me sentía realizada.Atravesé el trayecto de vuelta a casa inmersa en mis pensamientos. Abrí la puerta y vi que Paco estaba en el salón. Y… Espera. No recuerdo nada más. No lo entiendo. ¡No recuerdo nada más!

     Cuando salí de mi ensimismamiento me percaté de que me había pasado una hora absorta en mis pensamientos intentando recordar lo que había ocurrido ese día. Dejé de reposar la cabeza sobre mis manos, la levanté y volví a mirar a mi alrededor. La situación era verdaderamente trágica. Mi madre no había dejado de llorar ni por un instante. La pena y la angustia se habían adueñado de ella. Junto a ella, mi padre intentaba ocultar su dolor brindando abrazos a mi madre para calmarla y hacerle creer que ese daño desaparecería, pero él bien sabía que no estaba en lo cierto. Por otro lado, mi marido seguía en la misma posición que hacía una hora. Seguía con las manos entrecruzadas apoyadas sobre su boca, a modo de rezo intentando apaciguar su dolor. Observaba mi féretro con la mirada vacía y sin vida. «¿Cómo has podido hacerme esto, Lola?» susurró.

     En ese instante, me quedé sin respiración.«¿Cómo has podido hacerme esto, Lola?»El pecho me comenzó a doler. Me ardía. Me abrasaba. Recordé esas palabras, ese tono, esa insinuación. No era la primera vez que las escuchaba.

     –¿Cómo has podido hacerme esto, Lola? ¿Clases de guitarra? ¿Tú? Si tú no sabes ni lo que es un acorde. Me estás engañando con otro, ¿no?Te atreves a ponerme los cuernos y encima no sabes ni inventarte una excusa decente. ¡Mentirosa! Te voy a matar, ¿me oyes?¡En cuanto te pille te mato! ¡Ven a la casa ahora mismo!

     –Sí, cariño, ya voy…

     «Fuiste tú, Paco. Fuiste tú. Ahora lo recuerdo todo. Tú me agarraste del cuello al entrar a casa y me pegaste una paliza como habituabas a hacer cada vez que ibas al bar. Tú te ensañaste con mi cuerpo hasta dejarme sin habla. Por eso me duele, Paco, por eso me arde el corazón.» En ese momento, desabroché el primer botón de mi camisa para descubrir una gran mancha lila grisácea en mi pecho. Volví a abrochar el botón y me acerqué a mi féretro. La camisa blanca tenía una pequeña mota de maquillaje a la altura del pecho y, bajo este, se dibujaba una mancha del mismo color con el que Paco había tintado mi cuerpo. «Fuiste tú, Paco, fuiste tú. Pensabas que te estaba engañando, mi pobre e ingenuo Paco, ¿cómo pudiste dudar de mí? Mi pobre y desgraciado Paco, que cuando viste que apenas podía respirar después de haberte ensañado conmigo, me arrastraste al coche, me llevaste a esa carretera en medio de la nada y me dejaste allí tirada llena de dolor. Mi pobre y mísero Paco, que cuando, ingenua de mí, pensé que ya no ibas a volver, apareciste acelerando con el coche y te dignaste a acabar conmigo. Mi pobre y despreciable Paco, que me humillaste hasta el último respiro y no supiste valorar a quien tenías a tu lado. Mi pobre y asqueroso Paco, que te mereces la más grande de las culpas y el más grave de los castigos, que tu conciencia nunca estará tranquila porque es entera una mentira. Fuiste tú, mi pobre y malnacido Paco, que me cegaste y me impediste ver lo que eras en realidad y lo mucho que yo podría haber llegado a ser de no haberte conocido. Mi pobre y miserable Paco, que acabaste con mi vida y con tu perdón. ¿Cómo has podido hacerme esto, Paco? ¿Y cómo he podido permitirlo yo?»

Según datos recogidos por Cadena SER, en 17 años el machismo ha asesinado a más de mil mujeres en España, ¿cuántas más deben morir? La violencia machista es una cuestión de Estado, el silencio solo nos hace cómplices de esos asesinatos.

#NosQueremosVivas #NiUnaMenos.

Carmen Pérez

Pablo Guillamón (8 Posts)