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El vendedor de Bahía

Eran las cuatro de la mañana cuando la madre de Joao Gilberto fue hasta su dormitorio a llamarlo. Se tenía que levantar y ayudarle a preparar una taza de leche caliente con algo de pan y unas “feijões”. Su madre lo llamaba temprano para que aprovechara la mañana, que era cuando más negocio se podía hacer por las calles de  Salvador de Bahía.

Tras el corto desayuno, recogieron la mesa en silencio. Después Joao fue a lavarse a la terraza con el cubo de agua que su madre había traído de la fuente la tarde anterior.

Recién aseado volvió a la cocina y comenzó a preparar la caja para el hielo, la bolsa con las botellas de agua y los refrescos. Mientras tanto, su madre sacó de la pequeña nevera, que habían conseguido en un “barato”, los recipientes con los helados de leche con canela y limón que ella misma había preparado en unos moldes de plástico la tarde anterior.

Cuando lo tuvo todo preparado salió a la calle, saludó a varios vecinos que también iban a sus trabajos y miró el cielo. Hacía un día estupendo, eran la cuatro y media de la madrugada y ya había amanecido.

Ahora tenía que andar varios kilómetros hasta la parada de Pituba, por donde pasaban muchos autobuses. Esa mañana estaba contento porque el día anterior había estado con Marcia. Se vieron en la playa de Porto do Barra al final de la tarde, cuando el sol se pone y el agua se ve oscura y brillante. Marcia le había dicho que le gustaba estar con él, que se lo pasaba muy bien, que a su lado se animaba y no lo veía todo tan triste como cuando se quedó sin trabajo. Pero lo que más le alegró fue cuando le dijo que quizá pronto cortaría con su novio.

Camino de Pituba sorteaba, alegre, las calles llenas de coches cuyos conductores, a pesar de verlo cruzar, no aminoraban la marcha lo más mínimo. También se encontraba con muchas mujeres con faldas de alegres colores, cargadas de bolsas de plástico. Y mucha más gente de otras condiciones. Todos iban hacía algún lugar de la gran ciudad en el que pretendían ganar algo de dinero para poder comer y pasar el día medianamente alegre.

Por las destartaladas aceras seguía recordando a Marcia. Su pelo negro, su piel negra y brillante, su mirada cálida y natural. Quedó completamente enamorado de ella la mañana que la vio subir al autobús de Rio Vermelho mientras pregonaba su habitual: “¡Helados y agua fresca!”

Aquel día Marcia subió los escalones del autobús y apareció ante él con sus grandes ojos negros. Él se quedó embelesado mirándola. Su cara, su cintura, el vestido de flores que llevaba. Todo le pareció lo mejor que había visto nunca. En cuanto se hubo sentado, se acercó a ella y le ofreció un helado de limón.

—Toma, te lo regalo —le dijo—. Es sólo por lo guapa que eres.

Ella lo cogió y comenzó a chuparlo, dándole las gracias.

Mientras se comía el helado, él la miraba de pie en el centro del pasillo. A pesar de los fuertes vaivenes que daba el autobús por las calles llenas de baches de Salvador, se mantuvo inmóvil todo el trayecto sin dejar de mirarla. Después se sentó a su lado y comenzó a hablarle. Le preguntó si podría verla. Ella le dijo que quizá otro día, y así fue como comenzaron a salir algunas tardes por la playa de Barra.

Pero aquella mañana Marcia no iba en ningún autobús. Y él a las doce del medio día, apenas llevaba vendidas algunas botellas de agua. Se encontraba en la parada del Mercado Modelo junto a cuatro policías cargados de fusiles de asalto y otras armas automáticas que comenzaban su ronda por el barrio. Ver aquellos hombres armados era la única indicación de la inseguridad que reinaba en la ciudad. Pero Joao apenas se fijó en ellos, estaba arto de verlos a diario.

—Con esto no comemos hoy —pensó—. Aquí viene otro autobús. Menos mal que aquí, autobuses no faltan, lo que falta es gente que compre algo. ¡Vaya!, éste es el que va a Bonfín, me va a llevar al carajo. Bueno voy a subir, Bonfín está lejos, seguro que alguien necesita agua o algún refresco.

En Salvador los conductores de autobuses dejan subir a los vendedores ambulantes en cualquier parada sin pagar y bajarse en la siguiente, con lo que disponen de un poco de tiempo para ofrecer sus productos y ganarse la vida.

Aquella mañana, poca gente iba a visitar la iglesia de Nosso Senhor do Bonfim. Pero Joao era un vendedor incansable y aunque sólo hubiera una persona, se agarraba al pasamanos del pasillo y comenzaba su arenga habitual: “¡Agua fresca, helados de leche con canela, Dos helados un real, el agua, cincuenta centavos!”. Pero aquella mañana el negocio estaba flojo.

—A ver si vendo algo antes de que se me caliente el agua —se dijo.

Y así en estos viajes sin destino pasó toda la mañana.

No había sacado mucho, pero ya llevaba más de nueve o diez reales cuando uno de los tipos que se acababa de subir al autobús en el que se encontraba en ese momento, sacó un revolver y comenzó a pedir el dinero a la gente.

—¡Vaya! –—se dijo—. Cuando más dinero llevo aparece un atracador.

El hombre armado pasó por todos los pasajeros pidiendo el dinero que llevaran. Pasaba cogido a las barandillas del pasillo, pero los violentos movimientos del autobús hacían temer a la gente que en uno de los baches su dedo índice apretara el gatillo y alguien saliera herido. Por eso se apresuraban a sacar los pocos reales que llevaban para dárselos. Cuando llegó hasta Joao Gilberto le puso la pistola delante y le dijo que se vaciara los bolsillos. Joao metió su mano derecha en los bolsillos del pantalón y entre monedas y billetes reunió cinco reales.

—Sé que llevas más dinero en la caja, pero ya estamos llegando a la parada y no tengo ganas de pegarte un tiro y gastar una bala por dos o tres reales —le dijo el asaltante.

—De verdad que no llevo nada más —contestó Joao— Llevo un día malísimo. Te llevas mi comida de mañana.

—Dame una botella de agua antes de que esto se pare.

Joao se la dio. El hombre la cogió con rapidez y salió disparado hacia el conductor. Le dijo que se detuviera en ese momento apuntándole con la pistola y se bajó por la puerta delantera. Después el autobús siguió hasta su parada.

La gente continuó en sus asientos, como si nada hubiera pasado, sólo algunos comentarios sobre el incidente, pero el autobús continuó su marcha. Parecía como si aquel atraco no hubiera sido más que un vendedor más de los que suben habitualmente a los autobuses de Bahía.

Joao bajó a la acera y rebuscó en el bolsillo interior de sus cortos pantalones, donde había dejado algunos de los billetes que había ganado aquella mañana. Había conseguido salvar tres reales.

—Algo es —pensó—. Veremos si con esto podemos comprar arroz y más leche para los helados.

Pronto dieron las cuatro de la tarde, la hora en que solía volver a casa, pues a las seis se hacía de noche y tardaba más de una hora en hacer el camino de vuelta a la Fabela de Narandiba, donde vivía. Se echó la caja al hombro y comenzó el camino de regreso.

—Precisamente hoy que voy a ver a Marcia en el Candomblé de esta noche, me roban casi todo el dinero. Es que no tengo suerte —se dijo.

Cuando llegó al barrio, pasó por el bar de Marcelo, lo saludó sin detenerse y continuó hasta su casa. Su madre esperaba el dinero para comprar el arroz.

—¿Cuanto has traído hoy? —le dijo al llegar a la puerta de su casa, donde estaba charlando con las vecinas.

—Sólo llevo tres reales —contestó—. Hoy ha sido un mal día. Cuando llevaba vendidos casi diez reales un atracador armado ha entrado en el autobús y se ha llevado toda la ganancia.

—Que los Orishas lo lleven a la casa de los Exú, donde los demonios lo maltraten, como él nos ha hecho a nosotros.

—No desees el infierno a nadie —dijo una vecina—. Podría molestar a los espíritus.

—Si nos ha robado se merece ir allí —dijo la madre.

—El caso es que esta noche voy al “Terreiro” de Rio Vermelho y necesitaría llevar dinero –dijo Joao apenado.

—No se necesita dinero para ir al Candomblé de Caboclo, allí siempre hay algo de comida de las ofrendas, así no gastas en casa. Lo que tienes que hacer es comer todo lo que puedas esta noche en el “Toque”.

Joao asintió y entró en casa para lavarse y cambiarse de ropa. Estaba ahorrando en un paquete de arroz vacío. Se esforzaba para ver si en unas semanas podía comprarle un collar a Marcia o una pulsera de cinco reales. Se la quería regalar en el momento en que rompiera con su novio, pero apenas llevaba dos reales ahorrados y si ahora los cogía para esta noche, se encontraría de nuevo a cero, como hace dos semanas, cuando empezó a guardar el dinero. Finalmente decidió no coger nada y esperar a tener un día mejor.

Sobre las siete, ya era de noche, Joao se había lavado y vestido con una túnica blanca para ir a ver a su “madre de santo”.

En el Candomblé a la “madre de santo” se le debe respetar, amar y obedecer incluso más que a los miembros de la propia familia consanguínea, ya que se está unida a ella por vínculos sagrados.

Joao quería visitar a su madre y pedirle esa noche que Marcia pudiera quererlo y estar con él, así que, alegre y contento, se dirigió al Terreiro de Rio Vermelho, donde habría una ceremonia de preparación al Iemanjá, que es la diosa de las aguas y madre de todos los Orishas. Habría música de atabaques, bailes de trance y mucha comida. Marcia le había dicho que estaría allí, así que esperaba verla.

Cuando llegó al Terreiro, el sonido de los tambores llenaba todo el espacio. Joao se acercó hasta el lugar donde estaba su “madre de santo”, la besó y se arrodilló ante ella. Ella le acarició la cabeza y le dijo que se levantara.

—Hijo mío —le dijo— ¿Cómo te ha ido hoy por esas calles de fuego?

—Hoy he tenido un mal día, madre —respondió—. Un ladrón me ha quitado casi todo el dinero.

—Vaya, esos demonios nunca se acaban —le dijo—. Come y bebe para reponerte. Hoy hay muchas ofrendas y los Orishas están más que saciados.

—Madre, quiero que me ayudes. Ya sabes que quiero mucho a Marcia y quiero que esté conmigo. Quiero que deje a su novio. Yo creo que ella también me quiere.

—Claro que te quiere. Pero es ella la que tiene que decidirse, aunque le pediré a Oxúm, que reina sobre el amor de los mortales, que te ayude.

—Gracias, madre.

—Ahora come y baila la “roda do santo” para que Oxúm se fije en ti y te dé poder y fuerza.

Joao entró en la rueda de baile donde todos los adeptos giraban al ritmo de los tambores, en sentido contrario a las agujas del reloj. Estuvo rodando más de una hora hasta que un espíritu se introdujo en el cuerpo de la mujer que estaba a su lado. Entonces todos se detuvieron a observar cómo se retorcía en el suelo. Después una figura que parecía formada por humo y pequeñas chispas de fuego apareció en medio de la rueda que formaban los suplicantes. Los tambores cesaron y el silencio se apoderó del Terreiro.

La pequeña figura comenzó a girar alrededor de la mujer que había entrado en trance, Joao estaba a su lado inmóvil. Al poco la mujer comenzó a hablar lo que parecía una lengua africana. A pesar del silencio que había y la claridad con que pronunciaba las palabras, nadie comprendió nada de lo que estuvo diciendo.

Pasados unos minutos la mujer dejó de hablar y el espíritu se situó ante Joao, que comenzó a temblar. Parecía  mirarlo fijamente, mientras el humo atravesaba su cuerpo y lo ocultaba a los presentes. Joao sintió que caía hacia el vacío por el balcón del ascensor del Pelourinho. Entonces apareció la imagen de Marcia ofreciéndole la mano desde arriba, pero él seguía cayendo hacia el vacío sin poder detenerse. Pasó unos minutos terribles en los que el miedo y la desesperación se apoderaron de él. Cuando su estado de ansiedad era casi insoportable vio la imagen de Oxúm y cayó inconsciente al suelo.

Después la música siguió y todos comenzaron a comerse las ofrendas.

Marcia, que había estado también en la rueda bailando, se acercó hasta él y lo ayudó a levantarse. Estaba un poco aturdido, pero pronto recobró completamente la consciencia.

—Hola, Joao. Te he visto al llegar, quería haberme puesto a tu lado pero no he podido —le dijo dándole la mano que ahora si podía coger.

—Hola, Marcia, yo también te he visto. Creo que he entrado en trance. Lo he pasado muy mal…

—¿Has visto algo?

—Me caía por el ascensor del Pelourinho y no podía coger tu mano…qué mal. No es buen presagio. Pero intentaré olvidarlo. ¿Sigues todavía con Tosiño?

—Tosiño es mi novio, tú lo sabes. ¿Por qué no voy a seguir con él?

—Como en la playa me dijiste que a lo mejor lo dejabas, creía que ya lo habías hecho.

—Te quiero mucho, Joao, y me gusta estar contigo, pero Tosiño es mi novio.

—¿Quieres que hagamos el amor en la playa esta noche? —le preguntó Joao.

—Vale, tengo muchas ganas de estar contigo —dijo Marcia.

Los dos fueron hasta donde estaba “su madre” para despedirse. Joao le dijo que había visto a Oxúm pero había pasado mucho miedo.

—El miedo lo llevas tú —le dijo su “madre de santo”— El Orisha solo te lo ha mostrado.

Tras estas palabras caminaron un poco hasta la playa y estuvieron juntos bajo las estrellas. Ella era siempre dulce y alegre con Joao, que la quería cada vez más.

Pasaron un buen rato acariciándose y besándose disfrutando de sus tersos cuerpos sobre la falda de lino que Marcia había extendido sobre la arena.

Después se quearon en silencio mirando el negro cielo lleno de estrellas. Entonces Marcia le dijo que quería ir un poco hasta la plaza de Río Vermelho para tomarse juntos una cerveza y esperar el amanecer.

—¿No quieres que esperemos el amanecer aquí en la playa, Marcia?

—Tengo ganas de tomar algo, ¿no quieres? —dijo ella cogiéndolo de la mano— ¡Vamos!

—Pero es que hoy he tenido un mal día. Me han robado el dinero en el autobús y no he podido traer nada.

—¿No llevas ni cinco reales para tomarnos una cerveza?

—No llevo nada. Ese tipo se ha llevado el dinero de hoy.

—¡Oh, Joao! ¿Ves como no puedo dejar a mi novio? Ni siquiera tienes cinco reales para pagarte una cerveza –dijo ella poniendo cara de tristeza.

—Es cierto, Marcia, no tengo nada que ofrecerte. Es mejor que no lo dejes todavía, Esperaremos a ver si pronto tengo un buen día y entonces… entonces te compraré un collar o una pulsera y tomaremos una cerveza en Río Vermelho viendo el amanecer. Ese día será el más feliz de mi vida.

Marcia le cogió la mano y lo besó en los labios.

—Yo también lo espero —dijo.

Pablo Guillamón

http://pabloguillamon.wix.com/pablo-guillamon

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14 Comments

  1. Carmenzueli October 27, 2013 Reply

    Precioso relato que refleja la dura realidad de un país lejano y que puede resultarnos desconocido. Simplifica la belleza del amor, demostrando que a veces nos preocupamos por cosas banales, olvidando las realmente importantes. Enhorabuena.

    • Pablo Guillamón October 30, 2013 Reply

      Muchísimas gracias Carmenzueli. Es muy reconfortante que hayas encontrado en mi relato sentimientos tan bonitos.

  2. Eva October 28, 2013 Reply

    El relato engancha desde el principio y te transporta en su descripción a la realidad de Brasil, pero siento escribir que esta vez el final deja el relato difuso.

  3. Pablo Guillamón October 28, 2013 Reply

    Gracias por tu comentario, Eva. Tienes razón, no queda claro que puede pasar después, pero es difícil saberlo en las circunstancias en las que se encuentran.

  4. Lena October 29, 2013 Reply

    El relato es conmovedor y realmente refleja la situación social de la zona. Me ha gustado mucho.

  5. Pablo Guillamón October 29, 2013 Reply

    Muchas gracias por tu comentario, Lena. Creo que has captado completamente lo que el relato quiere expresar.

  6. CLEMEN GONZALEZ October 30, 2013 Reply

    Muy dulce, pero deja mal sabor de boca. Esa chica antepone el interés a la felicidad y el chico se conforma con poco. Encuentro conformismo en lugar de lucha. Todos tendríamos que luchar por lo que deseamos.

    • Pablo Guillamón November 6, 2013 Reply

      Muchas gracias por tu comentario, Clemen. Tienes razón en lo que dices, pero la situación de extrema pobreza en la que se encuentran les da pocas posibilidades de lucha, tal y como nosotros la entendemos desde aquí (Europa), 1º mundo. Lo que pretendo mostrar, más que conformismo por parte de los protagonistas, es imposibilidad y adaptación a lo que sea, por no tener más remedio.

  7. Cometas October 31, 2013 Reply

    Bonita y triste historia.
    Estoy de acuerdo con Carmenzueli…. lo poco que se necesita para ser feliz, como demuestra Joao: ver a Marcia y si acaso unos reales… y lo difícil que nos lo ponemos….

    • Pablo Guillamón October 31, 2013 Reply

      Muchas gracias Cometas. Me alegra que te guste. La verdad es que se puede ser feliz con muy poco. Basta con apreciar lo poco que tienes.

  8. Luisa Sanchez November 2, 2013 Reply

    Me encanta. Un relato emocionante, acogedor, sincero, real como la vida misma. Inspira muchos sentimientos. Enhorabuena

    • Pablo Guillamón November 6, 2013 Reply

      Muchas gracias Luisa. Me alegra mucho que te haya gustado

  9. kalia November 7, 2013 Reply

    Me gusta mucho. Es muy bonito. Yo he estado en Brasil y es así, refleja muy bien la realidad del pais. Enhorabuena me ha encantado recordar el ascensor del Pelourinho.

    • Pablo Guillamón November 11, 2013 Reply

      Muchas gracias, Kalia. Me agrada que te haya gustado y que hayas recordado momentos allí.

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