When you install WPML and add languages, you will find the flags here to change site language.

Siete días en mi móvil

Hoy es miércoles, eso lo sé. Estoy seguro porque me han dicho que mañana y pasado hacemos puente “laboral”, y ya hasta el lunes no hay que volver a trabajar. Eso sí, no me preguntes qué día, de los de número del mes, es, porque eso no lo sé. Siempre ando despistado con eso de las fechas. Es una suerte llevar siempre conmigo el móvil; el móvil, al menos en eso no te despista, ni te defrauda, ni te lleva a errores difíciles de digerir. Si lo miras, impertérritamente siempre tiene un, 8 de septiembre, por decir algo y si después lo compruebas, suele ser verdad.

Sin embargo, para otras cuestiones no resulta tan fiable. Pondré un ejemplo. Hoy, he marcado en mi móvil “el número”, y lo pongo así entrecomillado porque de entre todos los que tengo en la agenda de este aparato, ése, es el número por excelencia. Me comunica con Ella, y Ella para mí representa el único lugar en este mundo en el que de verdad quiero estar. Imagino que tras esta declaración, de tono dramático y en apariencia exagerada aunque tan real como yo mismo, queda aclarada la excelencia del susodicho número.

Pues bien, como decía, he marcado “el número” y…¡bendito sea el señor!, Ella ha descolgado. Ahora me sorprende que descuelgue, no como antes, no, antes respondía siempre a mis llamadas o por decir más verdad, era yo quien andaba siempre contestando las suyas. Era el tiempo en que Ella siempre quería hacerse presente y como estar, estar, no estaba, usaba el móvil. Ha sido tanta la impresión recibida que he titubeado en el arranque de mis palabras, ¡H O O O LA!, me he oído decir y a continuación una risilla floja, ridícula y bobalicona, propia del hombre enamorado y por eso, inseguro que soy, se me ha salido sola, sin control. ¡Me odio cuando me oigo reír así! Menos mal que con la madurez he aprendido a enderezar rápido estos vestigios adolescentes y por eso y a continuación, hablo con la voz más sensual y grave de que soy capaz y que yo creo que es acorde con mi estatura, mi escala social, mi puesto de informático y mi fisonomía. Ella siempre dice, decía más bien —porque en esto el móvil me la jugó— que le encantaba mi voz. Sí, en pasado, le encantaba. Ahora la verdad es que no sé si le encanta. Sí sé que ya no me lo dice. Tampoco dice que no sea así. ¡qué lío!, ¿se va entendiendo lo de la inseguridad y el amor?, y es que así es todo…

hombre teléfono movil hablando ella

Gailjadehamilton “Man speaking on Windows Mobil device” 30/08/2007 via Flickr, Creative Commons

 En cualquier caso, yo quería decirle y así se lo he dicho, que necesitaba amarla, que podía morir si había de seguir así, sin un hueco en su vida que me permitiera atar mi piel a la suya, como la poesía aquélla de Hernández, ésa que está escrita de adorno en una pared del Aeropuerto de Barajas: “y alrededor de tu piel, ato y desato la mía”, o ¿acaso no era sí? o ¿no del todo así? Sea como fuere, lo importante son los huecos. Siempre hay huecos, pero, unos llenos y otros vacíos y ahí está la diferencia. En este mi amor por Ella, siempre han sido más abundantes los huecos vacíos, apenas compensados con unos pocos que querían rebosar y hasta alguno ha habido que se ha desbordado, unos instantes, horas, incluso días. Yo también me desbordé todas esas veces, aunque para mí es normal porque me desbordo a diario. Es una contradicción, continua, lenta y repetitiva, me desbordo en los huecos vacíos que esa mujer crea sólo para mí, en los vacíos absolutos que me impone porque su vida, la otra, la importante, la que vive sin mí porque está casada con otro, siempre está la primera.

Y el móvil, aportando cuanto de suyo puede aportar, metal en la voz principalmente, dijo: —hoy no—. Ahí quedó su voz de mujer y ahí me quedé yo, con un montón de piel desenvuelta que no supe dónde poner.

Día 2

Hoy lunes he vuelto a ir al gimnasio. Mi amigo Nacho, el sábado, no hacía más que decir que habían contratado a una entrenadora, de esas que llaman ahora personal, y que estaba como un tren. He querido ir a comprobarlo. Hay veces en que no me fío de Nacho, son tantas sus ganas de encontrar a la mujer esa que tiene en su cabeza, que en lugar de proyectar de adentro hacia afuera, lo hace al revés. Trastoca así la realidad, haciéndose a la idea de que cualquier tía está supuestamente buenorra y encaja como un guante en su idea preconcebida de mujer. Y ahí va, diciendo, cerveza en mano, porque de otra forma no le saldría, que ha encontrado a la mujer de sus sueños. Que sólo le falta “entrarle”, y nosotros el grupo de amigos, también cerveza en mano, solemos responderle que eso es lo difícil, que a ver cómo se las va arreglar esta vez.

Esta vez,  insistimos en ello, porque Nacho, cuarentón como es al igual que todos nosotros, presume de experiencia y aplomo con las mujeres, aunque todos sabemos, como él, que, a fuerza de intentarlo, es fácil que termine —válgame la metáfora— con la nariz rota. Las mujeres que elige, por alguna razón, no suelen darle acceso a ninguna entrada. ¡Portazo! Ni sexo ni amor, ni esa mezcla entre ambos que tanto les gusta a ellas y que tan innecesaria nos parece a nosotros. Sin embargo, y esto ya es un clásico, todas le quieren como amigo. Le alejan de este modo de la idea de hombre y del conflicto que pudieran tener si le vieran de verdad como lo que es, ¡joder, un hombre! Le convierten en un ser asexuado, encantador y comprensivo, al que abrazan, toquetean y pueden llegar a contar incluso sus más íntimas perversiones sin haber arriesgado ni puesto en peligro ni un ápice de sí mismas. Hay veces en que Nacho no puede entenderlo y se enfrasca en pensamientos concéntricos sobre la intención última que las empuja en esa amistad, imaginando la noche tonta en que, por fin, tendrá sexo con alguna de sus amigas. Amistad como excusa para llegar a ese intercambio de fluidos por el que tanto “trabajamos” los hombres. Ese es su pensamiento. Pero como todo lo concéntrico, suele terminar siempre en un mismo punto común: nada. Todavía, que yo sepa, ninguna de ellas ha sufrido del mal —o del bien— de la noche tonta.

Y yo, en el gimnasio. Sorprendido porque la entrenadora ¡es verdad que está como un tren! Me presento y le sonrío. Me devuelve la sonrisa. Me siento seguro de mí mismo porque no me he notado bobalicón. Es fácil porque ella no me importa o no me importa todavía, prefiero pensar. Si Ella, la otra, hubiera estado allí, ya hubiera perdido el paso, pasando a ser ese ser melifluo y blandengue en el que me convierte su cercanía. Pero hoy tengo suerte, me digo. Al sonreírme, los ojos de esta mujer a quien acabo de conocer, se han parado unos instantes en los míos, reconociendo un leve deje de atracción mutua. A mí, tan castigado como estoy por este amor insensato que siento, con eso me vale. Ha sido suficiente para volver a posicionarme en mi valor más preciado —ser hombre— y he comenzado a marcar mi territorio.

marta gimnasio

Lululemon athletica “Warm up jacket” 03/06/2010 via Flickr, Creative Commons

Por eso, bajo la mirada y las instrucciones de Yolanda, mi entrenadora, he querido dar lo mejor de mí. He sacado pecho y dejado que mis músculos no dejaran de hablarle de las posibilidades que tengo, de lo mucho que se va a perder si no vuelve a mirarme así. Miradita – risita – risita- miradita, punto de concentración en el aparato y esfuerzo; otra miradita – risita, y todo el rato así. Con seguridad. Muy masculino yo, muy encantadoramente encantadora ella, y es que a las mujeres también les gusta mucho eso aunque tampoco comprendo muy bien porqué.

Estando en estas, la musiquilla hortera de un SMS entrante se ha escapado de mi móvil. El móvil. Hasta ese momento Yolanda había conseguido que me evadiera de él, y eso ya es difícil para quien vive obsesionado por ver aparecer en su pantallita un sobre insignificante y pequeño, enviado por Ella, que al abrirse se transforme en un planeta o en una galaxia entera con sus guerras y todo. En ese momento, qué más me dan las guerras si Ella estuviera ahí para pedirme que la salvara, consiguiendo hacer de mí todo un valiente. A diario, por la rutina y el cansancio este que me da amarla, no se me notan mis posibilidades de héroe, pero las tengo. Lo sé.

Y así, con precipitación, he soltado las pesas, abalanzándome como el buen esclavo que soy hacia el móvil. ¡Oh!, amor de mis amores!, ¡cuánta felicidad! La musiquilla no podía fallar, era Ella escribiendo. En esta ocasión, el móvil no metalizó su voz pero sí sus palabras, sonándome a hielo derretido, a frío y calor: —mañana no puedo, pasado, puede—.

Al volver a sentarme en el aparato y agarrar las pesas, he cruzado mi mirada con la de Yolanda. Ahora sonreía bobalicona y yo sólo alcancé a pensar —y a ésta, ¿qué le habrán dao?—

 Día 3

Hoy es pasado mañana, el día del “puede”.

No tengo solución, me digo. Quiero tenerla, me digo también. No es cierto, suelo concluirme. Todo esto, y así de reiteradamente, lo pienso mientras me levanto y mientras me enjabono para afeitarme y mientras me visto, reviso el móvil para ver si tengo algún mensaje, de Ella, voy a por el café y me lo tomo, finalmente, de cara al espejo, mientras me voy peinando. En el intermedio he hecho algunas posturitas para comprobar que aún le puedo resultar potente. Me viene a la cabeza aquello de “todo lo ocupas tú. Todo lo ocupas”. Es uno de sus versos favoritos. Me lo mandó en un mail hace ya… demasiado tiempo. Años. Y me acojono. Este último pensamiento de años que transcurren sin llegar a ninguna parte, me acojona. ¡qué evolución!, ¡Santa Madre del Cielo!, si apenas la reconozco, a Ella, mi amor, mi Marta. Neruda le fascina o le fascinaba. Todo lo ocupaba yo, todo. Ahora ¿quién puede estar seguro? Eso mismo me pasa conmigo mismo, y es que no estoy seguro. No la siento mía, porque no lo es me digo ipso facto, inmediatamente. No siento que me quiera porque ya no me quiere… como antes, me contesto rápido. No necesita de mí, es verdad, suelto veloz el pensamiento. Y luego, luego no sé. Me caigo. Hoy es miércoles y es un quizás.

Trato de serenarme. Pienso en otras cosas, mis hijos, el coche, trabajo, otras mujeres, las copas de los sábados. Me enredo engañándome. Vana ilusión aunque me sienta bien, ésa en la que pienso que el azar ha escuchado mis ruegos y al fin trae para mí un amor como el de antes. Y un amor como el de antes es la Marta de antes pero normal. Normal es sin dedos clausurados, sin anillos que constriñen el ansia de querer porque por delante de ese ansia va – toda una vida – y ,¿qué coño significará eso?: vida acomodada o cómoda, con perro, casa nueva, y niños que juegan en la cancha del jardín mientras el mundo que gira alrededor piensa que Ella y su marido, son la relación perfecta, la pareja perfecta, el ejemplo que esta sociedad desalmada debería seguir. No saben que Marta pone SMS; que los sube de tono cuando ya no puede más; que practica un sexo atrevido y desinhibido al que le costó llegar. Costumbre supongo; lo supuse siempre. No saben que gime en otra cama y sobre todo no saben que soy yo, el posturitas reblandecido, por Ella, sólo por Ella, quien la hace gemir. La perspectiva de que hoy es “quizás”, con aquel “puede” de su último mensaje me hace desvariar.

enviando sms telefono

Gailjadehamilton “Man using Windows Mobil device” 30/08/2007 via Flickr, Creative Commons Attribution / Share alike

Y pasó la hora, la límite para convertir un quizás en realidad. Transcurrió mi mañana. He tratado de terminar el programita dichoso. Es difícil la concentración en una cosa tan delicada como esa cuando la cabeza se va a las manos, sueltas y alocadas que solo piensan en otra piel, evocando. Voy a ser original, me digo, y voy a hacer que grite de placer, que me pida más. Me he notado una erección instantánea, como el café descafeinado pienso, embromándome. Me sonrío de mi propio chiste. Al menos no he perdido mi sentido del humor y la sensación de la sonrisa me descarga de esa tensión que conscientemente me niego. He perdido la cuenta de las veces que he mirado el móvil. Me desespera su quietud. Ese permanecer inalterable. ¡Joder, cambia de color aunque sea!, ¡haz algo pedazo de cabrón! No me hace ningún caso, como es habitual. Estira su silencio hasta la hora máxima en que sé que ya no será posible. Hoy no tendré a Marta en mis brazos. Realidad sin adjetivos. Nada que añadir.

He acabado en el gimnasio. Yolanda me ha tratado con cortés simpatía. Me he esforzado por recuperar posiciones pero la decepción, la que provoqué el lunes, sigue ahí, instalada tras toda ella. No va a volver a arriesgarse. Lo lamento, pero sobre todo me alivia porque me puede ese “puede” y además ya puedo, sin traba alguna, seguir amando a mi Marta. Aún me da para reconocer que ese alivio que siento al haberme quitado de encima alguna posibilidad con Yolanda, tiene algo de perversión indescifrable.

Concluyo así, que no tengo solución.

Día 4

Es jueves y el móvil – ¡cacharro infame! – continúa en su devastadora línea. Su estar sin palabras me desespera. Siento deseos de aniquilarlo. A ratos, aún me sobrevienen ganas de sobreponerme a la realidad exasperante que me muestra y me concentro y me digo que si le pongo toda la fuerza de mi alma al pensamiento de que suene, sonará. Por segundos me lo creo. Llego incluso a sentir cómo el universo en su inmensidad se mueve para que yo haga realidad mi ansioso deseo. Pero la realidad siempre tiene otros caminos. No recibo ningún mensaje de Marta que me la acerque un poquito, ni que me dé consuelo al pensar que en ese instante, piensa en mí. Me quedo así con las ganas de tener una prueba de su amor más allá del sinsentido racional que supone el hecho de amarla. A veces creo que me lo he inventado. Se acusa mi inseguridad. ¡me cabrea tanto! Bueno, lo que de verdad me cabrea es haber llegado a este punto, a este lugar en el que un “cutre-mensaje” me basta. ¿cómo puede bastarme si yo lo que quiero es sentir que me completo a su lado? Quiero mi vida con Ella; o una vida con Ella, con Marta. Marta es mi amor y debería ser posible decirle al mundo con naturalidad que nos hemos elegido, que nos queremos y que somos dos y también uno, y que nos somos suficientes, y no, y que transcurriremos en este existir siéndonos compañía. Ella y yo y los demás, claro. A estas alturas, no hay amor que sobreviva sin los demás. Con los demás y con Ella. Ahora están los demás y a veces Ella, a ratos Ella. Casi nunca… Marta.

Me ha llegado un correo. Menos mal. Me había metido en una espiral de pensamientos en círculos concéntricos, como los de mi amigo Nacho, y estaba empezado a asfixiarme ahí dentro. El centro de esa espiral como en los huracanes es demoledor. Tanto pensamiento de ésos sólo sirve para dejarme arrasado. Y como sé que tengo que sobrevivir, sin Ella, tengo que reconstruirme de cada vez, o cada día, en cada hora. La reconstrucción nunca pasa por abandonarla; bueno, sí pasa, pero de puntillas porque soy consciente de que pese a los pesares y mis penares, la necesito para vivir.

recibo de llamada

Gailjadehamilton “Man using WM keypad” 30/08/2007 via Flickr, Creative Commons Attribution / Share alike

¡Joder!, ¡joder!, ¡joder con el correo!, si ya digo que la realidad tiene unos caminos que… El correo es de Silvia. Silvia es una amiga, mía y de Marta. Nos conocemos del colegio de los niños, de cuando empezaron en Preescolar. Tenían entonces tres años y yo estaba divorciándome. Silvia, según me contó en aquél café en que comenzamos a intimar, se había divorciado hacía ya dos, y Marta, por lo que fuimos conociendo después, hacía gala de una vida feliz, con un matrimonio feliz, en el que aparentemente, todo era perfecto. Ahora tengo que hacer hincapié en el aparentemente, porque con el tiempo y entre reuniones de padres, cenas post partidos de fútbol, cumpleaños, teatros, competiciones y esa variedades que hemos de sufrir los progenitores, a Marta le entró el amor. Un amor único y de verdad, como nunca hasta ese momento había sentido y frente al que luchaba para quitárselo de encima sin conseguirlo. Eso me decía. Marta vivía torturada entre el ser y el deber ser con el que la habían educado. Creo que sigue así, pero con tendencia al deber ser. Su deber ser es el que me arrasa. Espero que este sea definitivamente el último pensamiento concéntrico que hoy se me viene a la cabeza. Estoy plasta. Lo sé, lo noto.

Me he quedado lejos del héroe que siempre digo que soy.

Y Silvia, ¡qué buena Silvia!, aunque en realidad la buena es Marta. Increíble su capacidad para conseguir estar sin que se note. Silvia me propone, tras haber charlado con Marta, jugar mañana viernes un partido de pelota vasca. Es una extraña casualidad. Los tres practicamos este no muy usual deporte desde hace años. Si me apunto y además llevo a un cuarto, me dice Silvia, será perfecto. ¡Dios del cielo y de la tierra!, ¡cómo no voy a apuntarme! Es el relleno del hueco vacío que Ella me ofrece de esta vez. No da para envolverla con mi piel – de eso me sigo muriendo de ganas- pero apaciguará mis ansias. Soñaremos durante el partido, en plural y por un rato, la normalidad de una vida. Me compensa así de su “puede” pasado que no ha sido presente y que aunque no sé cuando, será. Ella sigue ahí, queriéndome a su modo, al modo que le permite la vida en la frontera entre el ser y el deber ser. Su deber ser la sitúa en sus propios círculos concéntricos. Marta vive en el centro de ese huracán, pero viéndola, quién lo diría.

Escribo mi correo respuesta. Miro el móvil con despechada indeferencia:—te jodes, que no te necesito—

Día 5

Estoy en la mañana del sábado. Me acabo de despertar y ya tengo ganas de gritar, de correr, de hacer cualquier cosa que me canse hasta la extenuación. En realidad sólo quiero poner mi mente en un lugar tranquilo en el que pueda reposar. O quizá sólo quiera llorar. Llorar no es fácil. No es que sea un hombre que no llore, no. Lloro, pero con rarezas. De vez en cuando, me asaltan las lágrimas. No sé cómo vienen. Hay veces que tan sólo llegan a asomar y otras, las menos, me provocan un llanto indigno con tendencia al berrinche infantil que suelo sufrir en soledad.

Soy un héroe melifluo y blando, por amor.

Este estado no es más que la consecuencia del partido, me digo. Al terminar, todo fue muy rápido. Marta tenía que irse a toda prisa. La esperaban en casa y se le había hecho tarde. A mí, nadie me esperaba. Me quedé con el faltante de Marta. Sin mi mitad. Ella es la otra mitad de mí. De vuelta a casa conduje como si estuviera manco y cojo, con la impresión de haberme subido al coche y haber dejado algo olvidado que es mío y me hará falta. ¡Madre del Cielo!, ¿cuándo terminará esto? … Y sin embargo, ¡qué bien lo pasamos!, ¡cuánto cariño fue capaz de transmitirme en cada jugada, con cada punto! Sus voces de ánimo, ¡vamos Santiago, vamos!, resuenan en mí aportando algo de relleno a este otro hueco vacío que el partido ha dejado detrás de sí. Y…miro el móvil, ¡puto móvil de los huevos! Hoy tampoco tiene nada que decir, nada que sumar al balanceo incesante en el que se mueve mi mente y que por resumirme viene a ser algo así como, “abandónala con coraje o ten el coraje para seguir amándola”. ¡Joder qué cosas se me ocurren!, me digo. Si a mí me falta el coraje, en general. Es por causa de este amor estéril y empobrecido que sufro, que me hace pobre para adentro y para afuera. Por eso no la abandono, por falta de coraje, por eso y porque el abandono me suena a desierto, a tierra yerma en la que no encontraré mas que matojos requemados por el sol. Si, si, me digo otra vez a mi mismo ante esto último que acabo de pensar – todo lo que quieras – pero no deja de ser falta de coraje.

al fin con marta

Gailjadehamilton “Man and woman using Windows Mobile device” 30/08/2007 via Flickr, Creative Commons Attribution / Share alike

Soy un héroe disoluto y banal, por amor, que no tiene solución. Me concluyo una vez más.

¡Joder!, no dejo de concluirme. Y lo del coraje se me ha quedado ahí, orbitando constantemente entre los espacios aún vacíos que le quedan a mis neuronas. Pensamientos concéntricos, circulares, en circunferencia, que atraviesan mis circuitos una y otra vez sin resolución. Entiendo el sin resolución como la pérdida de la capacidad de resolver. O lo que es lo mismo, sin solución. ¡Nachoooooooo!, grito en busca de ayuda. ¿cómo consigues parar? ¡Por Dios Santo, si él supiera! Yo que tanta murga le doy para que no haga espirales con su pensamiento, para que cambie, para que se haga un hombre nuevo. No una persona nueva, no, sino hombre nuevo. Persona ya es, estupenda por cierto. Le falta el toque masculino adecuado en sus relaciones con las mujeres. Y no, tampoco, no es mariposón ni gay, ni exhibe ningún tipo de dudoso amaneramiento, es sólo demasiado amigo, demasiado…

Al fin y ¡gracias a Dios!, y… a Nacho, conseguí abandonar, a Marta no , a Ella todavía no, pero sí las espirales malditas de mi cabeza. Me acabarán volviendo loco, cualquier día.

Salí de cena con mis amigos. ¡benditos sean todos! En ellos, reposé mi mente agotada.

Día 6

¿Y a quien me encomiendo yo ahora que me sirva? ¡Ni aún juntando los Ángeles del cielo, la Virgen, los Santos y el mismísimo Señor, me da para este alborozo que siento!. Y es que sí, ¡hoy, fue un sí!. Abandoné el café precipitadamente en un mueble cualquiera de la casa de camino al móvil. Fue al escuchar su musiquilla cuando casi corrí en busca del ansiado mensaje. Y sí, así era. Allí estaba el sobre, inocente, sobre la pantalla. Al abrirlo se transformó en un planeta. Mi planeta. Ése en el que soy un héroe, sin más. —“Hoy puedo”— decía. Sólo eso. Y después, me ha venido la perturbación. He trastabillado varias veces al tratar de ponerme los gayumbos frente al espejo. Son esos que compré pensando en ella. Le van a sorprender… ¡se alejan tanto de lo que suelo ponerme! Quería tener un toque de modernidad, para mi Marta. Quería gustarle y enredarla en mi cuerpo para que ya no volviera a despegarse. Quería darle, además de placer —¡Dios, todo el posible!—, un lugar en el que estar y del que ya no quisiera irse voluntariamente. No he vuelto a encontrar el café, es cierto.

He salido a trabajar y me he recomendado calma. Me lo he repetido con insistencia y hasta he echado mano de mi programa informático aún inconcluso para jugar a despistarme. He conseguido despistarme tanto que me he preocupado de verdad. Llevo tres semanas de retraso y la mirada de mi jefa está acusadora. Todavía no ha usado las palabras. Si llega a usarlas, será para darme el ultimátum. Se le dan bien los ultimátum cuando trata de acojonarme —¡sólo el Señor sabe cómo me acojona!—. Después se me vino a la cabeza la idea de que el programa informático que tanto cacareo me persigue tanto como yo al móvil. Y ahí me tuve que reír. Otro motivo por el que no tengo solución. Todo lo insoluble que tengo proviene de mi personalidad, esta en la que siempre a mitad del camino, aún lleno de penas, encuentro un motivo para la sonrisa. Me río de mí mismo y a veces, como hoy, de lo desesperante de una situación que vivo como la mejor de entre dos alternativas pésimas, “NUNCA MARTA — A RATOS MARTA”.

marta me llama al fin

Gailjadehamilton “Woman using Windows Mobile device” 30/08/2007 via Flickr, Creative Commons Attribution / Share alike

Y luego, la mañana ha tratado de discurrir conmigo subido al tiempo. Empujaba los minutos con mi mayor voluntad, en ese intento del a ver si…. empujando, empujando, conseguía que transcurriese una hora y otra más, y mientras, no dejaba de pensar en cómo iba a demorarme en su cuerpo, allí, en aquél cielo que abría sus puertas para que yo pudiera entrar a poseerlo.

Salí por fin a la hora exacta, 15:30 H decía el reloj.

Dejé tras de mí el ordenador con un programa a medias, y unas notas de mi puño y letra en un post it, que tengo la certeza de que me resultarán indescifrables para mañana martes. De camino a la puerta, no encontré ningún obstáculo perturbador. Mi jefa no andaba por allí, y el móvil, haciendo gala de su costumbre, había guardado silencio. Hoy se lo agradecí. Ya en la calle lo miré por última vez, con miedo me confieso, no fuera a ser que hubiera algún cambio de planes inesperado. Pero no. Sólo silencio. El silencio, ese mismo que me tortura a diario, hoy me hizo feliz. Como el mismo móvil. Me he sorprendido cuando después de mirarlo y antes de guardarlo en el bolsillo de mi chaqueta, sin pensar, lo he besado varias veces, agradecido como excepción de su quietud. Si ya digo yo que voy a acabar loco. El móvil será el culpable, pero no habrá médico capaz de diagnosticarlo porque la causa de esta obsesión es un secreto, y yo me dejaría morir lentamente antes de confesarlo. Lo sé.

Y así, me encaminé hacia la vida. Una vida entera que necesariamente había de resumirse en unas horas. Ganaba la opción A RATOS MARTA.

Día 7

Hace casi un año que no escribo en estas cuartillas, que hoy he encontrado inesperadamente. Las releo y vuelven aquéllas ya viejas ganas de concluirme.

He vivido durante este tiempo y vivo todavía, en eso que me he llamado para mí mismo, situación en encefalograma plano. Es justo lo contrario a aquéllos círculos concéntricos que me traían por la calle de la amargura. Claro que tenían la ventaja de hacerme sentir. Ahora no siento nada.

Vivo en estado permanente de amortiguamiento. Me fui escapando poco a poco a algún lugar indefinible en el que el dolor llegaba cada vez menos hasta que al final, no pudo alcanzarme. A cambio, me fui quedando en esta situación, no sé si lamentable, en la que las emociones no llegan nunca a darme de pleno.

¡Dios mío!, me digo, a veces. Aunque no siempre me atrevo. Dios suele estar con los justos y rectos y yo soy un torcido. Me torcí y aunque ya no veo a Marta, no he vuelto a enderezarme, ni siquiera con los silencios con los que respondo a los SMS en los que Ella, ahora sí, dice claramente que me quiere. Solo eso.

 

FIN

 

Carmen Honrado (6 Posts)


3