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Tectónica de los edificios antiguos

Siendo la tierra escenario de la vida humana, de cada uno de sus puntos se desprenden sutiles alusiones a un cierto tipo de vida que en él sería posible. Esto es lo que Ortega llama “la razón geográfica de cada lugar”, y así en cualquier paisaje, hayamos preformado un peculiar estilo de vida que habría de ser como la perfección cósmica de aquel trozo planetario. De modo recíproco, en todo hombre subyace un paisaje ideal de dónde su vida alcanzaría la plenitud. Late así, en cada lugar, un posible destino humano que pugna por realizarse y actúa como un imperativo telúrico o atmosférico sobre los hombres que lo habitan.

Esta es la razón por la que entiendo la arquitectura enraizada, como un árbol. Es el lugar y sus circunstancias lo que determina sus rasgos, el gesto, la orientación de su mirada o la naturaleza de su piel. Eso, entre otras cosas, es lo que hace distinto el testimonio de cada cultura y condiciona la vida humana en cada punto del planeta. La arquitectura nace necesariamente del encuentro con el lugar y de la armonización de las fuerzas en juego. Parámetros como uso y destino, latitud y clima, orografía, soleamiento, vientos dominantes, posición, accesos, orientación, idiosincrasia cultural, etc. son algunos de los determinantes que hacen de la arquitectura un traje a la medida del hombre, alta costura.

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Olga Berrios “El Tajo y Toledo a la derecha, con el Alcázar” 07/05/2012 via Flickr, Creative Commons Attribution

De aquellas razones nacen ciertas diferencias, como por ejemplo las que el propio Ortega deduce al analizar el mito de Don Juan comparando las ciudades de Sevilla y Toledo. La primera llana, abierta y ultramarina, blanca de luz y sombra donde hablan las calles y las plazas, los patios y las flores en la ventana. La segunda hermética, agreste y vertical cuya mirada se dirige a unos cerros pedregosos y sus topónimos evocan tragedias y batallas; aunque su arquitectura fragmentaria quede perfectamente adaptada a su relieve, como un guante. Así pues, qué personalidad tan diferente puede deducirse de los habitantes de una y otra; parece verosímil pensar que las andanzas de Don Juan hubieran resultado imposibles en la ciudad castellana.

Pues bien, hoy nos encontramos con un panorama de uniformidad que me parece discordante con esa razón geográfica que reivindica Ortega. Hoy la arquitectura está asistida por una sofisticada tecnología que permite su asimilación a la concepción y fabricación de una cápsula, o dicho de otro modo; hoy construimos prototipos que se reproducen de modo indiferenciado en cualquier localización y cultura. El resultado es que las áreas de crecimiento reciente de las ciudades presentan una imagen parecida e indiferenciada que borra cualquier rastro de su pasado, su memoria y fisionomía, haciéndose su presencia anónima e irreconocible.

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SubtlePanda “Torre del Oro” 16/06/2009 via Flickr, Creative Commons Attribution

 Pero más allá de consideraciones tipológicas, procede resaltar el tributo que la arquitectura contemporánea está pagando por ello. Me refiero al costo energético que comportan los prototipos, en su adaptación a cada circunstancia; como resultado del progresivo adelgazamiento de la piel en los edificios en esa incesante búsqueda del espacio y, sobre todo, de la luz. El precio de ese cierto desarraigo representa siempre un acondicionamiento energéticamente costoso.

Cuando en el momento presente se habla tanto de la necesaria sostenibilidad y se preconizan tecnologías sofisticadas para hacerla posible, procede esta reflexión como glosa de los edificios antiguos y su capacidad de adaptación al lugar, con la determinación de su imagen propia y su contribución a la imagen urbana. No resulta difícil enumerar las aportaciones de la arquitectura romana o la arquitectura árabe al confort y la sostenibilidad de la vivienda. La orientación inteligente de la casa y la dirección más conveniente de su mirada hacia el sol, un atractivo paisaje o el fresco norte; el aislamiento térmico y acústico proporcionado por unos muros gruesos; el acopio y almacenamiento de agua con la organización geométrica de la cubierta y el impluvium; la calefacción por glorias, antecedente indiscutible del suelo radiante; la disposición de techos altos allá donde se requiera evitar el calor; la refrigeración obtenida por la combinación de sombra, brisa y la humedad procedente de una lámina de agua; el patio como fachada interior y espacio abierto privado, etc.

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Thienzeiyung “Sulaman, Kota Kinabalu” 20/03/2010 via Flickr, Creative Commons Attribution

A mayor abundamiento; el componente económico de esa arquitectura contemporánea de grandilocuente gestualidad, constituye un desafío a las leyes de la naturaleza solo posible mediante un ejercicio virtuoso de ingeniería y tecnología, cuyo elevado costo resulta incongruente con la escalofriante realidad social de nuestro planeta.

Aquellos valores apreciados ya de antiguo y conseguidos mediante soluciones constructivas tradicionales, a partir de una concepción de la arquitectura racionalmente adaptada al lugar y sus circunstancias, quedan perfectamente en línea con la exigencia de sostenibilidad que hoy por fin se hace ineludible. No digo que debamos olvidar las aportaciones que la tecnología nos ofrece en materia de eficiencia energética, sino lamentar el incomprensible e injustificado desdén con el que durante tanto tiempo se han mirado las arquitecturas de otra época. Bastaría el recuerdo de muy breves principios generales para hacer una arquitectura energéticamente eficiente y sostenible. Una arquitectura que hundiendo sus pies en el suelo, como un árbol, responda y coordine en natural equilibrio esas fuerzas telúricas presentes en cada lugar. Seguramente las ciudades podrían ser así más reconocibles en su verdadera y singular identidad, recuperando su personalidad, el gesto y la fisionomía; en suma una arquitectura más responsable, menos costosa y más comprometida con el medio ambiente y la sociedad de nuestro tiempo.

Santiago Fajardo

www.santiagofajardo.com

 

Santiago Fajardo (4 Posts)


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