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Rocas

Ulcerai minha carne, mais tende piedade das mulheres!

Vinicius de Moraes

Llegar de Tambaú a la carretera no fue difícil; llegar a Pipa, sí. Nos subimos a un vehículo con otras personas en la entrada del pueblo. El chofer llevaba un sombrero, barba gris y guantes; el cobrador, camisa, lentes y billetes doblados entre los dedos. Emily tenía dolor de espalda y no aguantaba más. El camino no era asfaltado, nos detuvimos muchas veces y el calor del mediodía era ya insoportable. Pero vimos el mar, inmenso, y Emily dijo en español: «¡Mira!», emocionada.

La posada se llamaba Hostel do Céu. Habíamos reservado, días antes, una habitación matrimonial. Una mujer delgada, alta y bronceada estaba sentada junto a una mesa llena de papeles y adornos. Comprendimos —sin mirarnos Emily y yo uno al otro— que era la recepción.

Como mi mujer hablaba portugués, dijo que era la persona con la que ella había conversado por teléfono. Al escucharla responder, sonriendo, abriendo sobre la mesa un librito empastado, reconocí su acento con rapidez y hablé en español. Se llamaba Beatriz, era argentina, estaba casada y tenía dos hijos. En algún momento, confesó vivir en el balneario hacía diez años.

La habitación quedaba en el siguiente piso y tenía una amplia terraza por el que podía verse palmeras y bananos, el perfecto horizonte del Atlántico, otros techos a dos aguas y pequeñas montañas verdes a lo lejos. Sobre el suelo había un tapete, almohadones, revistas y, enganchado entre el muro enladrillado y una columna de madera, una vetusta hamaca roja.

Al volver, sacando un mapa del cajón donde se distinguía el trazo sencillo de las playas, las calles y las rutas de acceso, tornó el rostro serio y jaló la misma silla y el cojín, tomando un lápiz. Nos sentamos también, observándola. El papel estaba de manera exacta entre ella y nosotros.

Señaló dónde quedaban los restaurantes (el dedo era largo y la uña pintada y limada se posó sobre el océano), los bares, las tiendas de abarrotes y las escaleras que bajaban estrechas y oblicuas hacia el mar.

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Erick Ramos, Pipa 2013

Después, nombró las tres playas cercanas del balneario y cómo llegar a ellas. Entre las riberas, nos dijo, había un tramo, una delgada porción de rocas y arena por donde se podía pasar de mañana, cuando la marea había bajado. Pero al subir, a partir del mediodía, el camino de regreso podía ser imposible.

Nos mostró en seguida una «Tabla de Mareas», elaborada por un instituto llamado Banco Nacional de Dados Oceanográficos. Nunca habíamos visto uno; al menos yo no. En él se indicaba las horas en que el mar cubría casi por completo algunas playas o se retiraba, los ciclos de la Luna en los últimos meses del año y un calendario.

—Por favor —advirtió, cerrando al mapa, dándonos la tabla junto con una guía turística—, tomen en cuenta esto. Muchas personas se quedan en medio del camino, allá entre las rocas, atrapadas sin saber qué hacer.

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Nos dimos un baño. Encontramos una cucaracha muerta en el piso de la ducha pero Emily, sin perturbación alguna, la barrió con una escoba de plástico (Beatriz iba a decirnos, muy tranquila horas después, que eran bichos del banano). Estaba entusiasmada, aunque nerviosa e intranquila. Sabía que iba a poder por fin (al menos por unos días) olvidarse por completo de las tensiones universitarias, de las clases de Literatura Angoleña en Lengua Portuguesa, de la obligatoriedad de las asesorías solitarias en la oficina insolente del pequeño pabellón de docentes, y eso era, luego de casi seis meses, un desafío, una prueba.

Habíamos llegado a Pipa para encontrar paz, para relajarnos y —repetía ella, con seriedad— reencontrarnos de nuevo como pareja.

Al menos esa había sido nuestra intención (repetirlo como un mantra todos estos meses separados tenía que sernos, por alguna fuerza secreta y prodigiosa, útil y verdadero). Yo había viajado desde muy lejos para visitarla y no tenía en la cabeza otra cosa que estar con mi mujer, y con ello —aunque pareciera pura cucufatería, exageración o de manera simple la correcta interpretación de los deseos de mi esposa— reforzar las bases de nuestro matrimonio.

Teníamos cinco años de casados, un departamento en Bremen, trabajo y dos gatos. La universidad de Paraíba la había invitado a dictar unos cursos semestrales y ella aceptó. Nunca habíamos estado juntos en Sudamérica. Era lo único que todavía no habíamos hecho como casados.

Pero se sentía cansada: había llegado un momento en el que no soportaba más los zancudos, que la trataran todo el tiempo como a una tonta extranjera, los barrios oscuros, los caballos jalando carretas y niños, la policía militar (esos cretinos), el aire acondicionado y el ruido grosero de las calles mal asfaltadas. Vivía en el llamado «centro turístico» de la ciudad (el pequeño departamento quedaba cerca de la playa, detrás de una galería artesanal, en un predio de paredes blancas, hamacas, lagartijas escurridizas y techos a dos aguas). El municipio había colocado parlantes en los postes de toda la zona. Desde la mañana hasta que anochecía, podía escucharse música de la región a todo volumen. Emily estaba segura ya de conocer al menos dos o tres melodías de memoria.

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La playa central era una gran extensión de arena blanca, flanqueada por un enorme acantilado de arcilla cubierta de vegetación. El mar, claro y tranquilo, era tibio y estaba retirado.

Emily quiso caminar hacia la bahía conocida como Playa de los Delfines (lo dijo en realidad en portugués, así que si bien pude entender «golfinho» por cetáceo, no logré comprender que mi mujer intercambiara de manera rápida e inconsciente una lengua por otra). Era llamada así pues sólo en ella podía verse nadando sin temor con los bañistas grandes familias de estos animales. Levantaban el lomo o parecían saltar de pronto para darse un chapuzón y hacer ruido.

Erick Ramos, Pipa 2013 (3)

Erick Ramos, Pipa 2013

Los visitantes tomaban fotografías, pero era casi imposible lograr captarlos. Eran muy rápidos. En cambio, yo quería sólo fotografías de mi mujer. Guardaba el aparato en un estuche y lo llevaba en el bolso de Emily. Era una cámara vieja. La había comprado días antes de casarnos.

Nadamos. Nos besamos. Le hablé de Bremen, del buen verano que pasamos allá mientras ella conocía el benevolente invierno tropical. Emily, hablando en realidad poco de los días que habían pasado, empezó a recordar con melancolía sus años de jovencita austriaca libre y atlética en Australia, surfeando, atravesando el desierto con una mochila y poco dinero.

Decidimos irnos a otra llamada Praia do Amor. El mar, sereno aún, nos dejó pasar.

La bahía era mucho más grande que las otras dos. Vimos dunas, restaurantes con apariencia de cabaña, docenas de mesas y sillas, palmeras y letreros que señalaban las escaleras de acceso hacia el balneario. Llegamos hasta uno de los locales (escondido casi al final de la costa) para descansar en la sombra. Bebimos jugos de fruta y comimos un pescado enorme rodeado de vegetales, limón y yucas fritas.

Atendían dos jóvenes nordestinos mal trajeados muy atentos con mi mujer y conmigo. Había un mueble sin color lleno de libros puesto sobre la arena, tapado por palmeras grises. Beatriz había hablado de eso. Dijo: «Ahí podés encontrar una Biblioteca», pero la realidad era otra.

Emily vio tablas y quiso surfear. Evaluó entonces el viento, las olas y su ritmo, la manera cómo golpeaban en la orilla y consideró —insistiendo sin querer una vez más en su experiencia en playas australianas— que hacerlo podía ser interesante.

—Mira —dijo en español—, vamos a volver y a alquilar dos tablas, ¿qué te parece?

—Me parece bueno —contesté, aunque en realidad no estuviera tan convencido.

Al regresar al hospedaje, conocimos al esposo de Beatriz. Era un tipo alto, fornido y de poco cabello. Estaba sentado detrás del mismo escritorio que su mujer. Nos preguntó, con una sonrisa amplia y el acento indiscutible de un porteño bronceado, si nos había gustado la playa, los delfines, los cocos congelados. Dijimos que sí y que era hora de descansar.

Salimos a cenar, horas después. Queríamos hacerlo bien pero sin pagar tanto.

Amanda, amable colega española de Emily de la universidad, nos había advertido que podían aprovecharse de nosotros (estábamos casi sofocándonos en una de las oficinas universitarias de intercambio; habían varios relojes detenidos que parecían haber funcionado en algún momento y, sobre ellos, el nombre de ciudades en portugués como «Madri», «Tóquio» y «Nova Iorque»). Todo era caro de manera exagerada y Emily tenía tanto la exacta apariencia de una extranjera sin apremios —y si le preguntaban de dónde era no había cómo escapar de ello—, que yo podía pasar con tranquilidad por un tipo adinerado.

Hallamos un restaurante, lleno de luces, cubierto de hojas de banano y con sofás en la terraza. En la vereda una jovencita nos hizo pasar. No nos sorprendió que fuera también argentina ni que su portugués fuera también tan claro como su acento. Nos mostró la carta (enorme, cubierta de cuero, páginas plastificadas, olor a cerveza) e insistió en que probáramos el plato de la casa y bebiéramos los cocteles de nombres más estrafalarios. Pero comimos carne, tomamos vino y agua en vasos con hielo. Al final resultó ser tan poco y en realidad tan caro que Emily, de pronto ofuscada, quiso reclamar el engaño. Traté de evitarlo y discutimos.

Regresamos a la posada en silencio y en la cama —no sólo por el mal rato que habíamos pasado (algunos comensales habían empezado a mirarnos), sino por eso que llevábamos dentro hacía ya tantos años—, cometimos el error de recordar nuestra soledad viviendo juntos en Bremen. Después de unos minutos pensó en Romina, su hermana menor, que acababa de tener mellizos: al volver, dijo con esa insistencia nada extraña en ella, antes de meterse a la cama, iba a visitarlos y llevarle regalos.

Sabía que Emily no quería herirme, pero pude entender una vez más su reclamo. Me dio la espalda y yo traté de dormir, pero no pude. Me levanté a medianoche.

Fui a la terraza y abrí una de las botellas de vino que habíamos llevado. Las habíamos comprado en un supermercado en João Pessoa, tratando de elegir entre botellas brasileñas, chilenas, italianas y otras de origen desconocido.

Emily dormía ya y traté de no hacer ruido.

Colindante a la casa había un banano enorme y algunos árboles de menor tamaño. Pude ver los plátanos verdes, gordos y quietos, y, debajo de ellos, la flor suspendida color lila. Beatriz había dicho que en las noches venían murciélagos a beber el néctar. Los vi. Eran grandes, oscuros y sus alas se movían con ansiedad y sigilo. Iban y venían y yo empecé a tener miedo de que en sus viajes me vieran apoyado en la baranda, observándolos. Así que volví al cuarto y cerré la puerta.

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Regresamos a la bahía de los delfines.

Era ya otro día así que no quería que nada de la noche anterior nos perturbara. Emily parecía estar de acuerdo conmigo. Se había levantado tranquila, afable y de buen humor. Dejó que le colocara crema protectora por todo el cuerpo y cogió un sombrerito de paja. Tomamos desayuno, junto con una italiana llamada Beba, que había estado hacía sólo unas semanas en Perú. Emily dijo, con cierta emoción, que yo era peruano. Beba, sorprendida, hizo unas preguntas que contesté en realidad sin ánimo ni aprecio. Parecía ser una mujer amable pero reservada, afectada por un dolor, una molestia, un desencanto; confesó haber estado ya en casi todo el continente trabajando aquí y allá, sin sentirse en realidad cómoda en ningún lado. Bebía café y al lado de su taza había un frasco con pastillas sin etiqueta.

Caminamos de la mano; tomé fotos del paisaje y de mi mujer, viendo el mar, sonriendo y posando para mí, sólo para complacerme.

Empecé a olvidarme de las tensiones de Emily, de sus recuerdos australianos, de la conexión que insistía decía tener con el mar (ella y sólo quienes habían surfeado alguna vez en su vida) y del destino que hasta esos días había tenido nuestro matrimonio criando sólo dos gatos roñosos. Ella, a pesar de todo, los adoraba.

Decidimos hacer juntos Stand-Up Paddle. Un par de hombres tenía un puesto de alquiler de toda clase de equipos deportivos en medio de la arena: tablas grandes y pequeñas, botes, remos, raquetas, pelotas y también sombrillas de colores parchadas con pegamento. Volví a reconocer el acento de uno de ellos. Decía ser del norte de Argentina. Era calvo, de brazos musculosos y piel enrojecida. El otro, brasileño (al menos la musicalidad de su voz no admitía duda), era pequeño pero de pectorales prominentes y cabello largo lleno de trenzas.

Emily ya lo había hecho antes, en Melbourne y Adelaida. Juntos habíamos alquilado también dos tablas y dos remos una mañana en una playa serena nordestina pero yo, principiante en el asunto, estuve casi toda esa hora en el mar sin poder mantener el equilibro sobre la tabla. Emily, experta y concentrada en lo que hacía, no se preocupó de ello. Pero esta vez lo hice bien, mis piernas dejaron de temblar y agarré el truco de manera rápida. Emily vio una tortuga gigante sacar la cabeza cerca de ella y yo delfines en pareja escondiéndose bajo las olas.

Al salir del mar, Emily seguía tan entusiasmada y ahora fascinada con la tortuga que quiso barrenar olas. Esta vez, lo dijo en inglés y en portugués. «Jacaré, Enrique, jacaré», dijo. «¿Cómo se dice eso en español?», preguntó.

Alquilamos una pequeña tabla y Emily volvió al mar. Cogí la cámara de nuevo y tomé varias fotografías. En ellas mi mujer estaba contenta, llena de energía y parecía radiante y liberada.

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Nos sé en qué momento nos dimos cuenta de que estaba atardeciendo y había ya muy pocas personas en la playa. Teníamos que regresar.

No nos preguntamos a dónde irían. Devolvimos la tabla, pagamos, cogimos nuestras cosas y echamos a andar.

—Debemos apurarnos —dije—. La marea ha subido.

Me puse las gafas de sol. Guardé la cámara.

—Tranquilo —contestó ella, colocándose el sombrero—. No va a pasar nada.

Cuando llegamos a la estrecha zona de arena y rocas, el mar había subido y lo cubría todo mientras rompía.

Empezamos a cruzar con cuidado. Vi a lo lejos el tramo que nos esperaba y dudé si podíamos lograrlo. Llevaba el bolso de mi mujer; lo cogí con fuerza.

—Creo que mejor regresamos —propuse.

Me puse nervioso. El sol empezó a quemar con fuerza mi espalda.

—Estás loco —replicó Emily—. Las escaleras están muy lejos de aquí, Enrique.

Tenía razón, la última vía de acceso (escaleras hechas de piedra o madera, rodeada de señales y solitaria) estaba quizá a un kilómetro o dos, camino a un remoto lugar llamado Tibau.

Avanzamos. Debíamos caminar, apoyarnos en nuestras manos y ver lo que pisábamos: las negras rocas que aplastaban la arena, las olas que venían con fuerza, la espuma inquieta entre los dedos.

Llegamos a una zona, llena de peñascos de mayor tamaño y de formas inverosímiles.

Pensé que podíamos quedarnos en medio de ellos. Me saqué las gafas. Emily notó mi temor y tomó mi mano. «Tranquilo, Enrique», dijo otra vez. Pero no la oí; menos cuando, dando otro paso, tropecé y caí sobre una veta llena de moluscos adheridos a su superficie. Sentí un dolor lacerante en el pie. En ese mismo momento, no vi la ola enorme venir y fui de inmediato arrastrado por ella, golpeándome ahora la pierna, el brazo y la cadera en otras rocas hermanas más dolorosas que la anterior.

Grité, traté de ponerme de pie, tiré las gafas con fuerza y dije: «¡Mierda, la cámara!». Toda Pipa debió escucharme.

Emily me trató de ayudar. Los golpes habían abierto heridas en mi tobillo, en mi rodilla, en mi codo y rasguñado mi espalda. Sangraba. El dolor punzante era muy fuerte y con el mar el ardor crecía. Mi mujer vio mis heridas;  pero antes de eso había visto mi caída y cómo el mar me había arrastrado. Estaba ahora tensa, acaso mucho más nerviosa que yo y quería, ante todo, que la escuchara e hiciera lo que ella decía para poder salir de ahí.

Pero la rabia de la torpeza y la desilusión por la cámara mojada me hicieron en ese momento infeliz.

Logramos cruzar después de varios minutos todos los vados y llegar a la playa central. Cojeaba y tenía las piernas llenas de sangre. La gente nos miraba.

Entramos a un restaurante y mi mujer pidió hielo. Escuché que le dijo al tendero en portugués que habíamos tenido un «pequeño problema».

Logré sentarme y colocar el bolso empapado sobre la mesa. Cogí la cámara, saqué la batería y la puse a un lado para que el sol comenzara a secarla. Mi mujer la tomó y sacó la tarjeta de memoria. Ésta era azul, frágil y pequeña. Viéndola, estimé con mayor seguridad y poca resignación que no habría podido resistir el embate del agua salada. Había personas comiendo, un televisor encendido, algunos niños corriendo sobre el entablado. Emily colocó los cubos de hielo dentro de una bolsa sobre mi rodilla y sentí alivio.

Pidió dos cocos y los tomamos en pocos minutos, sin hablar.

Erick Ramos, Pipa 2013 (4)

Erick Ramos, Pipa 2013

Preguntó si tenía hambre y le dije que no. En verdad no quería nada y ella podía comprender eso.

En la habitación de la casa (no encontramos a nadie sentado junto al escritorio), me di una ducha y me tiré sobre la cama. El silencio entre nosotros persistía y el dolor de mis heridas también.

Emily quiso colocarme un ungüento australiano y no la dejé.

Se duchó, puso después las cosas del bolso sobre la baranda de la terraza para que siguieran secándose; el aparato húmedo todavía y lleno de arena, sobre una mesita, junto con el estuche, los monederos y la plaquita azul.

Luego, vino a echarse a mi lado.

Miraba el techo. Seguía en trance y lamentaba todavía mucho la pérdida de la cámara.

—Lo siento —dije—. Soy un estúpido.

—No te preocupes, mi amor —respondió ella—. Puede que las fotos no se hayan perdido.

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