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Un clic a la densidad del tiempo

Lo primero que notas es que tus sentidos se agudizan.

Normalmente acostumbrados a la abundancia, a discriminar y filtrar el exceso de estímulos que te rodean, de repente tienen que volver a su esencia primitiva y dar un giro de 180 grados. Ahora su utilidad consiste en sumar, no en restar y sinceramente, han perdido la costumbre. Desconcertados, se ven obligados a rastrear los ecos provenientes de señales esquivas emitiendo en frecuencias aletargadas. Obligados a esforzarse, comienzan a aportar datos enriquecidos por la escasez de lo real. También puede que inventen.

Pero pensándolo bien esa no es la secuencia correcta, es tan sólo lo primero que te viene a la cabeza, quizás lo más intenso, lo que te posee de inmediato, pero hay un paso previo. Ese preámbulo se asemeja mucho a descender de un avión con los oídos taponados esperando ese ¡pop! que acabe con tu aislamiento sensorial. Ese es el principio.

Y todo es debido a un cambio brusco en la densidad.

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Heráclito es nombre de gato. ©Enrique Moragrega

El lugar no se encuentra a más de 90 minutos de donde estás. De donde estás tú también lector, a 90 minutos de cualquiera. Un radio de 5.400 números contados con la cadencia adecuada, algo razonable. Un tiempo razonable, real y físico, que es independiente de la conciencia. Pero hay otros tiempos cargados de subjetividad, donde la distancia entre el tic y el tac es caprichosa.

Y es al bajar del coche cuando lo percibes. Tus sentidos dan cuenta de una realidad esponjosa.

No sabes muy bien qué ha ocurrido. Cargaste el equipo en el coche, “que no se me olvide nada: las tarjetas, el trípode, los flashes, los objetivos, las baterías, ¿las cargué?”. Se te olvida la llave del garaje, subes, vuelves a bajar, al final se te hace tarde. Abres la puerta del garaje, pitas, vuelves a pitar, el coche que te impide salir se da por fin por aludido. Más que moverse, repta perezoso, hasta que lo pierdes de vista. Te incorporas a la calle, muchos coches, te tragas uno aparcado en doble fila, intermitente, no te dejan salir, frenas, un autobús, otro autobús, lo consigues, M-30/Todas direcciones. Más coches, más rápido. Han pasado sólo 10 minutos, eso sí, compactos, sin resquicios, tan saturados como imperceptibles debido a su densidad. Camuflados de cotidianidad.

Te subiste al coche hace rato, como siempre, abriéndote camino entre la maraña de masa que te rodea que, por habitual, se torna obvia y prescindible. No reparas en tu música, siempre a todo volumen, ni en las veces que has cambiado de pista. También resbalan por tu memoria las dos llamadas de teléfono que has recibido mientras conducías. Cuelgas, bluetooth, llaman de nuevo, lo coges, hablas, cuelgas, conduces, a 70, frenas. Mientras, a tu alrededor, el paisaje huye en dirección contraria, todo prescindible. Más minutos saturados al 100%, esa es la densidad de tu tiempo.

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En zona. ©Enrique Moragrega

No es la llegada al destino lo que atrapa tu atención, sino la certeza de que no sabes aparcar en el vacío. Entonces abres la puerta.

Rápidamente percibes a tu alrededor el flujo de dos mundos que intentan igualarse, en ese preciso instante, aún sentado, es cuando tomas conciencia de la densidad compacta del interior del coche, en la que vives, de su peso, de su opresión, y casi simultáneamente, de cómo se esfuma diluida en la densidad diáfana del nuevo espacio.

Bajas del coche y te invade la levedad. Los sentidos te hacen partícipe de su desconcierto, proporcionándote un embotamiento sensorial cuya duración ya no puedes calcular en minutos. Sólo cabe esperar el ¡pop! de la descompresión. En algún momento acaba ocurriendo.

Lo primero que notas es que tus sentidos se agudizan.

Te mandan información distorsionada, te hablan de poros enormes, de un tiempo casi hueco, mensajes cifrados que te cuesta entender.

Tras el ajuste sensorial te empieza a llegar información más depurada. Lo que antes captas es el eco del sonido de tus pasos al deambular por el lugar. No son rítmicos, se detienen y reanudan la marcha de forma caprichosa, sin rumbo.

No sabes cuánto tiempo llevas allí, vagando de un sitio a otro, buscando algo que sólo sientes, esforzándote por abrir al máximo tu campo de visión. Tocando los árboles y las paredes de adobe, olfateando la vacuidad. En algún momento te preocupas porque se te escapa la luz y más tarde tienes sed, nada más.

Es una cuestión de densidad.

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Oniria. ©Enrique Moragrega

La densidad es una magnitud que hace referencia a la cantidad de masa contenida en un determinado volumen. Ese es el epicentro de tu desconcierto, la densidad del tiempo de ese lugar.

Has llegado a un lugar donde el tiempo es muy poco denso. Un minuto real, el de los relojes atómicos, es un minuto en cualquier lugar de la tierra, pero lo que ocurre en un lugar determinado durante ese minuto es la masa que rellena ese volumen estandarizado. Has atravesado un gradiente de densidades demasiado alto como para pasar desapercibido, y eso es lo que dota a ese sitio de su fascinante pausa onírica. Ahora tienes que fotografiarlo.

Oyes su parpadeo antes de verla. Te mira incrédula desde su ventana, a salvo. Te hace saber que eres un intruso que está sacudiéndolo todo. Percibe tu presencia, por eso se ha asomado. A pesar de ir caminando despacio y deteniéndote, debes estar creando una gran inferencia en la masa del numerador y descompensando la ecuación de la densidad reinante.

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Cruces de caminos.©Enrique Moragrega

Un hombre se presenta delante de ti en una esquina, es la segunda persona que ves en no sabes cuánto tiempo. Su postura es desafiante, te pregunta si estás de caza. De caza, prefieres no contestarle. Le miras directamente y dices que eres fotógrafo,  eso le confunde más. Te dice que nadie va a impedirte hacer fotos: aviso a navegantes, copiado. Al cabo de un rato tienes a todos los hombres del pueblo, no impidiéndote hacer fotos, a 30 metros de tí sin quitarte ojo. Son cuatro. Eres muy consciente de que tu presencia altera la ecuación y eso les pone nerviosos.

Decides la ubicación de la cámara, estableces el límite de 1 hora para captar la actividad que se produzca delante del objetivo, esa será tu masa. El espacio encuadrado será el volumen. Cuanto más saturado esté el fotograma final con la suma de elementos, mayor será la densidad del tiempo en esa ubicación. Cuanto menos lo esté, menor será dicha densidad. Esa es la hipótesis de trabajo.

¡CLIC!

 

 

 

Enrique Moragrega (3 Posts)


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