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Lola Zarza

 Cuando nos planteamos lanzar esta revista, uno de nuestros objetivos era sacar a la luz todo el talento oculto que existe en el mundo de la cultura e intentar que sea justamente reconocido. Dentro de este grupo de autores de “desconocido prestigio” se encuentra Lola Zarza. Esta profesora y escritora cordobesa, nos envió varios de sus relatos cortos, que nos cautivaron desde su primera lectura: frescos, divertidos, ingeniosos… Por ello, le propusimos compartirlos con nuestros lectores, a lo que ella, para nuestra satisfacción, accedió. Pero antes de que podáis leer los relatos que van a componer su primer libro, queríamos que la conocierais un poco más a través de esta entrevista.

¿Quién es Lola Zarza Alabanda?

¡Menuda pregunta! A ver cómo me apaño para contestarla. Empezaré por decir que tengo 46 años recién cumpliditos y que estoy muy contenta de haber llegado hasta aquí, entre otros motivos porque no me he muerto por el camino. Después de superar una torcedura existencial a la altura de la adolescencia, realicé estudios de Filología Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras de Córdoba. He trabajado de limpiadora, cocinera (sin saber cocinar), encuestadora y hasta vendedora de periódicos ambulante. Acabada la carrera, empecé ejerciendo de profesora ayudante de la cátedra de Lengua y Literatura hispanoamericanas, en la Universidad de Calabria (Italia).

Actualmente trabajo en Córdoba, en un instituto público de educación secundaria. Me encanta mi trabajo y me considero muy afortunada. Mi otra vocación, la escritura, en cierto modo está muy relacionada con la enseñanza. Son actividades que se retroalimentan. En mis clases recurro a menudo a la imaginación, no tengo más remedio que ser creativa para que no se me aburra el personal;  y, en mis cuentos, se me escapa a veces lo didáctico, pero de manera disimulada y con anestesia para no dar el peñazo.

Hasta ahora he publicado muy poco, por pura dejadez. Publiqué textos de diversa índole en revistas instituteras y en la facultad, primero como alumna y luego como profe. Más recientemente he participado en un libro editado por la Delegación Provincial de Educación de Córdoba, titulado Poetas docentes en el aula y en una antología de microrrelatos editada por la Asociación muchocuento, de Córdoba, titulada Cuenta atrás. Para mí es una suerte que me hayáis tenido en cuenta para este proyecto.

¿Cómo fue tu toma de contacto con la literatura (como lectora y como escritora)?

Mi primer contacto con la lectura se produjo durante la infancia, con Caperucita, La Cenicienta y el resto del tradicional lote de cuentos infantiles. Me fascinaban, sobre todo, los de Las mil y una noches. A partir de los diez años, ya me pasé a otro tipo de textos, a través de un libro del colegio que se llamaba Rueda de lecturas, que era una selección de diversos autores y géneros. Más tarde, a los doce años, me leí mi primer libro de literatura escrita para adultos, El árbol de la ciencia, y no paré de saltar de un libro a otro, de manera bastante caótica (Bécquer, Blas de Otero, Neruda, Camus, Sartre…) hasta que, a los dieciséis años, llegué a los narradores hispanoamericanos.

A escribir empecé con 11 años. Creo que influyó el libro de lecturas del cole que antes he mencionado. Yo quería expresar lo que sentía y lo que pensaba, como hacía Machado y el resto de los autores que allí aparecían. Veía una especie de magia en eso de juntar palabras que antes estaban separadas. Me gustaba la sensación de libertad que me daba el escribir sin que nadie me lo mandara y el verme como alguien diferente. Mis primeros poemas debían de ser malísimos. Recuerdo las risas de un tío mío cuando acabé de leer uno, a petición de mi orgullosa madre. Yo creía que la poesía debía rimar a toda costa, aunque saliera un disparate. ¿ Cómo no se iban a reír cuando solté aquello de “Estoy llorando de alegría con lágrimas que parecen sandías”?

A los 13 años escribí un cuaderno mezclando géneros: el narrativo, en forma de diario, la poesía e incluso el ensayo, en pequeños textos donde opinaba sobre diversos temas (paro, política, contaminación…).

Mi primer relato lo escribí, creo, a los 16 años, sin yo saberlo era de ciencia-ficción. Seguí alternando poesía y narrativa. Durante los años que viví en Calabria  empecé a escribir un diario, ejercicio que recomiendo a todo el mundo. Tenía la misma sensación que plasma uno de los personajes de Susan Sontag, en El amante del volcán, cuando dice “Vivir en el extranjero facilita el considerar la vida como un espectáculo”. Escribir sobre lo vivido en aquella etapa, con algunas situaciones bastante novelescas, se convirtió en una práctica muy interesante.

¿Has tenido algún modelo como escritora?

Alguno no, muchos. Soy mucho mejor lectora que escritora y de todo lo que leo, bueno o malo, aprendo algo. Entre mis autores preferidos están Cervantes, Cortázar y García Márquez. De Cervantes admiro su ironía; el episodio de Maritornes, en la primera parte del Quijote, es desternillante. De Cortázar me gusta su concepción lúdica de la literatura. De García Márquez, su maestría en el uso del idioma y de las diversas técnicas narrativas;  el comienzo de Cien años de soledad es un buen ejemplo de ello: una anticipación en el tiempo que incluye una retrospección.  De otros autores más cercanos, como Millás y Elvira Lindo, aprecio su particular desvergüenza a la hora de escribir. A Manuel Moyano lo he descubierto recientemente y me está resultando muy sugestivo e inspirador. Otros autores que he leído mucho y que probablemente me hayan dejado alguna huella son Borges, Italo Calvino y Pirandello.

¿Qué tipo de géneros trabajas? ¿Por qué?

Escribo sobre todo narrativa, en concreto, relatos. No he abandonado del todo la poesía y de vez en cuando también escribo algún que otro cuento o poema infantil. Con los cuentos infantiles me lo paso muy bien ya que, al regir otra lógica en ellos, te permiten disparatar a gusto.

Si me dedico más a los relatos, es por varios motivos. El primero de todos es que son bastante compatibles con mi forma de vivir, me refiero a que me dejan tiempo para otras muchas actividades. Otro motivo es que para mí son una especie de reto y, aunque a veces me crean algún que otro quebradero de cabeza, una vez que tengo ciertas ideas claras, me lo paso fenomenal escribiéndolos.

¿Te ves en el futuro trabajando en los mismos géneros? ¿Te gustaría escribir otras cosas?

Suelo estar casi siempre muy centrada en el presente y, de momento, no se me ocurre pensar en cultivar otro tipo de géneros. Me lo paso bien compaginando mi trabajo de profe con el de escribidora de relatos. Me atrae el guion cinematográfico, pero necesitaría formación en ese terreno.

¿En qué te inspiras para escribir un relato y qué quieres expresar o qué pretendes con ellos?

Las ideas para mis relatos me vienen de múltiples fuentes. Siempre he sido muy observadora y me ha gustado escuchar a los demás. Mis propios amigos, vivencias, familia, gente a la que he conocido y tratado circunstancialmente me han proporcionado a menudo anécdotas o historias  jugosas, que debidamente transformadas con los aderezos propios de la escritura han acabado en un relato. Todos somos narradores y personajes a un tiempo cuando contamos algo que nos ha pasado y hay gente especialmente habilidosa en las narraciones orales y en el manejo del lenguaje. Recuerdo, por ejemplo, lo que dijo una amiga de mi madre para referirse a una mujer cuyo nombre desconocía: “Esa que tiene un ojo enamorao del otro”. Soy una chupóptera, una aprovechada, a veces uso hasta los mismos nombres de quien me inspira los relatos, eso sí,  pidiendo el consentimiento de los susodichos. Todos los escritores lo hacen, en eso no soy original, la realidad es siempre la mina de donde extraemos la materia prima de nuestras creaciones.  El mundo actual, además,  es tan endiabladamente complejo, rocambolesco a veces, que da para múltiples argumentos. Algunas veces se me ocurre relacionar elementos aparentemente inconexos e hilar el relato para enlazarlos unos a otros, lo cual me resulta bastante divertido. Y también me ha sucedido que he acabado escribiendo relatos que no me había propuesto, sino que alguien me había pedido, como uno donde recurro a palabras que ejemplifican las reglas de la b y la v. Tengo pendiente la escritura de un relato en el que me piden que  aparezcan el amor, un perro y un pollo. Ya veré cómo me las apaño.

Lo que no me suelo plantear a la hora de escribir es qué quiero expresar. Cuando empiezo un relato solo tengo unas cuantas ideas o frases iniciales. Para que me convenza el resultado tiene que darse la circunstancia de que, al final, diga algo más de lo que las simples palabras expresan, es decir, que salte de lo denotativo a lo connotativo, de manera que no exprese nada concretamente, sino que ofrezca más de una interpretación. Me gusta la idea cortazariana del lector-a cómplices, que completan el significado del texto con su lectura.

Y lo que pretendo, como mínimo, es que mis textos no aburran, que quien me lea pase un buen rato y no se quede con la sensación de haber perdido el tiempo y que, de alguna manera, algo se le remueva en la cabeza y/o en el corazón.

¿Cómo es el proceso hasta que obtienes el resultado final?

A la hora de empezar a redactar lo que solo era un esbozo o idea fugaz, lo primero que hago es plantearme algunas cuestiones técnicas, como el tipo de narrador, etc. A continuación, escribo de un tirón todo lo que vaya saliendo y, a partir de ahí, le doy forma. En esta parte del proceso de escritura es donde empleo más tiempo, corrigiendo y retocando una y otra vez. A veces he llegado a reescribir un relato entero, cambiando la narración omnisciente por la narración en primera persona o al revés. A veces me quedo solo en la primera fase y solo recojo la idea y/o breve argumento y desarrollo, que retomo tiempo después, cuando me apetezca contar esa historia y no otra. Procuro no tirar nada a la papelera, soy muy de reciclar.

Suelo llevar papel y bolígrafo casi siempre encima para anotar lo que se me ocurra o para ayudarme en la redacción de algún relato en el que esté trabajando en ese momento. A veces dar un paseo por el parque cercano a mi casa me viene muy bien,  porque me ayuda a ordenar el relato o se me revelan aspectos de la narración que no se me habían ocurrido antes. Ah, y una cosa que siempre hago es que una vez terminado un relato lo dejo en reposo al menos 24 horas. A menudo retoco después alguna cosilla. Alguna vez, cuando dudo sobre algún aspecto en concreto (la construcción del personaje, la verosimilitud de la historia…), se  lo dejo leer a algún amigo o amiga para que opinen; en estos casos unas veces sigo sus observaciones y otras, no, pero siempre me ayudan a mejorar y quedarme más satisfecha con el resultado.

 ¿Qué te aporta personalmente el hecho de escribir?

Escribir me causa, ante todo, una gran satisfacción. Además me permite reírme un poco de mí misma, experimentar con el lenguaje y pasármelo bien. Es una actividad en la que ejerzo plenamente mi libertad. También me aporta la posibilidad de sorprenderme, con esa cierta sensación de vértigo que me acompaña a veces cuando no sé por dónde me llevará una historia. Y, por último, está la alegría que siento cuando lo que escribo ha gustado.

baidewei (110 Posts)


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