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UN QUIJOTE EN BICICLETA

Erick Ramos Solano

Alto, anciano, solitario. Su vieja casa está en el infinito campo y una gata fantasmal de nombre Dulcinea corretea su memoria. La destrucción del desarrollo y el progreso es el gran molino de viento contra el que debe enfrentarse. Su nieto Robin (un niño de ocho años, adicto a las historietas de superhéroes, rechoncho y poco sociable), lo acompañará en la aventura final del escape y la locura de quien desea preservar, en pie de lucha contra el abuso del capitalismo, la patria en que se ha nacido. Es el Quijote de Felix Görmann, alias Flix (Don Quijote, Carlsen, 2012; en español: Dibbuks, 2014), el joven y despierto caricaturista alemán nacido en Münster en 1976.

Tobosow (Kreis Müritz), es un pueblito casi deshabitado en medio del campo. Alonso Quijano, el protagonista, lee una tarde en el periódico que Don Moliniero venderá sus tierras (200 hectáreas) a un consorcio de “energía verde”. Movido por la cólera y la indignación, toma su bicicleta —llamada «Rosinante»; sí, con “s”— y se dirige al centro de la aldea donde su amigo Sancho Panza, un viejo y tranquilo tendero, lo recibe con sorpresa. Nuestro nuevo Quijote ve con malos ojos la posibilidad del rompimiento de un pacto que hacía de la ciudad, hasta entonces, un lugar todavía puro y apacible. «Tobosow ist schön. Tobosow gehört uns. Und es ist unsere Aufgabe und Pflicht dafür zu sorgen, dass das so bleibt» (7), reza la letanía que concentra en alguna parte de dicho estatuto el objetivo supremo de sus vecinos: defender la ciudad de todo mal. No muy lejos de ahí, al pie de la carretera, una empresa llamada (no por nada) «Paulo Coelho. Beschriftung aller Art», coloca un panel publicitario que anuncia la inminente construcción de un Windpark, un parque eólico. Es solo el comienzo.

La primera aventura con la que Flix desea conectar su Quijote de viñeta con el cervantino es aquella de la primera salida del segundo capítulo, donde el Caballero de la Triste Figura confunde rameras con preciosas e inocentes doncellas de un castillo medieval que, en realidad, era una venta donde un hombre tocaba el cuerno empujando cerdos. En el Quijote hecho a lápiz, Flix coloca también a su personaje a merced de dos prostitutas y un camarero enano y pendenciero en un pequeño Lustschloss —la palabra «Schloss» juega aquí un papel importante—. Dentro, todo le parecerá a nuestro personaje enorme y lujoso. Luego de unas horas, borracho y aún desconcertado, encontrará al hijo de Sancho Panza (muerto ya, páginas atrás), un hombre sin escrúpulos, promotor de la venta de las tierras del pueblo, y continuará entre ambos el pugilato y el conflicto.

No será hasta que su hija, Atonia, lo rescate de la aldea —mas no de la locura—, que el anciano dejará el campo e irá a la capital, Berlín, para olvidarse por un tiempo de sus propósitos. Empieza así una de las partes más interesantes del libro pues Görmann dará a su personaje vida propia, sin intertextualidad evidente, colocándolo en el conflicto familiar entre el viejo Quijano, Antonia y Robin, el nieto que se cree Batman.

Flix, Don Quijote. Carlsen, 2012

Ella, preocupada por la salud del padre y su impredecible arrebato, desea llevarlo a un internado para ancianos llamado «Cervantes» (27) —por supuesto, los guiños a ciertos aspectos culturales, sociales o políticos peninsulares no cesarán; como el poco feliz «ETA. Freiheit & Mehr» (32) en el depósito de un camión, «L.A. Mancha» (37) en el atuendo de un chiquillo o la clínica llamada «Francisco-Goya» (61)—. El niño, poco afable a aceptar la realidad de que no es «der Dunkel Ritter» (40) ni guarda en los sótanos del edificio un monstruoso murciélago flamígero, verá en su abuelo a un hombre de otro tiempo que lo ayudará por fin a ser un verdadero caballero.

Aquí Görmann, con sutileza, compone su tragicomedia desde dos planos. En el primero, hace a sus personajes sufrir la sinrazón de otro disparate, ya no la del anciano, sino la del niño que devora historietas y cree que el mundo se comporta como la abominable (ir)realidad de los superhombres y los villanos; esa «máquina mal fundada» del cómic. El anciano querrá enseñarle los secretos de un caballero andante (el caballo y el burrito que monta su nieto Robin por ello no solo serán producto de su imaginación desaforada, sino elementos de la locura en la búsqueda moral del bien y lo correcto); pero en la cabeza del niño solo habrá una posibilidad para la heroicidad: la del hombre en maya, encapuchado y sin miedo. En el segundo, reconstruye al mismo tiempo en este triángulo un conflicto distinto y acaso más profundo: Antonia, mujer solitaria y permanentemente estresada —especie de voz de la cordura de los tiempos modernos—, no solo desea internar al padre y reservarse así la preocupación de su cuidado, sino salvar el reclamo por cierto tipo de abandono durante su infancia, recluido toda su vida, según ella, en su vieja biblioteca. A su vez Robin, también sin padre, recupera en el anciano cierta imagen paternal de quien comprende su rebeldía y le deja ser.

Al encontrarse una vez más con el hijo de Sancho Panza y Don Moliniero al pie del Reichstag en el barrio de Tiergarten, Quijano volverá a arremeter contra ambos, cayendo de la bicicleta, perdiendo el sentido. Nada entonces podrá traducir mejor los propios golpes y trompazos de la novela cervantina que los recursos del cómic. Uno de los momentos más intensos del libro es cuando nuestro protagonista, despierto en una habitación del asilo, querrá escapar de la pesadilla del encierro (62 y ss). Aparecerá un demonio, personaje de otro de los libros de Flix, Faust (2010); sabrá gracias a otro anciano que sus hazañas, a modo de historieta, están editadas en un diario (el Frankfurter Allgemeine Zeitung o el Märkischen Volkfreund, diarios donde salieron originalmente las viñetas en Alemania), y por fin una noche lo rescatará Robin, como si en verdad fuera Batman, para regresar juntos a Tobosow, el terruño abandonado.

Pertrechados en la mansión, luego de superar otras aventuras quijotescas y con la policía buscándolos, será movido en medio de la noche tormentosa por el fantasma de Dulcinea, su gata muerta. Nuestro Quijote saldrá en bicicleta rumbo al episodio final de su demencia. El último duelo.

Padre, hija y nieto se reencontrarán a la orilla del río y, luego de un choque, don Alonso Quijano volará por los aires y, tumbado en el suelo, volverá a recuperar la cordura. Será feliz en ese momento la reinvención del último desafío entre el Quijote y el Caballero de la Blanca Luna. Pero así como el cervantino, el Quijote flixeano también deberá morir. Internado una vez más en el asilo, creerá encontrar la paz necesaria para escribir su testamento —cuyo contenido desconocemos— y morir dormido abrazado al recuerdo del felino.

Görmann ha sabido rescatar uno de los aspectos más universales de la novela de Cervantes: su idealismo; la lucha por causas perdidas, la defensa sin descanso del orden del bien sobre el mal: ese sueño imposible del justo. Este sentimiento, casi en estado crudo, desatado así en la furia de un anciano que desea proteger la tierra del desastre total, no parece triunfar; el mundo cruel que lo maltrata y persigue ganará la batalla. El Quijote flixeano consigue ser un nuevo rescate del personaje novelesco que, convencido de la integridad del ser humano, lucha por una causa noble aunque, al final del camino, desfallezca, se rinda. Este, también «seco de carnes, enjuto de rostro», es un Quijote con el que, admito, sentí empatía. Su patética nostalgia, la desesperanza de sus acciones y la justa razón de su protesta conmueven tanto como el Quijote real de 1605. Pero sobre todo, la ingeniosa burla flixeana, al igual que la cervantina, del héroe sin tiempo afectado por un deseo humano de bondad y sacrificio. «Rechtzeitig erkannter Feind ist halb besiegt!» dirá en todo momento, tratando de calcar esa retórica caballeresca del Amadís de Gaula. No es claro, por supuesto, que el Alonso Quijano del cómic se haya convertido en el héroe cervantino que «así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio». No, el personaje de Felix Görmann está hecho de otros trances, otros demonios. Como argumenta Frank Schirmmacher en su pequeña introducción (12-13), Don Quijote no es una adaptación, sino la más libre interpretación de los ideales recogidos en la novela española monumento del Siglo de Oro.

La locura que este autor alemán caricaturiza se comprende mejor no en la torcida realidad de los libros de caballería, como advertía muy bien hace siglos atrás el autor nacido en Alcalá de Henares, sino en la torcida realidad de nuestro mundo. Görmann, como Comiczeichner, ha sabido desarrollar sus intereses literarios anteriormente con clásicos como Goethe y Dickens, recreando (o resucitando) personajes perfectos, retratando desde la perspectiva del dibujo (siempre en blanco y negro) y los ya clásicos recursos del cómic esas pasiones humanas más elementales, acercando lo trágico y lo cómico con solvencia y originalidad. En el caso de la obra cervantina, Flix ha confesado haber vivido desde niño, gracias a las lecturas familiares del abuelo, esa Fantasiewelt del Quijote; luego, con los años, volverse un gran Spanienfan y saldar con su libro una especie de deuda con su propio espíritu.

El Quijote de Flix (su negro traje, su bicicleta, su paraguas, su pipa a lo Günter Grass) sigue pues la senda de los caballeros cervantinos recogida por Jean Canavaggio en su Don Quichotte, du livre au mythe (2005). Desde los primeros grabados franceses de don Quichotte et Sancho de 1618, los frescos de Coypel, los dibujos de Fragonard, Vanderbank y Chodowiecki del siglo XVII, pasando por los clásicos de Johannot y Doré, en el ochocientos, hasta las primeras adaptaciones cinematográficas de 1903 de Zecca, Arthur Hiller (con Peter O’Toole y Sophia Loren) de 1972 y Lost in la Mancha, de Louis Pepe, de 2003. En todos, el ingenioso hidalgo arremete contra un mundo violento e inclemente, terminando sus días en la soledad de ese amor vesánico de los que creen todavía en un mundo distinto. Me pregunto, ¿quién podría hoy dejar su hacienda y salir por el campo a desfacer entuertos? Pues un Quijote en bicicleta.