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REY ROSA: LA DESTRUCCIÓN Y LA NOVELA

Erick Ramoso Solano

La piedra labrada de la fotografía en blanco y negro y la penetrante mirada del autor anuncian lo que se viene. Es el rostro de Rodrigo Rey Rosa y su libro, Imitación de Guatemala (Alfaguara, 2013), es una bomba de tiempo. La reunión de sus cuatro novelas breves constituye sin duda una de las publicaciones más importantes del año que pasó. La novela como residuo de la violencia en Guatemala es sólo la punta del iceberg.

Leí absorto no hace mucho junto a una mesa de la biblioteca de la universidad de Hamburgo, los cuentos de Otro zoo (Seix Barral, 2007). Marcaron mi memoria el relato que le da título a la colección —el triste y fantástico encuentro entre padre e hija en medio de bestias enjauladas— y el borgeano “Gracia”, de abrupto pero desafiante cruce bíblico y musulmán. En El material humano (Anagrama, 2009) y Los sordos (Alfaguara, 2012), dos de sus últimas ambiciosas novelas, había buceado con apetito voraz en el trágico océano donde sobrevive, tal vez a la deriva, la golpeada balsa de su país. Rey Rosa no es un ingenuo: su concepción de la novela gira en torno al desafío de contar la destrucción, si no del mundo, de Guatemala. Que me maten si… (1996), El cojo bueno (1996), Piedras encantadas (2002) y Cabelleriza (2006), reunidas ahora y corregidas, son prueba no sólo de su maestría narrativa —siempre concisa, directa, electrizantemente sugestiva—, y de la lucidez con que desabrocha los misterios cotidianos de la vida y la muerte, sino de su deseo de perseguir y retratar la realidad guatemalteca, en guerra permanente, al pie del abismo.

 

La primera novela, Que me maten si…, nos lleva a la inhóspita meseta guatemalteca, pero también a Londres y a París, a la impune violencia de Estado, al espionaje, a la corrupción, a la pobreza y al asesinato. La protagonista, Emilia, es una extraña militante de la izquierda postconflicto (la esperada firma de Paz, iniciada en 1987 y sacramentada en diciembre de 1996, entre los grupos beligerantes reunidos en la URNG y el Estado, que todavía no ha servido —cruel mensaje reyroseano— para hacer de Guatemala un país distinto). Tratará de sepultar la muerte de Ernesto, otrora agente del Ejército, pero será inútil. Nuestro autor será implacable: nadie quedará vivo. La muerte no sólo llegará a todos, sino que tendrá el amargo sabor de eso que él llama «Guatemala style» (16): la forma de la autodestrucción más perversa posible sólo en este rincón del mundo.

El cojo bueno es un lío aparte. La leí por primera vez el invierno pasado camino a Oldenburg, en un apacible tren regional, sentado junto a dos adolescentes ebrias. El lector tiene que saber que se enfrenta a la que quizás no sea la mejor novela de la colección, pero sí la más cruda, inclemente y desestructurada. ¿Qué valor tiene la venganza para una víctima del terror e la insania? Juan Luis Luna, nuestro protagonista, es hijo de un viejo patriarca insensible. Será secuestrado por un grupo de delincuentes, algunos de ellos amigos de infancia. Al negarse el padre a pagar el rescate, será torturado y perderá el pie, enviado horas después en una bolsa plástica. Conoceremos el secuestro, a los captores (las paupérrimas pero infernales figuras de Coneja, Carlomagno, Tapir, Horrible y Sefardí) y el deseo de Luna de convertirse en escritor. Estaremos en Nueva York, Madrid, Tánger, aparecerá Paul Bowles y regresaremos a Guatemala para el saldo de cuentas. Salvo las páginas del encuentro entre el cojo y su captor, el resto es un poco convincente cruce de destinos sobre el escenario del caos en la que está hundida Guatemala.

La factura policial de Piedras encantadas —nombre de una pandilla capitalina de chiquillos desarrapados— es sin duda la mejor lograda. Silvestre, niño adoptado cuya visión del mundo es la eterna lucha entre buenos y malos, es atropellado por una camioneta Discovery. El responsable, Armando, huirá a casa de su amigo, Joaquín, a quien hará cómplice. «Guatemala, Centroamérica. El país más hermoso, la gente más fea» (209), podría equipararse al conflicto vargaslloseano de Zavalita en Conversación en la Catedral: ¿en qué momento nos jodimos? El escritor guatemalteco aquí es sutil, rápido y exacto. Todo es acción y sugerencia; pero también oscuridad, tensión y desesperanza. Ocurre lo mismo en la última, Caballeriza, un portentoso e inteligente relato cuyo momento álgido y sobrecogedor ocurre alrededor de la mesa del comedor de una hacienda opulenta. Las bestias una vez más ocupan un lugar importante en la narrativa de Rey Rosa: todo gira alrededor de una tradición aristocrática donde purasangres traídos de Portugal o Arabia Saudita y la élite guatemalteca más rancia y deshonesta subsisten hace siglos. Rodrigo, el protagonista (y a la vez nuestro autor), se ve envuelto en un aquelarre familiar, que el cervantino paradigma de la metanovela querrá resolver.

Rey Rosa forma parte de una importante tradición literaria, quizá una de las más vivas y fundamentales de la literatura en lengua española en el continente americano. Desde el Popol-Vuh, las novelas de Miguel Ángel Asturias y el testimonio de Rigoberta Menchú (según Elizabeth Burgos), la narrativa guatemalteca ha buscado refundar el mundo: ya sea indígena, campesino o guerrillero, en pie de lucha contra el conquistador, el terrateniente o el militar. Si no lo lograron —si el libro indígena sigue siendo una pieza arqueológica, si el indio asturiano es un mito de la fatalidad o si la mujer maya-quiché tan sólo reinventó su pasado—, no importa; forjaron la ficción de la destrucción del ser humano, su identidad y su futuro, devorado por el poder (la explotación, el maltrato) de las élites.

Rey Rosa desea perseverar también en este camino. Como Vargas Llosa en su temprana concepción de novela, el escritor guatemalteco encuentra goce en la miseria y la putrefacción de su sociedad. La dilucidación de la corrupción, los privilegios de las élites ladinas, la violencia política de una sociedad todavía semifeudal sostienen sus ficciones, de manera clara y compleja, siempre escuetas, fascinantemente limpias de adorno, hechas del material humano de nuestros demonios.

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