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“Míster Taylor”, de Augusto Monterroso y champurradas

Empezar a investigar sobre repostería guatemalteca y vernos obligados a consultar una y otra vez el Diccionario de la Real Academia ha sido todo uno. Lo cual no deja de ser sorprendente cuando se afronta la tarea desde la comodidad que produce estar en la propia lengua. Pero compruébenlo por ustedes mismos, lean, lean la siguiente lista: camote en dulce, coyoles en miel, chilacayotes en dulce, melcochas, colochos de guayaba, dulce de zapote, nances y jocotes en miel… Eso sí, suena muy bonito.

Algunos de estos nombres tienen equivalente en el español de la península, como el camote, que es la batata; pero otros no, porque son árboles o frutos típicos de aquella región de Centroamérica o provienen del náhuatl, como el zapote (tzapotl) o el camote (camotlí), el colocho (colotl) o el coyol (coyollí).

Como explican en el blog Dulces Típicos de Guatemala: “La gastronomía guatemalteca es el resultado del gusto indígena, español y árabe […] Su fama se debe no solo a los ingredientes utilizados para su preparación, sino también a las recetas y a la tradición de elaboración artesanal, heredadas de generación en generación […] Para elaborar estos dulces se recurre a la miel, el azúcar, la leche, como también a diversidad de frutas, por lo que su sabor y color es natural”.

Conseguir algunos de los ingredientes (sobre todo las frutas) para preparar los dulces anteriormente mencionados puede resultar complicado y, por otra parte, nuestra amiga Ann, guatemalteca de adopción, ha tenido la genteliza de brindarnos una receta chapina acompañada por un cuento, un cuento verdadero, ni más ni menos. Este dice así:

 “Un cuento verdadero de Guatemala. El embajador de Guatemala en Washington D. C. (EE.UU.) se molestó porque su pequeño hijo empezó a usar malas palabras. Decidió cambiar la situación. Le dijo al niño:

Puedes decir cualquier palabra que quieras, pero NUNCA digas ‘champurradas’.

Muy pronto el hijo dejó por completo sus malas palabras favoritas de antes, para decir siempre, a todo volumen: ‘¡Champurrada! ¡Champurrada! ¡Champurrada!’.

Y en esta ocasión, la champurrada será la pareja de baile de “Míster Taylor”, de Augusto Monterroso. La champurrada es un dulce a medio camino entre el bizcocho y la galleta y está hecho a base de harina de trigo, levadura, sal, azúcar, mantequilla, huevos y ajonjolí o sésamo. Así nos quedaron:

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Foto cedida por Lupita books & cookies

Vayamos ahora a saludar a Augusto Monterroso, conocido de forma cariñosa como Tito. De padre guatemalteco y madre hondureña, Monterroso, nacido en 1921 en Tegucigalpa (Honduras), hasta los 14 años estuvo a caballo entre Ciudad de Guatemala y Tegucigalpa, ciudades a las que separan 650 km. Cuando la familia se instala en Ciudad de Guatemala (1936), se produce la muerte de su padre, periodista y hombre bohemio que despilfarró la herencia de su madre, y ello obliga a Monterroso a trabajar. Y lo hace como ayudante de contable en una carnicería (“un descuartizadero de vacas”, lo llama él); en horario de 4 de la mañana a 6 de la tarde, casi todos los días del año. Hombre que rescata lo positivo incluso de las situaciones más penosas, de este período de su vida recuerda que su jefe era un hombre muy culto que le dio a leer numerosos libros informativos. Luego, a la salida del trabajo, iba a la Biblioteca Nacional y leía a los clásicos españoles (¡admirable!), así lo afirma en la entrevista que Fernando Sánchez Dragó le hizo en el programa de televisión: Negro sobre blanco, en 1999 (que les recomendamos encarecidamente).

Con el paso del tiempo, se une a un núcleo de profesores y estudiantes de universidad para luchar contra el tirano Jorge Ubico (por cierto que una anécdota cuenta que lo pillaron haciendo una pintada que versaba: “No me ubico”). Tras pasar unos meses en la cárcel, consigue escapar y pide asilo en México. En ese momento, el autor cuenta 23 años. De México viaja a Bolivia y de ahí a Chile, países en los que permanece varios años. Ya en 1956 se instala definitivamente en Ciudad de México, donde residirá hasta su muerte, acaecida en febrero de 2003.

Maestro del relato breve, como muchos sabrán, Monterroso es autor de uno de los cuentos más cortos de la historia universal de la literatura: El dinosaurio. Este cuento dice:

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

En la entrevista antes citada, afirma que: “Este cuento breve o brevísimo ha tenido una suerte muy especial. No siempre fue así. Cuando apareció en mi primer libro, los críticos lo negaron; los críticos dijeron que no era un cuento y pues yo, ya lo he contado, me molesté un tanto con que dijeran que no era un cuento, y terminé por decirles que efectivamente, que es una novela. Y el cuento empezó a adquirir una vida que yo no me esperaba y empezó a recibir elogios de académicos”. Hoy día hay ensayos de muchas páginas sobre este microrrelato. Hemos de añadir que este brevísimo cuento también ha sido fuente de inspiración para algunos escritores, como el asturiano Vicente García Oliva (del que pueden leer su estupendo libro juvenil: El cielo de los dinosaurios).

Monterroso cuenta que su afición por lo breve viene de su pasión por los autores latinos y griegos (Horacio y Fedro, por ejemplo), a los que leyó durante la adolescencia.

Sus principales obras son: Obras completas y otros cuentos (1959); La oveja negra y demás fábulas (1969); Movimiento perpetuo (1972); Lo demás es silencio (novela); Viaje el centro de la fábula (entrevistas y conversaciones con distintos escritores y críticos); La palabra mágica (con ilustraciones y dibujos del autor); La letra e: fragmentos de un diario (1987); La vaca (colección de ensayos); Los buscadores de oro (memorias del autor) y Pájaros de Hispanoamérica.

En 1975 se le concede el Premio Javier Villaurrutia; en los noventa es investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de San Carlos de Guatemala, recibe la Orden Miguel Ángel Asturias y el Quetzal de Jade, de la Asociación de Periodistas de Guatemala; y en México, el Premio Juan Rulfo. En el año 2000 es merecedor del Premio Príncipe de Asturias de las Letras.

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Augusto Monterroso. Fuente RTVE.

El cuento “Míster Taylor” forma parte de: Obras completas (y otros cuentos), y, como hemos dicho, fue publicado en 1959. Narra la historia de Mr. Percy Taylor, conocido con el sobrenombre de El gringo pobre, un bostoniano que aparece en la selva amazónica a mediados de los años cuarenta. Un día un indígena le regala una cabeza reducida y él, a su vez, la regala a su tío, que vive en Nueva York. Inmediatamente fundan una sociedad en la que uno obtiene y manda las cabezas, mientras el otro las vende en su país al mejor precio posible.

Míster Taylor convence a los legisladores de la riqueza y el progreso que este comercio reportarán al país y estos promulgan leyes que exigen al pueblo la producción masiva de cabezas reducidas.

En el país del Norte, el consumo de cabezas, limitado primero a una élite, poco después va extendiéndose hasta el punto de vulgarizarse. Este aumento de la demanda provoca una insuficiencia de cabezas, de modo que para conseguir más, en el Sur se fomenta la guerra contra las tribus vecinas, hasta que llega un día en que ya no quedan vecinos que aniquilar.

La demanda sigue creciendo y Míster Rolston, desesperado, pide más y más cabezas, pero los cargamentos disminuyen y un día cesan del todo. El último paquete que llega a Nueva York contiene la cabeza de su sobrino.

En la revista A Contra Corriente (Vol. 9, nº 2, 2012), Luis Alfredo Intersimone, de la universidad de Texas, sostiene: “Según testimonio del autor, ‘Míster Taylor’ fue escrito en 1954 como una respuesta al golpe de estado que EE. UU. organizó para derrocar al presidente Árbenz de Guatemala, ese mismo año”. Esta hipótesis se confirma por el siguiente fragmento que extraemos de una entrevista aparecida en El País en 1980:

Yo tenía que escribir algo contra esos señores explicó una vez Monterroso, pero algo que no fuera reacción personal mía, ni porque estuviera enojado con ellos porque habían tirado a mi Gobierno, lo cual me hubiera parecido una vulgaridad. Claro que estaba enojado, pero el enojo no tenía por qué verse en un cuento. Precisamente en los días de los bombardeos a Guatemala, cuando lo escribí, tuve que plantearme un equilibrio bastante difícil entre la indignación y lo que yo entiendo por literatura.

En estas pocas líneas queda de manifiesto una de las máximas del autor, quien entendía que su tarea era descubrir el lado ridículo de la vida, pero no solucionar nada, ya que el artista no puede ser un reformador.

En “Míster Taylor”, pues, acomete un tema arduo y complejo (el poscolonialismo) que le toca personalmente y que le provoca sentimientos fuertes. Sin embargo, su arma contra el poder y los poderosos no es la arenga iracunda, sino el uso exquisito e inteligente de la ironía. Destaquemos algunos ejemplos:

“Al principio [las cabezas] eran privilegio de las familias más pudientes; pero la democracia es la democracia y, nadie lo va a negar, en cuestión de semanas pudieron adquirirlas los mismos maestros de escuela”.

“Con el empuje que alcanzaron otras industrias subsidiarias (la de ataúdes, en primer término […] el país entró, como se dice, en un período de auge económico”.

[Taylor] “había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo”.

“Pero cuando pasado un mes aquel [su tío Rolston] le rogó el envío de veinte [cabezas], Mr. Taylor, hombre rudo y barbado pero de refinada sensibilidad artística, tuvo el presentimiento de que el hermano de su madre estaba haciendo negocio con ellas”.

Y podemos encontrar muchos más, igual de afilados y atinados.

Por otra parte, su prosa directa y sencilla es el resultado de un minucioso trabajo de depuración y de despojamiento del lenguaje, a la búsqueda de una perfección que no se note, como la intrepretación de un intrumentista virtuoso o la ejecución de una gimnasta de alta competición, que son tan perfectos que parecen sencillos y naturales de tan fluidos y gráciles.

Además, y por ello aún más meritorio, esta vuelta de tuerca presenta un carácter lúdico, ya que su ironía podríamos calificarla de afable. ¡Qué enorme y complicado ejercicio!

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Otras características de su estilo son la concisión y la intensidad expresiva, gracias al uso de un lenguaje lacónico y elíptico. Esto exige una mayor participación del lector, ya que le obliga a imaginar cosas solo levemente anunciadas, a concluir lo inconcluso, a valorar por su cuenta y según su criterio, a hacer, en fin, su personal lectura. Y también lo acerca al lenguaje de la poesía.

Quisiéramos apuntar una cosa más en relación con el narrador. Este no es un omnisciente en tercera persona, sino un anónimo, digamos que habla un hijo de vecino más. Podríamos suponer que el omnisciente es un narrador autorizado, mientras que este anónimo, desde un punto de vista simbólico, es un paria, como lo son los nativos que protagonizan el cuento. Así vemos que la elección del narrador también tiene una justificación, sirve a algo.

Por último, queremos añadir que sus libros no llegaron a España hasta 1981. Este hecho, ante el que alguno se muestra escandalizado, según el autor quizá se deba a que el cuento no tenía mucho predicamento en nuestro país en esa época, y luego permanece tan tranquilo. Bueno, ya saben, entonces, que las obras de Augusto Monterroso las pueden encontrar ya, sin problemas, en las librerías y en las bibliotecas.

 

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Junio de 2013

 

 

 

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