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Barcelona – Zurich

—¡No me lo puedo creer! ¿Que no hay dinero en la cuenta? —preguntó Silverio con la boca medio torcida. —Perdone, pero en esta cuenta ayer había unos cinco mil y pico euros.

—Ayer puede que los hubiera… —respondió el empleado del banco levantando las cejas y mirándolo— pero hoy no hay nada… La cuenta está a cero.

—¡No puede ser! ¿Qué ha pasado con el dinero?

—Voy a imprimirle los últimos diez movimientos —dijo el empleado intentando calmarlo—,  así podrá ver si hay algún error. Tome, aquí puede verlo.

Silverio cogió el extracto de manos del empleado

—¿Qué…? ¿Qué cojones es esto? —Comenzó a gritar con el papel en la mano— ¿Quién ha sacado los cinco mil trescientos cincuenta y siete euros que había? Los sacaron ayer, ¡joder! —continuó gritando sin quitar la vista del papel— Vamos a ver…—preguntó al empleado— ¿Quién hizo ayer este reintegro?

—Si la cuenta es suya…lo tuvo que hacer usted, o quien esté junto a usted como titular.

—También está mi mujer…!joder¡ ¿no lo habrá sacado ella? —Silverio comenzó a irritarse, solo de pensar que ella hubiera sacado todo el dinero sin decírselo.

—Voy a llamarla ahora mismo —dijo sacando el teléfono móvil del bolsillo.

La llamó más de diez veces, pero el teléfono estaba siempre apagado o fuera de cobertura.

Ahora sí que me estoy mosqueando…. —le dijo al hombre y salió a toda velocidad hacia su casa.

barcelona

Durante el corto camino que había entre La Diagonal, donde se encontraba el banco, y su casa en el Passeige de Sant Joan, muy cerca de la Plaça de Tetuan, le dio tiempo a pensar en miles de cosas. Iba completamente alterado, no gritaba por la calle porque se contenía, pero al llegar a la entrada del edificio, comenzó a emitir  sonidos guturales por la boca. Subió por las escaleras y en unos segundos estaba en el rellano de la cuarta planta, donde se encontraba su puerta. Tardó un poco más en abrirla. Los nervios no le dejaban meter bien la llave, pero finalmente lo consiguió.

—¡Montse!, ¡Montse!, ¡Montse!… ¡Montse!  Gritó y gritó nada más entrar.

Repitió el nombre de su mujer más de doscientas veces, hasta que llegó a convencerse de que realmente no se encontraba en la casa, entonces cogió el móvil y volvió a llamarla. Seguía apagado.

Se quitó el teléfono de la oreja y se quedó perplejo mirando la estúpida cara, que tenía en ese momento, ante el espejo de la entrada. Fue entonces cuando vio una nota. Había pasado más de cien veces por delante de ella, pero su tremenda rabia no le había dejado verla.

—Una nota… en el espejo —se dijo sorprendido.

 Estimado señor Silverio Roselló.

Si desea volver a ver a su esposa, tiene que ir a Zurich.

Concretamente tiene que estar en el Zürcher Kantonalbank que hay  en la Zeughausstrasse, el próximo viernes 5, a las 9’30 de la mañana.

Pregunte por Klaus Müller en una de las ventanillas de la entrada.

—¡Joder…! Si esto parece un secuestro. —Se dijo mirando el papel—. Pero no piden dinero.

Silverio leyó la nota tres o cuatro veces antes de coger el teléfono y llamar a su mejor amigo, compañero del trabajo y con el que solía salir habitualmente de copas, tanto solos, como acompañados de sus respectivas esposas.

—Miquel, ¿podemos vernos?… Es importante.

—Por supuesto —respondió.

No hablaron mucho más por teléfono. En poco menos de una hora estaban los dos sentados en un bar del Carrer de Sardenya, donde solían quedar cuando iban de copas.

—Mira, tío, lo que me he encontrado al llegar a casa. —sacó la nota del bolsillo y se la dio para que la leyera.

—¿Y tu mujer…? ¿Montse no está? —le preguntó.

—¿No ves lo que pone? Además, he ido al banco y, al parecer, ella ha sacado esta mañana todo el dinero de la cuenta.

—¡Hostias…! ¿Se ha largado con la pasta? Aunque por la nota esto parece un secuestro, pero no piden dinero, además… pero si tú tampoco tienes tanto dinero, ¿no?

—Yo no, pero mi padre…sí que tiene. ¡Joder! Quieren sacarle los cuartos a mi padre, ¿no lo ves? pero en vez de secuestrarme a mí se llevan a mi mujer. ¡Maldita sea! ¿Ahora qué hago?

—Tienes que ir a la policía y enseñarles la nota… ¡Espera! —dijo volviendo a mirar el trozo de papel amarillo— ¿ésta no será la letra de Montse?

—¿A ver? —Silverio volvió a coger el papel y lo examinó detenidamente— No… esta letra no es suya.

—Vale, entonces vamos a la comisaría más cercana. —dijo Miquel cogiéndolo del brazo—. Levántate y no des más vueltas. Tenías que haber ido incluso antes de llamarme. Te preguntaran por qué has tardado tanto.

Silverio conocía una Comisaría que había al final de la calle, junto a la facultad de Derecho de la Universidad Pompeu Fabra. Apenas tardaron quince minutos en llegar. Tras comentarle el caso al policía de la entrada los llevaron a un despacho del primer piso, donde esperaron unos minutos hasta que llegaron dos inspectores vestidos de paisano.

Lo primero que hicieron fue decirle a Silverio que les contara todo desde el Principio. Después le pidieron la nota que había encontrado en el espejo. Silverio se acercó al que parecía estar al mando.

—¿Está completamente seguro de que la letra no es de su mujer? —le preguntó el que había cogido la nota, tras examinarla y hablar confidencialmente unos minutos con su compañero.

—No es su letra, ella no escribe así….

—Bueno, pero esta letra parece forzada, los trazos son algo inseguros. ¿No se parece en nada a la de ella? —volvió a preguntar.

—¿Qué me están queriendo decir…? —Silverio estaba cada vez más nervioso.

—No se altere, pero tenemos que tener todas las líneas de investigación abiertas. Hemos visto muchos casos de desapariciones. La gente se va sin más y a veces simulan un secuestro.

—Lo comprendo, pero no es mi caso. Montse está loca por mí. ¿Verdad Miquel?

—Bueno, eso es lo que yo tengo entendido….

—¿Lo que tienes entendido? —Silverio se le quedó mirando— ¿Qué coño quieres decir con eso?

—Las cosas pueden parecer…. Pero no sé. Yo no sé nada.

—¿Quieres hablar claro? ¿Qué leche quieres decir?

—Le ruego que diga todo lo que sepa. Nunca se debe obstruir una investigación policial. ¿Me comprende? —dijo el inspector más joven.

—Yo solo sé por Marta, mi mujer, que Montse se queja de ti. Le ha dicho que no está bien, que tú lo ves todo de color de rosa, pero que hasta le vigilas los mensajes del móvil. Además te pones hecho una fiera a la mínima en que ella no te sigue en algo. Eso lo sabes tú…

—¡Joder! No… si ahora voy a ser un violador. ¡Será posible!

—Yo lo he dicho porque me ha obligado el inspector, por mí no habría dicho nada.

La conversación continuó casi una hora más. Hablaron de todo. En ella Silverio comenzó a enterarse que su vida, en realidad, no era como creía. Miquel le dio una visión muy diferente a la que el se había construido estos últimos años. Al parecer Montse se mostraba ante él de una manera completamente falsa y forzada, para no alterarlo, para no discutir, para no contrariarlo.

Silverio se resistía a creer aquello. Montse estaba loca por él, seguía diciendo.

Finalmente acordaron que asistiera a la cita en Zurich. Uno de los inspectores le acompañaría. Realmente podía ser un secuestro, le dijeron.

—No es la primera vez que obligan a alguien a sacar el dinero de la cuenta y después se lo llevan secuestrado para obtener más —dijo el inspector al mando—. Ha comentado que su padre tiene varios negocios y posee bastante dinero. Puede que pretendan obligarle a pedírselo. Sea como fuere debemos ir a Zurich para ver qué tiene que decirle ese tal Müller.

JP2

Tras pasar completamente dislocado los tres días que faltaban para coger el avión que había reservado para ir a Zurich, Silverio llegó al Hotel Continental, en la Stampfenbachstrasse,  el jueves por la noche. Había quedado en verse con uno de los inspectores en la oficina bancaria treinta minutos antes de la hora que ponía en la nota. Lo primero que pidió en recepción fue un plano de la ciudad para situar el banco. No estaba lejos de allí. El recepcionista le dio unas indicaciones en inglés sobre cómo llegar en menos de treinta minutos andando. Pidió que lo llamaran a las siete de la mañana y se fue a buscar la habitación. Pasó toda lo noche despierto en enredados pensamientos que lo irritaban cada vez más.

El día siguiente, a las nueve menos cuarto, ya estaba en la puerta del banco mirando a través de las grandes cristaleras que iluminaban las oficinas en la Zeughausstrasse. A las nueve apareció el inspector Salas.

—Vaya frío que hace… —comentó nada más llegar.

—Tremendo, yo estoy casi petrificado. Debía de haberme metido dentro, pero bueno… ya estamos aquí.

Los dos entraron, uno tras otro, en las oficinas del Zürcher Kantonalbank. Silverio se dirigió a la primera mesa que vio y pronunció el nombre que había en la nota. ¿Klaus Müller? La chica que había en la mesa señaló un despacho acristalado en cuyo interior se veían tres personas hablando. Silverio se acercó a la puerta y dio con los nudillos en el cristal. Una chica joven se acercó y abrió la puerta.

—¿Silverio Roselló? —dijo con fuerte acento alemán, leyendo un papel que llevaba en la mano.

—Soy yo —respondió mientras entraba siguiendo la indicación de la chica. El inspector Salas que iba tras él, le siguió al interior del despacho.

—Mi nombre es Olga. Voy a hacer de intérprete, ya que estos señores no hablan español —dijo dándole la mano— Tome asiento, por favor.

Una vez sentado presentó al empleado del banco y a un abogado llamado Hottinger. Él dijo que el inspector era un amigo que le había acompañado desde Barcelona.

El primero en hablar fue el abogado. La chica se limitaba a traducir todo lo que decía.

—Mi cliente me ha pedido que le haga un ingreso de un millón de euros en una cuenta a su nombre en este banco. El señor Zeltweg lo tiene todo preparado.

Silverio y Salas se quedaron estupefactos.

—¿Un millón de euros? ¿Para mí? ¿A cambio de nada?

—¿Un secuestro en el que te pagan? —dijo el inspector completamente descolocado.

—No es a cambio de nada —continuó el abogado a través de la intérprete—. Usted tiene que firmar estos papeles, mediante los cuales se divorcia de su mujer Montserrat Gilabert Rodríguez. Yo represento a una firma de Barcelona. Todos esto es como si se hiciera en España, es completamente legal. Actúo como algo parecido a un fideicomiso internacional.

—¡Joder! Un millón de euros… y me divorcio. ¿Pero esto no era un secuestro? ¿Y quién da todo ese dinero?

—No puedo revelar la identidad de mi cliente —respondió Hottinger—. Sólo le pregunto si acepta la operación.

Silverio se lo pensó y repensó durante más de media hora en la que estuvo hablando con Salas, que ante los comentarios sobre su mujer que hizo su amigo cuando estuvieron en Comisaría, le recomendó que cogiera el dinero y firmara. Siempre se podría volver a casar con ella si realmente querían estar juntos, le dijo.

—Es cierto, siempre nos podremos volver a casar. ¿Dónde hay que firmar?

El abogado extendió ante él todos lo papeles que llevaba en una carpeta y se los fue pasando para que firmara. Cuando hubo terminado, Zeltweg le dio un papel con un número de cuenta a su nombre por un millón de euros y una tarjeta visa oro.

—Desde este momento puede disponer de su dinero como quiera —le dijo a través de la intérprete.

—Joder… estoy flipando —dijo Silverio.

—Ahora solo nos queda la segunda parte del encargo de mi cliente —dijo Hottinger—. Tengo que darle este sobre cerrado y esperar a que lo abra y me dé su respuesta.

—Un sobre cerrado… —comentó mirando a Salas.

Cogió el sobre y comenzó a abrirlo completamente intrigado. Estaba escrito en español a ordenador.

“Si quiere volver a ver a su mujer tiene que reunir un millón de euros, meterlos en una bolsa de plástico y dejarlos caer al río hoy a las 12’00, en el puente del Quaibrücke al final de la Rämistrasse.”

—De eso nada… Ya sabía yo que esto tenía truco. Mire… —le pasó la nota a Salas.

—O sea, que sí estamos ante un secuestro —dijo.

—No pienso tirar ni un solo euro al río por ese puente que pone ahí. Lo siento. Mi mujer ya no lo es…Nos acabamos de divorciar, ¿no?

—Técnicamente sí, pero… ¿no decía que estaban completamente enamorados?

—Ya no. Lo siento —Silverio cogió la Visa Oro, el número de cuenta y salió por la puerta del despacho diciéndole a la intérprete—. Mi respuesta es no, no, que no. —En unos segundos había desaparecido del banco. Salas se detuvo un instante, pero enseguida salió tras él.

Montse, la recién divorciada esposa de Silverio, se encontraba en otra oficina de la primera planta del banco, desde la que se veía el despacho de Zeltweg. Estaba con Marta, la esposa de Miquel.

—¿Qué te parece…? —le comentó a Marta—. En cuanto ha visto perder su millón, ha salido corriendo. ¡Qué amor más fuerte¡ Completamente enamorado…vamos.

—Bueno… ¿qué quieres? después de lo que Miquel le dijo —respondió—. El caso es que te has salido con la tuya, ¿no?  Lo que no entiendo es por qué sacaste el dinero del banco y lo dejaste a cero. Con los cinco millones y medio que te han tocado en la “Bonoloto” tenías de sobra para hacer todo esto…

—Sí, pero quería que tuviera un agujero en el estómago, por estar sin blanca, a la hora de decidir. No es por ser cruel, es por estar segura de que me elegía a mí de verdad. Aunque realmente prefiero que haya salido corriendo con su millón —dijo con tristeza—. Yo estoy enamorada de otro Silverio que dejó de existir hace mucho tiempo. Nunca lo he vuelto a ver después… y mira que lo he intentado. Es muy triste.

—Será muy triste, pero tú te la has ingeniado para quitártelo de en medio con un solo millón —dijo Marta sonriendo—. Te han tocado cinco y medio… El pobre no sabe que se va perdiendo casi otros dos.

—Son las cosas del amor. Cuando se acaba….el dinero es lo primero, ¿no?

Pablo Guillamón

 

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