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Música para despertar

Esa mañana, Andrés se despertó un poco más desorientado de lo habitual. Miró a su alrededor. El despertador marcaba las 10 h. Las paredes estaban decoradas con fotos en blanco y negro de gente que no conseguía distinguir. La puerta estaba entreabierta y de fondo se escuchaba el ruido de una cafetera.

–¡Carmela! ¡Carmela! ¿Dónde estás?

Carmela apartó la cafetera del fuego y se acercó a su dormitorio.

–Niño, venga, que es hora de despertarse. Ya te he puesto el desayuno en la mesa.

–¿Dónde estoy?

–¿Otra vez?– Carmela, que bien conocía esta reacción, respondió con la misma frase que de costumbre–. Estás en la casa de la Chana, conmigo, venga, vamos que se te enfría el café. Ponte la bata que hace frío.

Gran parte de la rutina de Andrés se basaba en intentar recordar todo aquello que lo rodeaba. Pero pocas veces lograba conseguirlo. Tras terminar de desayunar, se fue a su antiguo estudio a paso acompasado. Abrió la puerta y se acercó a las estanterías para leer con dificultad los títulos de la gran cantidad de libros que poseía. Al llegar a su mesa, distinguió un libro entreabierto con una lupa sobre él. Con ayuda de la lupa, cogió el libro y lo examinó de cerca. La portada tenía un fondo azul marino y, sobre este, muchas estrellas dibujadas. No volveré a ver las estrellas, de Andrés Rodríguez. «¿Yo escribí un libro?», se preguntó. Le dio la vuelta y leyó la sinopsis del reverso:

“No volveré a ver las estrellas” no es un simple título. Es la verdad pura y dura de un descalabro que, vistas las cosas con la necesaria calma, una vez que éstas han sucedido, pudo haberse evitado.

Tampoco volveré a ver los detalles de las cosas. Nunca más en su profundidad y belleza el incomparable lienzo de luz y color del valle donde por vez primera se llenaron mis ojos de la LUZ DE LA VIDA.

Sí veo en la oscuridad de noches de insomnio, en que ahora se desenvuelve mi vida, fragmentos de estrellas rotas. Aparecen cual palomas heridas, no sé si reflejo sicopatológico del espejo desazogado por la retina ausente, o espejismo de mi mente torturada. Aletean en círculo desordenado durante unos segundos y desaparecen con la espontaneidad y misterio de su aparición.

Nunca el hombre vivirá bastante para encontrarse con su conciencia.

Dejó el libro y la lupa apoyados sobre la mesa y siguió examinando su estudio. Levantó la vista y se percató de que de la pared colgaba un enorme árbol genealógico actualizado de su familia. Comenzó a leer uno por uno para intentar distinguir los rostros de esas imágenes. «Elena, Fátima, Mari Carmen y Manolo, hijos de Andrés y Carmela. Sus ocho nietos: Víctor, Pablo…. Uno, dos, tres, cuatro… hasta dieciocho nombres, el número de personas que formaban su familia. Eran rostros de personas que su olvido no lograba distinguir. Al darse cuenta de ello, una lágrima se deslizó sobre su rostro envejecido. Junto a este árbol, divisó con dificultad un gran calendario que marcaba el día 24 de diciembre. «Hoy es Nochebuena» pensó. Y como si Carmela hubiese escuchado sus pensamientos, entró al estudio con paso ligero.

–Niño, venga, vístete que hoy es Nochebuena y comemos en casa de Mari Carmen todos juntos.

Andrés, que desde el primer día en que la conoció siempre obedecía a su Carmela, fue al baño, tomó una ducha y se vistió. Un poco más tarde, su hijo Manolo pasó a recogerlos y fueron a comer.

–Hola, abuelo. Soy Victillor, tu nieto.

–¿Qué Victillor?

–El hijo de Fátima y Víctor.

–Ah… Victillor. ¡Qué grandes estás! ¿Cuántos años tienes ya?

–13, este año cumplo 14.

Poco a poco fueron llegando los miembros de la familia. Todos saludaban a Andrés y le recordaban con paciencia quiénes eran. Andrés, que bien sabía que a veces se le olvidaban las cosas, intentaba hacer el esfuerzo de recordar y, si no lo conseguía, hacía creer que sí para el alivio de todos. Los Rodríguez comieron, bebieron y cantaron durante toda la tarde. Recordaron anécdotas, jugaron a las cartas, se dejaron deleitar por el concierto que los nietos pequeños prepararon para pedir el aguinaldo y disfrutaron en familia. Andrés los observaba mientras, en silencio, intentaba poner en orden a tantas personas «nuevas» que había en esa casa. Al caer la noche, llegó el momento de repartir los regalos. Los nietos pequeños fueron los primeros en abrir sus juguetes. De pequeño a mayor, abrieron los paquetes que Papá Noel les había traído. Después de que Carmela abriese su último regalo, era el turno del mayor de la familia, el abuelo Andrés.

–Mira, abuelo, Papá Noel te ha traído un regalo– le dijo Andrea.

Andrés lo abrió lentamente y descubrió unos cascos para escuchar música.

–¿Y esto qué es?– preguntó.

–Son unos auriculares grandes para que puedas escuchar música. Mira, póntelos. Te voy a poner una canción. Ya verás qué bien se escucha– contestó su hija Elena.

Elena enchufó los auriculares al reproductor de música, pulsó el play y la canción que había en la lista de reproducción comenzó a sonar. Bésame, bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez…

Una lágrima descendió sobre el rostro de Andrés.

–Papá, ¿qué ocurre? –preguntó su hija Elena.

–¡Qué canción más bonita! –respondió Andrés dibujando una sonrisa. –¿La oyes? Con esta canción conquisté a la abuela Carmela. Y lo mío me costó. Qué genio tenía. Y qué guapa era, menuda sonrisa. Me pasé dos meses acercándome a la iglesia para esperarla al salir de misa e invitarla a salir. ¿Te acuerdas, Carmela? ¡Y tu abuela erre que erre, que no quería! Cómo se escabullía… Pero yo no dejé de insistir. Desde el primer día en que la vi sabía que la quería. La espera mereció la pena, ¡y mira tú la familia que tenemos ahora!

Los Rodríguez al completo estaban sin habla. Sin embargo, todos tenían una enorme sonrisa marcada en su rostro. Fue al final Paula quien consiguió decir las primeras palabras.

–Pues claro que sí, abuelo. Si estamos hoy aquí todos es gracias a tu insistencia. El que la sigue la consigue, ¿verdad?

–¿Has visto, Paula? Ya sabes, cuando tengas un objetivo, por muy testarudo que sea, no lo dejes escapar. Por cierto, ¿cómo te va en Sevilla? ¿Sigues trabajando en el mundo de los idiomas? ¿Estás bien allí? ¿Te cuidan?

Paula no daba crédito.

–Sí… sí, abuelo. Allí sigo. Estoy muy bien, yo me cuido mucho, no te preocupes.

–Me alegra mucho oír esas palabras. Ya sabes que los abuelos siempre estaremos aquí para lo que te haga falta. Y tu hermana Elena, ¿dónde anda que no la veo?

–Aquí estoy, abuelo– Elena, que estaba en el otro extremo de la mesa, se levantó y se acercó a él.

–¿Cómo te va de maestra? ¿Se portan bien los niños?

Uno a uno, Andrés habló con todos los miembros de la familia. Sabía quiénes eran, dónde estaban y a qué se dedicaban hoy en día. Y, por primera vez tras muchos años en el olvido, nietos, hijos y hasta la propia Carmela contestaron a sus preguntas sin necesidad de explicarle nada porque Andrés, al ritmo de bolero, lo recordó todo.