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Ana y la gardenia

(En memoria de Eduardo Galeano)

Pablo Guillamón

Ana, como todos los días, desayunó en la cocina de su casa antes de ir al instituto.

Un vaso de leche con algunos cereales era lo único que tomaba mientras miraba por los cristales las flores de su pequeño patío.

Terminando, se quedó ensimismada viendo cómo un pequeño gorrión se posaba en el suelo, pero el reloj de cuco que había en la entrada dio las ocho. Tenía que salir ya a la parada del bus si no quería perderlo.

Con la mochila a la espalda y el abrigo puesto, se detuvo un instante para oler la gardenia que había siempre en el jarrón de la entrada.

En la parada hacía frío, pero ella pensaba en el verano, en la playa, en los baños con sus primos, y apenas lo notaba.

Al instituto llegó sonriente, era su primer día, y todo fue muy bien hasta que otra chica se metió con ella en el recreo. Le dijo algunos insultos que Ana no comprendía. Ese día volvió algo triste a su casa. Toda la tarde la pasó intentando olvidar aquel incidente y casi no pudo estudiar nada de lo que tenía para el día siguiente. Pero se mantuvo alegre y contenta, pensó que ya no volverían a meterse con ella, que aquello pasaría.

Al día siguiente volvió a oler la gardenia y partió contenta. Pasó un día estupendo con sus nuevos amigos hasta que, de nuevo, la misma niña se volvió a meter con ella.

Cuando volvió a casa solo pensaba en olvidarlo, no podía entender lo que le había dicho ni por qué.

Cogió la gardenia y estuvo oliéndola toda la tarde. Se sentó en su habitación y el suave olor la llevo a buscar una puerta imaginaria por la que salir de aquella situación.

Anduvo y anduvo buscando por  todos los lugares habidos y por haber, pero las puertas no se abrían, estaban todas cerradas con llave. Entonces un fuerte impulso la lanzó al mar y comenzó a correr sobre las olas, que eran cada vez más grandes, hasta que llegó a una playa y escuchó una voz que la llamaba. Había llegado a Uruguay, otro país, y subió a lo alto de un monte donde había una gran ciudad, Montevideo. Allí un señor mayor la estaba esperando.

-¿No se abren las puertas? –le preguntó.

-No –dijo Ana-. Están todas cerradas.

Entonces el señor mayor le contó un pequeño relato:

“Se le habían roto los cristales de los anteojos y se le había perdido las llaves. Ella buscaba las llaves por toda la ciudad, a tientas, en cuatro patas, y cuando por fin las encontraba, las llaves le decían que no servían para abrir sus puertas.”

                         “Eduardo Galeano. El Libro de los abrazos, 1989”

Eduardo Galeano

Ana quedó impresionada

-Si las llaves no abren mis puertas… ¿para qué sirven?

Pero no obtuvo respuesta. El hombre había desparecido. Y las puertas no se abrieron. Entonces, la angustia del suceso de la mañana volvió.

La tarde la pasó intentado olvidarlo, no pudo hacer otra cosa, ni estudiar, ni ver la tele, ni jugar, ni usar el móvil, sólo quería olvidar los insultos.

Cuando llegó el día siguiente no fue al instituto, no se acordaba de que era una niña, ni de qué demonios estudiaba. No sabía ni su nombre.

Cuando sus padres la llevaron al medico, le hicieron miles de pruebas. Y pasados dos meses concluyeron que era el primer caso de una niña con “Olvido” una nueva enfermedad. Entonces se hizo famosa y salió en varias revistas de ciencia y medicina.

Pero ella nunca volvió a recordar su nombre. Sólo el olor de la gardenia de la entrada de su casa.