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Napalm

Hubo un tiempo de iglesias y palacios ricamente decorados, de cuyos muros colgaban cuadros que eran como ventanas, como aberturas a mundos simulados. En éstos, jóvenes ambiguos de rubios cabellos, alas en la espalda y túnicas luminosas se presentaban ante chicas extasiadas, normalmente tocadas de paños azules. Anunciaciones les llamaban. Y según decían era un misterio. El cuadro funcionaba como una revelación, como el que se asoma a una ensoñación que ejercía de referente moral. Apariciones, epifanías. Y uno se fijaba en que, a veces, la habitación donde estaba el espectador proseguía en sus líneas y adornos en la habitación pintada. Era un alarde de suplantación, pues lo pintado parecía incluso más real que la propia realidad. En todo caso más bello. Entonces, uno sentía que si no había misterio en todo aquello, sí que existía cierto prodigio, y se fascinaba y admiraba de la belleza del mundo y del Hombre a través de personajes de hermosura inusual y aspiraba a estar algún día entre ellos.

Testamento inútil. 1974.Óleo sobre tela. 155 x 114 cm

La cosa siguió así mucho tiempo, cambiando un poco de aspecto. Es cierto que también había mujeres y hombres con despojos de torturas, pero no parecían sufrir como lo habríamos hecho nosotros. Vivían ajenos, en éxtasis. Y eran santos. Martirios les llamaron.  

Paulatinamente, lo que acontecía en la vida de los Hombres y lo que éstos hacían fue aumentando un sentimiento de duda y de culpa y al ser humano empezó a resquebrajársele el inatacable pedestal al que se había subido. Un poeta francés llamado Baudelaire escribió sobre un extraño mal que aquejaba a la sociedad, el spleen. Y ese mal d´esprit—porque era de tipo espiritual— fue creciendo y otros muchos lo describieron y el Hombre siguió aumentando el tamaño y gravedad de sus despropósitos, y el viejo corsé que se ciñó para contener sus vergüenzas supuró y se rasgó, y el Hombre atentó contra todo y contra sí mismo sin mesura alguna y ya se le fue todo de las manos y no fue héroe sino villano y después paria desarraigado perdido en un éter de sinrazón.

aquelarre hernandez grabado exposición

Aquelarre. 1979. Plancha 50 x 35 cm – papel 65 x 50 cm.

Ya no hubo ángeles ni damas de azul. Los pintores torturaron a sus modelos, se despellejaron a sí mismos, dieron una imagen al mundo que no era de misterio y fascinación aurífera sino un alegato de introspección y una visión del monstruo que habita el revés de la moneda. El artista suplantaba al ángel que anunciaba la encarnación, pero esta vez del mal. Distorsiones, gritos desesperados, muecas de espanto, exudaciones de la carne efímera, visiones de sueños e inconscientes cargados de culpa. Fin de la inocencia. La pintura se convirtió, quizás para siempre, en un catálogo de la miseria carnal y moral del Hombre. La ventana se cubrió de azogue y pasó a ser espejo. Algún trasnochado imbuido de espíritu romántico reaccionó, queriendo pintar tan solo la infancia en el momento de la “revelación” y del “pasaje”, niñas-ángeles que resultaron  a la postre ser mucho más perversas de lo previsto y aunque se creyó realmente que pintaba criaturas divinas, eran seres tocados por la enfermedad de todos. Nadie quedaba a salvo.

Y un día otro pintor admiró de nuevo las anunciaciones, vio que algo no encajaba con su espíritu atribulado, sintió que tenía que liberarse de la atracción magnética que sentía por esas cámaras de prodigios de épocas de esplendor, y no encontró otro modo de hacerlo que, cual subversivo dinamitero, arrojando bombas de Napalm a todo aquello. U otro producto incendiario parecido. Inmisericorde.

grabado jose hernandez dibujo pintura exposición

Emperorofmidnight. 1974. Tête prodigieuse. 1977

 

Los ricitos de oro se chamuscaron. El incienso y los nardos dieron paso al pestilente queroseno quemado. Los palacios ya en ruinas se ajaron y fosilizaron y el polvo los cubrió. La divinidad transmutó la carne en descamaciones reptilianas, en excrecencias larvarias, en conglomerados de origen animal, vegetal, mineral, o vaya usted a saber de qué, hibridaciones sarmentosas de despojos humanos y mantis religiosa, que es un insecto horrible que devora a sus semejantes. Seres del horror, relato de la metamorfosis inacabable de lo vivo y lo inerte que, a su modo, cantara otro poeta de la enfermedad, un tal Kafka, que llevó a su vez una vida de mierda y que nuestro pintor admiró e ilustró con imágenes grabadas que contenían toda la extrañeza de su mundo visionario.

Y estos nuevos seres resultaron ser creíbles, porque el pintor los pintó con todo lujo de detalles, merced a un virtuosismo admirable, haciéndolos tan verosímiles como una manzana turgente agusanada, un hábil ardid de artífice impostor y algo más, de experto hacedor de trampantojos tocado de talento profético, que trasladaba con insistencia tanto a retablos para el salón burgués como a escenografías teatrales que hacían practicables sus delirios.

Aprendió que lo ficticio de la representación necesitaba una conexión con la realidad para conseguir el engaño y convirtió las estancias palaciegas en espacios vacíos e inquietantes, cultivando el detalle exquisito como una rémora melancólica de lujos imprecisos. Comprendió que para engancharse con lo que allí se dilucidaba, el espectador necesitaba, a pesar de toda la convención en la que le habían entrenado, de referencias tangibles, de llamadas a la memoria clásica anclada en algún remolino neuronal olvidado. Descubrió que éste no apartaría la mirada para vomitar ante esas imágenes del horror, siempre y cuando los cuadros fueran pequeñas joyas finamente trabajadas.

 Se fijó en las anunciaciones que antes había abrasado: materia compacta, lujosas veladuras venecianas, dibujo riguroso. Quería lograr en suma que pudiéramos digerir sin ardor de estómago la imagen más abyecta y terrible de nosotros mismos que ha dado la pintura española contemporánea.

¡Ah! se me olvidaba, también usaba medios más sutiles como oposiciones entre lo orgánico y lo geométrico, entre la curva y la recta, equívocos visuales, distorsiones de la perspectiva y cosas por el estilo.

Y el pintor acertó. Y con ello tensó aún más la cuerda con la que nos estábamos ahorcando. Podíamos incluso no sentir náusea sino apetito obsesivo por colgar esos iconos encima de nuestro sofá y dedicarle la mejor de nuestras adoraciones. Adorar al monstruo. Ya lo intuyeron los pioneros románticos, cantores de la noche y el lado oscuro. Un monstruo impertinente que queremos asfixiar porque él es el otro pero somos nosotros mismos. Lo odiamos y lo necesitamos. Un espejo sin vaho. Más humano que los humanos.

Memoria meteorológica. 1982. Óleo sobre tela. 162 x 130 cm.
El sueño anclado I. 2004. Óleo sobre tela. 130 x 130 cm.

No sabemos si nuestro pintor aprendió esto a fuerza de revisar a los clásicos, de conocerlos, amarlos y luego hartarse de ellos. O porque aquel odioso ángel visitador se le aparecía en sueños surrealistas. O porque los palos que la vida propinaba a sus congéneres, empeñados en ejercer con tozudez lo peor de sí mismos, le hicieron adoptar una postura escéptica e irónica sobre los oropeles del mundo y sobre la condición del Hombre.

El alma maldita de Dorian Grey quedó en evidencia al caer el velo que cubría el retrato, tras años de impostura y pacto con el Diablo.

Pero el pintor, ambicioso, no se contentó con pintar el alma de los Hombres. Quiso hablar también del Universo del que ya no éramos el centro pero con el que compartimos todas las partículas que nos conforman y en las que nos disgregaremos, nos disgregamos ya, en un ciclo eterno e inexplicable. Parecía abrazar una suerte de panteísmo.

Panteísta debía de ser también aquel otro pintor que confundió niñas lascivas con ángeles, cuando, instalado ya en su chalet suizo de la Rossinière, gustaba admirar desde la terraza la misteriosa similitud entre el Arte de Occidente y el de Oriente, desvelando la hermandad de todo lo que existe, desde la majestuosa silueta de los Alpes nevados siempre cambiantes, a las gargantas del Yangtsé, pasando por el silbato de un tren lejano. Este pintor se hacía llamar Balthus.

El nuestro, el pintor del que nos estamos ocupando en este texto, se llama José Hernández, nació en Tánger en 1944 y nunca ha abandonado su empeño por transformar la figura humana en un espejo nuevo en el que mirarnos y conocernos mejor. En eso es un clásico solitario en una sociedad a la que, al parecer, le sigue gustando poco, o nada, que le recuerden su lado primigenio, el más apegado a la tierra y al sudor de las axilas. Como los grandes maestros del siglo xx y como anotó Miguel Ángel, nada de lo humano le es ajeno pues el Hombre es el centro de sus obsesiones. El Hombre y la Naturaleza toda, fascinantes y malsanos a un tiempo, como a su pesar reflejara Balthus.

desprendimiento apócrifo imágen jose hernández

El desprendimiento. 2006.Óleo sobre tela. 130 x 130 cm. Apócrifo. 2001. Óleo sobre tela. 46 x 38 cm.

Pues bien. José Hernández nos ofrece ahora una nueva dosis de su animalario terrible en la galería madrileña Leandro Navarro que es como una catacumba llena de recovecos, escenario perfecto para el drama.

Esta muestra es la de mayor intensidad de cuantas le recuerdo. En ella se subraya todavía más, si cabe, la evidencia de que no somos más que polvo conglomerado que pasará con el primer viento, garabatos en el aire, afán de permanencia en un espacio y tiempo imposibles, etc… Pero hay más.

Porque lleva toda la vida entrenando su voz virtuosa, ahora puede emitir un do de pecho propio de ángel o endemoniado, de, en todo caso, un iluminado que ha traspasado una frontera de conocimiento. Aborda, a base de perseverancia, la consanguinidad de todo y de todos. Nosotros en el Universo, el Cosmos en nosotros.

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Diorama VI. 2011. Óleo sobre tela. 130 x 162 cm

Técnicamente hay mayor unidad de los elementos del cuadro, transiciones más naturales y fluidas, gamas cromáticas que reverberan, espacios de escueta sencillez más sugerente… La sabiduría impera. Pero está el negro. Sí, ya lo sé, antes usó negros, pero no como ahora. No este negro.

Este negro es como el hacha del leñador: al sarmiento torturado, hacha; a la larva refinada, hacha; al espacio elegante, hacha. Corta que te corta. Desde la apariencia esteticista de biombo chino o contrapunto geométrico de elegante estampa japonesa, es El Gran Cercenador. El negro, como motor de la cosmogonía, ordena el pulular de seres por el espacio, coquetea y se acopla con ellos como la Muerte con la doncella.

Negro de densidad imposible, sin puntos de referencia, ni matices, ni luz, ni temperatura, ni sonido, ni esperanza, es punto de fuga o gravitacional magnético, absorbente, insoslayable. El Gran Devorador. Más que una puerta, es la profundidad misma, impalpable. El abismo. La nada.

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Hotel Al-Andalus. 2012.Óleo sobre tela. 130 x 162 cm

Sus criaturas tienen ahora la pupila trémula y melancólica, incluso húmeda. Y sin embargo, esta obra dramática e hipersensible, llena de nostalgia y de presagios funestos, destila una extraña paz, un canto sereno de reconciliación con la vida y con uno mismo. Porque aunque la selva arda bajo una lluvia de napalm, todo recomenzará algún día. Muerte y Regeneración. 

De tanto pintar seres en disolución, José Hernández ha conseguido pintar en su madurez el tiempo y el vacío. Así, desde su pintura, sin tristeza y con cierta ironía, asume la hibridación de todo lo que existe y su contrario, eterno ciclo de vida y muerte, una armonía inacabable. Y el negro deja de ser terrorífico porque es un crisol donde caben  el final y el germen de todo. Es el negro del que procedemos, el negro que nos aguarda, el negro que siempre fuimos.

Alvar Haro (1 Posts)


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