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Lengua de ciego

El escenario poético peruano se enriquece con la publicación de un nuevo libro. Su autor: Erick Ramos Solano (Lima, 1982). Lengua de ciego —su primer poemario—, manifiesta un trabajo con la palabra de enorme valía debido, principalmente, a una extraordinaria e inédita sensibilidad hacia eventos que, gracias a la aventura transgresora del dominio de una nueva lengua, convierte lo cotidianamente propio en universal.

Alina Baumann

 

Jorge Luis Borges decía que un libro era un objeto físico en un mundo de objetos físicos: un conjunto de símbolos muertos (o «palabras») que el lector debía devolver a la vida, asistiendo a una resurrección del mundo. Desde el título, el lector está invitado a reflexionar sobre la posibilidad de apropiarnos de un lenguaje que permita abordar lo que nos rodea (o nos deja fuera). El poeta asumiría la ardua tarea de aprender esa herramienta con la que hablaría de sí y de su mundo, tanteando la realidad, tropezando, siguiendo una línea material a través del silencio con los ojos cerrados. La (metáfora de la) ceguera (esa capa blanquecina que ahora parece estar llena de colores) ilumina la lectura pues, a través de una nueva forma de expresión —que no es más que poesía atrevida, sencilla y concreta—, observamos un mundo a veces absurdo, otras triste, pero siempre nuestro.

Estos poemas responden sin duda a la noción de libro como unidad. Puede parecer una apreciación inútil; pero no por ello menos importante. Lengua de ciego no es un poemario en el que se perciba una recopilación antojadiza de textos sin relación entre sí. Al contrario, observamos el desarrollo de una progresión temática dividida en tres apartados, siendo el segundo el que posee mayor número de poemas (ocho en total, en comparación con el primero, de sólo de cuatro, y el tercero, de seis). Nos encontramos ante el aprendizaje del yo poético desde la cotidianidad de los primeros saberes (“De pronto hay que enseñarle…”), pasando por la reflexión sobre el aprendizaje mismo (“Crianza”) hasta el aprendizaje del amor (“De todo lo que odio…”). Es posiblemente el amor la síntesis radical del largo camino de aprendizaje. Cada poema parte de un hecho cotidiano —como decía Antonio Cisneros, todo poeta debe tener un alma de esponja, siempre presto al deslumbramiento—, y la voz del poeta va develando verso a verso su poderosa y también sobrecogedora universalidad.

Pero Lengua de ciego no sólo logra su cometido en el plano del contenido, también lo hace en el plano formal. Este último, severamente descuidado por distintos poemarios de publicaciones recientes, en los cuales subyace un reduccionismo al mero campo ideológico o la relativización de la dimensión formal en la elaboración de un texto lírico. Lengua de ciego sorprende porque su narratividad —constante en todos sus poemas—, emplea estratégicamente aliteraciones, símiles, encabalgamientos y el metro dodecasílabo orientado como tendencia métrica. El versículo también está presente en el poemario, pero no como un modismo; sino cumpliendo una función semántica. En “De pronto hay que enseñarle…”, poema que abre el libro y en donde transitamos temáticamente por la labor de dotar a un niño (o al hombre mismo) de un léxico que le permita distinguir los “bichos” de su hogar —simbolismo susceptible de ser extrapolado a la sociedad—, se ve fracturado y enriquecido semánticamente por el versículo final que se extiende en toda la página. Este versículo (verso libre de origen bíblico, recipiente de un contenido solemne), deja de lado la cotidianidad de los versos anteriores y ofrece una sentencia que da un sentido trascendente al poema. La importancia de este verso radica en elaborar una tensión entre el contenido y la forma pues pasar de lo cotidiano a la reflexión universal también involucra un cambio de recipiente y una fractura en la percepción del poema.

Otra estrategia es el encabalgamiento. Una muestra de ello es el poema “El cangrejo decorador”. Sus versos se interconectan logrando una amplificación semántica reveladora. Me explico: el encabalgamiento permite percibir rasgos que guardan relación con el contenido. En los versos «Atina sólo a soltar algunas lágrimas y a/ Decir, como quien teme hacerse escuchar, algo/Sencillo/Para que sonría» (26), comprendemos que no sólo los versos finales remiten a lo representado —la soledad del sujeto frente a la muerte—, sino también a mostrar lo desarticulado que resulta ser la enunciación en la atmósfera de la tristeza. Desarticular el verso potencia su capacidad comunicativa y así ellos trascienden la falacia mimética, tan recurrente en textos de escritores nobeles.

Alina Baumann

 

La aliteración es otro recurso utilizado de manera magistral. Con ella percibimos musicalidad y ritmo. No me equivoco al decir que Lengua de ciego suena, es decir: posee musicalidad; pero no a la manera modernista o simbolista. Suena, porque trabaja con éxito con las propiedades prosódicas del idioma.

Lengua de ciego es un libro intenso. El lector podrá conocer el mundo del poeta (y el suyo propio) a través de la luz de unos ojos que se cierran para observarse hacia adentro, en el profundo interrogatorio humano del amor y de la muerte. Como advertía Vicente Aleixandre —cuya influencia en el libro no pasa desapercibida—, la poesía es la única capaz de iluminar experiencias perturbadoras a través de la palabra. Sin duda, Ramos Solano nos revela esa enorme capacidad poética del orfebre que no desea otra cosa que revelar una patética verdad: la vida duele hasta en lo más precioso.

 

Eduardo Lino Salvador

 

 

Erick Ramos Solano (10 Posts)