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Renata y La rara

Lola Zarza

Se llamaba Renata. Más apropiado no podía ser su nombre, pues parecía enteramente que con nosotros había vuelto a nacer. Era eficiente, eso no se podía negar. Si alguien mostraba curiosidad por algo, por enrevesado que fuese, al día siguiente, cogía el micrófono sin importarle que estuviésemos dormitando en el bus, y se ponía a largar la información requerida de corrido, cual enciclopedia sonora. A mí, al principio, me cayó bien, “ ¡qué simpática esta guía! “

–      ¡Qué bien hablas el español!

–       Es que lo tengo que practicar, como estuve de Erasmus en Sevilla…

¡Ay!, pero poco tiempo después se me reveló la monstrua parlanchina que había en ella, la avasalladora del espacio propio. A mí no me gusta ese concepto tan americano, pero entonces lo entendí y me empleé a fondo en defenderlo. Aquello parecía un capítulo tras otro de dibujos animados en el que, a pesar de los golpes, nadie sale lastimado: ella, porque no se quería enterar de mis indirectas; yo, porque estaba de vacaciones y una no se estresa en vacaciones a no ser que le siente mal la comida un día tras otro, le haya tocado una huelga de pilotos o entre agua en su crucero. Ella era el coyote. Yo, el correcaminos. Se veía que por sus venas circulaba sangre de Drácula, su famoso compatriota. En cuanto te descuidabas, te dejaba exhausta, deseando haber nacido sin oídos. A veces aparecía tan sigilosamente que cuando querías reaccionar ya no había escapatoria, llegaba a agarrarte del brazo para que no te perdieras aquella ocurrencia o valiosa información que quisiera transmitirnos. Ni cenar nos dejaba en paz.

Double-decker bus at Parque Nacional Cataratas Foz de Iguaçu, Brazil

¿ Esta mujer no tiene vida propia ? ¿ No está ya cansada ? Pero no, por las noches revivía, a pesar de las maratonianas jornadas de senderismo por los Cárpatos que nos pegábamos. Era joven y, lo que es peor, aquel era su primer empleo. El entusiasmo la ofuscaba.

Uno de los últimos días nos alojamos en un lujoso hotel, en Sibiu. El comedor, de forma hexagonal, era lo más llamativo. Dondequiera que te situaras, te ofrecía unas magníficas vistas de la ciudad. Para aquel día había decidido descolgarme del grupo. Estaba harta de tener que madrugar. Aunque la gente con la que viajaba era agradable y bastante simpática, necesitaba descansar de tanta compañía. Sonriente, aunque con las neuronas medio narcotizadas aún, bajé a desayunar. Lo que se ofrecía era un self-service con toda clase de panes, dulces, embutidos, frutas, café, zumos e infusiones varias. Cuando murmuraba para mí misma “ dónde estará el azúcar “, vi cómo, de un respingo, Renata se levantaba de la mesa en la que estaba desayunando. Allí estaba ella, con su amabilidad compulsiva, empeñada en buscarme el azúcar, para lo cual no dudó en importunar a una pareja que desayunaba entre murmullos, probablemente después de una noche de sábanas alborotadas.

–      Déjalo, ya me apaño.

–      ¿ Puedo sentarme contigo ?

Ante tal requerimiento,  mi cara se transformó de tal manera que enseguida captó que no la quería a mi lado, ¡ menos mal ! A ella se le dibujó la pena que le salía a mi hermana menor de pequeña cuando algo la contrariaba, pero ni por esas me ablandé. Al contrario, para acabar de ahuyentarla le solté que yo era una persona muy rara, de frágil salud mental y no sé qué más. Mis palabras surtieron un efecto inmediato. ¿ Cómo no se me habían ocurrido antes ? Me quedé huérfana de coyote, correcaminos libre, ¡ por fin !