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Ronchamp y la Contrarreforma. De Borromini a Le Corbusier

Como foto de portada de mi Facebook tengo, desde hace tiempo, una extraordinaria pieza de arquitectura; una obra que desde su sorprendente modernidad es ya una obra clásica: la capilla de Notre Dame du Haut en Ronchamp, de Le Corbusier. Se trata de una foto propia, tomada en una limpia mañana de verano tras la ascensión al punto más alto de la colina donde se enclava y el sorprendente y progresivo descubrimiento de su magnificencia; como una acrópolis breve y única; en medio de una naturaleza inmediata, despejada del bosque inferior, en la que la capilla de Ronchamp aparece con todo su esplendor.

Notre Dame du Haut en Ronchamp, Le Corbusier

Su concepción profundamente escultórica, como pieza exenta de bulto redondo; ofrece multitud de matices y fuertes contrastes bajo la luz; pues ya sentenció su autor entonces que “todo se revela a través de la luz”.

Hace pocos meses, una persona introdujo en Facebook un comentario elogioso sobre la capilla de Ronchamp; observando el infrecuente maridaje de su carácter intimista con la rabiosa modernidad que emana su concepción. Comentario que me invitó inmediatamente a apostillar que una buena arquitectura no reniega del pasado, aunque tampoco lo imite. Una extraordinaria sensibilidad late en su espacio interior y crea misterio y poesía; todo lo necesario para la espiritualidad. Son idénticos parámetros a los de Borromini y la contrarreforma.

Esa clara relación entre el libérrimo discurso corbusierano y las premisas escenográficas de la nueva orientación de la iglesia de Roma respecto de la arquitectura, es sobre lo que hoy quiero escribir: Cómo en la comparación de dos arquitecturas muy alejadas en el tiempo puede llegar a darse tan palmaria similitud conceptual en sus objetivos.

Procede recordar que la reforma promovida por la iglesia católica frente al cisma protestante de Lutero, pretendió crear un nuevo espacio religioso rigurosamente teatral, escenográfico; donde el espíritu de los hombres quedara inmediatamente seducido por los múltiples efectos sensoriales dimanentes de la combinación de dos elementos; la arquitectura y la luz, a los que se suma la música y el espacio.

Del mismo modo que la magnificencia de las catedrales góticas había conseguido impresionar al peregrino, con la extraordinaria altura de sus naves y el colorido proyectado por sus vidrieras, que consiguen diafanizar finalmente los gruesos muros románicos; la contrarreforma trataba de crear un espacio aún más rico en sus matices, susceptible de revelar nuevas percepciones y mover la emoción humana hacia la grandeza de lo divino, en un conjunto de estímulos sin precedente; una arquitectura especialmente sensorial y emotiva.

De tales postulados resulta la deconstrucción, que de la geometría renacentista realiza la arquitectura barroca; cuando el arco romano de medio punto se quiebra y recompone según otro orden nuevo; el círculo se convierte en elipse, las fachadas se ondulan según una nueva directriz de planta inédita hasta entonces y un sinfín de transformaciones sobre los elementos fundamentales del vocabulario arquitectónico.

La elegante y equilibrada claridad geométrica del renacimiento da paso a un espacio formal y estructuralmente mucho más complejo; ese es el barroco.

San Carlo alle Quattro Fontane, exterior. Francesco Borromini

Para su evocación, hoy traemos un ejemplo breve muy querido y un arquitecto paradigmático de la época; San Carlo alle quattro fontane de Francesco Borromini. Situado en Roma cerca del Quirinale y adscrito a un pequeño convento de trinitarios, el análisis de su planta ofrece la evidencia del proceso geométrico en el que se sustenta. De la misma, emana una orgía de curvas y contracurvas que bordean una directriz general de planta elíptica, que sirve de base a una cúpula también compleja en su fragmentación como cobertura del templo que recuerda mucho la capilla del palacio del Infante Don Luis en Boadilla del Monte, de Ventura Rodríguez. Un espacio pleno de percepciones diversas que trascienden al exterior, en un continuo y ondulante movimiento de similar inspiración al de la escultura barroca, donde las figuras aparecen siempre en una suerte de instantánea fotográfica del movimiento; algo así como una dinámica momentáneamente detenida, congelada.

Pero como la arquitectura no se contempla, sino que se vive; solo la visita permite apreciar la complejidad del espacio, percibir su extraordinaria sensualidad y las emociones que suscita bajo la luz.

San Carlo alle Quattro Fontane, planta y cùpula. Francesco Borromini

La capilla de Ronchamp se aparece al visitante que asciende por la colina hasta descubrir en su cima la magnífica obra. Una cubierta cóncava que flota a modo de gigantesca pila bautismal sobre una potente base irregular de sinuoso trazado, hace posible una inédita continuidad funcional que permite ofrecer la ceremonia religiosa dentro y fuera, en el espacio interior cerrado y también, frente a la pradera exterior. Sus torres-lucernario sobre las pequeñas capillas persiguen el direccionamiento de la luz, para producir en el interior una infinita sensación de misterio. Las vidrieras insertas en los pequeños huecos abiertos en el grueso muro de mampostería, proyectan unos reflejos laterales que convierten la penumbra del espacio en un caleidoscopio lleno de color, en el que; como simbología religiosa, apenas aparecen una virgen y una cruz. La heterodoxa cubierta de hormigón flota sobre el espacio, separada de los muros por una breve oquedad por la que se filtra la luz, proporcionando a la misma una extraña sensación de levedad. Una bóveda invertida con apariencia de una membrana colgante. La posición de los bancos y otras múltiples asimetrías proclaman la enorme distancia con el templo barroco y, pese a ello, la sensación es la misma.

Capilla en Ronchamp, interior. Le Corbusier

Si bien se dice que la fe de Juan S. Bach estuvo inspirando todas sus composiciones; en definitiva —y he aquí su genuina grandeza— Ronchamp es una capilla concebida por un arquitecto no creyente, que fue capaz de interpretar y alcanzar todos aquellos objetivos programáticos de la arquitectura de la contrarreforma y que, desde ese vanguardismo de los años cincuenta y a través de un vocabulario formal bien diferente; consiguió inspirar ese misticismo paradigmático de la arquitectura barroca. Gloria pues al maestro suizo, que confirma la arquitectura como arte aplicada, cuya grandeza comienza residiendo precisamente en su utilidad y, trascendiendo esta servidumbre; resulta capaz de conmover: …tal como si fuera un arte puro.

 

 

Santiago Fajardo

www.santiagofajardo.com

 

 

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