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Ratas en el callejón

Norton y Walbeg eran dos ex boxeadores que se dedicaban a extorsionar a los estibadores del puerto contando con la complicidad de la mafia irlandesa. Tenían sus reglas, solo podían meter mano a los extranjeros que no entendían ni papa de inglés: polacos, rusos, franceses. Solo europeos, y nada de italianos. Las mafias italianas ya controlaban los sindicatos del puerto con mano de hierro.

Los eslabones más débiles de la cadena quedaban para los irlandeses, y como a estos no les interesaba la miseria resultante de robar al pobre diablo que ya había sido robado, Norton —que era medio negro— y Walbeg —hijo de inmigrantes polacos— recibieron las migajas. Eran unos vagos, unos vividores sin honor, oficio ni beneficio. Y se sentían muy orgullosos de ello.

Norton y Walbeg tenían algo así como una banda. Se hacían llamar los cazadores de ratas, o simplemente cazadores. Ratas de callejón era como se llamaba a los niños y raterillos que sobrevivían viviendo en la calle. Carne de hospicio e hijos de criminales o enfermos. Norton y Walbeg recibían un sueldo de la ciudad por recoger a los chicos, sacarlos de las calles y llevarlos a los hogares para muchachos, que era el nombre que el alcalde Laguardia le había dado a las cárceles para jóvenes.

Sin embargo, a veces no les apetecía realizar todo el trayecto, y tiraban a un par de chicos al lago, al mar, o por una cuneta. A veces, solo por diversión, se llevaban a un par de ellos al desierto y, tras tenerlos unas horas al sol, les hacían pelear por un poco de agua y un puesto para volver a la ciudad. Cuando uno de los dos había ganado, ellos simplemente salían pitando con el coche, riendo y mofándose del drama que dejaban atrás.

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Musketeers of Pig Alley

Aquella tarde salieron a cazar ratas, pero lo que encontraron fue a una paloma. Palomas era como llamaban a las chicas jóvenes y guapas. Menores de edad, pero perfectamente formadas. Aquella tendría unos quince años, pero ya era toda una mujer y virgen. Una paloma blanca. Los chicos se felicitaron por su gran suerte.

La chica se llamaba Caty, y tenía el pelo rojo como el trigo bañado por el sol postrero de un atardecer. Caty McConn, y era la hija de un escocés que, de haber estado presente, les habría arrancado la cabeza a todos. Pero aquel escocés estaba muerto desde hacía ya dos años, y Caty sobrevivía con su sueldo de ayudante de una costurera del barrio, una mujer judía que, según estaban las cosas, se había portado muy bien con ella, aunque sus maneras fueran un tanto frías.

Su exiguo sueldo mantenía a su madre, enferma de tuberculosis, y a sus tres hermanos. Todos vivían en una barraca cerca de La Ciénaga, pero Caty tenía esperanzas en poder salir pronto de allí. Había conocido a un chico, a un joven empresario cliente de su jefa. Él ya había pedido su mano, pero Caty le dijo que ella todavía era muy joven, y que tendría que pedir permiso a su madre. El chico se llamaba Harry, y ya le había dicho que se haría cargo de su familia. Ya tenía la que sería su casa, una antigua mansión colonial a la que solo le faltaban unos arreglillos.

Y que lejano parecía todo aquello en ese momento…

Comadreja, un tipo enjuto y encorvado, y risueño como una hiena de dibujos, empezó a manosearla y babear sobre ella, tras tirarla sobre unas maderas. Tino sonreía cínicamente, mientras jugueteaba con la navaja nacarada con la que cortó el vestido celeste de Caty —regalo de Harry— a la altura del escote. Cuando se rajó el vestido, Caty chilló como si le hubieran abierto la piel. De algún modo, aquello era lo único hermoso que había tenido en la vida. A Fito, un gordo siniestramente risueño, le hizo mucha gracia.

Norton y Walbeg observaban la escena, satisfechos, dejando hacer lo justo, como auténticos machos alfa. Daban alguna orden trivial, más para confirmar su poder que por utilidad.

—Calma, chicos, hay palomita para todos —canturreó Norton.

—Quiero ser el primero —añadió nerviosamente Comadreja, sin apartar su desorbitada mirada de los pechos insinuados de la chica—, siempre me las dejáis llenas de porquería. Esta vez quiero ser el primero.

—Yo no tocaría ni un billete de cien dólares si tú lo hubieras tocado antes, cerdo hijo de puta —comentó Tino, y todos comenzaron a reír.

—¿Qué insinúas? —Comadreja parecía realmente ofendido.

Walbeg separó a los chicos de manera expeditiva, y Comadreja fue a dar con la cabeza en la pared desconchada.

—La chica será para Norton. Después podréis hacer lo que queráis con ella —Walbeg no estaba siendo cortés, ya que, aunque ninguno se atreviera a decirlo abiertamente, y aunque en alguna ocasión hubiera demostrado lo contrario, a él no le hacía ninguna ilusión acostarse con una mujer—. Como os ha dicho, hay palomita para todos, pero no seáis animales. Os aviso: el que la mate tendrá que deshacerse del cuerpo.

Norton se levantó de un salto del contenedor en el que estaba sentado.

—Que Tino vaya primero, me ha hecho reír.

Caty permanecía con los ojos cerrados, intentando abstraerse de todo, en un estado que, si bien no era de shock, sí se le parecía bastante. Notó un par de manos sobándole los pechos, y otro par jugando más al sur que, tras romperle las bragas, se introdujeron allí donde no se había introducido ningún hombre. Sangró, sintió un dolor punzante y vomitó. Después perdió el conocimiento.

—¡Mierda! —se lamentó Fito, que a esas alturas ya se encontraba a media masturbación—. Odio cuando se desmayan.

—¿Qué pasa, querías que te mirara la polla? —preguntó Tino a modo de burla—. Si hubiera sido incapaz de encontrarla, puto gordo.

Todos, incluido Fito —que no abandonó sus tocamientos personales—, rieron de forma desagradable.

—Bueno, creo que ha llegado la hora de la diversión —dijo Tino mientras se toqueteaba la bragueta.

Fuera de sus conos de visión, una sombra se deslizó hasta ocupar el centro de la escena, a sus espaldas, sucintamente iluminada por la luz de una farola que descansaba en la esquina y que mantenía el callejón en una inquietante semioscuridad.

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—No sabes qué razón tienes… —una voz grave resonó a sus espaldas.

Apoyado sobre la farola, con la mitad del cuerpo sumida en la oscuridad, una figura diluida en la negrura parecía burlarse de su propia suerte. Llevaba un largo abrigo oscuro sobre un traje algo más claro. Bajo el sombrero Fedora, un verdugo negro negaba un rostro al personaje y le daba, más si cabía, un aspecto de sombra fantasmal al conjunto. Sus enguantadas manos jugueteaban con una moneda plateada que subía y bajaba una y otra vez, impulsada por el pulgar.

—¿Qué coño?… —Fito se quedó helado, con una pequeña flacidez colgando fuera de sus pantalones.

Los cazadores de ratas se tensaron. Los dos antiguos boxeadores, dibujaron músculos en sus brazos. Norton llevaba una camiseta blanca sin mangas, y Walbeg una camisa remangada y abierta hasta el ombligo. Ambos llevaban tirantes marrones. Norton se quitó la gorra con forma de boina y apretó los puños, adquiriendo una clásica guarda de diestro. Walbeg era zurdo, así que formó una figura especular a la de su compañero, con la guardia algo más baja.

—¿Quién eres, payaso? —preguntó Norton.

La figura rió de forma contenida, mientras despegaba la espalda de la farola y cerraba la mano derecha sobre la moneda plateada.

—¿No habéis oído hablar de mí? —preguntó con un tono algo burlón, como un gato jugando con un ratón.

Tino, que elevaba la navaja ante sí, palmeó el hombro de Norton nerviosamente, sin apartar la mirada del extraño visitante.

—Es ese Vigilante del que habla todo el mundo —añadió de forma atropellada—, dicen que es un héroe.

—¿Un héroe? —Norton parecía divertido—. No parece muy duro. ¡Eh, héroe! ¿Quieres jugar?

El Vigilante no respondió en un primer momento. Se limitó a avanzar unos cuantos pasos muy lentamente, con los puños cerrados, y se colocó en medio del medio corro que formaban los cinco hombres. Al verlo acercarse, Fito se subió los pantalones.

—¿Esto te parece un juego? —ya no había burla en la forma de hablar del Vigilante—. No creo que esa chica se esté divirtiendo con una escoria como vosotros.

—Estás pirado, Vigipollas —contestó Walbeg—. Vete ahora y olvidaremos que nos has tocado los cojones.

El Vigilante no contestó. Se limitó a ladear la cabeza sin facciones, haciendo crujir su cuello, y con la mano izquierda, se colocó un poco el sombrero, más por manía que por necesidad. Bajó la tela oscura, Norton creyó ver dibujada una sonrisa y levantó la guardia.

El Vigilante abrió la mano derecha y lanzó la moneda plateada hacia arriba con fuerza. Tino se dejó caer hacia delante, lanzando el brazo con la navaja en ristre, mientras Comadreja se acerco por la derecha, armado con un palo y cargando el golpe. Fito se colocó el flequillo y adquirió una cómica pose de batalla que hizo vibrar sus gelatinosas formas.

Con el brazo izquierdo, y dejando caer el cuerpo ligeramente hacia la izquierda, el vigilante atrapó el brazo armado de Tino. Ni siquiera tiró de él, simplemente lo dirigió hacia la garganta de Comadreja, que empezaba a descargar el golpe, y le cortó la traquea con la navaja. Con la pierna derecha golpeó el cuerpo de Comadreja hacia atrás, y éste salió despedido, soltando el golpe sobre la cabeza de Fito, que se abrió como una sandía. Luego hizo un gesto para recuperar la mano armada de Tino, le rompió el brazo, le dislocó el hombro, y el matón terminó clavándose su propia navaja en un ojo, muy profundo, hasta llegar a la masa cerebral.

Los tres matones cayeron al suelo muertos o muy cerca de estarlo, en el mismo momento en que el Vigilante recuperaba la moneda plateada, cerrando el puño enguantado al vuelo. Y Norton y Walbeg no daban crédito.

El Vigilante miró la moneda plateada y se la guardó en el bolsillo derecho del abrigo, en el que también terminó su mano derecha. La izquierda terminó en el otro. Adquirió un gesto despreocupadamente desafiante.

Walbeg se lanzó sobre él con rabia, y empezó a lanzar golpes descuidando su guardia, que siempre mantenía baja. El Vigilante comenzó a esquivar los golpes sin sacar las manos de los bolsillos, hasta que Walbeg empezó a dar muestras de fatiga. El Vigilante se acercó un paso más y descargó un rodillazo sobre el costado izquierdo de su contrincante, que cayó al suelo de rodillas, llevándose las manos a la zona dolorida.

—Entras con la guardia baja y descuidada —le dijo el Vigilante—. Una horrible guardia de zurdo.

Y descargó una brutal patada sobre su cabeza que a punto estuvo de arrancársela de cuajo, o al menos eso pareció a tenor del crujido que recorrió la calle de parte a parte. Walbeg se desplomó sobre el suelo como un pelele, con la mirada vacía y perdida, y nada de vida detrás de ella.

Norton enfureció, pero no era ningún estúpido. Vaciló unos segundos, pero luego se fue hacia su recién conocido enemigo, con la guardia bien armada y los músculos tensos como cuerdas de piano.

—Conmigo te va a hacer falta los brazos, hijo de puta —dijo de forma tranquila, mientras estudiaba por dónde entrarle al tipo sin cara del sombrero.

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The Beatnicks

Norton fintó un par de veces, pero no llegó a construir el ataque. Por su parte, el Vigilante sacó las manos enguantadas de los bolsillos y también adquirió una guardia ortodoxa de diestro, aunque se movía bastante menos que su adversario.

—Estuve en tu combate contra Di Matteo, hace cinco años —dijo el Vigilante.

—Seis.

—Seis. No peleabas mal, pero te faltaba corazón. Un boxeador negro sin corazón…

—Ese italiano tenía a los jueces de su lado. No tenía nada que hacer.

Norton soltó un buen gancho a las costillas. El Vigilante sí que notó ese golpe, pero se repuso de inmediato.

—¿Fue un juez el que te dio con un mazo en el séptimo asalto y te dejó besando el suelo?

El Vigilante lanzó una buena combinación. Cuatro o cinco golpes muy buenos. El tercero y el quinto encontraron su objetivo, y a Norton le faltó el aire.

—Tenía que combatir cada dos noches por una miseria, mientras todos esos inútiles italianos se llenaban los bolsillos. No estaba centrado…

—¿Y contra Hawkins un mes después? Ese inútil te hizo bailar durante tres asaltos hasta que decidió darte pasaporte. Tú eras mucho mejor que él, bueno, eso parecía…

Norton, que había dado con la rodilla izquierda en el suelo, enfureció de nuevo y se abalanzó contra el Vigilante, entrándole por el costado con el hombro, y haciéndole chocar contra la pared de ladrillo. El Vigilante juntó los dos puños y golpeó la espalda de Norton varias veces, hasta que se soltó. Ambos se separaron, buscando las distancias, y comenzaron a dar pasos laterales, girando alrededor de un punto indeterminado.

—No peleas mal, pirado —reconoció Norton.

—Tú tampoco, y es raro, porque la basura no puede pelear.

—¿Sabes qué?… Después de todo tienes razón, no me gusta jugar limpio, ni hacer demasiados sacrificios. ¿Qué puedo decir? Así es como soy.

Norton sonrió, deshizo la guardia, y sacó un revólver del calibre 38 de sus pantalones. Apuntó al Vigilante, que con un movimiento felino, dio una voltereta y recogió el palo que antes había destrozado el cráneo de Fito. El disparo de Norton se perdió en el vacío, y después el revólver, tras recibir la mano que lo portaba un buen golpe.

El Vigilante se irguió poderoso y arrojó el palo a un lado. Norton observaba su mano con dolor y algunos huesos rotos. Su mano buena, la derecha, no le iba a servir de mucha ayuda, así que intentó lanzar otro golpe con la izquierda. Pero el Vigilante se estaba cansando. Esquivó el golpe y agarró la mano herida de Norton, apretándola y haciéndole rabiar de dolor. Al boxeador le fallaron las piernas de nuevo, pero el Vigilante no le dejaba caer. Le golpeó salvajemente un par de veces en la nariz, y luego le clavó el codo en la boca. Entonces sí lo dejó caer.

Norton comenzó a gatear, maldiciendo a su adversario. El Vigilante le lanzó una patada en el costado, haciéndole girar. Norton quedó mirando hacia un cielo negro carente de estrellas. Respiró con dificultad unos segundos, y arrastrando su cuerpo, sentado sobre el frío asfalto, fue alejándose del Vigilante hasta dar con su espalda en la pared. La sombra sin cara y con sombrero se quedó mirándolo, sin moverse, y el clic de un revólver del 38 que se monta preparándose para descerrajar la siguiente bala del tambor, resonó a su espalda.

Caty avanzaba cojeando, agarrando su vestido roto para disimular su desnudez. Con la cara hinchada y el pelo revuelto y sucio. Los ojos muy abiertos. Y el brazo extendido, dispuesto a hacer hablar a un cañón que tenía preparadas cinco oraciones.

El Vigilante la miró con lástima. No sabía qué decirle. Lanzó una última mirada a Norton, y vio a un tipo que había tenido un enorme talento, desaprovechado libra por libra. Caty pasó junto al Vigilante sin apenas reparar en él, aunque lo miró de reojo y le ofreció un gesto avergonzado que él identificó como un gracias.

Caty encañonó a Norton, que adelantó la mano, pidiéndole por favor que no lo hiciera. Norton no tuvo arrestos ni para morir como era debido. Ni había sido un buen ganador, ni iba a ser un mal perdedor. Aunque el Vigilante pensó que ese tipo no había ganado nunca.

—Haz lo que tengas que hacer —dijo el Vigilante tímidamente—, o lo haré yo si es lo que quieres.

Caty negó con la cabeza. Parecía ansiosa, pero también confusa. Las ideas debían agolparse en su cabeza. El cañón del revólver temblaba. Entonces se tensó, y Norton cerró los ojos con auténtico terror.

Sonó un disparo. Norton cerró los ojos más fuertes, pero no entendía nada. Los abrió, y vio el cañón humeante en las manos de Caty apuntando a los huevos de Tino, que ahora estaban esparcidos por todo el callejón. Luego, Caty hizo lo mismo con los de Fito, y luego con los de Comadreja. Norton lo comprendió, y se puso todavía más nervioso. Le tocó el turno a Walbeg, y después de los cadáveres ya solo quedaba él.

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The Big Combo

El Vigilante se giró y comenzó a caminar tranquilamente, saliendo del callejón. Sus pasos retumbaban contra las paredes, y a su espalda todavía podía escuchar el gemido lastimero de Norton, pidiendo clemencia como solo puede hacerlo un cobarde que no la merece. Creyó escuchar el sonido de la pistola amartillándose, y lo que sí oyó fue el disparo más atronador que recordaba haber escuchado en toda su vida. Y luego el grito de dolor enloquecido de Norton, que se fue apagando hasta convertirse en un hilillo.

El ex policía Gabriel Marks se quitó el sombrero y el verdugo, y se peinó el cabello con la mano. Respiró el aire gélido de la noche mientras caminaba con tranquilidad, como paseando, y empezó a notar un nudo que se fue desplazando desde la parte baja de su vientre hasta su garganta.

Relato perteneciente al libro Garden City Nights: crónicas negras (actualmente en desarrollo).

 

baidewei (111 Posts)


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4 Comments

  1. Lola January 22, 2013 Reply

    ¡ Muy bueno !

    • Ángel Codón January 23, 2013 Reply

      ¡Muchas gracias!

  2. Ana V. Jiménez March 12, 2013 Reply

    Yo soy fan de estos relatos, pero este es sin duda el que más me gusta. Supongo que por el personaje del Vigilante. Necesitamos héroes, sí o sí. Adelante con más relatos Ángel!

  3. Lola March 18, 2013 Reply

    Leyendo tus relatos una tiene la sensación de estar viendo una buena peli de cine negro. Es muy fácil imaginar los espacios donde discurren gracias a tu habilidad para crear atmósferas.

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