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Once upon a time…

Aún recuerdo las baldosas del suelo de casa de mi abuela. Estaban desgastadas y agrietadas por el paso del tiempo. Recuerdo perfectamente su color arcilloso y su textura áspera y granulosa.

Sobre todo recuerdo aquellas manchas.

Se trataba de unas manchas de color blanco cuya supuesta función era la de adornar las baldosas. Aquellas manchas, invisibles para la mayoría, con suerte consideradas feas para quien se fijase en ellas, definitivamente estaban exentas de importancia.

Baldosas. © Enrique Moragrega.

Desde mi perspectiva adulta, es imponderable el tiempo que de niño me pasaba sentado en el suelo, inmóvil, con los ojos muy abiertos, prestando toda mi atención a las fascinantes formas que aquellas manchas me ofrecían. Era como si me hubiesen entregado el código secreto para entender su lenguaje. El agradecimiento a mi atención desmesurada. Sólo yo las miraba. Sólo yo las veía.

A veces un león con una melena extraordinaria, se transformaba en una máquina de vapor a toda velocidad con sólo parpadear. Otras veces las formas eran mucho más poderosas y no se dejaban remodelar por mi parpadeo, obstinadas ahí seguían. Esas eran las que más me gustaban.

Las posibilidades que ofrecía todo un suelo repleto de aparente caos esperando mi interpretación eran infinitas. Bastaba el pestañeo, o un ligero cambio de posición, para que esas mismas manchas me ofrecieran un paisaje totalmente distinto con el que abastecer mi imaginario.

Aún siento la frustración y desesperación que me generaba no poder retener en mi memoria la gran cantidad de formas extraordinarias que se formaban ante mis ojos, así que un día, por pura necesidad empecé a dibujarlas. Los papeles me los dada a regañadientes mi preocupada abuela. Eso me lo confesó mi madre.

Mucho tiempo más tarde Susan Sontag me contó que fotografiar era conferir importancia.

Mi camino hacia la fotografía no ha sido en línea recta, como casi nada en mi vida. Bien pensado las líneas curvas me resultan mucho más interesantes. O simplemente puede que lo segundo se deba a lo primero.

Mi primera cámara fue una Werlisa Color. Mi primera cámara por decir algo, porque era la cámara de mi padre. Uno de sus tesoros, con la que yo trasteaba a escondidas, hasta que un día por error le velé un carrete y ahí se descubrió todo. Creo que al advertir mi empecinamiento con la cámara y para prevenir males mayores, decidió enseñarme como funcionaba y paulatinamente, bajo amenaza y por lo más sagrado, empezó a prestármela formalmente. Así poco a poco se fue haciendo más mía que de mi padre, y eso para mí, en plena adolescencia, no fue un éxito menor. Digamos que el comienzo de mi entusiasmo por las cámaras fue una forma sutil de empezar a matar al padre.

Buen estudiante y decidido a estudiar una carrera, durante mi adolescencia yo no creía que mi relación con la fotografía fuese más allá de presumir de cámara con las chicas, cuando ningún chaval solía llevarla, y de regalar fotos cuando alguna salía bien. La cámara de fotos era un medio como otro cualquiera para conseguir el fin que todo adolescente ansía.

Algo cambió cuando mi tío Manolo, aficionado a la fotografía, se compró una ampliadora y en su espaciosa casa montó un cuarto oscuro. Sin entrar en detalles diré que meterme en aquel cuarto con mi tío era sencillamente mágico, como si el olor de los químicos fuese alucinógeno, algo que me atraía profundamente. Entonces creo que empecé a darme cuenta de verdad de mi gusto por la fotografía. Estando presente en el proceso de revelado y positivado, empecé a pensar más en como hacía las tomas, eso facilitaba bastante las cosas en el cuarto oscuro. Una decisión práctica.

En tu día © Enrique Moragrega

A pesar de tener incorporada la cámara de fotos a mi cotidianeidad, nunca durante ese periodo, al menos conscientemente, tuve la sensación de que la fotografía fuese algo serio para mí y mucho menos algo a lo que dedicarse. Era como una llamada demasiado silenciosa para alguien que no había cumplido aún los 20. Tuvo que pasar tiempo para que me diese cuenta de que la inmensa mayoría de las fotos de mi familia y sobretodo de mis amigos hechas durante esos años eran mías.

También las fotos hechas a las baldosas de la casa de mi abuela datan de esa época.

Las líneas curvas del camino me llevaron a la universidad para estudiar Enfermería y más tarde Filosofía. Me llevaron desde Valencia a Palma de Mallorca y desde allí, caprichos del destino, el Camino de Santiago me trajo a Madrid. Y fue en ese contexto nómada, a río revuelto, durante esos años intensos y de forma espontánea, cuando mi interés por la Fotografía que se había mantenido latente, explotó.

A mi formación autodidacta sumé estudios de Fotografía Artística y creo que por primera vez en mi vida fui plenamente consciente de poseer una mirada a la que prestar atención.

Desde ese momento y poco a poco comencé a realizar trabajos profesionales como fotógrafo. Reportajes de bodas, colaboraciones con pequeñas productoras musicales, books, cubriendo eventos culturales, fotografía gastronómica y más tarde fotografía de contenido para web. Todo dio un vuelco inesperado cuando mi camino, más bien tortuoso, lleno de polvo, piedras y con escasa señalización, se cruzó con la autopista de Rosa Muñoz.

Rosa Muñoz es una grandísima fotógrafa madrileña cuya calidad humana va incluso por delante de su arte y eso es mucho decir. Una de las primeras cosas que aprendí de ella, indirectamente, palpando su forma de relacionarse con la fotografía, fue que aparte de cazar la realidad de un mundo que ya existe, la fotografía sirve para construir un universo que sólo existe dentro de uno mismo. Una revelación que cambió mi punto de vista de forma radical.

Llevo colaborando con Rosa para el Magazine de El Mundo desde hace casi 5 años y todo este tiempo ha sido un auténtico regalo para mí, un lujo. Es una gran fotógrafa que me ha impregnado con su mirada desde un principio y a la que le debo los pilares conceptuales de mi fotografía, la pasión por el retrato y la fotografía escenificada y sobre todo la convicción de que mi universo interior se puede transformar en un discurso visual. Un tiempo que me ha llevado a considerarla mi amiga y mi maestra.

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Tan cerca tan lejos © Enrique Moragrega

Hemos empezado a hablar de fotógrafos, así que es el momento de continuar hablando de algunos de mis artistas de referencia. Empezando por los más clásicos, desde luego tendría que nombrar a Julia Margaret Cameron, Richard Avedon, Diane Arbus, William Klein y, como no, ManRay. Por supuesto, influencia directa de Rosa Muñoz, mi interés por la obra de Sandy Skoglund, surrealismo y color como armas expresivas. Erwin Olaf, para mí, sencillamente uno de los grandes popes de la fotografía contemporánea. Annie Leibovitz dijo alguna vez que era divertido hacer fotos con ella, porque a veces ponía a la gente en el barro y otras veces los colgaba del techo, como ejemplos de su forma de realizar sus trabajos. Así sus retratos están llenos de originalidad, broma, humor e ironía. Ella dice que cuando quiere fotografiar a alguien es que en realidad quiere conocerle. Me parece una postura fundamental que he hecho mía, un corta-pega conceptual. García Alix y su saber hacer fotos en crudo, listas para ser cocinadas cada uno en sus entrañas. Un retratista excepcional, Pierre Gonnord y, como no, Chema Madoz. En muchas ocasiones una de las primeras cosas que hago cuando tengo que montar una escena es pensar en él. Madoz es maestro en muchas cosas, pero para mí la enseñanza fundamental de su obra reside en como es capaz de llegar al núcleo del mensaje que quiere transmitir, a su esencia y luego narrarlo con un minimalismo apabullante, convirtiendo objetos que por sí solos están desprovistos de lenguaje y transformándolos en poemas visuales. Por eso pienso en él, en su forma de buscar el núcleo del mensaje a transmitir, para hacerlo mío y adecuarlo a mi forma de trabajar.

 

Je T’aime

Es mi último proyecto artístico, que lleva exponiéndose en distintas salas de Madrid desde hace más de un año. Je T´aime nace como fruto de una reflexión acerca del concepto del amor romántico.

Hablar de amor, es hablar de un sentimiento universal. De un sentimiento de afecto y apego inherente al ser humano, productor de emociones y actitudes muy poderosas.

Otra cosa bien distinta es hablar del amor romántico.

El amor romántico es un concepto relativamente nuevo desarrollado en la cultura occidental, por lo tanto ni es universal, ni es una constante. Es un concepto que habla de un sentimiento ensalzado, idealizado, casi sobrenatural. Entendido por muchos como la única forma de tener pareja estable y de formar una familia sobre la base del matrimonio, el amor romántico no es más que la marca de un producto occidental sobredimensionado, que se exporta al exterior, a otras culturas. Se ha convertido en un producto tan poderoso, que en occidente ha conseguido confundirse y sustituir al concepto original de amor.

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Sí Quiero © Enrique Moragrega

Un producto como el amor romántico que se autoproclama como infalible y eterno garante de felicidad todopoderosa, no podía ser más que un generador de falsas expectativas.

Se supone que el amor romántico es un fin en sí mismo, cuando no es más que una fase dentro del proceso amoroso, estudiado por la psicología, con fecha de caducidad, que muta y que con suerte no acabará desintegrado durante su metamorfosis. Muchos expertos ven en el fin de esa falsa promesa, en el descubrimiento del engaño romántico, uno de los gérmenes de la violencia de género.

Mi interés por realizar un proyecto fotográfico acerca del romanticismo tiene como germen mi propia perplejidad, la necesidad de reflexionar, de lanzar la mirada sobre un fenómeno afectivo dotado de un áurea casi mágica, a pesar de que la experiencia y la ciencia lo desmienten.

Preguntarme porqué en pleno siglo XXI sus argumentos aún son capaces de fascinarnos, seducirnos, hacernos creer en él, consumirlo, disfrutarlo e irremediablemente, sufrirlo, defraudarnos e incluso destruirnos con él de una forma absolutamente irreflexiva.

Je T´aime plantea una mirada escéptica sobre el fenómeno del amor romántico. Pretende, desde la ironía, descubrir las trampas que subyacen en la esfera amorosa. Poner ante el objetivo de mi cámara escenas que pretenden desmitificar desde el sentido del humor uno de los símbolos más potentes del romanticismo clásico: La Ceremonia Nupcial.

Se trata de parodiar este icono de la idealización romántica desde su propia estética seductora, encorsetada por una visión comercial e infantil, sin sucumbir a ella, para reinventar arquetipos románticos.

En una segunda parte, las imágenes destapan lo que se venía anunciando: cuando el romanticismo fagocita nuestra ingenuidad y se aleja, lo que queda son despojos. Nos muestra territorios devastados donde el antiguo amante se asfixia en la realidad de sus sueños rotos, donde parejas buscan en la bifurcación caminos equivocados, donde el amor se defiende en refugios inquietantes, se recurre a amores patéticos y a veces a soluciones violentas.

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Su día más feliz © Enrique Moragrega

Imposible no hacer mención ahora a distintos artistas que me sirvieron de referencia durante todo el proceso creativo de Je T´aime.

Noni Lagaza y Belén Franco componentes de k.b.zonas (zonas creativas beligerantes), que atendieron muy amablemente a mis súplicas. Ellas son las creadoras del movimiento artístico Surromanticismo, que para mí fue como encontrar un oasis conceptual en el desierto, un marco conceptual donde sostenerme, y su proyecto Suite SweetLove una inspiración total.

Jessica Lagunas y sus obras “Titulo de propiedad” y “In Memoriam” una denuncia valiente en contra del machismo de esta creadora guatemalteca. Con ella me acerqué a la visión femenina de los estereotipos y roles sociales comúnmente aceptados o impuestos a la mujer en entornos machistas. Al estudiar su obra entendí su forma de plasmar el peor final de un romanticismo mentiroso, embaucador y generador de estereotipos de papel mojado: la violencia de género.

Juan de la Cruz Megías y su imprescindible obra “Vivan los novios” y el proyecto sobre “La Familia Muza”, de Vicente Gil Paredes. Gracias a los dos por mostrarme el camino de la ficción nupcial a través de la realidad

Gracias también a Las máscaras de Saul Steimberg de Inge Morath y finalmente gracias Ouka Leele por tu serie La Peluquería, especialmente por tu fotografía titulada “Limones” y sobre todo, sobre todo, por el dibujo que le hiciste a mis tres hijos y que luego me regalaste.

Nunca fui su tipo © Enrique Moragrega

Nota: las fotografías que ilustran esta entrevista son propiedad de Enrique Moragrega y están sujetas a copyright, no siéndoles aplicable la licencia Creative Commons a la que se acoge, con carácter general, la Revista Baidewei. Para realizar cualquier acción con dichos contenidos deberás solicitar la correspondiente autorización de su propietario, que es el titular de los derechos sobre las obras en cuestión.

 

Enrique Moragrega (3 Posts)