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Gastrosofía: el aburrimiento

“¡Qué torrijón tengo!” es lo primero que digo cuando me despierto de una siesta un poco larga. Cuando me he hartado de dormir, hablando en plata. El torrijón tiene mucho de sueño incoercible, de profunda pereza, de hartazgo supremo que precisamente por saciarnos entorpece el inicio de cualquier acción. Me encanta la palabra: TORRIJÓN. No sabía por qué, pero ahora lo entiendo: en sentido coloquial, alude a muchos componentes del aburrimiento. Este sentimiento tiene que ver con estar hart@s de lo que nos rodea, con la rutina, con la falta de estímulos y de proyectos. Según el diccionario, el aburrimiento se relaciona con la saciedad y la comida. Así que desde el punto de vista gastrosófico es todo un reto cocinarlo.

torrijas aburrimiento Alabanda

© Raquel Carmona Romero – Blog Los Tragaldabas – (www.lostragaldabas.net)

Tenemos una ventaja: está claro que con el aburrimiento hay que hacer torrijas, sobre todo ahora que tenemos la Semana Santa a la vuelta de la esquina. Porque una cosa es la torrija coloquial, latosa y aburrida, y otra muy diferente es la torrija en sentido estricto, que está buenísima y además es muy entretenida de elaborar. Paradojas de la vida: torrijas para digerir el aburrimiento. Claro que podemos comprarlas en una pastelería, pero tienen dos inconvenientes: 1.º No son como las de nuestras abuelas y 2.º No sirven para nuestro propósito. Dicho esto, ahí va la receta: 

Es bueno tener pan del día anterior. Esto es fácil: como estamos hartos —aburridos— de ir todos los días a por pan, solemos comprar bastante para que no nos falte. Luego nos sobra y como no lo hemos congelado no sabemos qué hacer con él, ay, qué pena tirarlo con el hambre que hay en el mundo. Pues ya tenéis la solución: cortarlo en rebanadas y ya hemos empezado a hacer torrijas.

Mientras cortamos el pan calentamos leche con dos palos de canela, una cáscara de limón y azúcar. La dejamos a fuego suave para que tome sabor. Con la leche aromatizada (¡qué rica!) empapamos las rebanadas de pan, las pasamos luego por huevo batido y las freímos en abundante aceite de oliva muy caliente. Esta sucesión de acciones pone la cocina patas arriba de cacharros y encimeras a limpiar. No importa, porque con eso te sacudes el aburrimiento por un buen rato extra.

Conforme vamos sacando las torrijas de la sartén las ponemos con cuidado sobre papel absorbente para eliminar el exceso de grasa. Y ya sólo nos queda el paso final, que admite múltiples variantes: regarlas con almíbar o con miel, emborrizarlas (otra bonita palabra) con una mezcla de azúcar y canela molida. Por último, como homenaje a mi abuela, os cuento lo que hacía con algunas torrijas: rociarlas con vino dulce. Claro que esas sólo las podían comer los mayores… 

¡Buen provecho!

I. Alabanda (14 Posts)