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Retazos de la vida vistos desde un abecedario

En sus más tristes noches, cuando la luna llena se vestía de esplendor y el sueño no quería acudir por más que ella le llamara, ella, la Z, solía llorar en silencio. Vino al mundo al final, cuando ya todo había sido creado y las flores, las montañas, los lagos y ríos, los caminos y puentes y los animales grandes y pequeños, y los hombres y niños y la mujer, y todo como un todo perfecto, ya había sido nominado e identificado sin su presencia, sin requerir ni echar en falta su existencia. ¡Había sido tan innecesaria! —pensaba la Z—.

Solo después, en el devenir del Mundo, cuando éste ya se asomaba al precipicio aquél que llamaron futuro y vinieron las otras cosas, las accesorias, las desnaturalizadas, las malas y feas, las necesidades creadas con artificio, fue cuando cayeron en la cuenta de que les faltaba una letra.

seda roja letra z

GeishaBoy500 “Red Silk Alphabet Z” 15/12/2008 via Flickr, Creative Commons Attribution

Habían llegado los zapatos, los zaguanes, los zurrones, las zalamerías y sus contrarios los zarpazos (valga la metáfora); y aquéllos hombres y niños y la mujer hubieron de zascandilear por primera vez y ya no dejaron de hacerlo nunca hasta convertirse en zíngaros (aunque no todos amaron la libertad hasta ese punto), y recalaron en que había zarzas y que éstas daban dolor aunque también zarcillos con olor a monte y lluvia; y vinieron más, los zotes y zoquetes, cuando se buscaba la descalificación de los otros, los horribles e inquietantes zulos, los zurdos para empezar a marcar diferencias, los zares con su aire romántico, mitad totalitarios mitad populistas y aquéllas zahúrdas producto de la esclavitud a la que llamaron trabajo, y entre tanta y tanta novedad pocas veces buena, la Z encontró su lugar.

Viendo las circunstancias de su propia gestación, comprendió porque su alma era grande y su entendimiento mucho, que ella habría de ser la última; que ocuparía de por siempre aquélla posición alejada de la pompa y el boato de los que disfrutaban el resto de sus hermanas las letras y al vislumbrar que así sería para siempre, sentía la injusticia recorrerle los trazos.

No había más que ver a la X, —se decía alentando su propio llanto— más adelantada que ella en la posición, aún siendo impronunciable casi, inservible e inútil tal y como ella la veía; era una letra extraña, rara, antisocial y tímida, sin carácter suficiente como para expresarse por sí misma, siempre necesitada de la compañía de alguna otra hermana para hacerse notar; ¿qué palabra querría utilizarla en primera posición? Repasaba su gramática por si en sus juegos con sus hermanas, cuando se desordenaban y acudían corriendo al renglón a empellones, expulsándose las unas a las otras entre carcajadas intentando no quedarse fuera del hueco que habían de llenar, hubieran alguna vez formado una sola palabra que empezara con X; una sonrisa de satisfacción íntima y profunda comenzaba a serenar su ánimo cuando se le truncó; había encontrado en algún recoveco muy perdido de su mente aquélla palabra, ¡maldita sea! —pensó— … XILÓFONO… que aún siendo inusual como realmente lo era (pensamiento de la Z en busca del equilibrio), evocaba la espiritualidad de la música que el dichoso instrumento era capaz de crear (conclusión de la Z en su propia desesperanza). Arreció entonces su llanto; la realidad la desbordaba mientras aquélla luna, implacable, hacía caer sobre ella la belleza de su luz. La Z, ansiaba una belleza como esa, el protagonismo, el relumbre que de por sí tienen los pocos elegidos, creyendo ciertamente no encontrarse entre los mismos y desesperándose, en estas noches, ante la solo para sí, evidencia, de que le había sido negado.

letra x en madera

Karyn Christner “x-s2f” 07/05/2008 vía Flickr, Creative Commons Attribution

A estas alturas, eran tan grandes los hipidos de la Z en su desconsuelo, que la S que dormía próxima, se despertó; trataba de identificar cuál de sus hermanas estaba tan triste en aquélla bonita noche de luna llena; ella, tan romántica como era, no podía entender que la oscuridad de la tristeza le hubiera ganado la batalla a aquéllos rayos llenos de luz mágica que caían a borbotones. Levantó la cabeza prestando atención al llanto y comprobó que allá al final, era la Z la que lloraba, curiosamente, en la sombra.

Se puso en camino, rápida, aunque con sigilo, no quería despertar a las demás; atajó entre la U y la V, y el atajo por poco no le cuesta un disgusto: el hueco entre ambas era cada día más pequeño; la U engordaba y engordaba con la pretensión de ocupar el mayor espacio posible al extender sus brazos al cielo, como le gustaba hacer; la culpa la tenía —recordó— la competencia con la O. Solía decir de hecho, que por si no fuera suficiente con el parecido físico que mantenía con la V que encima tenía que soportar la idéntica utilidad que le había venido impuesta con la O. Competía con esta letra principalmente porque no terminaba de asumir que el poderoso poder de elección que había sido otorgado a la O desde la creación, fuera, en ocasiones pero sólo en ocasiones, sustituido por ella, la U; ¿porqué tenía que haber sido la elegida para tan bochornosa sustitución?—se preguntaba— ¡¡si no había pedido nada!! —volvió a recordar la S que la U solía decir—.

La U, antes de la dichosa sustitución, carecía de pretensiones; vivía la vida con la desenvoltura y el desparpajo propios de quien nada ambiciona; se colocaba allí donde le decían que debía estar y eso era todo; era una letra fácil, simplista, sin excesivas limitaciones de trazo; lo único que se le pedía era que siguiera extendiendo sus brazos al cielo. Aquélla funcionalidad sobrevenida, aquél poder de elección entre algo “U” otra cosa, la había trastocado. La había hecho comprender que servía para algo más que para dar plasticidad a un mugido o a un aullido (sobrecogedor, por cierto, aunque a ella, de mente pausada y lenta, la connotación le pasara desapercibida), y desde entonces, la capacidad de elegir entre un pensamiento “U” otro, era el tesoro más preciado de que disponía hasta un punto tal, que quería quedarse enteramente con él arrebatándoselo a la O; pero, como nunca tuvo muchas luces – eso había que reconocerlo— todos sus esfuerzos para alcanzar ese objetivo se concentraban en parecerse sólo físicamente y cuanto más a la O, y por eso desde entonces engordaba, engordaba y engordaba, creyendo en su impura inocencia, que llegaría a redondearse tanto que sus largos brazos acabarían por coincidir allá arriba, por encima de su cabeza, cerrando el espacio hasta ahora siempre abierto entre los mismos, y por tanto, convirtiéndose de hecho y como el que no quiere la cosa, en una O.

meandro rio sol

Peter Castleton “Cuckmere meander” 24/10/2008 via Flickr, Creative Commons Attribution

Era tan tonta —siguió la S con su reflexión— que en esta, su única ambición, había olvidado los imperativos del Creador y del destino; en el mundo de la letras, el Abecedario, existían unas normas muy estrictas de comportamiento; la finalidad de su uso y el objetivo último de su existencia, estaban predeterminados de antemano; cada una de ellas debía comportarse conforme a estrictas reglas que, de no ser cumplidas, acarreaban como castigo la imposibilidad de seguir jugando con el resto de sus hermanas y con ello, la prohibición tajante de formar parte de eso tan indefinible pero esencial que alguien había dado en llamar “las palabras”. La consecuencia de tamaña desobediencia, de la falta de apego a las normas, del desorden, del caos, de la desorganización en sus conductas, se les había repetido muchas veces: harían aún más si cabe ininteligible al Mundo, ese ente de complicada composición en el que seres de variada sustancia trataban de sobrevivir conviviendo y ¡qué difícil! —se dijo— y lo intentaban, ¡vaya si lo intentaban!, y se ayudaban de ellas, las letras, y aún así, con ellas como la mejor de las herramientas, esos seres caían en espacios en blanco, en aterradores silencios, en incomprensibles discursos, en mensajes rebosantes de palabras y vacíos de sentido. Y por eso, ellas no debían fallar; se les evidenciaba que un Mundo incapaz de entenderse estaba condenado a sucumbir y con él, sucumbiría el propio Abecedario y con el Abecedario, ellas. No iban a permitir, por tanto, la existencia de dos Oes, ni siquiera el terrible parecido entre dos letras distintas que indujera a una permanente confusión; la eliminarían sin contemplaciones; alegarían, cómo no, —se dijo la S — falta de funcionalidad. Ahí terminaría todo, sin posibilidad de indulgencia ni perdón; no habría segundas oportunidades, esas de las que estaba compuesta la esperanza.

Y en medio de estas reflexiones, la S constreñía sus delicadísimas curvas para poder atravesar el espacio entre la U y la V, mientras, aún a lo lejos, escuchaba el ahora gimoteo incesante de la Z. ¡qué complicadas son mis hermanas! – pensó— . Aunque claro, ella también tenía lo suyo; vivía para sus curvas, único motivo de su éxito. Tenía un espíritu soñador y aventurero, irreal e iluso; su trabajo en el Abecedario la traía sin cuidado, salvo en lo que la permitiera sacarse partido frente a los demás, especialmente si eran del sexo masculino; no había más que recordar su sonadísimo romance con el número 1. Éste era el primero por excelencia, la base de todo lo que fue urdido con posterioridad en la matemática pura; sin él, eso que habían dado en llamar “la Evolución” no se habría producido; era un número imponente, majestuoso, sabedor de ser el inicio de todo cuanto hay, y por eso, orgulloso y hasta un poco excéntrico; dominador del espacio, comprensivo del cosmos, y por todo eso, siempre foco de atención. La S, atenta siempre al mundo masculino, no desperdiciaba ocasión alguna para exagerarse a su lado, imponiéndole la rotundidad de su sinuoso cuerpo cada vez que el azar disponía un encuentro entre ambos. Y al final, como no podía ser de otra manera ya que ella era como era, ¡se lo ligó! Poco le importó su carácter del que sabía le faltaba la humildad suficiente como para amarla de verdad; durante muchos meses, le bastaron los flashes, las portadas de las revistas especializadas, las entrevistas en los libros, todo aquél glamour que desplegaba el 1 allá dónde fuese y que ella compartía por el sólo hecho de ser la que estaba a su lado. Mientras duró su “amor”, el desamor real que percibía en el número era compensado en su interior por la rutilancia de la que disfrutaba, por el solo pensamiento de ser la pareja de aquél ser. — Ese era su único mérito…— (buscó para adentro, pero no encontró paliativos a la afirmación).

meandro rio escocia

Ben-benjamin 01/01/2008 via Flickr, Creative Commons Attribution

Con el paso del tiempo, la vacuidad de su situación se fue apoderando de ella, y un vacío desconocido empezó a rellenarle el alma; ella, letra feliz por convicción, notaba que iba perdiendo eso, la convicción, y que las ganas de reír ya no eran las mismas, ni las de hablar ni las de aprovechar cualquier oportunidad para lucirse escandalosamente, y que eso que aún siendo así de simple conformaba su existir, estaba arrinconado en algún lugar de sí misma, ocupando el resto, algo que ella no sabía definir y que por tratar de simplificar había llamado, “lo negro”. Cansada de no ser mas que un adorno para el 1, el complemento perfecto del escenario preferido por él, quiso abandonar, pero lo hizo cuando ya era tarde, y aunque abandonó, porque era fuerte y decidida, arrastró con el abandono el dolor y eso no estaba en sus planes. Le dolió mucho; le dolió mientras sonreía, mientras paseaba su hermoso cuerpo por otros lugares, mientras buscaba con empeño al sustituto por imperfecto que fuera de ese maldito 1 que le había condenado el corazón a la peor de las galeras. Se enamoró, sí, perdidamente, del 1 y después ya sólo quiso ser amada por él sin conseguirlo. Y por eso tras el abandono siguió su vida, y tras el 1, llegaron el 11 y el 111, y así hasta el 11.111.111, donde paró. Buscaba al 1 en estos números; se aferró en cada ocasión a cada uno de ellos intentando, aunque no fuera más que por el parecido físico, volver a encontrarle a él sin llegar a encontrarle nunca del todo. Trataba de vivir en cada nuevo romance en la ilusión de que aún la atrapaban sus brazos, de que aún podía morir en sus besos…

Paró y parar le vino bien; volvió a abandonar aunque ya no hubo dolor; la persecución de la idea del 1 en sus sucesivos dejó pasó a la calma, y después volvió la convicción; se reconvenció para ser feliz y al día de hoy lo había conseguido. Seguía siendo una letra rotunda, hermosa, de gran éxito entre sus contrarios, con los que en general se llevaba bien; se sabía gustada y hasta querida y en ocasiones iniciaba romances de poderosa ilusión en los que solía confundirse a sí misma a conciencia para sentirse enamorada. Por todo eso, insistía—ahora era feliz— y sabía transmitir serenidad y madurez y fortaleza, y todas esas cosas buenas que había heredado del dolor. Y por eso, era la primera, como en esta noche, en acudir a aliviar tristezas… Estando en estas reflexiones, acabó llegando hasta la Z.

La Z ya no hipaba; las lágrimas la recorrían hasta alcanzar sus pies, ese trazo horizontal inferior que se supone debía haberla sostenido firme en el Mundo. Se llenó de ternura al contemplarla; le pareció indefensa e inmensamente triste y decidió acurrucarse a su lado. Al principio no hubo palabras, solo calor y protección. Sea cual fuera el motivo de su disgusto lo primordial era amortiguar la sensación de soledad que se instala en los que lloran, y después, recomponer las piezas rotas aunque ya no lleguen a encajar con la pureza de antes…. (solía pasar. Ella había ayudado en muchas recomposiciones y aunque el resultado era una sola pieza, ésta tenía esquirlas y molduras que le restaban solidez). La Z aceptó el calor y la compañía, y algo repuesta, comenzó su queja, su explicación, el motivo de su llanto.

La S escuchó, pareciéndole increíble el argumento por el que la Z penaba; era evidente la parcialidad con la que se veía a sí misma, la falta de estima y fe que tenía en su propio ser. Era verdad que vivía allá al final e incluso que, en comparación con las demás, era una letra poco frecuente y un tanto olvidada, pero también por eso especial y exclusiva; nada vulgar y poco maleable.

letra m forjado

MamaPyjama “M” 28/04/2007 via Flickr, Creative Commons Attribution

Sobre esto podían darle lecciones la M, o la P, hartas y cansadas de la muchedumbre, de la generalidad, de ese estar tan común que sufrían tan de rutina que prácticamente las hacían invisibles a los ojos del Mundo; ellas sí, ellas eran completamente dúctiles y maleables, y se encontraban tan gastadas por el uso, según los días, que rezongaban y tenían pereza para acudir jugando al renglón. Pocos sabían de este desánimo; muy pocos eran conocedores de que la mayoría de las veces, sin dejar que un ápice de zozobra e inquietud las alterara, ni siquiera corrían en el juego (rebeldía pasiva, la llamaban en la intimidad). Se dejaban arrastrar disimuladamente por sus hermanas, hasta que éstas sin apercibirse de lo que realmente hacían, las colocaban donde el azar había dispuesto. Pero daba igual, el azar no solía estar nunca de su lado, y por eso, acababan cumpliendo su función, ajustando aún involuntariamente su conducta a la norma semántica que les había sido impuesta, y formaban palabras y más palabras y todas ellas, por alguna razón del destino, tenían sentido y significado.

Si alguien la hubiera preguntado a la P, o con más razón a la M, habría escuchado de ellas que son letras sin méritos propios, comunes y vulgares, sin símbolos de distinción y que estaban tan manidas que habían perdido completamente el interés de todo y de todos los que podían calificarse como de “los otros”. Eran inteligentes y sabían que “los otros”, eran aquéllos seres de variada sustancia que ayudaban a conformar el Mundo y que aún no pudiendo entenderse sin ellas, las ignoraban ignorándolo (eran bastante estúpidos estos seres, por cierto; solían ignorar por principio, dejando mucho para “el ya veremos….”). Y ellas, ellas eran indolentes, y como todos los que sufren de este mal, plenamente conscientes de su indolencia, buscada y querida como apoyo para poder continuar. (El Creador también lo sabe, conoce la situación; no hace nada por exceso de ocupación en temas más relevantes; si llegan a la depresión, “ya veremos…”, suele decirse también).

anillos humo o

David~O “Smoke rings” 20/03/2010 via Flickr, Creative Commons Attribution

A veces —proseguía la Z— quisiera ser R o parecerme a ella. Nunca lo digo porque me da bochorno, pero la R es el héroe sin el que crecí. Cuando me hice mayor fui empezando a darme cuenta de su fuerza, de ese carácter casi fiero que la empuja en sus actitudes. Es una letra increíble. Transmite garra y es valiente y aguerrida como ninguna. Parece no sentir debilidades ni flojeras, y por eso a su lado, me reconvierto para dar lo mejor de mí misma, para no desmerecerla. Pero, es verdad que en mi sino no está escrita mi vida al lado de la suya; nuestros encuentros son efímeros y harto infrecuentes; el Creador nos pensó como disjuntas y por eso nuestra capacidad de acoplamiento tiene grandes barreras, límites que no podemos franquear sin merecer el castigo correspondiente por abrirle paso al caos, a la desobediencia de esas normas de conducta que hemos de respetar para que el Mundo, ya que fue creado, persevere. He de conformarme, pero aprovecho al máximo su compañía, cuando la casualidad nos conduce a un “orzuelo” por ejemplo, o cuando alguna vez en el juego conseguimos “orzar” durante cierto tiempo, y entonces deseo que me enseñe y le pido que me cuente de dónde le viene el carácter, de dónde la firmeza, de dónde sus enormes ganas de agarrarse al Mundo y no soltar.

Ella, que no tiene soberbia, sonríe y me dice que así la crearon, que no sabe más, pero que me contará un secreto cualquier día de estos, en que nuevamente volvamos a coincidir. No hemos coincidido porque ya sabes lo difícil que es, pero ya sé su secreto. Lo descubrí una noche sin luna, de esas en que no lloro, de ésas en que aún no sintiéndome bien tampoco me siento mal y aunque tarde, sé que acabaré por dormirme. Y ahí estaba yo, tratando de hacer venir al sueño cuando escuché un lamento…. Agucé el oído, era apenas un susurro, algo tan poco sonoro que en un principio pensé que eras tu, S (susurras para bien y para mal, y aún así es difícil encontrarle el sentido peyorativo a ese sonido). Quedé sorprendida, ¡era la R!, pedía lágrimas; le rogaba al Creador que la permitiera sentir como a las demás, que la dejara un rato ahogarse en esa agua que sale, como toda la que hay en el Mundo, de dentro a afuera, y el Creador, confundido como estaba, erró (los creadores también yerran, pero a sus errores se les llama de otra manera, para que se noten menos), y pese a haber escuchado su ruego malinterpretó el mismo creyendo que sufría de debilidad, y por eso, para rearmarla, le mandó otra R, amarrándola el carácter a la fuerza, y dejando de paso patente su arraigo en el Abecedario de la forma en que él la había creado. Arrasó así, sin quererlo, sin saberlo, con aquélla oculta ilusión, dejando desparramados en el aire de la noche y sin destino, los ecos de aquéllas lágrimas que ya siempre estarían secas.

letra r

DaveBleasdale “letter03” 23/09/2012 via Flickr, Creative Commons Attribution

Después, enmudeció la Z. La S a su lado todavía, intuía que el llanto permanecía en el interior de la Z, que la incapacidad de verse como algo especial y único la acompañaría desde siempre y para siempre, y que en este cuento no habría perdices que regalar para ser felices; que cada una de sus hermanas habían sido creadas así, por su orden y con su finalidad, y que siendo esto incuestionable, de nada servía rebelarse o pretender algo diferente de lo que el Creador, en su funcionalidad, había decidido. Que era verdad que cada una de ellas tenía su margen de actuación, su mundo que vivir, la libertad para vivirlo a su manera; pero… siempre sin transgredir la norma, nunca excediendo sus límites. Ellas, en general, eran poco osadas y atrevidas, y sus hechos no las llevaban nunca a enfrentamientos directos con la organización estructurada de la que dependían; antes al contrario, lloraban o rogaban como la Z o la R, o se rebelaban disimulada o tontamente como la M y la P, o la O. Había otras como la B y la V, rivales eternas, que sencillamente guardaban silencio y obediencia, ¡tanta!, que nadie pensaba en ellas, aunque ellas, no dejaban de pensar que finalmente una de las dos sería eliminada por pura practicidad. ¿de qué servían las dos si habrían de sonar igual pasara lo que pasara?

Y quizá fueran todas estas otras reflexiones, un tanto atropelladas, o quizá el instinto innato de que todo lo cura una sonrisa, el caso es que la S, que no olvidemos por encima de todo era romántica y sensual, se aventuró con una pregunta y algo más…, y así se oyó decir:

—¿Has pensado en qué sería del azul del mar sin ti?; ¿y el del cielo? , ¿cómo conseguiríamos zambullirnos en sus misterios si no fueses la primera? Es más, dadas mis aventuras y desventuras con el número 1 en sus repetidas combinaciones, conocidas de todas nuestras hermanas , ¿cómo crees que podrían calificarme si tú no estuvieras aquí, en primera posición de nuevo, cuando la crítica invade sus mentes pequeñas y llenas de envidia dicen eso de — ¡ésa!, esa lo que es, es una …¿“sorra”?, aunque también cabría “rorra” o incluso “xorra”…— y en este punto, la propia S comenzó a reír sus palabras, y la Z la seguía, poco al principio, y luego mucho, en carcajada sonora; y sonora también la S, y miraron a la luna, que seguía allí, tan impertérrita y fría como al principio de la noche, igual de bella, de bonita, de maravillosa, aunque lloraba también, en silencio y soledad, porque ella estaría dispuesta a morir por un poco de calor y eso, nadie, nadie, lo sabía.

 

 

 

Carmen Honrado (6 Posts)


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