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Liz y los espejos

A mi amigo Oswald le encanta viajar. Es rico y puede hacerlo cuando le plazca. Llegado el momento en que se conocía hasta el último rincón de la Tierra, se decidió por salir a otro planeta. En su agencia habitual, le mostraron imágenes de los cinco planetas que, por ahora, se pueden visitar: Picture, Gram, Rumore, Traum y Speculum. El que más le llamó la atención fue este último. Oswald siempre me trae un regalo de cada uno de los lugares que visita. De este me trajo, cómo no, lo más típico del planeta: un espejo. Él se compró otro, pero muy diferente. Era un espejo enorme, de unos dos metros de alto por uno de ancho. Lo instalé en mi cuarto de baño. Venía acompañado de una hoja donde se explicaba su funcionamiento y cómo debía limpiarse. Podía adoptar los colores verde, rojo, azul, amarillo, negro y blanco. Cada uno de ellos simbolizaba un aspecto distinto de la gama de sentimientos que el ser humano es susceptible de experimentar. Yo lo hubiera deseado siempre azul, color que asocio a la tranquilidad.

Liz ante el espejo

Al principio, me pareció ideal su funcionamiento. Además, era divertidísimo. De hecho, cuando se puso rojo, me dio por reír, con lo que el enfado que tenía cuando me miré en él desapareció por completo. Esto ocurrió una noche en que me fui directamente a casa después del concierto: al primer chelo se le saltó una cuerda, como otras veces, en medio del concierto, y le tuve que pasar el mío, como está estipulado, y quedarme de brazos cruzados mirando el techo. Al rato de estar en casa, llegaron Pablo y otros amigos. Acabamos, mejor dicho, empezamos la noche fumándonos unos porros y muertos de risa delante de mi espejo que, por entonces, se había puesto azul.

Cuando no sabía qué ropa ponerme, se tornaba amarillo. Una vez se puso verde, creo que porque aún me duraba la excitación del sueño erótico que tuve esa noche.

Pero, al cabo de una semana aproximadamente, empezó a no seguir regla alguna en el cambio de colores. Este hecho coincidió con algo que empezó a sucederme a mí: en los breves momentos que estaba ante él, mi mente concebía frases que no salían directamente de mi voluntad. No sé si me explico. Yo notaba como si alguien o algo ajeno a mí susurrara las palabras a través de mi cerebro, con voz masculina. La mayoría de las veces eran mensajes intrascendentes tipo ¿ por qué no te cortas el pelo ? Yo, al principio, no relacioné este hecho con el espejo porque solo pensaba en lo que podía estar fallando respecto al mecanismo de los colores. Llegué a pensar que tal vez se tratase de una avería por inadaptación a la atmósfera terrestre. Los mensajes que recibía yo, entretanto, evolucionaban desde esa trivialidad del principio hacia una confianza pasmosa. Cada vez eran más personales. Al cabo de unos cuantos días, me di cuenta de que venían del espejo. Creí enloquecer. ¡Llegó a flirtear conmigo!

En otras ocasiones, parecía quejarse de mi doble personalidad. Sí, soy una perfecta Géminis. Tengo dos personalidades y supongo que para mi ya averiado espejo, esto debía de ser un motivo más de trastorno y confusión, sobre todo, tratándose de un espejo que pretendía reflejar el alma, además del cuerpo. Así, en las ocasiones en que florecían mis dos personalidades al mismo tiempo ( que de todo me pasa ), el pobre espejo debía de hacerse un gran lío: ¿ cuál de las dos reflejar ? Era imposible que ambas cupieran en su superficie.

La mañana en que me sucedió lo que me ha traído hasta aquí, el problema empezó con que yo ya ni siquiera me veía. Él no dejaba de hablarme. ¿ Dónde estás ? Ven aquí, dentro de mí. ¡Vamos, entra! Esta invitación no era la primera vez que me la hacía. Mi perplejidad aumentaba cada día . Sin duda, se habrían esfumado mis dos personalidades a la vez, dejando mi cuerpo solo. – Siento que estás ahí, pero no te veo- insistía. Entonces yo, desesperada porque tampoco veía mi imagen reflejada, lo golpeé. Para mi sorpresa, vi cómo mis puños se hundían. Como aquella sensación era agradable, introduje mis manos abiertas, paseándolas de arriba abajo por su interior. Mi espejo continuaba:

—Más todavía, toda tú. ¡Puedes hacerlo! ¡Entra en mí!

La sensación era tan placentera que mi mente transformó todo aquello en un juego erótico incomparable, fantástico. Y así lo hice…

Caí instantáneamente en el planeta Speculum, por lo que pude averiguar después del desconcierto inicial. Me hallo aquí desde hace varios días. Ahora escribo desde la terminal de vuelos espaciales. Lo sucedido desde entonces ha sido vertiginoso. Si las cosas no me han ido peor es porque me encontré a Oswald. Pero, como supe enseguida, no era el auténtico, sino el doble de Oswald, que se había quedado grabado en otro de los originales espejos de este planeta y había cobrado vida como si nada. Yo iba medio desnuda y allí hacía bastante frío, así que Oswald me dejó un abrigo para cubrirme. Luego me acompañó a la embajada.

Dejo estas líneas ya. Avisan de la salida de mi vuelo en estos instantes. Tengo unas ganas tremendas de verme en casa. Lo primero que haré será deshacerme del espejo, si es que sigue allí. No quiero saber nada más ni del Oswald real ni de su copia. Le enviaré por correo al verdadero lo que su doble me ha dado para él.

 

 II

 

 EL PAÍS, CARTAS AL DIRECTOR

 Soy uno de los “ privilegiados “ que han viajado a uno de los planetas que amplían la oferta turística terrestre. Sin duda, es loable la idea de conocer nuevos mundos y cómo el ser humano no deja de inventar artilugios y mecanismos diversos que tienen como finalidad hacer más placentera la vida. Sin embargo, tengo que decir que la experiencia que me ha animado a escribirles es fruto de un progreso incontrolado, en el que falla fundamentalmente la comunicación, a un nivel de mero sentido común, con los planetas. Aquí en la Tierra existen las garantías, las hojas de reclamaciones, etc, que nos protegen a los consumidores frente a los abusos que cualquier empresa pueda cometer en nuestra contra. Nada de eso parece funcionar en el planeta Speculum. Como recuerdo de mi viaje, le traje a una amiga mía un espejo. Dos semanas más tarde, recibí un telegrama firmado por un tal Oswald II en el que me informaba de que había hallado a mi amiga casi desnuda y desesperada; que la había ayudado en los trámites para regresar a la Tierra y que con ella me mandaba mis tarjetas de crédito que, al parecer, se me habían caído de un bolsillo de la chaqueta. Se había gastado todo lo que había podido y más. Pero, bueno, eso no es lo que más me importa. Lo que no me gusta nada es la idea de tener un doble mío pululando por el universo. No sé si habrá otras personas que hayan tenido problemas con estos souvenirs del planeta Speculum, ni si en alguno de los otros planetas se están dando problemas semejantes con otro tipo de productos. Pido, desde aquí, a las autoridades competentes que ejerzan un mayor control sobre el comercio de estos planetas. Oswald Richman.

 

III

 

( Escrito en el espejo de Oswald )

 ¡Que te enteres de una vez de que no soy tu doble! ¡Yo soy yo! Oswald Poorman.

 

 

 

Lola Zarza (3 Posts)


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