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Ya está aquí la primavera

Carmen Pérez Rodriguez

Hoy he vuelto a Montjuïc. Hacía tiempo que no subía y ya lo echaba en falta. Es mi lugar preferido de Barcelona. Cuando estoy estresada o bloqueada siempre voy allí. Me relaja observar el paisaje y las hermosas vistas que ofrece la ciudad desde lo más alto de la montaña. Aunque parece que no he elegido el mejor día para salir a pasear. El cielo se ha cubierto del grisáceo de las nubes y el sol está desapareciendo.

Cada vez que vengo voy a un sitio diferente. Esa es la ventaja de vivir en una gran ciudad, todo es tan inmenso que cada día me puedo permitir el lujo de descubrir algo nuevo. Esta vez he llegado a una plaza repleta de pequeñas fuentes que hasta ahora desconocía. Parece que todo está hecho a medida, las fuentes están decoradas con mosaicos de un azul intenso y cuadraditos amarillos y negros que homogenizan la belleza del paisaje, y el agua desciende formando pequeñas cascadas hasta perderse en la infinidad.

En el cielo, las gaviotas vuelan en la lejanía formando pequeños círculos hasta esconderse entre las nubes. En la tierra, la gama de verdes baña el paisaje aquí y allá. Verde claro, verde oscuro, verde pino, verde pistacho, verde pastel, verde lima, verde oliva… Verde parque. Este color siempre me ha transmitido sensación de tranquilidad. Lástima que no esté tan presente en nuestro día a día. Al parecer, los pinos ya han crecido bastante desde la última vez que estuve aquí y las flores, rojas, amarillas, blancas, rosas, violetas y de mil colores más, asoman la cabeza de entre las plantas para hacerse notar. Ya está aquí la primavera.

Siempre me encuentro al mismo tipo de gente paseando por aquí. Yo los clasifico en tres grupos: los que sacan a pasear a sus perros, los valientes ataviados con su ropa deportiva que salen a correr y, cómo no, los turistas. Estos son los que más me gustan por dos motivos: primero, porque de entre todos ellos nunca se escapa el extranjero con sandalias y calcetines, ya sea verano o invierno; y segundo, porque me encanta ver su sonrisa cuando se giran para observar la bella Barcelona. Y es que por mucho que haya contemplado este paisaje, la sonrisa que se me dibuja cada vez que vengo podría hacer que pasase por otra extranjera más, bueno, eso y las sandalias con calcetines.

En cualquier caso, hice bien en ponerme botas hoy, el cielo se está cerrando cada vez más y el sol ha desaparecido por completo. Creo que va a llover. Es hora de irse a casa

 

Hoy he vuelto a Montjuïc. Hacía tiempo que no subía y ya lo echaba en falta. Cuando llegué a Barcelona fue el primer sitio que visité, y desde entonces se ha convertido en una especie de refugio para mí. Adoro pasear por sus jardines y sentirme parte de ellos. Aunque parece que no he elegido el mejor día para salir a pasear. El sol no me calienta la cara, debe estar escondido entre las nubes. Una ligera brisa peina mi melena y me despeja la cara para poder sentir el aire fresco. Me relaja.

Percibo varias fuentes a mi alrededor. Al menos hay unas tres: una a mi izquierda, otra a mi derecha y otra enfrente. La de enfrente debe ser la más pequeña, ya que el chorro de agua cae con menor intensidad que el resto, aun así, parece que es la fuente principal, debe ser el centro de esta plaza. Siempre me han dicho que el agua es transparente. Que se camufla entre los colores allá por donde pasa. “El agua del mar es azul por el reflejo del cielo pero, por ejemplo, en los charcos es marrón porque se mezcla con la tierra.” Me resulta tan curioso. Sin embargo, el agua, para mí, es el puro reflejo de las cosas.

Las gaviotas tienen ganas de cantar. Se escuchan aquí y allá sin cesar. El mar debe estar cerca. Además de las gaviotas, hay al menos otros cinco tipos de pájaros revoloteando en el cielo, y cada uno entona su cántico particular. Tendrán aquí su hogar, este parque tiene pinta de ser grande. Me transmiten tranquilidad. Alejada del ruidoso tráfico de ambulancias, coches y el estrés de la ciudad, aquí respiro tranquilidad. El fresco olor de las flores se deja sentir en el ambiente. Es un olor intenso, pero agradable. Esta flor debe ser una violeta, me recuerda al agua de colonia que siempre lleva mi madre. Su tacto es suave, muy suave. Ya no están escondidas como hace unos meses. Por fin han asomado la cabeza para dar la bienvenida al sol. Ya está aquí la primavera.

Mucha gente viene a pasear por aquí. He llegado a la conclusión de que hay tres tipos de personas que suben a Montjuïc: aquellos que sacan a sus perros a pasear que, por una razón u otra, nunca dejan de ladrar; aquellos deportistas que siempre pasan corriendo por mi lado y que suben y bajan escaleras sin cesar; y, cómo no, los turistas. Estos son los que más me gustan. Además, vienen de mil sitios diferentes. A veces escucho alemán, otras portugués, otras inglés, otras árabe… y, a pesar de no conocer todos los idiomas, puedo interpretar su asombro al contemplar la ciudad e indirectamente me lo contagian… y sonrío.

El viento sigue soplando con fuerza haciendo que los árboles choquen unos contra otros. Pero no hace frío, curioso. Creo que va a llover. Es hora de irse a casa

¿Podrías ver la vida con los ojos cerrados? Tenemos la costumbre de apreciar las cosas a través de la vista pero ¿cómo sería nuestra realidad si la mirásemos a través de la imaginación? No por ello deja de ser real, simplemente es diferente. Por inercia, facilidad o comodidad, siempre nos hemos apoyado en la visión y nunca nos hemos parado a pensar cómo ven la vida aquellas personas incapaces de verla. Ellos se ponen en nuestro lugar día a día, saben lo que vemos y la facilidad con la que lo vemos, pero ¿y nosotros? ¿Seríamos capaces de ver la vida a través de sus ojos?

Yo me atreví a ver la vida de esta manera y me sorprendí de todo lo que cada día he visto y no he sido capaz de observar. He sido capaz de sentir lo que el paisaje me ofrecía. He formado parte de la realidad en lugar de ser una mera espectadora de la misma. La sensación es parecida a cuando ves una imagen de algún lugar hermoso como el barrio de Montmartre en París, la cascada Skogafoss en Islandia o la bella Alhambra de Granada. Contemplas la imagen y piensas: “quiero ir allí”. Pero cuando estás ahí, no solo basta con ver el paisaje, sino que hay que sentirlo. Hay que sentir la pura esencia parisina que nos ofrece Montmartre, hay que dejar que el agua de Skogafoss nos empape la cara y nos sintamos inmensamente pequeños al lado de la misma, hay que percibir la naturaleza árabe de la Alhambra y transportarse al reino Nazarí de Granada. Por primera vez he podido contemplar aquello que, con los ojos abiertos, pasó desapercibido. Por primera vez he podido mirar, en lugar de ver.

Piensa en tu lugar favorito, en un sitio que te guste o que por algún motivo sea especial para ti. Cuando tengas tiempo, ve a este lugar, cierra los ojos y deja que el resto de tus sentidos te muestren esa desconocida realidad. Y disfruta.

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